Estuve dos años en el extranjero y al volver descubrí que mi hijo había vivido una “sorpresa”.

Life Lessons

Había pasado dos años fuera de la península, en la lejana Noruega, y al volver a mi pueblo de la sierra de Guadarrama descubrí que mi hijo había experimentado una sorpresa.

Mi única hija, Cándida, había unido su vida con un ciudadano de esa tierra helada, llamado Lars. Me quedé con ellos durante dos años, alimentaba al pequeño Mateo mientras el fuego del horno chisporroteaba, y hacía las tareas domésticas como si el tiempo se hubiera detenido en una eternidad onírica.

Cándida y su marido trabajaban en la misma empresa del sector logístico y apenas regresaban al ocaso. Yo, con la esperanza de que esa rutina se mantuviera, me refugiaba en la quietud de la casa, hasta que la realidad se torció como un espejo roto. Un día, me dijeron que ya no necesitaban mi ayuda y que debía abandonar el apartamento. Un mes después, regresé a mi propio hogar, pero allí tampoco había sitio para mí.

Mientras vivía con Cándida, mi hijo Julián se separó de su primera esposa, abandonó su piso y, como quien busca refugio en un sueño, se instaló bajo mi mismo techo. Trajo consigo a su segunda mujer, Dominga, que ya estaba encinta. No pidió permiso, ni volvió a tocar la puerta del respeto.

¿Qué debía hacer? ¿Echar a mi propio hijo y a su esposa embarazada al aire? No. Pero, ¿cómo podíamos los tres, y pronto seremos cuatro, habitar una habitación que huele a polvo de tiempo? Ni Julián ni yo teníamos los euros necesarios para alquilar otro piso. Llamé a Cándida y le describí la escena, con la voz temblorosa como una vela a punto de apagarse, esperando que comprendiera y me ofreciera volver a su techo. No lo hizo. Tenían una visión del mundo tan distinta que sus palabras se desvanecieron como niebla.

El comportamiento de Julián resultaba comprensible; nunca había previsto mi regreso. Ahora duermo en el sofá de la cocina, que parece flotar sobre una alfombra de nubes. De día salgo de casa, recorro los pasillos del mercado, visito a los vecinos, mientras él y Dominga se comunican sin sobresaltos, sin discusiones, pero ella me ignora como si fuera un cuadro colgado de cabeza.

Es evidente que no le agrada mi presencia bajo su mismo techo. Jamás pensé que a los sesenta años me convertiría en un peso muerto, que otro ocupara mi propio rincón. Su hijo sólo piensa en su mujer embarazada y no se inmuta ante el problema del alojamiento.

Busco un empleo a tiempo parcial, anhelo una vivienda propia donde pueda respirar sin que el aire sea ajeno. Los nuevos suegros de Dominga viven en el campo, entre olivares y encinas. ¿Debería sugerirle a mi nuera que se mudara con ellos? ¿Encontrará Julián trabajo allí? Dudo que sí. No sé qué decisión tomar

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