Esto no es tu casa
Hoy he vuelto a mirar, con una tristeza profunda, la casa donde crecí. A mis dieciocho años, ya estaba completamente desilusionado de la vida. ¿Por qué la suerte había sido tan cruel conmigo? Murió mi abuela, no pude entrar a la universidad gracias a una chica que se sentaba a mi lado en los exámenes. Copió todo de mí y, al entregar su hoja la primera, le susurró algo al examinador. Él frunció el ceño, me pidió que le mostrara mi examen y, enseguida, me expulsó acusándome de copiar. Por supuesto, no logré demostrar mi inocencia. Más tarde supe que aquella chica era hija de un empresario influyente de nuestra ciudad. ¿Y cómo enfrentarse a gente así?
Ahora, tras tantas desgracias, reapareció mi madre con dos hermanos y un nuevo marido. ¿Dónde habrían estado todos estos años? Yo fui criado por mi abuela, mi madre me dejó siendo apenas un niño. Ni siquiera conservo recuerdos agradables de aquellos años. Mientras mi padre trabajaba, ella me dejaba solo en casa y se iba de fiesta. Incluso casada, seguía buscando un hombre mejor, y nunca lo ocultó, ni siquiera cuando papá falleció de manera repentina.
Ya viuda, mi madre, Pilar, lloró bien poco. Recogió cuatro cosas, me dejó con cuatro años en la puerta de la casa de mi abuela, vendió la vivienda que era de mi padre, y desapareció. Mi abuela Julia intentó razonar con ella, pero fue en vano.
Pilar venía de vez en cuando, pero yo no le interesaba. Cuando tenía doce años, volvió acompañada de mi hermano pequeño, Julián, entonces de unos siete, y exigió a mi abuela que le dejara la casa en herencia.
Ni lo sueñes, Pili. No vas a quedarte con nada le contestó mi abuela, firme.
Ya verás, cuando te mueras será todo mío igual le replicó mi madre, con una crueldad inaudita, y yo escuché todo desde el salón, asustado. Luego se marchó enfadada, llevándose a Julián.
¿Por qué discutís siempre que viene, abuela? le pregunté esa vez.
Porque tu madre solo piensa en sí misma. No supe educarla respondió Julia, dolida.
La enfermedad de mi abuela fue repentina. Jamás se quejaba de nada. Un día, al llegar del instituto, la vi sentada en un sillón de la terraza, pálida y débil. Nunca la había visto así, parada sin hacer nada.
¿Te pasa algo? le pregunté preocupado.
Me encuentro regular… Llama a una ambulancia, hijo me pidió muy tranquila.
Y lo que siguió fue hospital, goteros… y muerte. En sus últimos días estuvo en la UCI y no me dejaron visitarla. Asustado, llamé a mi madre. Al principio se negó a venir, pero al saber que abuela estaba tan grave, accedió. Solamente llegó a tiempo para el entierro. A los pocos días, casi con una sonrisa, me puso el testamento delante:
Esta casa ya es mía, y de mis hijos. Pronto llegará Fernando. Sé que con él no te llevas bien. Mejor vete un tiempo a casa de la tía Carmen, ¿vale?
Ni rastro de luto. Mi madre parecía hasta feliz de la muerte de Julia: ¡al fin era la heredera!
Sumido en mi dolor, me sentí incapaz de enfrentarme a ella. Además, en el testamento todo quedaba muy claro. Así que, al principio, fui a vivir con la tía Carmen, hermana de mi padre. Pero ella era muy superficial, vivía de fiesta en fiesta, y siempre rondaban invitados ruidosos y medio borrachos. Aquello me resultaba asfixiante, y peor aún cuando alguno empezaba a interesarse por mí, lo cual me horrorizaba.
Le conté todo esto a mi novia, Carmen, y su reacción me sorprendió y alegró a partes iguales:
¡Ni hablar de que esos tipos te miren o se acerquen! dijo indignada. Hoy mismo hablo con mi padre. Tenemos un apartamentito en las afueras. Mi padre me prometió que podría vivir allí solo al entrar en la universidad. Yo he cumplido y ahora le toca a él.
¿Y eso qué tiene que ver conmigo? le respondí, confuso.
¿Cómo que qué? ¡Viviremos juntos! ¿No lo ves? dijo con una sonrisa luminosa.
¿Y tus padres estarán de acuerdo?
No tienen elección. Mira, te lo digo ya: quiero que seas mi esposa y vivamos juntos. ¿Aceptas?
Estuve a punto de emocionarme:
¡Por supuesto que sí!
Cuando mi tía se enteró de la boda, se alegró mucho; mi madre, en cambio, casi bufó de rabia:
¡Te casas ahora! No entraste en la universidad y quieres arreglarlo de otra manera. Ni sueñes que te daré ni un euro, ¿eh? Y la casa es mía, que te quede claro. ¡No te corresponde nada!
Aquellas palabras me dolieron como un puñal. Carmen apenas pudo entender algo entre mis lágrimas, pero se las arregló para llevarme a casa de sus padres, quienes me cuidaron y calmaron.
El padre de Carmen, don Rafael, escuchó con atención mi relato sobre todo lo que me había sucedido en aquellos meses. Su mujer también se indignó mucho cuando supo cómo hablaba mi madre.
¡Pobrecito! ¡Qué madre más terrible! exclamó la madre de Carmen.
Pero hay algo que no comprendo… dijo pensativo Rafael, si el testamento está todo claro, ¿por qué ella se obsesiona tanto con la casa y te lo repite todo el tiempo?
No lo sé respondí entre sollozos. Siempre discutía con la abuela por la casa cuando venía. Primero pidió venderla y quedarse con el dinero, pero luego quería que se la dejara en herencia. Julia nunca accedió, decía que si lo hacía, nos dejarían en la calle.
Es todo muy raro. Dime, ¿has ido al notario desde que falleció tu abuela?
No, ¿para qué?
Para reconocer oficialmente tu derecho a heredar.
Pero la heredera es mi madre, yo sólo soy el nieto. Además, ella enseñó un testamento donde lo pone todo claro.
Es más complicado de lo que crees dijo Rafael. Tras el fin de semana, vamos juntos a la notaría. Por ahora, descansa.
En esos días, mi madre volvió con unos papeles y quiso forzarme a firmarlos. Pero Carmen intervino:
No va a firmar nada.
¿Y tú quién eres para meterte? le replicó mi madre, indignada.
Voy a ser su marido. Y creo que esto podría perjudicarle.
Furiosa e insultando, mi madre se fue sin lograr nada. Esto solo hizo más sospechoso a Rafael.
A los pocos días fui con él al notario. Me aconsejó estar atento y revisar todo antes de firmar. Pero el notario fue honrado: aceptó mi solicitud y enseguida supimos que había una herencia abierta a mi nombre. Descubrimos que mi abuela tenía unos ahorros guardados para mi matrícula, cosa que yo ignoraba por completo.
¿Y la casa? preguntó Rafael.
La vivienda está a nombre del chico desde hace años, mediante una donación en vida. No existen otros documentos.
¿Una donación…? me sorprendí.
Su abuela hizo la donación hace unos años. Ahora que ya eres mayor de edad, la casa es tuya en pleno derecho.
¿Y el testamento?
Fue anterior, pero luego lo anuló. Tal vez tu madre no lo sepa. El domicilio es tuyo.
Las dudas de Rafael tenían su razón.
¿Y ahora qué hago? le pregunté, inquieto.
Es sencillo. Dile a tu madre que debe abandonar la casa: le pertenece a otro.
¡No lo hará jamás! ¡Ya hasta había empaquetado mis cosas para echarme!
Para eso está la policía.
Cuando se lo comuniqué a mi madre, se puso como una hidra:
¡Miserable! ¡Me quieres echar a la calle! ¡Vete tú! ¿Te crees que voy a creerte? ¿Esto es cosa de tu novia y su padre? ¡Quiero ese documento donde consta que la casa es mía, lo dejó claro mi madre en el testamento!
¡Eso! Fuera de aquí, o os mando al hospital añadió Fernando, su marido, que todo este tiempo había observado la escena con un odio gélido. Rafael no se movió un ápice.
Amigo, le pueden denunciar por amenazas le advirtió Rafael, muy tranquilo pero con firmeza.
¿Tú quién eres para decirme nada? ¡Lárgate! La casa se va a vender y pronto vendrán a verla los compradores.
Pero en vez de compradores, llegó la policía. Una vez examinados los documentos, exigieron a mi madre y a su familia que abandonaran el domicilio cuanto antes, bajo riesgo de denuncia penal. Salieron de allí entre insultos y rabia, pero sin capacidad de resistirse. Yo, por fin, pude volver a mi casa. Carmen, preocupada, se mudó conmigo para acompañarme, y acertó: mi madre y Fernando siguieron hostigándonos un tiempo. Al enterarse de que quedaba dinero en el banco de mi abuela, Pilar intentó reclamarlo ante notario, y al final se quedó con una parte. A la casa nunca logró meterle mano. Solo cuando consultó con abogados y comprendió que no tenía nada que hacer, decidió marcharse y nunca regresó. Desde entonces, no supe más de ella.
Me casé con Carmen. Al año siguiente, pude acceder a la carrera que siempre soñé, y en tercero nació nuestro primer hijo. Estoy agradecido a mi mujer y a su familia, por su apoyo incondicional en uno de los trances más complicados de mi vida.
He aprendido que la justicia, aunque tarde, llega. Y que la sangre no siempre marca la verdadera familia.
Autor: Odilio
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Misterio
La casa era vieja, pero bien cuidada. No había permanecido demasiado tiempo vacía, ni se había deteriorado. Menos mal pensé. Ahora mismo no tengo pareja. Y tampoco es que sea uno de esos hombres recios capaces de todo: desde clavar clavos hasta domar caballos o entrar en una casa en llamas y salir ileso.
Me acerqué al porche, saqué la llave del bolso y abrí el candado grueso de la puerta.
***
No sé muy bien por qué razón, la tía Amparo me dejó esta casa en herencia. Era una parienta lejana y de trato escaso. Quién sabe cómo razonan los mayores cuando llegan a tan avanzada edad. A tía Amparo yo le calculaba más de noventa años, casi cien. Era mi tía abuela o quizás la hermana de mi abuela, pero el caso es que siempre fue la costurera y cocinera oficial de la familia.
De pequeño, visité un par de veces a tía Amparo. Ya entonces era muy mayor, pero quería vivir sola, sin molestar a nadie, sin pedir ayuda jamás. Hasta el día en que falleció.
Cuando me llamaron para avisar de su muerte en el pueblo de Venturina, ni siquiera caí a la primera de quién se trataba. Menos aún esperaba que me dejase la casa y un pequeño terreno.
¡Un regalo para tu futura jubilación! bromeó mi mujer, Mercedes.
¡Bah! Si hasta la jubilación queda un mundo, le respondí. Solo tengo cincuenta y cuatro. Para cuando la consiga, seguro que la retrasan más. Será simplemente un regalo, y bienvenido. Lo que no entiendo es el porqué; ni sabía si Amparo seguía viva. Pensaba que llevaba años descansando ya. Pero bueno, no estoy para rechazar regalos.
¡O vendámosla! dijo Mercedes con una sonrisa.
***
Y menos mal que no la vendimos. Unos meses después de convertirme en propietario, recibí otra sorpresa, mucho menos feliz. Descubrí que Mercedes me engañaba. Así, sin más: la crisis de los cincuenta y… bueno, el bicho en el cuerpo.
Autor: OdilioY fue la casa la que me salvó del abismo en que estuve a punto de caer. Cada domingo, después del divorcio, conducía hasta Venturina. Al principio, solo me sentaba en el porche, mirando los árboles, intentando reconocer la vida que se extendía frente a mí sin Mercedes. Luego empecé a arreglar cosas: el portón, la cerca, la chimenea. Me sorprendió que, trabajando, el dolor se colara menos, igual que si los tablones y los clavos absorbieran mi tristeza.
Una mañana, mientras limpiaba la vieja cómoda del dormitorio, encontré, tras un doble fondo, una cajita. Dentro había fotos en sepia: tía Amparo de joven, algunos rostros familiares, cartas con caligrafía primorosa. Leí una, dirigida a mí, aunque escrita hacía años: No quiero que nadie más herede la soledad. La casa debe seguir llena de risas, pequeñas reparaciones y pasos cotidianos. Entendí de golpe el misterio de su regalo: la casa no era solo un lugar, era un puente, una curación.
Poco a poco, el pueblo me fue adoptando. Los vecinos me observaban con recelo al principio, pero pronto entendieron que no iba de paso. Eva, la panadera, me regalaba hogazas recién hechas los sábados. Julián, el cartero, me enseñó a injertar los manzanos del terreno. Una tarde, al cerrar la puerta, sentí el peso de la soledad cediendo paso a otra cosa. La casa se iluminó con mi voz, mi risa, mis pasos y, algún fin de semana, con la visita de mis hijos.
No sé si uno escoge la vida nueva o ella lo elige a uno. Solo sé que ahora, cuando giro la llave en aquella cerradura antigua, siempre susurro: Ya estoy en casa, tía Amparo. Porque aprendí, por fin, que a veces la vida te quita todo para darte la oportunidad de empezar de nuevo, en el sitio menos esperado.







