Es momento de cuidar de ti mismo

Life Lessons

Es la hora de uno mismo

El despertador de María suena a las seis y media, aunque podría levantarse más tarde. Lo programa no por necesidad, sino por temor a no arrancar el día. Mientras la casa aún está en silencio, ella mete la ropa en la lavadora, prepara para su marido Sergio un envase con trigo sarraceno y pollo, revisa que su hijo Carlos, de diez años, haya firmado el cuaderno de inglés, y pasa la bandeja de entrada marcando los correos con la etiqueta urgente. En el baño el espejo se empaña con la ducha y María se ve fragmentada: la frente, las pestañas, la línea de la boca, que en los últimos meses se ha endurecido.

Trabaja como gestora de proyectos en una empresa donde todo se mide en plazos y riesgos. Cada minuto aparecen preguntas en el chat y su mano se extiende a responder, aunque esté junto a la estufa. María sabe que, si no contesta ahora, alguien pensará que se ha esfumado y después le tocará demostrar que está presente. Siempre está presente.

Carlos se levanta con desgano y enfado. Sergio se levanta antes y se dirige a la obra, tirando a Carlos al colegio si María se retrasa. Sergio no es un mal marido; simplemente vive en modo hay que, como ella, y cuando por la noche se desploma en el sofá, su cansancio parece una ley de la naturaleza. María se sorprende de que le genere envidia esa claridad: cansado, ¿qué haces? Te quedas tirado. Su propio cansancio siempre necesita justificación.

Ese lunes recuerda que tiene cuarenta y uno años cuando, por casualidad, el calendario le muestra una notificación de cumpleaños. La había puesto ella misma para no olvidar, y sin embargo la ha pasado por alto. Mira la fecha, la lista de tareas y cierra la notificación. En el metro de Madrid se agarra al pasamanos y piensa en la necesidad de aprobar el presupuesto, recoger un pedido del punto de recogida, llamar a su madre porque se ofendería si no lo hace. Los colegas le envían felicitaciones breves con emojis y María responde gracias en piloto automático.

En otra zona de la ciudad, en la escuela, la profesora Teresa comienza su primera clase a las ocho y quince. Tiene cuarenta y ocho años y dicta literatura, aunque en los últimos años se siente más como una gestora. Los niños hacen ruido, los padres escriben en los mensajes, la directora envía tablas que hay que rellenar para la noche. Teresa lleva cuadernos en la mochila, corrige composiciones en el autobús y en la cocina mientras la patata hierve en la olla.

Su hija, la estudiante Begoña, vive sola pero llama casi a diario; las conversaciones terminan frecuentemente con pedidos de transferir dinero, consultar horarios de trenes de cercanías o ayudar con documentos. Teresa no sabe decir no ahora. Le parece que, si rechaza, será una mala madre, una mala docente, una mala persona. Lleva en la cabeza las expectativas ajenas como una lista de reglas que no se pueden romper.

En la sala de profesores hay galletas, alguien ha traído para el té. Teresa se lleva una, luego otra, y siente cómo sube la irritación. No es la galleta, es ella. Oye a sus compañeros hablar de qué fin de semana han ido, quién ha llegado a tiempo para un masaje, y percibe en la palabra ha llegado una reproche velada. Piensa que ella también podría llegar si se concentrara más, si no se dispersara en los pedidos ajenos.

En la consulta donde trabaja Luz, ya a las nueve de la mañana hay una fila de pacientes. Luz tiene cincuenta y dos años, es médico de familia, y su despacho huele a antiséptico y polvo de papeles viejos. Los pacientes llegan con tos, presión arterial, bajas para el trabajo. Luz escucha, receta, explica, y entre citas responde a la enfermera y revisa que el sistema no se haya colgado.

Mide su propia presión solo de forma esporádica. No porque desconozca los riesgos, sino porque no quiere ver los números. Cuando todo el día está lleno de cifras ajenas, las propias se vuelven un problema adicional. En casa le espera su padre, mayor, tras un ictus, con quien ha convivido tres años. Puede llegar a la cocina solo, pero se confunde con los medicamentos; Luz reparte pastillas en cajas semanales como si eso pudiera ordenar el resto.

La cuarta mujer, Ainhoa, es autónoma. Tiene treinta y siete años y hace manicura a domicilio. Vive en un piso tipo estudio en un nuevo barrio, tiene una hipoteca y dos ventanas que dan a una calle ruidosa. Ainhoa trabaja de sol a sol, porque cada cliente cancelado significa un agujero en el presupuesto. Publica en redes fotos de uñas impecables, etiqueta horas libres, y responde a mensajes a las dos de la madrugada.

Su novio, Diego, vive con ella, pero actúa como invitado. Le ayuda ocasionalmente, puede recoger paquetes o sacar la basura, pero en general piensa que Ainhoa es su propia jefa, así que ella misma debe arreglárselas. Ainhoa no discute; teme que el conflicto se convierta en una pelea, la pelea en una ruptura, y la ruptura en otro punto más en su lista de problemas. Ya tiene suficiente.

Lo que las une no es la edad ni la profesión, sino la forma en que llevan la vida sobre sus hombros, como si pudiera desmoronarse al soltar un solo hilo. Y el ruido constante de voces contradictorias que giran a su alrededor.

María escucha a sus compañeros en la oficina cuando discuten productividad y el equilibrio correcto. En su feed de redes aparecen vídeos de mujeres sonriendo mientras corren, beben batidos verdes y hablan del amor propio. María los mira con una ira cansada; la sonrisa le parece otra obligación.

Teresa oye esas voces en el chat de padres, donde las madres discuten sobre actividades extraescolares y profesores particulares, y en conversaciones con vecinas que pueden criticar a la carrera y al mismo tiempo reírse de las ama de casa. Luz las percibe en la fila del consultorio, donde los pacientes exigen atención y al mismo tiempo se quejan de que los médicos no hacen nada. Ainhoa las siente en los comentarios: ¿Cómo lo haces todo? y de pronto pero tú solo estás en casa.

El primer llamado de atención de María ocurre el miércoles en el metro. Está de pie en el vagón, con el móvil en la mano, leyendo el mensaje del jefe: Necesitamos cerrar hoy, si no nos retrasamos. En ese momento el tren frena bruscamente y María siente una presión en el pecho, como si alguien le agarrara el corazón. El aire escasea. Intenta inhalar más profundo, pero el suspiro sale corto y punzante.

Piensa que va a caer. No quiere caer. Le da vergüenza anticipar la caída, como si fuera una debilidad. Baja en la siguiente estación, se sienta en un banco y se aprieta la palma contra el pecho. El ruido de la gente alrededor la envuelve: alguien habla por teléfono, otro come un croissant. María mira sus rodillas e intenta contar respiraciones.

Saca de su bolso una botella de agua, da un sorbo y siente cómo la presión disminuye poco a poco, no de golpe, sino lentamente, como si el cuerpo discutiera con ella. Diez minutos después logra ponerse de pie y llama a un taxi para volver a la oficina. En el coche escribe al jefe: Llegaré en una hora, me siento mal. Sus dedos tiemblan y cree que se note en la pantalla.

El jefe responde: Vale. Ánimo. María lo lee y siente un vacío extraño. Ánimo es una palabra habitual, pero ahora suena como una orden.

El llamado de atención de Teresa llega como un estallido. El viernes por la tarde revisa cuadernos, la sopa se enfría en la cocina, y su hija Begoña, al teléfono, le dice que necesita dinero urgentemente para un pago. Teresa trata de averiguar de qué se trata y, al mismo tiempo, recuerda que mañana tiene que participar en la jornada de limpieza de la escuela.

En ese momento llega un mensaje de un padre: ¿Por qué mi hijo tiene un tres? Tiene que explicarlo. Teresa siente una ola caliente subirle al interior. Le dice a Begoña: Espera, no puedo ahora, y la hija se enfada. Después abre el mensaje del padre y responde de forma demasiado brusca, casi grosera. Lo envía y se arrepiente al instante.

Se queda mirando la pantalla, con la vergüenza pegada a la garganta. Quiere retroceder, borrar, hacerlo distinto, pero el mensaje ya está enviado. Apaga el móvil, va al baño, cierra la puerta y se queda allí, apoyada al lavabo. En el espejo ve manchas rojas en el cuello.

El llamado de atención de Luz es médico pero inesperado. El lunes, después de la consulta, siente un fuerte dolor de cabeza y náuseas. La enfermera le dice: Luz, está pálida. Luz se encoge de hombros, pero una hora después comprende que no puede escupirlo.

Pide que le tomen la presión. Los valores del tensiómetro son demasiado altos. Luz los mira y no piensa en ella, sino en el día completo que le espera, en que su padre no tendrá a quien alimentarse, en que los pacientes se quejarán si cancela citas. Entonces escucha su propia voz, seca y profesional: Necesito baja médica. Decirlo le cuesta más que diagnosticar a un paciente.

El crisis de Ainhoa se manifiesta como entumecimiento en los dedos. Esa tarde, al terminar una aplicación para una clienta, siente que no siente la punta del pulgar. Sonríe a la clienta, dice: Un momento, y se dirige al baño, abre la llave de agua fría y deja que el chorro corra sobre sus manos. El entumecimiento persiste.

Vuelve, termina el trabajo, cobra, despide a la clienta, cierra la puerta y se sienta en el suelo del recibidor. En su cabeza gira la idea: si las manos fallan, todo se viene abajo. El crédito, los suministros, la comida, la luz. Saca el móvil y busca entumecimiento uñas manicure. Los artículos hablan de síndrome del túnel carpiano, inflamación, cirugías. El miedo sube.

Diego llega tarde con una bolsa del supermercado. Ve a Ainhoa en el suelo y le pregunta: ¿Qué pasa? Ella intenta explicar, pero las palabras salen cortadas. Diego se sienta a su lado, mira sus manos y dice: Descansa unos días. Lo dice sin mala intención, pero Ainhoa lo interpreta como incomprensión. Unos días significan menos dinero y clientes insatisfechos.

Estos episodios no son catástrofes. Nadie muere, nadie pierde el empleo de un día para otro. Pero después de cada uno, el estado anterior se vuelve inestable. Cada mujer siente que no puede seguir así, pero no sabe cómo cambiar.

Esa noche María llega a casa más tarde de lo planeado. Sergio ya ha alimentado a Carlos, y en la mesa hay un plato de pasta tibia. María se quita el abrigo, se sienta y dice: Me ha dado mal en el metro. Trata de hablar con firmeza, pero su voz tiembla.

Sergio la mira con atención. ¿El corazón? pregunta. María se encoge de hombros. Le gustaría que él entendiera que no es solo cuestión de corazón. Sergio contesta: Mañana vas al médico. Yo llevo al niño. María percibe en esa respuesta no lástima, sino practicidad. Le alivia.

Al día siguiente agenda una cita en la clínica a través de la app. Solo hay hueco la semana siguiente, por la mañana. María quería cancelar porque tiene una reunión, pero recuerda la barra del metro y el miedo a caer. Escribe al jefe: Necesito ir al médico, saldré una hora antes. Lo envía y espera como si fuera llamado al estrado.

El jefe responde al minuto: Vale, avisa al equipo. María lo relee y siente cómo algo se relaja ligeramente. No es que el mundo haya cambiado, sino que ella se permite una pequeña acción sin justificaciones.

Teresa, al día siguiente, va a la directora. Lleva impresa la conversación con el padre y siente que sus manos sudan. La directora, mujer estricta pero cansada, la escucha. Teresa dice: Me he pasado de la raya. Me da vergüenza. No puedo seguir con este caudal de mensajes. ¿Podemos limitar el horario de respuesta?. La directora la mira, suspira y dice: Todos nos saturamos. Vamos a probar una norma: responder hasta las siete de la tarde, el resto mañana. Teresa siente alivio y, al mismo tiempo, culpa, como si se hubiera ganado un privilegio.

Llama a su hija y le dice: Puedo ayudar, pero no siempre al instante. Yo también necesito descansar. Begoña guarda silencio, luego pregunta: Mamá, ¿estás enferma?. Teresa responde: No, solo estoy cansada. Decirlo en voz alta le parece terrorífico, porque en su mundo el cansancio se soporta en silencio.

Luz recibe la baja médica de una semana. Sale de la clínica con el parte y una bolsa de medicamentos, y siente que la gente la mira como a una impostora. En casa su padre le pregunta: ¿Qué haces aquí?. Luz responde: El médico dice que descanse. El padre gruñe: Descansar es para los jóvenes. Luz no discute.

Llama al servicio social que le recomendaron y pregunta por una cuidadora unas horas al día. Le explican los trámites, la lista de documentos, la espera. Anota todo en una hoja y siente irritación. Todo vuelve a quedar atado a papeles y esperas, pero decide iniciar el proceso, porque de lo contrario su presión será pronto más que un número, será una emergencia.

Ainhoa, al día siguiente, no cancela clientes. Reprograma a dos para la tarde y a uno para otro día, lo que en su cabeza es una catástrofe. Envía a varios habituales: Necesito aligerar el horario por salud. Uno responde con comprensión, otro con frialdad: Vale. Una clienta escribe: ¿Estás enferma?. Ainhoa lee el mensaje y no responde.

Busca un ortopedista y agenda una cita privada, porque la espera del seguro es larga. El dinero lo saca de los ahorros que había destinado a vacaciones que nunca llegaron. En la clínica el doctor habla de sobrecarga de muñecas, de la necesidad de pausas, ejercicios y una férula. La palabra necesidad suena como una amenaza.

En casa le dice a Diego: Necesito que asumas parte de las tareas del hogar. No lo llevo sola. Diego se ofende al principio. Tú estás en casa, dice. Ainhoa lo mira y por primera vez no suaviza: Trabajo en casa. Es trabajo. Si me fallo por salud, los dos quedaremos sin ingresos. Diego guarda silencio, luego propone repartir. No hay una revelación romántica, solo una conversación donde ella no cede.

A mitad del mes, cada una llega a un punto sin retorno.

Para María, el punto es una reunión con el director en la planificación. Él le propone otro proyecto porque eres la que mejor lo lleva. María siente la conocida puñalada del orgullo mezclada con miedo. Imagina de nuevo el metro, la falta de aire, el eco de aguanta. Declara: No lo tomo. Tengo un límite ahora. Puedo ayudar a pasar la antorcha, pero no lideraré. El silencio se hace denso. El director pregunta: ¿Segura?. María asiente. Dentro tiembla, pero se mantiene firme por decisión, no por costumbre. Él responde: De acuerdo, lo redistribuiremos. Su voz no muestra enojo, solo irritación por el trabajo extra. María comprende que el mundo no se desploma, pero que sus colegas podrían juzgarla como una que se rinde. Tendrá que vivir con eso.

El punto de Teresa es el conflicto con un padre. El padre, tras recibir su respuesta brusca, acude a la escuela, habla en voz alta, exige disculpas y amenaza con una queja. Teresa escucha, siente subir el habitual impulso de justificarse. Responde: Estoy dispuesta a revisar la nota del alumno, pero no hablaré con ese tono. Si quiere, podemos hacerlo con la directoraCon esa firmeza, Teresa vuelve a su aula, apaga la luz y decide, por primera vez, dedicarse a respirar tranquila antes de abrir la puerta a sus alumnos.

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