“¡Fuera de mi casa!” – le dije a mi suegra, cuando una vez más comenzó a insultarme.

Life Lessons

«¡Fuera de mi casa!», dije a mi suegra cuando, una vez más, empezó a insultarme.

Todo lo que nunca llegué a temer en mi vida fue la ira de mi suegra, con quien ya había estado casada. En ese aspecto, tuve la suerte de salir ilesa. Mi primer marido, Antonio, había salido de un orfanato y no conocía a sus padres. Con él la cosa no funcionó; sólo duramos cinco años y, al fin, presenté el divorcio. Cuando nos casamos aún estaba en la universidad. Al cabo de un año empezó a beber, se endeudó y sus obligaciones repercutieron también en mí como esposa. Abandoné los estudios para trabajar y saldar sus deudas.

Aquella unión solo me trajo problemas. Cuando me divorcié, respiré aliviada; al fin pensé que no habría más sobresaltos.

Pasaron dos años en los que estuve sola, me recuperé y poco a poco volví a levantarme. Entonces conocí a Roberto, un hombre sin esposa ni relaciones serias. Todo ocurrió con rapidez. Me pidió matrimonio y yo acepté. Fuimos a casa de su madre, Doña Carmen, en Sevilla.

Al cruzar el umbral, noté la expresión airada de Doña Carmen. Me lanzó un saludo frío y se retiró a otra habitación. Al principio no comprendía qué pasaba; quizá algo en mi ropa o en mi porte no le gustaba. Pero yo vestía de forma recatada. Sentada a la mesa, Doña Carmen me observó en silencio. Esa mirada me incomodó y, sonrojada, ella rompió el hielo con voz incisiva.

¿Así que aquí estás, sin estudios? dijo, con una sonrisa de desdén.

Yo vacilé un momento y, con calma, tomé mi té y respondí:

Mi educación está incompleta; la vida me impidió terminar la carrera, pero aún lo pretendo.

Doña Carmen bufó en voz alta.

¿Pretendes terminar los estudios? ¿Y cuando te conviertas en esposa, qué harás? ¿Criar hijos, cocinar para tu marido, limpiar la casa? Eres una princesa. Rió de nuevo, tomó otro sorbo de té y dejó la taza sobre la mesa. Te diré algo: mi hijo no necesita a una doncella como tú.

Usted es corriente, tanto en aspecto como en figura, y no tiene juicio pensé, pero en ese instante la ofensa me caló hondo. Me levanté de la mesa y corrí al baño, sollozando. Una mujer desconocida me ultrajaba sin motivo y mi marido guardaba silencio. Por suerte, abandonamos pronto aquella casa.

No quise volver allí, pero Doña Carmen seguía apareciendo en nuestro hogar, intentando herirme y humillarme cada vez que podía.

Busqué ayuda de un psicólogo para saber qué hacer. Tras algunas sesiones comprendí que mi suegra era una manipuladora típica y yo, una víctima que le había permitido ofenderme. Cuando volvió a insultarme, le ordené que se marchara de nuestra casa.

Ya no volvemos a vernos, pero a mí ya no me afecta; mi marido tampoco tiene nada que decir al respecto. Así recuerdo aquellos tiempos, con la lección aprendida de que a veces es mejor cerrar la puerta antes de que la sombra de otro siga al acecho.

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