No era una mujer sola. Una historia sencilla.
El alba apenas asomaba en una fría mañana de invierno madrileña. Abajo, en el patio de la corrala, los barrenderos raspaban la acera con sus escobas y palas, apartando la escarcha que la noche había dejado.
La puerta del portal no paraba de sonar: se abría y cerraba una y otra vez para dejar salir a los vecinos, todos apurados, con prisa por llegar a sus trabajos.
El gato Teo se encontraba en el alféizar de la ventana, contemplando la escena desde el sexto piso con sus ojos amarillos y atentos.
En otra vida, Teo había sido economista y, entonces, nada le preocupaba o interesaba que no fueran los euros y las inversiones.
Pero ahora, tenía claro que en la vida hay cosas mucho más importantes.
Comprendía que no hay nada más valioso que una mirada amable, el calor sincero de un corazón y un techo bajo el que dormir. Lo demás, ya vendrá.
Teo miró hacia atrás. Sobre el sofá gastado dormía la abuela Leonor, su salvadora.
Bajó del alféizar con su habitual elegancia y se acomodó en la cabecera del sofá, rozando suavemente con su pelaje tibio la cabeza de la anciana.
Teo sabía que cada mañana la abuela Leonor se despertaba con dolor de cabeza y hacía lo que estaba en su poder para aliviarla.
¡Ay, Teíto, si pareces un médico! dijo Leonor, abriendo los ojos al notar el cuerpo mullido junto a su rostro. Otra vez me has quitado el dolor, eres un fenómeno, hijo. ¿Cómo lo haces?
Teo sacudió la pata con desdén, como dando a entender que para él eso era algo facilísimo, ¡podría hacer mucho más si se lo propusieran!
En ese momento, desde el pasillo llegó un murmullo de celos. Era el perro Goyo que resoplaba.
Goyo había sido desde hace años el amigo más fiel y leal de la abuela Leonor.
Bastaba el eco de unos pasos extraños en la escalera para que él ladrara con fuerza, avisando que en esa casa ella estaba protegida.
Por eso mismo, se tenía por el auténtico dueño del hogar.
“¿Quién habrá sido Goyo en otra vida?”, pensaba Teo mirando al perro, “seguro que jefe de obra o guardia de seguridad, ¡vaya ruido que mete! Pero bueno, mejor que ladre, así tal vez estamos más seguros”.
Ay, mis tesoros, ¿qué haría yo sin vosotros? dijo la abuela Leonor, incorporándose con esfuerzo del sofá. Ahora os pongo de comer y luego damos un paseíto, ¿eh?
Y si en unos días cae la pensión, compramos pollo.
La palabra “pollo” causó auténtica emoción colectiva.
El gato empezó a amasar el sofá con las patas, ronroneando con fuerza y restregando su cabeza ancha contra la mano temblorosa de la anciana.
Anda que ¡qué listo eres tú! ¡Si entiendes todo! se reía la abuela, enternecida. El perro ladró una vez, demostrándole a su manera que él también lo había comprendido, y apoyó su hocico húmedo en las rodillas de Leonor.
“¡Ay estas almas vivas! pensaba la abuela con una sonrisa. Gracias a ellos todo es más cálido en casa, y la soledad me pesa mucho menos.”
“Cuando me muera, vete tú a saber lo que habrá meditaba. Algunos dicen una cosa, otros otra imposible aclararse. Yo, si pudiera elegir, sería gata. Así, que algún buen corazón me recogiera. Como perro no me veo no hay forma, no sé ladrar fuerte, soy de carácter tranquilo Aunque, quién sabe. Pero como gata sería dulce, cariñosa. Ojalá me tocase una familia buena”.
¡Vaya ocurrencias que me entran! se regañó al fin Leonor, espantando los pensamientos. Mira que es rara la vejez, cómo le pone a uno la cabeza.
Ni se dio cuenta de que Teo, con una sonrisa maliciosa en su bigote, miraba al perro con aire orgulloso.
Como diciendo: “¡Que quiere ser gata, no perro!”.
Ahora Teo también leía pensamientos, lo cual no estaba nada mal como ventaja extra.
Así es la vida, ¡a lo que hemos llegado!







