Estuve cinco años en una relación con mi novia. Vivíamos en ciudades distintas por trabajo, pero hab…

Life Lessons

Todo sucedía como en una de esas siestas pesadas de agosto en Madrid, cuando el calor te mete en sueños espirales. Tenía una relación con mi novia, Inés Rodríguez, desde hacía cinco años. Por cuestiones de trabajo, ella vivía en Sevilla y yo en Salamanca, aunque cada noche sonaban nuestras voces a través del móvil. Todo parecía avanzado: planes que se arremolinaban como hojas en otoño, y ya barajaba la idea de pedirle matrimonio, terminar con esa distancia alargada, montar juntos un piso. Confiaba en ella, como quien confía en el sol que sale cada día sobre la Puerta del Sol. Jamás vi sombra que me hiciera desconfiar.

Una tarde, al filo de la realidad, sonó mi móvil con un número desconocido. Contesté. Al otro lado, escuché la voz sosegada de un hombre, cortés, con acento de Valladolid.

No busco líos, dijo con esa serenidad de tren regional te llamo porque creo que debes saber algo.

Me contó que era ingeniero informático y que últimamente había empezado a ver a una chica. Todo era aún tibio: mensajes, cafés, miradas, ese juego de reconocerse entre líneas. “Jamás mencionó que tuviera pareja”, murmuró, y sentí el zumbido de los semáforos de la Gran Vía entre las palabras. Todo normal hasta que una sospecha, pequeña como una oliva, se le metió bajo la lengua.

Charrando con un amigo, le soltó el nombre de ella. El amigo se quedó mudo, como si le faltara aire de la sierra, y pidió ver una foto. Al verla, soltó una sentencia que cortó el sueño en dos:

Aléjate de esa mujer rápido. Tiene novio desde hace cinco años.

Eso no era rumor, me explicó; todo el mundo lo sabía de pasada. Incluso me describió: yo, el de Salamanca, ella trabajando en Sevilla, aprovechando la distancia para vivir tres vidas rotas. “Y aún peor”, añadió, “sale con otro ingeniero, alguien que conoce tu historia y le da igual por completo”.

Fue ahí cuando entendió que no era confusión de nombres. Era una situación surrealista: tres relaciones al mismo tiempo, como bailarines de flamenco pisando el mismo tablao, sin que ninguno se tropiece entre los acordes.

Te llamo porque si existe solidaridad femenina, debe existir también la masculina dijo como despertando de un trance. Yo no quiero ser parte de esto.

Consiguió mi número por alguna red social y prefirió llamar, huyendo de los fríos mensajes. Añadió, translúcido como los charcos del Retiro:

Si quieres pruebas, dímelo y te las envío. No tengo nada que ocultar.

Le dije que sí. Colgué. Pocos minutos después, recibí la verdad destilada: conversaciones, audios, fotos, quedadas; todo flotaba ante mis ojos como nubes sobre la Plaza Mayor. La manera en que ella le hablaba idéntica a como me hablaba a mí. Las mismas frases, los halagos, las promesas tan vacías como una copa de vino en una terraza.

Sentí una opresión en el pecho, como si la Giralda se me fuera cayendo encima. La amaba profundamente. Ya estaba tanteando mudarme, armar vida conjunta, llenarlo todo de intención y esperanza.

La llamé. Le apreté con preguntas. No lo negó. Primero quiso minimizar las cosas, luego se enfadó porque “alguien se había entrometido”. Acabó llorando. Dijo que estaba confundida, que no sabía lo que quería, que no esperaba que yo me enterase así, entre sombras y llamadas a deshoras.

Colgué, flotando en una madrugada interminable.

Fue entonces, bajo la almohada aún tibia, cuando comprendí algo difícil de asumir: no solo los hombres engañan. Existen mujeres que mienten con estrategia, que sostienen varias vidas y calculan sus pasos con el compás de una sardana.

Sí, perdí una relación; pero agradezco a aquel hombre desconocido, digno y honesto, que me cruzó una señal en mitad del sueño. De no ser por él, quizá hoy estaría prometido con alguien que era maestra de espejismos, con más vidas de las que puedo contar con los dedos de una mano.

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