Mira, te tengo que contar una historia que le pasó a una amiga mía, Inés. Ella, pobrecilla, no tuvo mucha suerte en el amor. Se le pasaron los años sin casarse y cuando llegó a los treinta, decidió espabilar y buscarse un hombre. Al principio no sabía que Sergio, el chico que conoció, estaba casado, pero luego él mismo se lo acabó diciendo en cuanto vio que Inés ya estaba ilusionada y le quería de verdad.
Pero fíjate que Inés no le echó nunca nada en cara a Sergio. Al revés, se culpaba a sí misma por engancharse a alguien así y no poder dejarlo. Sentía que algo le faltaba porque no había encontrado aún a su pareja y el tiempo volaba. Y mira que la chica no estaba mal, eh; no era una belleza de película, pero era muy simpática y, bueno, tenía sus curvas, que igual la hacían parecer algo mayor.
El tema con Sergio no iba a ningún lado. A Inés no le gustaba la idea de quedarse como la otra, pero tampoco podía soltarle, y le aterraba la soledad.
Un día, vino a visitarla su primo, Rafael, que estaba de paso por Madrid por trabajo. Llevaba mucho sin verla y se quedaría unas horas. Se sentaron en la cocina, comieron juntos y charlaron como cuando eran críos, de la familia y las cosas de la vida. Inés acabó contándole toda su historia amorosa y hasta se echó unas lágrimas.
Justo entonces asomó la vecina de Inés, Ana, para pedirle que la acompañara un momento a enseñarle unas compras. Inés bajó y estuvo como veinte minutillos fuera. Y en ese rato, suena el timbre. Rafael fue a abrir, creyendo que Inés volvía porque la puerta ni la habían cerrado… Pero en la puerta estaba Sergio. En cuanto vio a Rafael, un hombretón alto y en chándal, comiéndose un bocata de chorizo, se quedó de piedra.
¿Está Inés? no acertó a decir nada más Sergio.
Está en la ducha respondió rápido Rafael, pillándole la onda.
¿Y usted quién es? preguntó Sergio, totalmente descolocado.
Pues soy su pareja. Bueno, estamos juntos… ¿Y tú? ¿Con qué intención vienes por aquí? Rafael se le acercó y le agarró de la camiseta. ¿Eres tú el casado del que me ha hablado Inés? Escúchame, chaval: como te vuelva a ver por aquí, te tiro por las escaleras, ¿estamos?
Sergio se zafó y salió por patas, bajando casi rodando.
Al poco, volvió Inés y Rafael le contó la visita de su amigo.
¿Pero qué has hecho, Rafa? Nadie te ha pedido nada Ahora ya no vuelve más Inés llorando, hecha polvo. Me he quedado sola.
Rafael se le quedó mirando y le dijo:
Pues mejor así, mujer. Ya está bien de lamentarse. Además, tengo a un tipo estupendo pensado para ti. Es viudo, vive en nuestro pueblo y, desde que perdió a su esposa, todas las mujeres intentan ligárselo, pero él pasa de todas. Creo que aún no está preparado para nada, pero quién sabe Oye, después de este viaje vuelvo y te vienes conmigo al pueblo. Te lo presento.
¿Cómo? ¿Pero yo qué sé quién es ese? Qué vergüenza ir así… Ni loca, Rafa.
Vergüenza es estar con un hombre casado. Nadie te va a obligar a nada, solo a conocerle. Además, es el cumpleaños de mi mujer, Carmen.
A los pocos días ya estaban Inés y Rafael en el pueblo. Carmen, que es un amor, preparó una mesa preciosa en el jardín. Vino medio vecindario, amigos, y entre ellos también Alejandro, el viudo del que hablaba Rafael. Todo el mundo en el pueblo ya conocía a Inés, pero era la primera vez que veía a Alejandro.
Después de aquella reunión tan familiar, Inés volvió a Madrid. Le pareció que Alejandro era muy callado, muy formal. Seguro que sigue destrozado por lo de su esposa, pensó Inés. Pobrecillo, no hay muchos hombres así, tan buenos.
Una semana después, un domingo, llaman al timbre. Inés no esperaba a nadie. Abre y ahí está Alejandro, todo tímido, con una bolsa en la mano.
Perdona, Inés, que he venido de paso. He estado por el mercado y las tiendas y pensé en saludarte ya que ahora nos conocemos le soltó como pudo.
Inés le invitó a pasar, aún sorprendida de verle, pero le puso un té y se sentaron a hablar del tiempo y de las cosas caras que hay en el mercado. Antes de irse, Alejandro se acordó de sacar un pequeño ramo de tulipanes del bolso y se lo dio a Inés.
Se le iluminaron los ojos. Se sentaron en la cocina, hablaron aún un rato más, y cuando terminaron el té, Alejandro se levantó y empezó a ponerse el abrigo despacio, medio distraído. Al llegar a la puerta, se paró, se giró y le dijo:
Si ahora me marcho sin decirlo, no me lo perdonaría Inés, esta semana solo he pensado en ti. Te lo juro. Me has llegado al alma. No veía la hora de que llegara el fin de semana El teléfono me lo pasó Rafael
Inés se puso colorada y bajó la mirada.
Pero apenas nos conocemos dijo ella.
Eso da igual, lo que importa es ¿te caigo bien? ¿Puedo tutearte? Mira, sé que no soy un regalo, además tengo una niña pequeña, ocho años. Está con mi madre ahora.
Alejandro estaba tan nervioso que le temblaban las manos.
Una niña Eso es bonito suspiró Inés. Siempre quise tener una hija.
Animado, Alejandro le cogió las manos y la acercó para darle un beso tierno.
Después del beso, Alejandro la miró; Inés tenía lágrimas en los ojos.
¿Te he incomodado?, ¿he hecho mal?
No, al contrario sonrió ella, sorpendida de sí misma. Qué paz siento. Por primera vez no le quito nada a otra.
A partir de ahí, se veían cada fin de semana. Al cabo de dos meses, se casaron en el pueblo. Inés encontró trabajo en la guardería y, al año, tuvo una hija. Así, en su casa, crecían dos niñas, ambas tan queridas como si fueran hermanas de toda la vida. Había amor y cariño de sobra para todas. Alejandro e Inés, felices como nunca, se fueron rejuveneciendo juntos; su amor era como un buen crianza, que con los años se hace aún más rico.
Y no faltaban comidas familiares, donde Rafael siempre le guiñaba el ojo a Inés y decía:
¿Ves, Inés? ¿Qué buen marido te busqué, eh? Estás cada día más guapa. Haz caso al primo, que yo solo te quiero bien.




