Ese Marzo Inolvidable

AQUEL MARZO
Marzo no es simplemente un mes; es un test anual de resistencia mental al más puro estilo castizo.
Sobre todo cuando el amor de uno es igual de raro que el tiempo en la calle: ¿primavera o apocalipsis?
¿O resulta que alguien ha decidido dar un brochazo de gris sobre todo Madrid?
El amor entre Óscar y Carmen nació en marzo, y ahí está la explicación de absolutamente todo.
Mientras otras parejas se conocen bajo las lluvias de pétalos de almendros de Retiro, estos dos se encontraron cuando Óscar salpicó a Carmen con una charca, y ella, en vez de soltar lágrimas, le lanzó con puntería de futbolista un bloque de nieve derretida al parabrisas, en el que, según Óscar, se intuía un ladrillo camuflado.
Fue amor a primer ricochete.
Marzo en su ciudad era momento para que la pasión se lanzara a pasear con botas de agua y chubasquero.
¿Te apetece una vuelta?
susurraba dulcemente Óscar por el móvil.
No tengo barca, respondía Carmen con lógica implacable.
Te llevo a cuestas como Sancho Panza.
Al final, sus citas parecían más ejercicios de entrenamiento para la Guardia Civil en zona pantanosa.
Óscar cruzaba heroicamente charcos y arenas movedizas con Carmen a la espalda, mientras ella le cubría con un paraguas loco que amenazaba con volar hasta Málaga junto a sus esperanzas de pies secos.
¿Sabes?
meditaba Óscar, con la bota derecha empapada la verdadera profundidad del amor está aquí.
Somos como dos patos en el estanque del parque.
Los patos emigraron a zonas cálidas en octubre, Óscar.
Ahora somos como dos pingüinos despistados que se perdieron de camino a la Antártida.
Su peculiar amor se manifestaba en pequeños detalles.
En marzo, el sentimiento profundo no es un anillo en la copa de cava (que tendría un trozo de hielo flotando), sino la última pastilla de Frenadol dividida en dos.
Para ti, proclamó Óscar solemne, entregándole media bolsita amarilla.
Desde las profundidades de mi alma.
¿Y por qué tiene pelusas del gato?
Es un aderezo.
Para la inmunidad.
Carmen lo miraba, con gorro de pompón ridículo, nariz colorada y ojos de loco, y de repente lo veía claro: era eso.
El código del universo que dio error y juntó a dos personas capaces de reír incluso con fiebre (que para el hombre, como bien sabemos, es casi estado pre mortem).
El momento más romántico llegó al fin de mes.
El sol apareció por fin, revelando todo aquello que el invierno ocultaba bajo la nieve.
Madrid parecía el decorado de una película sobre el levantamiento de los empleados de limpieza.
Parados sobre el puente, el viento soplaba a treinta metros por segundo, queriendo arrancarle la chaqueta a Óscar.
Carmen, empezó él, elevando la voz para vencer el rugido de la primavera quiero decirte Eres para mí como ¡la primera flor del almendro!
¿Tan pálida y brotando entre los restos del botellón?
replicó Carmen, ajustando el bufanda que ya daba tres vueltas a su cabeza.
Óscar titubeó.
No…
Tan resistente.
Porque, pese a este bendito marzo, aquí seguimos juntos.
Incluso después de que solté tu móvil en un montículo que resultó ser un charco.
Carmen lo miró, estornudó (en sincronía perfecta con el tranvía que pasaba) y se echó a reír.
Está bien, héroe del almendro.
Vayámonos a casa.
He comprado un kilo de limones y tengo receta de vino caliente.
Si sobrevivimos a este domingo, declaro oficialmente nuestro amor patrimonio histórico.
Ambos andaban por la calle, esquivando icebergs en la acera.
Era un amor muy profundo.
Profundo exactamente hasta las rodillas igual que el agua que había en el portal de su bloque.
Pero les daba igual.
Porque en aquel marzo lo importante no era cuán limpios estaban los zapatos, sino de quién era la mano que apretabas mientras resbalabais juntos hacia el inevitable abril
Pasó un año.
Llegó el nuevo aquel marzo.
Madrid volvía a transformarse en el set de rodaje de El mundo acuático, versión low cost de tres céntimos.
Óscar y Carmen se enfrentaban a una mastodóntica charca que en una noche había tomado el patio.
Los vecinos se pegaban al muro, caminando por la línea de hielo, mientras un jubilado miraba al cielo esperando, si no un helicóptero de rescate, al menos una paloma con ramita de olivo.
Óscar, Carmen miró sus nuevas zapatillas blancas, compradas en un ataque de optimismo desmedido.
Somos adultos.
Tenemos hipoteca, empleo y cierre de trimestre.
No podemos simplemente
Podemos, la interrumpió Óscar.
Sacó como un mago dos botas de agua amarillo chillón con patitos sonrientes estampados.
Las compré ayer.
Tu talla.
Carmen suspiró.
Era el tipo de amor profundo donde el otro conoce no solo tu número de pie, sino también tu nivel de disposición para la decadencia.
Cinco minutos después estaban en el centro del charco.
El agua chapoteaba alegre, el sol bailaba en los trozos de hielo sucios, y los transeúntes los miraban como si hubieran escapado de una institución muy entrañable pero muy cerrada.
¿Sabes?
Carmen saltó, levantando una catarata de agua que empapó al vecino con gorro de visón.
Es el mejor comienzo de primavera.
Es el protocolo Patito amarillo, contestó Óscar con gravedad.
El sistema del universo intentó hundirnos en la depresión, pero hemos desarrollado talones impermeables.
Allí estaban en medio de ese caos primaveral disparatados, mojados, pero perfectamente sincronizados.
Un amor extraño, solo comprensible para quien sabe encontrar fondo donde otros solo ven mugre.
Óscar la abrazó, y el sol pegó tan fuerte que de sus chaquetas salió vapor.
Estamos ardiendo, observó Carmen.
No, sonrió Óscar.
Solo hemos alcanzado, por fin, la temperatura adecuada.
Y ese mismo marzo entendieron lo esencial: si la vida te pone charcos, compra las botas más chillonas y aprende a bailar sobre ellosPor unos segundos, todo fue silencio.
El vapor dibujó en el aire formas efímeras, como pequeños secretos, mientras alrededor se desvanecía la ciudad apresurada.
Carmen apoyó la cabeza en el hombro de Óscar y ambos contemplaron la charca, esa insignificante hazaña de la naturaleza.
El próximo marzo, ¿qué será?
¿Tormenta eléctrica?
O invasión de ranas, propuso Óscar, y ella lo sintió reír bajo la piel.
Da igual, dijo Carmen, entrecerrando los ojos y dejando que el sol hiciera brillar el agua y las botas.
Si sobrevivimos a esto, sobrevivimos a cualquier cosa.
Y mientras el vecino de visón juraba en arameo y los niños preguntaban si era Carnaval, los dos siguieron saltando y riendo, con la certeza de que ningún temporal, ningún marzo, tendría ya el poder de convertir su amor en charco olvidado.
Porque ahí, en esa primavera improvisada, descubrieron que la felicidad no espera a que llegue el buen tiempo: simplemente se lanza, mojada y despreocupada, a encontrar la temperatura adecuada junto a alguien igual de absurdo.
Así, entre charcos y soles, siguieron cruzando el calendario y, por encima de todo, el abismo de la rutina con sus botas amarillas, su receta de vino caliente y un patrimonio histórico digno de los mejores diluvios.
Y mientras Madrid seguía transformándose cada marzo en un mundo acuático low cost, ellos ya eran expertos navegantes.
Porque el amor, en su versión más profunda, nunca tiene miedo de mojarse los pies.
FIN

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