En el caserón olía a perfume francés y a falta de amor. La pequeña Elisa solo conocía unas manos cálidas: las de su tata Nuria. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte y aquellas manos se esfumaron para siempre. Pasaron veinte años. Ahora Elisa es quien se presenta en un umbral, con su hijo en brazos y una verdad que le arde en la garganta… *** La masa olía a hogar. No al hogar de escaleras de mármol y lámpara de araña de tres alturas, donde Elisa creció. No, al verdadero: el que ella inventó sentada en un taburete de una amplia cocina, observando cómo las manos de Nuria, enrojecidas por el agua, trabajaban la masa elástica. —¿Por qué la masa está viva? —preguntaba Elisa, con cinco años. —Porque respira —respondía Nuria, sin dejar de amasar—. ¿Ves cómo burbujea? Se alegra de ir al horno. Es raro, ¿verdad? Alegrarse del fuego. Elisa no lo entendía entonces. Ahora sí. Estaba plantada al borde de un camino rural, apretando a su pequeño Miki contra el pecho. El autobús se había marchado, dejándoles en el gris atardecer de febrero, y ahora solo había silencio—ese silencio del campo que permite escuchar hasta el crujir de la nieve bajo pasos lejanos. Miki no lloraba. Casi había dejado de llorar en los últimos meses: había aprendido. Solo miraba con sus ojos oscuros, demasiado serios para su edad, y Elisa se estremecía cada vez: los ojos de Slavo, su barbilla, su silencio, el mismo bajo el cual siempre se escondía algo. No pensar en él. No ahora. —Mamá, tengo frío. —Lo sé, pequeño. Ahora lo encontraremos. No sabía la dirección. Ni siquiera si Nuria seguía viva: habían pasado veinte años, toda una vida. Todo lo que conservaba: “Aldea de Pinar, provincia de Ávila”. Y el olor de aquella masa. Y el calor de esas manos, las únicas que en aquella gran casa la acariciaron sólo por amor. El camino pasaba junto a cercas torcidas. Aquí y allá brillaba luz en las ventanas—amarilla, tenue, pero viva. Elisa se detuvo ante la última casa—simplemente porque las fuerzas le faltaron y Miki pesaba demasiado. La verja chirrió. Dos peldaños helados, la puerta vieja, cuarteada, con la pintura saltada. Llamó. Silencio. Luego, unos pasos, el arrastre de un cerrojo. Y una voz—ronca, envejecida, pero tan reconocible que a Elisa se le cortó el aliento: —¿Quién anda por ahí a estas horas? La puerta se abrió. En el umbral, una anciana diminuta con un jersey de lana sobre el camisón. Su rostro, como una manzana asada, surcado de arrugas. Pero los ojos, los mismos: descoloridos, azules, aún vivos. —Nuria… La anciana se quedó inmóvil. Alzó la mano—la misma, trabajada, con nudillos abultados—y tocó la mejilla de Elisa. —¡Dios mío… Elisana! A Elisa se le doblaron las piernas. Abrazada a su hijo, no lograba decir nada—solo lágrimas calientes caían sobre sus mejillas heladas. Nuria no preguntó nada. Ni “¿de dónde?”, ni “¿por qué?”, ni “¿qué pasó?”. Simplemente quitó de la percha su viejo abrigo y lo puso sobre los hombros de Elisa. Luego tomó con sumo cuidado a Miki—ni se inmutó el pequeño—y lo abrazó junto a su corazón. —Ya estás en casa, pajarita —dijo—. Pasa, bonita, pasa. *** Veinte años. Tiempo suficiente para levantar un imperio y perderlo. Para olvidar un idioma. Para enterrar a los padres—aunque los de Elisa vivían, ya solo eran de la casa, como un mueble más. De niña creía que su casa era todo el mundo. Cuatro plantas de supuesta felicidad: el salón con chimenea, el despacho de papá, impregnado de tabaco y autoridad, el dormitorio de mamá con cortinas de terciopelo, y en el sótano, abajo, la cocina. Su territorio. El reino de Nuria. —Elisa, hija, aquí no—decían las niñeras—. Mejor arriba, con mamá. Pero mamá siempre estaba al teléfono. Siempre. Con amigas, socios, amantes—eso Elisa no lo entendía aún, pero notaba que algo no estaba bien. Algo en la manera en que mamá reía al teléfono y cómo apagaba el rostro cuando entraba papá. La cocina era lo correcto. Allí Nuria le enseñaba a hacer empanadillas—torcidas, rotas, con bordes salidos. Esperaban juntas a que subiera la masa—“En silencio, Elisa, o se enfada y se cae”. Cuando los gritos estallaban arriba, Nuria la sentaba en su regazo y le cantaba—algo sencillo, campesino, casi sin palabras. —Nuria, ¿eres mi mamá? —le preguntó un día, con seis años. —Ay, niña, yo solo soy la criada. —¿Y por qué te quiero más que a mamá? Nuria calló. La acarició mucho tiempo. —El amor no pide permiso. Solo llega y ya está. También quieres a mamá, solo que… distinto. Elisa sabía que no era así. Decidido, con la claridad de un niño. Mamá era guapa, importante, la compraba vestidos y la llevaba a París. Pero nunca se sentó con ella en la cama cuando enfermaba. Eso lo hacía Nuria—de noche, con la mano fresca en su frente. Luego fue aquella tarde. *** —Ochenta mil euros —escuchó Elisa tras la puerta entornada—. De la caja fuerte. Yo lo puse allí. —¿Y si gastaste y no recuerdas? —¡Iñaki! La voz del padre—cansada, apagada. —Bien. ¿Quién tenía acceso? —Nuria limpió el despacho. Sabe el código—yo misma se lo dije. Silencio. Elisa reconoció que algo dentro de sí crujía. —Su madre tiene cáncer —dijo papá—. El tratamiento es caro. Pidió un adelanto hace un mes. —No se lo di. —¿Por qué? —Porque es la asistenta, Iñaki. Si a cada asistenta le pagamos para madres, padres o hermanos… —María. —¿Qué, María? Lo ves. Le hacían falta, tenía acceso… —No lo sabemos. —¿Quieres llamar a la policía? ¿Un escándalo? ¿Que se sepan robos en nuestra casa? De nuevo silencio. Elisa cerró los ojos. Tenía nueve años—lo suficiente para entender y demasiado poca para cambiar nada. Por la mañana, Nuria hacía la maleta. Elisa la miraba desde la puerta—pequeña, en pijama de ositos, descalza en el suelo frío. Nuria guardaba sus pocas cosas: bata, zapatillas, una estampa de San Nicolás. —¿Nuria…? Giró la criada. Cara serena, ojos hinchados. —Elisana, no duermes. —¿Te vas? —Me voy, cielo. Con mi madre, que está malita. —¿Y yo…? Nuria se arrodilló, hasta tener los ojos al mismo nivel. Olía a masa—siempre a masa, aun sin horno. —Tú crecerás, Elisana. Crecerás y serás una buena persona. Y quizás algún día vengas a verme. A Pinar. ¿Te acuerdas? —Pinar. —Muy bien, hija. Le dio un beso en la frente—rápido, furtivo—y se fue. La puerta se cerró. El cerrojo sonó. Y aquel olor—masa, calor, casa—desapareció para siempre. *** La casita era diminuta. Una estancia, estufa en la esquina, mesa con hule, dos camas tras una cortina. En la pared—la estampa de San Nicolás, ennegrecida con los años y el humo. Nuria se afanaba: ponía el hervidor, sacaba mermelada del sótano, preparaba la cama para Miki. —Siéntate, siéntate, Elisana. Que si no te sientas, la verdad no te alcanza. Te calientas y ya hablamos. Pero Elisa no podía sentarse. En mitad de aquella choza—ella, hija de quienes un día tuvieron un caserón—sentía algo extraño. Paz. Por primera vez en muchos años—paz verdadera. Como si algo dentro, tensado hasta el límite, por fin aflojara. —Nuria —dijo, la voz temblando—. Nuria, perdóname. —¿Por qué, hija? —Por no haberte defendido entonces. Por veinte años de silencio. Por… No sabía cómo explicarlo. Miki dormía ya—caído en el sueño nada más tocar la almohada. Nuria, frente a su taza de té, aguardaba. Y Elisa contó. Cómo tras irse Nuria la casa fue extraña de verdad. Cómo, al poco, sus padres se divorciaron tras descubrirse que la empresa era humo, y la estafa les dejó sin piso, coche ni chalet. Mamá se marchó con otro a Alemania, papá se hundió en el alcohol y murió en un piso compartido cuando Elisa tenía veintitrés. Ella se quedó sola. —Y después conocí a Slavo —dijo mirando la mesa—. Desde primero de primaria. Venía a casa, ¿recuerdas? Delgado, despeinado. Robaba caramelos. Nuria asintió. —Me acuerdo. —Pensé: esta vez sí. Una familia de verdad. —Elisa sonrió sin alegría—. Pero… Jugador empedernido. Yo no lo sabía. Cuando salió todo—ya era tarde. Deudas. Amenazas. Miki… Calló. En la estufa crujían los troncos. La lámpara titilaba, lanzando sombras temblorosas por la pared. —Cuando le dije que me separaba, él… —Elisa tragó saliva—. Decidió confesarme. Creía que pararía la ruptura. Que le perdonaría. Que agradecería su sinceridad. —¿Confesar qué, hija? Elisa levantó la mirada. —Fue él quien robó entonces. El dinero de la caja. Sabía el código—lo vio una vez. Le hacía falta… Ya ni recuerdo para qué. Sus vicios, sus líos. Pero la culpa cayó sobre ti. Silencio. Nuria permanecía quieta. Solo las manos, apretadas a la taza, se tensaron hasta ponerse blancas. —Nuria, perdona. Perdona si puedes. Lo supe hace una semana. Yo no lo sabía, juro que no… —Silencio. Nuria se levantó. Lentamente se acercó a Elisa. Y como hacía veinte años, se arrodilló aun con esfuerzo, hasta mirar a los ojos. —Hija mía, ¿qué culpa tienes tú? —Pero tu madre… Necesitabas dinero… —Mi madre murió al año. Dios la tenga en su gloria. —Nuria se persignó—. Yo, ¿qué iba a hacer? Sigo viva. Huerto, cabrita. Buenos vecinos. No necesito mucho. —¡Pero te echaron como a una ladrona! —¿Y acaso no guía Dios a la verdad a veces por caminos torcidos? Si no me echan, quizás no llego a despedir a mi madre. Y así, pasé su último año a su lado. El año más importante. Elisa callaba. Por dentro una mezcla de vergüenza, dolor, amor y gratitud le ardía el pecho. —¿Me dolió? Pues claro. Fue horrible—lo peor. Jamás cogí ni un céntimo ajeno. Me trataron como una vulgar ladrona. Pero luego… luego se pasa. No de pronto, no. Pasan los años. Y se pasa. Porque si llevas el rencor dentro, él te devora. Yo quería vivir. Tomó las manos de Elisa en las suyas—ásperas, frías, nudosas. —¿Has venido. Con tu hijo. A mi choza ruinosa. Eso es que recordaste. Eso es amor. ¿Sabes lo que vale? Más que todas las cajas fuertes. Elisa lloró. No como lloran los adultos—en silencio, a escondidas. Como una niña, a moco tendido, hundida en el delgado hombro de Nuria. *** Por la mañana, fue el olor lo que la despertó. La masa. Despertó. Junto a ella roncaba Miki, extendido en la almohada. Al otro lado de la cortina, Nuria trajinaba, moviendo papeles y cacharros. —¿Nuria? —¿Despierta? Arriba, hija, que se enfrían las empanadillas. Empanadillas. Elisa fue como en un sueño. En la mesa, sobre hoja de periódico, estaban—doradas, irregulares, con el borde apretado de su infancia. Y olían… a hogar. —Pensaba yo —dijo Nuria, llenándole la taza de té desportillada—. En la biblioteca del pueblo buscan ayudante. Pagan poco, pero aquí tampoco se gasta. Miki al colegio, doña Carmen es la directora. Buena señora. Y todo se andará. Lo decía tan sencillo, tan natural—como si todo estuviera ya resuelto. —Nuria —Elisa balbuceó—. Yo… no soy nada tuyo. Han pasado tantos años. ¿Por qué… —¿Por qué qué? —¿Por qué me has abierto la puerta sin preguntar? Nuria la miró con aquella mirada transparente, sabia, buena, del pasado. —¿Te acuerdas de lo que preguntaste por la masa? —Porque respira. —Eso es. El amor también. Respira solo. No lo puedes despedir, ni echar. Donde se instala, allí vive. Pasa veinte años o treinta, allí aguarda. Le puso la empanadilla delante—tibia, blanda, con manzana dentro. —Venga, come. Estás en los huesos, señorita. Elisa mordió. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo… sonrió. Afuera amanecía; la nieve brillaba al sol, y el mundo—enorme, complicado, a veces cruel—por un segundo era sencillo y bueno. Como las empanadillas de Nuria. Como sus manos. Como ese amor que no se puede despedir. Miki salió bostezando. —Mamá, huele rico. —Ha sido la abuela Nuria, cariño. —¿A-bue-la?—probó la palabra despacio. Miró a Nuria. Ella sonrió—las arrugas se dispararon, los ojos se iluminaron. —Abuela, abuela. Ven, chiquitín. Vamos a comer. Y él se sentó. Y comió. Y por primera vez en seis meses… se rio, mientras Nuria le enseñaba a moldear muñecos de masa. Y Elisa los contemplaba—su hijo y la mujer a quien quiso como madre—y comprendió: este es el hogar. No las paredes, ni el mármol, ni las lámparas. Solo manos cálidas. Solo olor a masa. Solo amor—ordinario, humilde, sin ruido. El amor que no lleva precio. Que no se compra. Que simplemente existe—y existirá mientras siga latiendo un corazón. Curiosa cosa la memoria del corazón. Olvidamos fechas, caras, años enteros… pero el olor de los pastelillos de mamá—ese lo llevamos a la tumba. Quizá porque el amor no vive en la cabeza. Está más hondo, donde ni los años ni los agravios pueden entrar. A veces hay que perderlo todo—estatus, dinero, orgullo—para recordar el camino de regreso. A esas manos que siguen esperando.

Life Lessons

En el caserón olía a perfumes caros, franceses, y a ausencia de cariño. La pequeña Paula sabía de unas únicas manos cálidas: las de Ramona, la asistenta. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte, y esas manos se esfumaron para siempre. Pasaron veinte años. Ahora Paula es quien está en el umbral: con su hijo en brazos y una verdad que le quema la garganta…

***

La masa olía a hogar.

No al hogar del piso señorial con escalera de mármol y lámpara de lágrimas en tres alturas, donde Paula pasó su infancia. No. A un hogar de verdad. De esos que una se inventa cuando es niña, sentada en una banqueta de la cocina amplia, viendo cómo las manos de Ramona, enrojecidas por el agua, trabajaban la bola elástica de la masa.

Ramona, ¿por qué la masa está viva? preguntaba Paula con apenas cinco años.

Porque respira, niña contestaba Ramona, sin dejar de amasar. ¿Ves cómo burbujea? Se alegra ya, porque pronto irá al horno. Fíjate, alegrarse de encontrarse con el fuego.

Paula no lo entendía entonces. Ahora sí.

Estaba al borde de un camino rural destartalado, con el pequeño Hugo, de cuatro años, aferrado a su pecho. El autobús acababa de irse, arrojándoles a las grises sombras de un febrero castellano. Todo a su alrededor era silencio: ese silencio especial de los pueblos castellanos, donde se oye el crujir de la escarcha bajo las pisadas de un desconocido a tres casas de distancia.

Hugo no lloraba. De hecho, casi había dejado de llorar en los últimos seis meses: se había acostumbrado. Solo le miraba con esos ojos oscuros, serios a destiempo, y a Paula le temblaba algo por dentro: los ojos de Sergio, su barbilla, su forma de callar ese silencio tras el que siempre se escondía algo.

No pensar en él. No ahora.

Mamá, hace frío…

Lo sé, cariño. Ya encontramos la casa.

Paula no sabía la dirección. Ni siquiera si Ramona seguía viva, tras veinte años, toda una vida. Sólo le quedaba en la memoria: Pueblo de Valdelagua, en la provincia de Segovia. Y aquel aroma a masa. Y el calor de unas manos que, en toda la inmensidad de aquella casa, eran las únicas que le acariciaban la cabeza porque sí, sin motivo.

El camino discurría entre vallas medio caídas. En algunas casas, la luz tenue amarilla se encendía tras la ventana, cálida y viva. Paula se detuvo ante la última casa del pueblo, simplemente porque las piernas ya no la sostenían y Hugo pesaba una tonelada.

Crujió la cancela. Dos escalones cubiertos de nieve. La puerta, vieja, la pintura desconchada por el tiempo.

Paula tocó.

Silencio.

Luego, pasos arrastrados. El cerrojo. Y una voz carrasposa, envejecida, pero tan reconocible que a Paula le dolió la respiración:

¿Quién llama a estas horas?

La puerta se abrió.

En el umbral, una anciana diminuta con rebeca de lana encima del camisón. Su cara era como una manzana asada, mil arrugas. Pero sus ojos… iguales, azul desvaído, vivos aún.

Ramona…

La anciana se quedó inmóvil. Luego, despacio, levantó esa misma mano trabajada, nudillos abultados, y rozó la mejilla de Paula.

Virgen Santa… ¿Pauli?

A Paula se le aflojaron las piernas. Permaneció de pie, aferrada a su hijo, sin poder articular palabra: sólo las lágrimas, calientes, corriendo por sus mejillas heladas.

Ramona no preguntó nada. Ni ¿de dónde vienes?, ni ¿por qué?. Tan solo descolgó el viejo abrigo de la puerta y lo echó por encima de los hombros de Paula. Tomó con suavidad a Hugo que ni se movió, observando callado con sus ojos oscuros y lo abrazó.

Pues ya estás en casa, pajarita dijo. Pasa, cielo, pasa.

***

Veinte años.

Tiempo de sobra para levantar un imperio y verlo derrumbarse. Suficiente para olvidar el idioma de tu infancia. Para enterrar a tus padres aunque los de Paula seguían vivos; sólo que eran tan ajenos como la vitrina de una tienda en la que no entras nunca.

Cuando era niña, pensaba que su casa era el mundo entero. Cuatro plantas de felicidad: el salón con chimenea, el despacho de su padre, con olor a puro y autoridad; la habitación de su madre, cortinas de terciopelo; y abajo del todo, casi en un sótano la cocina. Su refugio. El reino de Ramona.

Paulita, ahí no, cariño le decían las niñeras y profesoras. Tú arriba, con mamá.

Pero arriba, mamá siempre hablaba por teléfono. Siempre eran amigas, socios, algún amor con el que Paula entonces no podía sospechar, aunque notaba: algo estaba mal. Algo raro había en el modo en que reía por teléfono y cómo su rostro cambiaba en cuanto entraba papá.

Pero en la cocina no. Allí Ramona la enseñaba a hacer empanadillas torcidas, mal cerradas, con los bordes desiguales y juntas esperaban a que la masa subiera. Silencio, Paulita, que si haces ruido se desinfla, decía. Cuando arriba había gritos, Ramona sentaba a Paula en su regazo y tarareaba alguna melodía sencilla, de pueblo, sin letra.

Ramona, ¿tú eres mi mamá? preguntó Paula una vez, con seis años.

¡Qué cosas! Yo sólo soy tu asistenta.

Pero yo te quiero más que a mamá.

Ramona guardó silencio largo rato, acariciándole el pelo. Luego susurró:

El amor no pregunta, niña. Llega y se queda. Tú a tu madre la quieres, solo que de otra forma.

Paula lo sabía: no la quería. Ya entonces lo sentía, tan claro como sólo pueden sentirlo los niños. Mamá era hermosa, era importante, le compraba vestidos y la llevaba a París. Pero nunca se sentaba junto a ella si enfermaba. Eso era cosa de Ramona, que ponía la mano fresca sobre su frente cada noche.

Luego llegó aquella tarde.

***

Ochenta mil euros escuchó Paula tras una puerta mal cerrada. De la caja fuerte. Estoy segura de que los guardé.

¿Y si los gastaste y no te acuerdas?

¡Lucas!

Era la voz de su padre Gastada, queda, como todo en él los últimos años.

Vale, vale. ¿Quién tenía acceso?

Ramona limpió el despacho. Sabe el código; yo misma se lo di para que limpiase bien el polvo.

Pausa. Paula pegada a la pared, sintiendo cómo algo dentro suyo se rompía despacio.

Su madre tiene cáncer dijo su padre. El tratamiento es caro. Ramona pidió un adelanto hace un mes.

Yo no se lo di.

¿Por qué?

Porque es la asistenta, Lucas. Si les damos dinero a todas… para sus madres, sus padres, sus hermanos…

Marta.

¿Qué, Marta? Ya lo ves. Tenía necesidad, tuvo acceso…

No podemos afirmarlo.

¿Vas a llamar a la Guardia Civil? ¿Hacer que todos sepan que aquí se roba?

Silencio. Paula cerró los ojos. Tenía nueve años: lo suficiente para entender, demasiado poca para cambiar nada.

Por la mañana, Ramona recogía sus cosas.

Paula la miraba escondida detrás de la puerta, en pijama y descalza en el suelo frío. Ramona metía sus cosas en una bolsa usada: bata, zapatillas, una estampa de San Isidro que siempre tenía en su mesilla.

¿Ramona?

Ella giró con la cara tranquila, pero los ojos hinchados de llorar.

¿Te vas?

Me voy, cielo. A cuidar de mi madre, que está enferma.

¿Y yo?

Ramona se arrodilló, sus ojos a la par que los de Paula. Olía a masa, siempre olía así aunque no estuviera horneando.

Tú vas a crecer, Paulita. Vas a ser buena persona. Y quizás, algún día, vengas a verme. A Valdelagua. Acordarás el nombre, ¿sí?

Valdelagua.

Eso es. Qué lista.

La besó en la frente, deprisa, casi a escondidas. Y se fue.

La puerta se cerró. Sonó el cerrojo. Y aquel olor a masa, a calor, a hogar desapareció para siempre.

***

La casa era minúscula.

Una sola habitación, estufa en la esquina, mesa cubierta de hule, dos camas separadas por una cortina de flores. En la pared, la misma estampa de San Isidro ennegrecida por las velas y los años.

Ramona iba de un lado para otro: ponía la tetera, sacaba del sótano un tarro de mermelada, extendía las sábanas para Hugo.

Siéntate, Paulita, siéntate. En los pies no está la verdad. Calienta un poco el cuerpo, y luego ya hablamos.

Pero Paula no podía sentarse. Allí, en esa casa pobre y humilde, ella hija de quienes una vez tuvieron un palacio de cuatro plantas sentía algo distinto.

Paz.

Por primera vez en años, paz de verdad. Como si por dentro, aquello que chirriaba desde hacía tanto, al fin hubiese aflojado.

Ramona dijo, la voz quebrándose. Perdóname.

¿Por qué, hija?

Por no haberte defendido entonces. Por callar veinte años. Por…

Se detuvo. ¿Cómo explicarlo?

Hugo ya dormía, lanzado al sueño en cuanto tocó la almohada. Ramona esperaba en silencio, la taza de té en sus manos.

Y Paula le contó.

Después de que Ramona se marchó, la casa dejó de ser suya del todo. Sus padres se separaron dos años más tarde, al descubrirse que el negocio del padre era pura fachada. Perdieron todo: piso, coches, la casa del campo. Su madre se fue a Alemania con otro hombre; su padre murió solo, ahogado en alcohol, cuando Paula tenía veintitrés.

Y luego apareció Sergio dijo Paula mirando la mesa. Nos conocíamos desde el colegio. Iba a casa; ¿te acuerdas? Siempre robando caramelos de los tarros.

Ramona asintió.

Claro que lo recuerdo.

Creí que por fin tenía una familia. La mía. Pero era… era jugador, Ramona. De póker, de tragaperras, de todo. Y yo sin enterarme. Lo ocultaba. Cuando salió a la luz, era demasiado tarde: deudas, prestamistas… Hugo…

Se quedó callada. La leña chisporroteaba en la estufa. La lamparilla temblaba ante la estampita.

Cuando le dije que me separaba, él… Paula tragó me confesó algo. Creía que así le perdonaría, pero…

¿Qué fue, hija?

Paula alzó los ojos.

Fue él quien robó aquel dinero. El de la caja fuerte. Sabía el código, lo había visto un día de visita en casa. Lo necesitaba… No me preguntes para qué. Lo suyo, vicios. Pero tú pagaste por lo que él hizo.

Silencio.

Ramona no se movía. Su rostro era una máscara, pero los nudillos, blancos, apretaban la taza con fuerza.

Perdóname, Ramona. Lo supe hace una semana. Yo no sabía nada, te juro que…

Shhhh…

Ramona se puso en pie, se acercó despacio y como hacía veinte años se arrodilló con mucho esfuerzo frente a Paula.

¿Pero tú de qué tienes que sentirte culpable, hija?

Por tu madre… Por el dinero…

Mi madre falleció al año siguiente. Dios la tenga en su gloria Ramona se santiguó. ¿Y yo qué? Yo sigo viva. Tengo mi huerto, una cabra vecinos majos. No necesito gran cosa.

Pero te echaron como ladrona…

¿Y acaso no te ha pasado que una mentira te lleve a una verdad? Si no me hubieran echado entonces, no habría estado con mi madre en su último año. Y ese año, hija, valía más que todo.

Paula callaba. Tenía en el pecho un volcán: vergüenza, dolor, amor, gratitud todo a un tiempo.

¿Me dolió? Claro. Me hirvió la sangre. Nunca toqué ni un euro de nadie, y de repente… Pero, ¿de qué sirve guardar rencor? Eso te come por dentro, y yo quería vivir.

Tomó entre las suyas las manos de Paula, ásperas, frías, de mil inviernos.

¿Ves? Has vuelto. Con tu hijo. A este cuchitril conmigo, vieja y achacosa. Eso vale más que todo el dinero de una caja fuerte.

Paula se echó a llorar, pero no como adulta sino como cuando era niña, a sollozos, la cara hundida en el hombro huesudo de Ramona.

***

Por la mañana, Paula se despertó con un aroma.

Masa.

Abrió los ojos. Hugo roncaba a su lado, hecho una estrella sobre la almohada. Más allá de la cortina de flores, Ramona trajinaba en silencio.

¿Ramona?

¿Despierta? Anda, ven, que las empanadillas se enfrían.

Empanadillas.

Paula, medio dormida, fue hasta la mesa. Allí estaban, sobre papel de estraza: doradas, imperfectas, como las de su infancia. Y olían… a hogar.

Verás, decía Ramona, sirviéndole té en una taza desportillada, podrías buscar algo en la biblioteca del pueblo. Pagan poco, pero aquí se vive con nada. A Hugo lo llevamos a la guardería. Valentina, la directora, es un sol. Y luego, ya veremos.

Lo decía con esa naturalidad, como quien habla del tiempo.

Ramona Paula dudó, yo… No soy nadie para ti. Han pasado tantos años. ¿Por qué…?

¿Por qué qué?

¿Por qué me has abierto la puerta? Así, sin preguntar, sin rencor.

Ramona la miró como hacía veinte años: ojos traslúcidos, sabios.

¿Te acuerdas de la masa, Paulita? ¿De por qué está viva?

Porque respira.

Eso. Pues el amor igual. Respira, aunque no se vea. No es algo que se despida, ni que se eche. Donde una vez vivió, ahí sigue. Da igual veinte o treinta años.

Le puso delante una empanadilla caliente, rellena de manzana.

Come, hija mía. Que estás en los huesos.

Paula dio un mordisco. Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad.

Fuera, el día clareaba. La escarcha brillaba con los primeros rayos, y el mundo infinito, complicado, injusto parecía, por un momento, sencillo. Bueno, como las empanadillas de Ramona. Como sus manos. Como ese amor que nadie puede despedir.

Hugo vino frotándose los ojos.

Mamá, qué bien huele.

Es la abuela Ramona, que ha estado horneando.

¿Abue-la? el niño probó la palabra. Miró a Ramona. Ella le sonrió; el rostro se llenó de arrugas felices.

Abuela, hijo, abuela. Ven, a comer.

Y se sentó. Y comió. Y por primera vez en medio año, rió de verdad, cuando Ramona le enseñó a hacer hombrecillos de masa.

Y Paula los miraba, a su hijo y a la mujer a la que un día amó como a una madre, y por fin lo comprendió: eso era el hogar. No las paredes, ni el mármol, ni las lámparas de araña. Solo unas manos cálidas. Solo un aroma a masa. Solo ese amor, sencillo y callado.

El amor que no se paga. Que no se compra. Que simplemente existe y durará mientras haya un corazón latiendo.

Curiosa la memoria del corazón. Se nos olvidan fechas, rostros, años enteros. Pero el olor de las empanadillas de mamá lo llevamos hasta el último suspiro. Quizás porque el amor no está en la cabeza, sino más hondo, donde el tiempo y las heridas no llegan. Y a veces tienes que perderlo todo estatus, dinero, orgullo para encontrar el camino de vuelta. A esas manos que siguen esperando.

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