En el trabajo, la secretaria se sintió mal y salió a la calle: sentándose en un banco, cerró los ojos, y al despertar vio cómo un anciano intentaba quitarle la pulsera de la muñeca

Mira, te tengo que contar algo que parece salido de una novela, pero es real y le pasó a una amiga mía, Leticia, la secretaria en la empresa donde trabajo en Madrid. Estábamos en una reunión bastante larga, ya sabes cómo son estos lunes, el aire se había vuelto tan pesado que ni respirar ayudaba. Leticia estaba sentada al lado del director, tomando notas sin parar, intentando que no se notara lo agotada que estaba, pero su cara lo decía todo. De golpe empezó a palidecer, y yo vi cómo se agarraba al borde de la mesa, como si el suelo se moviera. Se disculpó con voz apenas audible y salió tambaleándose, mientras el jefe preguntaba algo, pero ella ya ni lo oía.

Fuera el aire era fresco, pero Leticia aún no se recuperaba. Caminó hasta un pequeño parque que tenemos al lado, se sentó en un banco y cerró los ojos, esperando que le pasara pero el corazón le latía como si fuera un tambor en la procesión de Semana Santa.

Cuando los abrió, se llevó el susto de su vida: un hombre mayor, debía tener más de setenta, vestido con abrigo descolorido y boina, estaba inclinado sobre ella y tenía su muñeca entre las manos, como si examinara su pulso o ¡como si intentara quitarle el brazalete de oro! Leticia, sorprendida, intentó retirar la mano y le dijo: ¿Pero qué hace? Ese brazalete es un regalo de mi marido, no lo toque.

El hombre la miró con nerviosismo, pero sin discutir. Es por ese brazalete que está usted así. Mire bien la joya. Leticia, todavía desconcertada, miró el brazalete. Era grueso, de oro, el mismo que su marido le regaló y que nunca se quitaba. Y justo en la parte que tocaba su piel el oro se había oscurecido, no todo, solo con manchas negras, como si le hubieran pasado un pincel con tinta.

Con la voz casi sin fuerza, Leticia preguntó: ¿Quién es usted? Y el hombre respondió, calmado pero serio: Fui joyero durante cuarenta años. Al verle sufrir, miré su mano sin querer. Eso no es normal, nadie lo detecta fácilmente. Leticia temblaba: ¿Y eso qué significa? El viejo bajó aún más la voz: Son huellas de talio: un veneno terrible. Nadie lo ve a simple vista. Lo aplican en capas muy finas; se absorbe por la piel y te va matando despacio. El oro cambia de color cuando lo detecta.

Leticia se quedó sin palabras, el hombre asintió tranquilamente: Quien le regaló ese brazalete sabía perfectamente lo que hacía. Quería que usted enfermase y finalmente, que no se levantara.

Ahí Leticia conectó todo: los ojos fríos de su marido últimamente, la extraña insistencia de que no se quitara el brazalete, y su cuídalo bien, es especial.

El hombre retiró el brazalete con extremo cuidado, lo envolvió en un pañuelo, y le aconsejó: Vaya directa al hospital y luego a la policía. Y nunca más se lo ponga.

Leticia asintió, y se quedó sentada en el banco del parque, temblando, con la sensación de que había esquivado la muerte por pura suerte. ¿Te imaginas? Todo por una joya, y detrás una intención que da escalofríos.

Rate article
Add a comment

13 + seventeen =