En nuestro colegio estudiaba una niña huérfana

Hoy he estado recordando a una compañera de mi escuela, una niña huérfana. Vivía con su abuela, una señora mayor y muy devota, de esas que cada domingo iban juntas a misa, pasando por delante de mi casa, ambas delgadas y tan frágiles, con las mismas pañoletas blancas. Según decían, la abuela le prohibía encender la televisión, comer dulces y reírse a carcajadas, porque, según ella, los demonios podrían entrar por la boca. Además, la obligaba a lavarse la cara con agua helada cada mañana.

A la pobre niña la llamábamos rara y la molestábamos. Ella siempre nos miraba con unos ojos grises, muy serios y nada infantiles, y respondía con calma: «Dios, perdónalos, no saben lo que hacen». Nadie era su amiga, pensábamos que no estaba bien de la cabeza. Su nombre era Benigna. Benigna García.

En aquellos tiempos, la comida del comedor escolar era poco apetecible, pero los viernes servían bollos de requesón con té o salchichas envueltas en masa con cacao y una pequeña chocolatina. Un viernes, mientras le hacíamos una broma a Benigna, alguien la empujó y chocó contra mí; me golpeé contra la mesa donde estaban las tazas de cacao, y todo ese río de chocolate terminó sobre dos chicos de bachillerato.

Muy bien murmuraron los chicos, con tono amenazante.

¡Corre! le susurré a Benigna, le tomé la mano y salimos corriendo hacia nuestra clase. Sentía como si un grupo de conquistadores y una manada de toros bravos nos persiguieran con alboroto. Los dos últimos periodos eran de matemáticas, y por la puerta de cristal se asomaban dos figuras altas; de vez en cuando la puerta se abría para que se colasen esas cabezas vigilantes que luego cuchicheaban entre ellas. Supe de inmediato que nos esperaba un juicio, una investigación, y después la sentencia.

Lo más importante es salir del aula sin que nos vean; conozco un camino al desván, allí esperaremos hasta que oscurezca y luego nos vamos a casa le dije.

No, replicó Benigna, vamos a salir como lo hacen las niñas. Con luz y con dignidad.

¡Pero, Benigna, están esos chicos! Nos van a

¿Qué? ¿Nos echarán yogur por encima? ¿Nos gritarán? ¿Pegarán a unas niñas de quinto? ¿Qué?

Pues no sé

Si nos pegan, será una sola vez. Si no salimos, tendremos miedo cada día.

Salimos junto al resto, como chicas discretas, con serenidad. Los bachilleres estaban pegados a la pared.

Eh, enanas, ¿quién ha perdido esto? el chico tenía mi monedero de Minnie Mouse con diez euros dentro (para pagar la piscina y la academia de dibujo).

Toma me lo entregó, sin brusquedad y no vuelvas a huir.

Caminé a casa, balanceando la mochila, pensando en lo bien que había salido todo y lo afortunada que era de tener una amiga nueva.

¿Te llamo a mi madre para que hable con tu abuela y te deje venir a casa a ver dibujos animados conmigo? ¿O no te dejan?

Benigna puso los ojos en blanco.

Mejor vamos a por unas obleas con dulce de leche que ha hecho mi abuela hoy, ¡están de muerte!

Fuimos amigas durante años, hasta que la vida nos llevó por caminos distintos y a otros continentes. Pero jamás he olvidado aquel día.

Saltar desde el trampolín al azul del agua de la piscina da miedo, pero es miedo solo una vez.

Es aterrador hacer algo nuevo, pero ¿qué es lo peor que podría pasarme? ¿Que me digan tonta? Lo dirán una vez. Pero si no hago nada, yo misma lo pensaría todos los días.

Da miedo una vez. O siempre.

Se vence el miedo una sola vez. O te deja vivirlo día tras día.

Uno siempre tiene elección.

Rate article
Add a comment

17 − five =