Expreso Nocturno Las puertas del trolebús se plegaron como un acordeón y el calor del interior esc…

Life Lessons

Mira, escucha lo que me pasó ayer por la noche; parecía una peli de Almodóvar pero en versión nocturna por Madrid. Estaba cogiendo el búho, este autobús nocturno que va por toda la ciudad cuando cierran el metro y no te queda otra que buscarte la vida. Hacía un fresquito y nada más abrirse las puertas, notaste el calorcillo salir como si fuera vapor de cocido.

De repente suben cinco chavales con pinta de haber estado de fiesta por Malasaña, pegando voces y empujones, con las botas llenas de barro. Se colaron como una tromba, dándole a todo: los escalones, las barras y hasta los tobillos de los que ya estábamos ahí. Nadie dijo ni mu, porque claro, si vais en el búho a ciertas horas, ya sabes que juntaréis a los que vuelven de juerga, los obreros y los despistados de la noche madrileña.

Los chavales venían pasadísimos, gritando sandeces sobre quién, cómo y con quién se la estaban jugando esa noche, mezclado todo con risas maliciosas y brindis dando golpes a las botellas de Mahou en la parte de atrás del autobús. Ni cortos ni perezosos, montaron un botellón ahí mismo. Entre los demás, había poco más de diez personas, contando a la revisora, que debía de tener los mismos años que todas las fiestas de San Isidro juntas.

La señora, con sus gafas más antiguas que la Gran Vía, se levantó resignada con su rollo de billetes en la mano, y con una voz tan cansada como la locomotora de un tren de cercanías, soltó:
Chicos, el billete, por favor.

Uno de ellos le contestó casi eructando:
Tengo abono, mujer.

Y todos los demás igual, el clásico yo también, y yo. El pequeño del grupo, que ni bigote tenía todavía, chillaba más que nadie para hacerse notar, pero si le mirabas bien ni siquiera tendría la edad legal para estar ahí.

La revisora, ni caso a los numeritos, solo respondió seca:
Enseñad los abonos.

Y ahí, el más bestia del grupo, con hombros de jugador del Atleti, le vaciló:
Enséñame tú el tuyo primero, jefa.

La revisora ni se inmutó:
Soy la revisora del búho, chaval.

Y otro, ya con la cerveza derramada encima, le saltó:
Pues yo soy electricista, ¿y eso qué? ¿No pago la luz tampoco?
Olía todo el autobús a cerveza agria.

O pagáis, o bajáis ahora mismo, chavales.

Parece que esas palabras fueron el conjuro porque en cuanto miré por la ventana, el búho se paró en seco y todo el mundo, menos el grupito, abandonó el autobús con una rapidez que ni en las rebajas del Corte Inglés.

Que ya te hemos dicho que tenemos el abono, tía, dijo el pequeñajo sacando de pecho lo poco que tenía.

La revisora levantó la voz y gritó al conductor:
Valeriano, tira pa la cochera.

Y los chicos, haciendo el payaso, se pusieron a imitarla, secándose lágrimas imaginarias.

Las puertas se cerraron otra vez y el búho dio la vuelta. Se rieron como diez segundos, pero cuando el bus empezó a acelerar de verdad, a uno se le ocurrió preguntar:
Oye… ¿cómo ha dado la vuelta el autobús en medio de la Castellana si va por cables?

Todos encogieron los hombros y nadie se molestó en darle importancia al detalle.

Pero el búho cogía velocidad, adelantando a los coches, y las luces del techo empezaron a parpadear y apagarse. Solo quedaban los destellos de las farolas y los neones de Callao reflejados en el interior. La revisora, callada y seria, mirando al frente. Ya no había ninguna parada más.

¡Oiga! ¿Dónde nos lleva? gritó uno de ellos.

Silencio total.

¡Eh! ¡Baje aquí, que nos vamos! gritaban ya con la voz temblorosa.

Ni caso.

Y el autobús salió del Madrid nocturno y se metió por una carretera oscura, sin una farola. Sacaron sus móviles para pedir ayuda, pero nada: sin señal, sin datos, ni un mísero WhatsApp entraba.

Al girar el bus por un camino de tierra en mitad de un campo, uno saltó como un lince a por la revisora y empezó a amenazarla:
¿Tú sabes quién soy yo? Si mañana no aparezco en el trabajo, te quedas sin jubilación.

Justo entonces, se apagaron las luces delanteras.

Por favor… déjenos salir, que mañana tengo el Selectividad, suplicó el chaval de la voz atiplada.

El búho seguía y seguía, rompiendo el silencio del campo con el motor y las ventanillas vibrando. Ahora, ya bien sobrios, los chavales intentaban romper las ventanas con botellas vacías de Mahou, buscaban maniobrar la puerta acordeón con las uñas… Nada funcionaba.

Entonces, empezaron a aparecer billetes.
¡Tome, quédese con el cambio, pero por favor, devuélvanos a Madrid!

La revisora seguía allí, más inmóvil que la estatua de la Cibeles. Se escuchaba ya hasta algún llanto y súplicas de perdón y promesas de ser buenos para siempre.

Hasta que el bus paró al lado de un lago gigantesco, de los que solo ves en fotos del norte de España.
¿Dónde estamos?, susurraban.
Nos van a tirar al agua, sollozaba el pequeño.

Sergio, ¿tú sabes conducir el búho? Igual podríamos largarnos si los dejamos K.O… propuso otro, rezando para que alguien le siguiera el juego. Pero Sergio solo meneaba la cabeza, negro de miedo.

De repente, la puerta delantera se abrió y la revisora bajó. A la luz de la luna, vieron su silueta metiéndose en la cabina del conductor y saliendo con algo largo en la mano.

Ya está… Nos pega un tiro y nos echa al lago, lloraba el electricista.

Pero, de repente, se encendieron todas las luces del bus, y la revisora entró pisando fuerte, con una fregoneta y un cubo de agua en la mano. Los plantó delante de ellos y, sonriendo de medio lado, dijo:

Cuando terminéis de fregar las paredes, os doy trapos para los asientos y el suelo. Luego os devuelvo a Madrid. ¿Algún problema?

Uno detrás de otro negaron con la cabeza, temblando.

La noche se les hizo eterna. Se repartieron tareas: dos iban a por agua, otro cambiaba trapos, los otros dos vaciando los cubos en una especie de depósito gigante que había cerca. Se ve que ese autobús no era la primera vez que pasaba por allí.

Acabaron justo cuando amanecía. El búho resplandecía, relucía tanto que ni parecía el mismo de antes. Los chavales, ya totalmente sobrios, trabajaron callados y remando hombro con hombro.

Cuando acabaron, la revisora les picó el billete, el autobús volvió a Madrid y, parada tras parada, los fue dejando a cada uno en su esquina. El búho siguió su ruta para ir recogiendo a los nuevos pasajeros y enfrentarse a un nuevo día… y a nuevas historias, seguro.

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