Entonces, ¿el libro de familia es más sólido que el vivir en pecado? se reían de Carmen los compañeros de curro.
Yo a la reunión de los treinta años de la facultad no voy, que luego me deprimo.
Que vayan los de siempre, que ni se notan cómo se han transformado le chilló Carmen al móvil, contestando a la llamada de su única amiga, Sole.
Pero, tía, ¿qué te crees, que estás hecha un monstruo o qué?le contestó sorprendida Soledad.
Si nos vimos hace cinco años y estabas normal, vamos.
¿Te has puesto fondona o qué?
¡Qué va, Sole, no insistas, que no me apetece y ya!bufó Carmen, deseando colgar y que Sole pase su ronda por los demás.
Esta vez, sin embargo, no hubo clemencia y Soledad no la soltó ni con agua hirviendo:
Carmen, anda que no se ha reducido el grupo
¿No me digas que ya ha palmado alguien?a Carmen le recorrió un frío por dentro; que una ya no es una chiquilla, pero no para tanto
No, mujer, pero algunos se han largado fuera.
El único que falta de verdad es Roberto Marqués y eso desde hace veinticinco años, ya te lo conté.
Venga, no seas rancia, van a venir todos de nuestra promoción, cuatro grupos y apenas llegamos a treinta.
¿Ya casaste a tu hijo?
Pues eso, toca celebrarlo un poco.
Soledad siguió hablando, pero a Carmen se le fue la cabeza a Roberto Marqués.
Siempre tenía ojeras y miraba con tristeza, decían que era un flojo.
Y resulta que era del corazón.
Se le fue pronto, con sueños y todo.
Y ella, ¿qué había hecho, Carmen?
Se enamoró de Julián, jefe de obra con el que empezó a currar nada más salir con el título.
Él venía de Mallorca por temporadas y luego volvía a casa.
Estuvieron juntos años.
Julián la presentaba como mi mujer delante de quien fuese, siempre defendiendo que el amor de verdad no tiene papeles.
Que lo importante no es el libro de familia, sino el sentimiento
Cuando Carmen se dio cuenta de que esperaba un crío, justo Julián se esfumó.
Resultó que tenía tres churumbeles y una mujer enferma en Palma.
Dejó el trabajo por motivos personales, ni una explicación.
A Carmen no le quedaba cara para exigir nada a un tío con tres hijos y la mujer medio mal.
Se largó del mundo de la construcción antes de que cundiesen las murmuraciones.
Bueno, alguna broma se llevó:
¿Ves, Carmen?
El libro de familia siempre tira más
Bah.
Como si le importase, se buscó curro en el supermercado del barrio, donde la enchufó una vecina del bloque.
Pactaron que, aunque fuera madre, haría dos días a la semana.
Su madre, la señora Asunción, aceptó quedarse con Luisito.
Total, con la hija que me ha salido, y encima pierde el mejor trabajo del mundo
¡Pero si tú eres la que me educaste así!le espetó Carmen, cuando la madre la acribillaba a reproches.
Yo esperaba que sacaras algo en limpio, ¡con lo que he sudado para pagarte la Universidad!
Y mira, Carmen, ni pa pipas
Bueno, de donde nace la mata, ¿no?masculló Carmen, pero acto seguido le dio lástima y se arrepintió por su madre
Acabaron abrazadas y llorando, como si eso arreglase algo.
Total, que a la primera invitación de quedada por los cinco años de licenciatura, Carmen ni apareció.
¿De qué iba a hablar ella?
Los demás, que si familia perfecta, que si trabajos importantes, que si viajes, que si fotos.
Y ella, fregando portales, la escuela y la guardería.
¿Qué iba a contar?
¿O qué le iban a contar a ella, más bien?
Por Luisito, eso sí.
Por él, hubiera vendido la Giralda si hiciera falta.
Y cuando Luisito entró en el cole, la abuela declaró misión cumplida y se fue al pueblo con la hermana, que en Madrid ya no respiraba aire limpio y necesitaba campo.
A Carmen le cambió la suerte cuando, de casualidad, la pillaron para media jornada como técnica en una oficina.
Con Luisito en el colegio tenía margen para todo y hasta le recogía del comedor para envidia del resto de madres.
Luego uno del trabajo la rondó, pero Carmen no quería historias.
Bastante con su hijo, pa qué líos de hombres en casa.
A Carmen le iba decente en el nuevo trabajo y, cuando Luisito creció, la pusieron a jornada completa de ingeniera, que no es moco de pavo.
Eso sí, seguía llevando la cruz: ropa sencilla, sin teñirse ya con las primeras canas a los cuarenta.
Sentía que no podía ser feliz; si al fin y al cabo, casi le roba el padre a tres criaturas que ni conocía.
Ni pintarse, ni vestirse llamativa, ni destacar, no fuera otro a posar el ojo.
Ya ni creía en el final feliz.
Por el parque de su vida, solo desfilaban divorciados y apañás, y tampoco ella era mejor.
Luisito, por suerte, salió buen chaval, agradecido y currante.
Veranos en Castilla, en el pueblo con las abuelas Asunción y la tía Matilde.
Arrimaba el hombro siempre: cavaba huertos, sembraba patatas, recogía zanahorias y, al terminar, ayudaba con conservas de tomates y mermeladas.
De pequeño, incluso partía leña y la apilaba solo, y la abuela no se cansaba de repetirle a Carmen que menudo nieto, que la hermana Matilde se moría con él.
Y con este panorama, ¿para qué va a ir Carmen a una cafetería de postín con los ex de la facultad para celebrar treinta años?
Todas estas reflexiones le pasaron en menos de un suspiro cuando de repente Sole la atrapó al teléfono:
Carmen, apunta: la cafetería frente a la residencia, el viernes próximo, a las tres de la tarde.
Vente, aunque sea para que no esté sola, ¿eh?
¿Vas a venir?
A Soledad le vibró la voz.
Y Carmen, sin saber cómo, contestó:
Sí, Sole, iré
Nada más colgar, Carmen se arrepintió.
Corrió al espejo, teléfono en mano; quería llamar para anular, pero todo el rato comunicaba.
Además, le empezó a entrar una vergüenza tonta
Esa noche, casi de madrugada, rebuscó en el armario y sacó el vestido azul que le regaló Luis para su boda.
Entre su hijo y la nuera, le hicieron probarse mil modelos, y fue ese azul, sencillo, el que arrancó voto unánime, incluso a ella le gustó.
Hasta zapatos le encasquetaron, y la nuera, Natalia, la arrastró a la pelu.
De eso hacía un año.
Luis y Natalia, felices e independientes.
Carmen, vuelta a la rutina, que ni ve el momento de arreglarse para nadie.
Aun así, se peinó y se puso el vestido.
Un poco de carmín, que luego quitó: para qué tanto, tampoco es plan de escandalizar.
En la cafetería había un jaleo de campeonato.
Soledad la localizó enseguida:
¡Pero Carmen, estás hecha una reina!
Sole había cogido unos kilos, pero le sentaban hasta bien, rejuvenecida, casi.
Charlaron tranquilas hasta que a Sole la reclamaron, y Carmen se quedó con su zumo, observando el ambiente y la música.
Por lo visto, alguien había hecho bien los deberes: sonaban temazos de su época universitaria, compañeros riendo, sueños todavía en el aire.
¿Me concede este baile? escuchó, levantó la cabeza y¡Anda, si era Paco Serrano, el de la clase de al lado!
El del tercero que se casó, el que le hizo tilín toda la carrera.
Carmen, qué guapa estás.
He venido a mi primer reencuentro y no reconocía a nadie, pero a ti sí
Paco le ofreció la mano y, contra todo pronóstico, Carmen la aceptó.
Salieron a bailar; desde la mesa, Sole las miraba ojiplática.
Bailaron varias canciones sin apenas palabra hasta que, de repente, él le preguntó:
Carmen, ¿puedo acompañarte a casa?
Digo, que soy divorciado hace ya, pero si tienes alguien esperándote Pues solo te acompaño, que ya es tarde.
Paco la dejó en casa y, al día siguiente, quedaron otra vez.
Desde entonces, ya no se separaron.
Natalia, la nuera, la ayudó a escoger vestido y zapatos para la boda.
Estaba embarazada y a Carmen le daba hasta apuro casarse a esas alturas.
Pero esta vez, sí.
Carmen se permitió ser feliz.
Y Natalia, dándole un achuchón, le susurró:
Carmen, si es que es verdad, ¡qué guapa eres!
Luis y yo estamos felices por ti.
Ser feliz no tiene edad, y nadie te lo puede prohibir.
Sentada al banquete, Carmen miró iluminada a su marido, Paco, y pensó: Pues sí, igual ahora sí me toca.
Carmen, por fin, se perdonó y le dio una oportunidad a la felicidad
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