Estábamos sentados en la cocina tomando café, y el hijo de mi amigo veía dibujos animados. Unos minutos después, se oyó un estruendo tremendo

Life Lessons

Recuerdo aquella tarde en Madrid, hace ya muchos años, cuando disfrutaba de mi merecido día libre, dedicando el tiempo a ordenar la casa y ponerla a punto. De repente, recibí una llamada inesperada de una conocida, Pilar, quien apenas me dio opción y me comunicó que ella y su hijo vendrían a visitarme. Por más que intenté hacerle entender que estaba limpiando, parecía que mis palabras se quedaban flotando en el aire, sin que ella hiciera caso.

No habían pasado ni diez minutos cuando se plantaron en mi puerta. Reconozco que no me hizo especial ilusión ver a su hijo, Jacinto, un niño travieso y siempre dispuesto a montar líos.

Nos sentamos en la cocina, tomando café. Mientras tanto, Jacinto se quedó en el salón viendo dibujos animados. De pronto, un estruendo tremendo me sacó del ensimismamiento. Fui corriendo y me encontré el acuario hecho añicos. Los peces estaban desperdigados por la alfombra, y el agua se había colado por todos los rincones.

Pilar, alarmada, corrió hacia Jacinto para comprobar que no estuviese herido. Yo, por mi parte, me puse a escurrir el agua con un trapo, intentando evitar que el desastre llegara al vecino de abajo. Tras limpiar lo peor, Pilar anunció que se iban.

¿Podrías ayudarme a llevar la alfombra a la tintorería? le pedí.
No, mi hijo está muy alterado, necesitamos tranquilizarle respondió ella sin apenas mirarme.

Al preguntar a Jacinto qué hacía junto al acuario, él me contó que había lanzado un avión de papel y este acabó dentro. Decía que lo buscaba, pero en la sala no había ni rastro de papeles. Finalmente, señaló el armario y allí encontré los restos; había usado mi certificado de matrimonio para hacer el dichoso avión.

Pues hazte otro, tampoco es para tanto soltó Pilar con naturalidad.

Claro, ¿por qué iba a preocuparme? ¡Solo tenía que comprar otro acuario, sacar otro certificado de matrimonio y pagar la reparación del techo del vecino! Por si fuera poco, Pilar me echó en cara haber dejado el acuario en un lugar demasiado accesible.

Tras la marcha de mis invitados, bajé a casa del vecino para comprobar que todo estuviera bien. Después de asegurarme y recoger lo que podía, por fin me tumbé a descansar. Ya entrada la noche, recibí un mensaje de Pilar demandando que le pagara la consulta de un psicólogo, porque Jacinto había quedado traumatizado. Ni siquiera me molesté en responder; simplemente borré su número.

Así fue aquel día, memorable por lo disparatado, y aún lo recuerdo con esa mezcla de incredulidad y resignación tan típica en nuestra tierra.

Rate article
Add a comment

3 × one =