En el caserón olía a perfumes caros, franceses, y a ausencia de cariño. La pequeña Paula sabía de unas únicas manos cálidas: las de Ramona, la asistenta. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte, y esas manos se esfumaron para siempre. Pasaron veinte años. Ahora Paula es quien está en el umbral: con su hijo en brazos y una verdad que le quema la garganta…
***
La masa olía a hogar.
No al hogar del piso señorial con escalera de mármol y lámpara de lágrimas en tres alturas, donde Paula pasó su infancia. No. A un hogar de verdad. De esos que una se inventa cuando es niña, sentada en una banqueta de la cocina amplia, viendo cómo las manos de Ramona, enrojecidas por el agua, trabajaban la bola elástica de la masa.
Ramona, ¿por qué la masa está viva? preguntaba Paula con apenas cinco años.
Porque respira, niña contestaba Ramona, sin dejar de amasar. ¿Ves cómo burbujea? Se alegra ya, porque pronto irá al horno. Fíjate, alegrarse de encontrarse con el fuego.
Paula no lo entendía entonces. Ahora sí.
Estaba al borde de un camino rural destartalado, con el pequeño Hugo, de cuatro años, aferrado a su pecho. El autobús acababa de irse, arrojándoles a las grises sombras de un febrero castellano. Todo a su alrededor era silencio: ese silencio especial de los pueblos castellanos, donde se oye el crujir de la escarcha bajo las pisadas de un desconocido a tres casas de distancia.
Hugo no lloraba. De hecho, casi había dejado de llorar en los últimos seis meses: se había acostumbrado. Solo le miraba con esos ojos oscuros, serios a destiempo, y a Paula le temblaba algo por dentro: los ojos de Sergio, su barbilla, su forma de callar ese silencio tras el que siempre se escondía algo.
No pensar en él. No ahora.
Mamá, hace frío…
Lo sé, cariño. Ya encontramos la casa.
Paula no sabía la dirección. Ni siquiera si Ramona seguía viva, tras veinte años, toda una vida. Sólo le quedaba en la memoria: Pueblo de Valdelagua, en la provincia de Segovia. Y aquel aroma a masa. Y el calor de unas manos que, en toda la inmensidad de aquella casa, eran las únicas que le acariciaban la cabeza porque sí, sin motivo.
El camino discurría entre vallas medio caídas. En algunas casas, la luz tenue amarilla se encendía tras la ventana, cálida y viva. Paula se detuvo ante la última casa del pueblo, simplemente porque las piernas ya no la sostenían y Hugo pesaba una tonelada.
Crujió la cancela. Dos escalones cubiertos de nieve. La puerta, vieja, la pintura desconchada por el tiempo.
Paula tocó.
Silencio.
Luego, pasos arrastrados. El cerrojo. Y una voz carrasposa, envejecida, pero tan reconocible que a Paula le dolió la respiración:
¿Quién llama a estas horas?
La puerta se abrió.
En el umbral, una anciana diminuta con rebeca de lana encima del camisón. Su cara era como una manzana asada, mil arrugas. Pero sus ojos… iguales, azul desvaído, vivos aún.
Ramona…
La anciana se quedó inmóvil. Luego, despacio, levantó esa misma mano trabajada, nudillos abultados, y rozó la mejilla de Paula.
Virgen Santa… ¿Pauli?
A Paula se le aflojaron las piernas. Permaneció de pie, aferrada a su hijo, sin poder articular palabra: sólo las lágrimas, calientes, corriendo por sus mejillas heladas.
Ramona no preguntó nada. Ni ¿de dónde vienes?, ni ¿por qué?. Tan solo descolgó el viejo abrigo de la puerta y lo echó por encima de los hombros de Paula. Tomó con suavidad a Hugo que ni se movió, observando callado con sus ojos oscuros y lo abrazó.
Pues ya estás en casa, pajarita dijo. Pasa, cielo, pasa.
***
Veinte años.
Tiempo de sobra para levantar un imperio y verlo derrumbarse. Suficiente para olvidar el idioma de tu infancia. Para enterrar a tus padres aunque los de Paula seguían vivos; sólo que eran tan ajenos como la vitrina de una tienda en la que no entras nunca.
Cuando era niña, pensaba que su casa era el mundo entero. Cuatro plantas de felicidad: el salón con chimenea, el despacho de su padre, con olor a puro y autoridad; la habitación de su madre, cortinas de terciopelo; y abajo del todo, casi en un sótano la cocina. Su refugio. El reino de Ramona.
Paulita, ahí no, cariño le decían las niñeras y profesoras. Tú arriba, con mamá.
Pero arriba, mamá siempre hablaba por teléfono. Siempre eran amigas, socios, algún amor con el que Paula entonces no podía sospechar, aunque notaba: algo estaba mal. Algo raro había en el modo en que reía por teléfono y cómo su rostro cambiaba en cuanto entraba papá.
Pero en la cocina no. Allí Ramona la enseñaba a hacer empanadillas torcidas, mal cerradas, con los bordes desiguales y juntas esperaban a que la masa subiera. Silencio, Paulita, que si haces ruido se desinfla, decía. Cuando arriba había gritos, Ramona sentaba a Paula en su regazo y tarareaba alguna melodía sencilla, de pueblo, sin letra.
Ramona, ¿tú eres mi mamá? preguntó Paula una vez, con seis años.
¡Qué cosas! Yo sólo soy tu asistenta.
Pero yo te quiero más que a mamá.
Ramona guardó silencio largo rato, acariciándole el pelo. Luego susurró:
El amor no pregunta, niña. Llega y se queda. Tú a tu madre la quieres, solo que de otra forma.
Paula lo sabía: no la quería. Ya entonces lo sentía, tan claro como sólo pueden sentirlo los niños. Mamá era hermosa, era importante, le compraba vestidos y la llevaba a París. Pero nunca se sentaba junto a ella si enfermaba. Eso era cosa de Ramona, que ponía la mano fresca sobre su frente cada noche.
Luego llegó aquella tarde.
***
Ochenta mil euros escuchó Paula tras una puerta mal cerrada. De la caja fuerte. Estoy segura de que los guardé.
¿Y si los gastaste y no te acuerdas?
¡Lucas!
Era la voz de su padre Gastada, queda, como todo en él los últimos años.
Vale, vale. ¿Quién tenía acceso?
Ramona limpió el despacho. Sabe el código; yo misma se lo di para que limpiase bien el polvo.
Pausa. Paula pegada a la pared, sintiendo cómo algo dentro suyo se rompía despacio.
Su madre tiene cáncer dijo su padre. El tratamiento es caro. Ramona pidió un adelanto hace un mes.
Yo no se lo di.
¿Por qué?
Porque es la asistenta, Lucas. Si les damos dinero a todas… para sus madres, sus padres, sus hermanos…
Marta.
¿Qué, Marta? Ya lo ves. Tenía necesidad, tuvo acceso…
No podemos afirmarlo.
¿Vas a llamar a la Guardia Civil? ¿Hacer que todos sepan que aquí se roba?
Silencio. Paula cerró los ojos. Tenía nueve años: lo suficiente para entender, demasiado poca para cambiar nada.
Por la mañana, Ramona recogía sus cosas.
Paula la miraba escondida detrás de la puerta, en pijama y descalza en el suelo frío. Ramona metía sus cosas en una bolsa usada: bata, zapatillas, una estampa de San Isidro que siempre tenía en su mesilla.
¿Ramona?
Ella giró con la cara tranquila, pero los ojos hinchados de llorar.
¿Te vas?
Me voy, cielo. A cuidar de mi madre, que está enferma.
¿Y yo?
Ramona se arrodilló, sus ojos a la par que los de Paula. Olía a masa, siempre olía así aunque no estuviera horneando.
Tú vas a crecer, Paulita. Vas a ser buena persona. Y quizás, algún día, vengas a verme. A Valdelagua. Acordarás el nombre, ¿sí?
Valdelagua.
Eso es. Qué lista.
La besó en la frente, deprisa, casi a escondidas. Y se fue.
La puerta se cerró. Sonó el cerrojo. Y aquel olor a masa, a calor, a hogar desapareció para siempre.
***
La casa era minúscula.
Una sola habitación, estufa en la esquina, mesa cubierta de hule, dos camas separadas por una cortina de flores. En la pared, la misma estampa de San Isidro ennegrecida por las velas y los años.
Ramona iba de un lado para otro: ponía la tetera, sacaba del sótano un tarro de mermelada, extendía las sábanas para Hugo.
Siéntate, Paulita, siéntate. En los pies no está la verdad. Calienta un poco el cuerpo, y luego ya hablamos.
Pero Paula no podía sentarse. Allí, en esa casa pobre y humilde, ella hija de quienes una vez tuvieron un palacio de cuatro plantas sentía algo distinto.
Paz.
Por primera vez en años, paz de verdad. Como si por dentro, aquello que chirriaba desde hacía tanto, al fin hubiese aflojado.
Ramona dijo, la voz quebrándose. Perdóname.
¿Por qué, hija?
Por no haberte defendido entonces. Por callar veinte años. Por…
Se detuvo. ¿Cómo explicarlo?
Hugo ya dormía, lanzado al sueño en cuanto tocó la almohada. Ramona esperaba en silencio, la taza de té en sus manos.
Y Paula le contó.
Después de que Ramona se marchó, la casa dejó de ser suya del todo. Sus padres se separaron dos años más tarde, al descubrirse que el negocio del padre era pura fachada. Perdieron todo: piso, coches, la casa del campo. Su madre se fue a Alemania con otro hombre; su padre murió solo, ahogado en alcohol, cuando Paula tenía veintitrés.
Y luego apareció Sergio dijo Paula mirando la mesa. Nos conocíamos desde el colegio. Iba a casa; ¿te acuerdas? Siempre robando caramelos de los tarros.
Ramona asintió.
Claro que lo recuerdo.
Creí que por fin tenía una familia. La mía. Pero era… era jugador, Ramona. De póker, de tragaperras, de todo. Y yo sin enterarme. Lo ocultaba. Cuando salió a la luz, era demasiado tarde: deudas, prestamistas… Hugo…
Se quedó callada. La leña chisporroteaba en la estufa. La lamparilla temblaba ante la estampita.
Cuando le dije que me separaba, él… Paula tragó me confesó algo. Creía que así le perdonaría, pero…
¿Qué fue, hija?
Paula alzó los ojos.
Fue él quien robó aquel dinero. El de la caja fuerte. Sabía el código, lo había visto un día de visita en casa. Lo necesitaba… No me preguntes para qué. Lo suyo, vicios. Pero tú pagaste por lo que él hizo.
Silencio.
Ramona no se movía. Su rostro era una máscara, pero los nudillos, blancos, apretaban la taza con fuerza.
Perdóname, Ramona. Lo supe hace una semana. Yo no sabía nada, te juro que…
Shhhh…
Ramona se puso en pie, se acercó despacio y como hacía veinte años se arrodilló con mucho esfuerzo frente a Paula.
¿Pero tú de qué tienes que sentirte culpable, hija?
Por tu madre… Por el dinero…
Mi madre falleció al año siguiente. Dios la tenga en su gloria Ramona se santiguó. ¿Y yo qué? Yo sigo viva. Tengo mi huerto, una cabra vecinos majos. No necesito gran cosa.
Pero te echaron como ladrona…
¿Y acaso no te ha pasado que una mentira te lleve a una verdad? Si no me hubieran echado entonces, no habría estado con mi madre en su último año. Y ese año, hija, valía más que todo.
Paula callaba. Tenía en el pecho un volcán: vergüenza, dolor, amor, gratitud todo a un tiempo.
¿Me dolió? Claro. Me hirvió la sangre. Nunca toqué ni un euro de nadie, y de repente… Pero, ¿de qué sirve guardar rencor? Eso te come por dentro, y yo quería vivir.
Tomó entre las suyas las manos de Paula, ásperas, frías, de mil inviernos.
¿Ves? Has vuelto. Con tu hijo. A este cuchitril conmigo, vieja y achacosa. Eso vale más que todo el dinero de una caja fuerte.
Paula se echó a llorar, pero no como adulta sino como cuando era niña, a sollozos, la cara hundida en el hombro huesudo de Ramona.
***
Por la mañana, Paula se despertó con un aroma.
Masa.
Abrió los ojos. Hugo roncaba a su lado, hecho una estrella sobre la almohada. Más allá de la cortina de flores, Ramona trajinaba en silencio.
¿Ramona?
¿Despierta? Anda, ven, que las empanadillas se enfrían.
Empanadillas.
Paula, medio dormida, fue hasta la mesa. Allí estaban, sobre papel de estraza: doradas, imperfectas, como las de su infancia. Y olían… a hogar.
Verás, decía Ramona, sirviéndole té en una taza desportillada, podrías buscar algo en la biblioteca del pueblo. Pagan poco, pero aquí se vive con nada. A Hugo lo llevamos a la guardería. Valentina, la directora, es un sol. Y luego, ya veremos.
Lo decía con esa naturalidad, como quien habla del tiempo.
Ramona Paula dudó, yo… No soy nadie para ti. Han pasado tantos años. ¿Por qué…?
¿Por qué qué?
¿Por qué me has abierto la puerta? Así, sin preguntar, sin rencor.
Ramona la miró como hacía veinte años: ojos traslúcidos, sabios.
¿Te acuerdas de la masa, Paulita? ¿De por qué está viva?
Porque respira.
Eso. Pues el amor igual. Respira, aunque no se vea. No es algo que se despida, ni que se eche. Donde una vez vivió, ahí sigue. Da igual veinte o treinta años.
Le puso delante una empanadilla caliente, rellena de manzana.
Come, hija mía. Que estás en los huesos.
Paula dio un mordisco. Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad.
Fuera, el día clareaba. La escarcha brillaba con los primeros rayos, y el mundo infinito, complicado, injusto parecía, por un momento, sencillo. Bueno, como las empanadillas de Ramona. Como sus manos. Como ese amor que nadie puede despedir.
Hugo vino frotándose los ojos.
Mamá, qué bien huele.
Es la abuela Ramona, que ha estado horneando.
¿Abue-la? el niño probó la palabra. Miró a Ramona. Ella le sonrió; el rostro se llenó de arrugas felices.
Abuela, hijo, abuela. Ven, a comer.
Y se sentó. Y comió. Y por primera vez en medio año, rió de verdad, cuando Ramona le enseñó a hacer hombrecillos de masa.
Y Paula los miraba, a su hijo y a la mujer a la que un día amó como a una madre, y por fin lo comprendió: eso era el hogar. No las paredes, ni el mármol, ni las lámparas de araña. Solo unas manos cálidas. Solo un aroma a masa. Solo ese amor, sencillo y callado.
El amor que no se paga. Que no se compra. Que simplemente existe y durará mientras haya un corazón latiendo.
Curiosa la memoria del corazón. Se nos olvidan fechas, rostros, años enteros. Pero el olor de las empanadillas de mamá lo llevamos hasta el último suspiro. Quizás porque el amor no está en la cabeza, sino más hondo, donde el tiempo y las heridas no llegan. Y a veces tienes que perderlo todo estatus, dinero, orgullo para encontrar el camino de vuelta. A esas manos que siguen esperando.







