La siesta de mediodía no trajo el consuelo que yo anhelaba, dejando tras de sí solo una sensación pegajosa de inquietud y la boca reseca. Me desperté con esa extraña y casi física sensación de vacío en las piernas, como si alguien me hubiera arrebatado el botijo que suelo guardar bajo las sábanas en invierno. Normalmente, Jacinto mi leal golden retriever dormía ahí, su respiración profunda y tranquila meciéndome mejor que cualquier somnífero.
Pero aquella tarde la cama estaba fría y vacía, la sábana pegajosa y silenciosa contra mi piel. Me incorporé, dejando que los pies desnudos rozasen el suelo helado. El aire tenía un deje corriente, y un silencio denso y hueco, donde retumbaba cualquier pequeño ruido. No se escuchaba el golpeteo de las patas sobre el parqué ni un suspiro perruno, ni tan siquiera el inconfundible sacudirse de su pelaje.
¿Jacinto? llamé, y mi voz, ronca y áspera, me resultó ajena.
No hubo respuesta. El piso, de repente, se me antojó enorme, hostil, como si algún duende hubiese robado de golpe todo el calor del hogar. Avancé por el largo pasillo, apoyando una mano en el papel pintado de la pared para no perder el equilibrio. El corazón me latía desbocado en el cuello, pegando martillazos en las sienes.
En la cocina, con las piernas cruzadas y un móvil en la mano, estaba Inés.
Mi nuera, de veintiséis años, parecía recién salida de una de esas revistas de moda de la Gran Vía piel de porcelana, peinado perfecto y una mirada en la que nunca había cabido ni la compasión ni el calor familiar. Sostenía un vaso de aquel brebaje verde, uno de esos batidos de moda, y pasaba el dedo con desgana por la pantalla del móvil. Sonreía al teléfono como si acabara de ganar el premio gordo de la Lotería Nacional.
Inés, ¿has visto al perro? le pregunté, apoyando un hombro en el marco para ocultar que me temblaban las rodillas.
Apenas levantó los ojos, húmedos de un azul frío y ausente. Dio un pequeño sorbo, dejando una línea de color verde sobre el labio superior, que se limpió como en un anuncio.
Anda, Doña Mercedes, ¿ha decidido levantarse ya? Su voz, empalagosa, sonaba como la mermelada demasiado dulce. Jacinto… Pues pasó algo esta mañana. No paraba de lloriquear, lanzarse contra la puerta, arañar… Yo pensé que le dolía algo, la tripa o así.
Levantó teatralmente las manos, mostrando su manicura carmesí brillante.
Y fue abrir la puerta, solo iba a ponerle la correa, cuando salió disparado. Me tiró al suelo. Le grité: ¡Jacinto, quieto! Pero fue como si nada. Se fue corriendo. Será instinto, ¿no? Ya sabe, la primavera, los olores… No volverá, Doña Mercedes. Dicen que si un perro de la casa se va, es para morir lejos y no dar tristeza.
Algo oxidado y cruel giró dentro de mí, hiriéndome por dentro.
¿Primavera, Inés? Pero si estamos en noviembre susurré, notando cómo el frío trepaba por mis dedos. Y a Jacinto lo castramos hace cinco años. Le dan miedo los ascensores y en la calle no se separa ni un metro de mi pierna.
Se encogió de hombros, toda ella indiferencia. No le importaba nada, estaba clarísimo.
Pues se cansaría de estas cuatro paredes. Querría campo, naturaleza… Como animal que es.
Fue entonces cuando mi mirada topó con las llaves del coche, tiradas descuidadamente en la mesa. Colgaba un llavero de conejito blanco, que ahora me pareció lo más siniestro del mundo. No estaban en la entrada, su sitio habitual, sino ahí, junto a la pila. No abría solo la puerta.
Ella lo había llevado lejos, al campo, mientras yo dormía, aprovechando mi debilidad.
No dije nada. Me volví hacia el recibidor, ardiendo por dentro de una resolución serena y pesada. No tenía esperanzas de encontrarlo a pie si lo había dejado lejos, pero no podía quedarme mirando esa sonrisa triunfante de Inés. Estaba despejando el terreno antes de irse.
Aquella tarde fue como una pesadilla viscosa y lenta. Recorrí todo el barrio, asomando bajo cada coche, llamándole hasta quedar afónica, la garganta áspera como una lija. Avisé a los vecinos, las manos temblando tanto que dos veces se me cayó el móvil al asfalto. Escribí en el chat de la comunidad, pegando una foto donde Jacinto sonreía, lengua fuera: Perro perdido, dócil, se acerca a todos
Nadie lo había visto. Nadie.
Al volver, bebí unas gotas de valeriana, pero el olor amargo no hizo sino acentuar el desasosiego. El piso, comprado por mi hijo Javier para que viviéramos todos juntos, me pareció de pronto un campo de batalla donde había caído sin oponer resistencia. Inés pasaba a mi lado como si yo fuera un mueble viejo olvidado en el trastero.
En el pasillo brillaba una maleta abierta, enorme y rosa, una bocaza devorando bikinis, pareos, cremas de marca.
No se aflija tanto, madre dijo, pasándome con un puñado de vestidos de seda. Si ese perro ya sobraba. Todo es pelo, huele, deja babas Cómprese un pez, no molestan y no hay que sacarlos si llueve. Javier me ha reservado un hotelazo, todo incluido, necesito alegría, y usted aquí con su drama.
¿Lo sabe Javier? murmuré, la cabeza gacha.
¿Que se ha escapado el perro? No, todavía no. ¿Para qué alterarlo en viaje de trabajo? Cuando vuelva, se lo contamos. O usted misma. Que si es la edad, que si la puerta mal cerrada Suele pasar.
Había preparado el guion: la culpa sería mía. Y Javier, mi dulce Javier, le creería porque Inés sabía llorar sin despeinarse ni hincharse la nariz, y yo solo podría ahogarme en silencio, temiendo parecer una vieja loca.
Me senté en el sillón del salón a oscuras, con la pelota de goma mordida entre las manos. Era el único hilo que mantenía mi mente unida a la realidad donde Jacinto seguía vivo.
Tras los cristales avanzaban ya las primeras sombras violetas del otoño. El viento hacía que una rama de lila rascara el vidrio con un chirrido que se me clavaba en el alma.
De pronto, el sonido cambió.
No era la rama. Ni el cristal. Era un suave y tembloroso arañazo en la puerta, acompañado de un lastimero quejido casi inaudible.
Me levanté tan deprisa que me mareé. No recuerdo ni cómo llegué a la puerta ni cómo giré el candado con dedos que parecían de papel. La abrí de golpe.
En el felpudo yacía un bulto gris, tembloroso.
Olía a tierra húmeda, gasolina y polvo de carreteras, y a miedo animal.
¡Jacinto! jadeé, cayendo de rodillas ante él.
El perro, agotado, levantó apenas la cabeza. La melena dorada era un amasijo de ramitas y polvo, sus músculos sacudidos por una tembladera involuntaria. Levantaba la pata delantera derecha, torcida.
Pero entre los dientes sostenía algo. Apretado, con las encías blancas por el esfuerzo.
Una pequeña libretita roja.
Estás vivo, hijo mío Volviste lo acaricié, sin pizca de asco. Dame eso, a ver…
Jacinto, bufando, logró soltar el tesoro. Cayó en mi mano: era un pasaporte español, brillante bajo la luz del portal.
Lo abrí, dedos aún entumecidos. La foto de Inés me miraba, impecable y arrogante. Entre las páginas, una tarjeta de embarque: clase business. Salida, mañana a las seis.
Al instante vi el cuadro completo.
La había llevado muy lejos, a un bosque. Lo empujó fuera del coche. Jacinto no quería marcharse, resistió. Su bolso cayó, se abrió, el pasaporte rodó. Ella, nerviosa, no se dio cuenta de la pérdida y se fue.
Él no solo la persiguió. Encontró lo que olía a ella, a casa, y lo llevó de vuelta.
Había caminado decenas de kilómetros sobre tres patas para devolverle lo que perdió mientras lo traicionaba.
¿Qué pasa ahí? rezongó una voz al fondo. ¿Otra vez tiene usted la corriente abierta, Doña Mercedes? ¡Aquí hace un frío!
Inés apareció ajustándose una mascarilla de tela. Vestida con bata de seda, se detenía de pronto al ver el perro sucio sobre el felpudo. La mascarilla me pareció su auténtica cara: inmóvil, blanca, vacía.
¿T-tú?… graznó, pasando del susurro al grito. ¡Si te llevé hasta más allá de El Escorial! Imposible…
Jacinto, al oírla, hizo algo que jamás le había visto con un humano: gruñó hondo y bajito. Se pegó a mí, protegiéndome.
Me incorporé, apoyándome en la pared. La espalda me dolía, pero dentro de mí había una seguridad helada y tranquila. El miedo se desvaneció: solo sentía desprecio, como si pisara barro sucio.
¿Así que se fue por instinto, dices? pregunté bajito, sosteniendo el pasaporte con dos dedos, como quien sujeta una rata muerta. ¿Al bosque de El Escorial, eh?
Sus ojos se movieron de mi mano a Jacinto, abriéndose como platos. Reconoció el documento.
Dámelo, ¡es mío! chilló, lanzándose a por él. ¡Devuélvemelo ya!
Retrocedí, ocultando el pasaporte tras la espalda. Jacinto ladró grave y seco. Inés se detuvo, frenada por el pánico.
¡Salgo mañana! ¡Javier se ha gastado una fortuna! Déjalo ya, ¡bruja!
¿Cuánto valen ahora las visitas al veterinario, Inés? dije, con esa voz suave de quien habla a un niño cruel. Tiene daño en la pata, ¿ves? Habrá que hacerle radiografías, hasta resonancias… El tratamiento está carísimo.
¡Pago lo que quieras! rebuscaba en los bolsillos, olvidando que estaban vacíos de euros. ¿Veinte mil? ¿Treinta mil? ¡Toma y lárgate, pero dame el pasaporte!
No es cuestión de dinero, Inés negué despacio. Es cuestión de principios. Has abandonado a un miembro de esta familia para morir de frío solo en el monte.
¡Solo es un perro! gritó, la cara manchada de rojo bajo la mascarilla. Un simple animal, ¡y yo tenía Turquía, mis nervios…!
No tienes nervios, tienes una calculadora en el alma le respondí.
Abrí el pasaporte. Las páginas, empapadas de babas, se pegaban entre sí.
Vaya, creo que se ha estropeado… Jacinto lo llevó en la boca unos veinte kilómetros. Babas, barro… Los de frontera no sé yo si entenderán este nuevo diseño.
¡Pero si se seca! ¡Le paso la plancha, el secador! ¡Devuélvelo!
O quizá, aunque seque… me acerqué a la ventana de la cocina.
Vivíamos en un bajo. Bajo la ventana, matas de zarzas y rosales viejos crecían salvajes, en un rincón descuidado por el portero. Fuera, la noche era pura tinta negra.
Tú tiraste a mi amigo. Yo tiraré tu viaje.
¡No! corrió, atropellando sillas. ¡No te atrevas!
Me balanceé y lancé el pasaporte. Voló en una parábola perfecta y desapareció entre los espinos. Se oyó el crujido de ramas. Ahí acabó.
Búscalo dije helada. Quizá, con ganas, lo encuentres de aquí al amanecer.
Inés chilló como una gaviota herida. Se asomó al vacío, medio cuerpo fuera, intentando ver algo. Solo había zarzas, aire y frío.
Giró, mirándome con puro odio, y salió de casa con un portazo estruendoso, aún en bata y zapatillas. Oí de lejos el golpe de la puerta del portal.
Cerré la ventana con cerrojo. Hacía frío. Jacinto no debía quedarse en la corriente, ya estaba tiritando hasta los huesos.
El perro yacía en la alfombra, jadeando y lamiéndose la herida. Me senté junto a él, abriendo el botiquín. Ya no me temblaban las manos. Sentía una ligereza y claridad insólitas.
Vamos a ver, campeón susurré, encendiendo la luz.
Examiné la pata: no parecía rota, la sangre era poca, pero estaba inflamada. Apartando el pelo, descubrí una enorme espina de cardo, dolorosa como un alfiler. Jacinto aguantó, confiando ciegamente en mí. La extraje de un tirón limpio, curé la herida y la vendé.
Estaba en casa.
Afuera, los gritos histéricos de Inés subían a través de los cristales.
¿Dónde está? ¡Maldita zarza! ¡Duele! ¡Os odio!
Se arrastraba en la noche, hiriéndose la piel y su batín caro mientras maldecía mi nombre, al perro, a las zarzas y a medio mundo. Sonaba a merecida justicia. Primera nota de su nueva vida solitaria.
En la cerradura giró suavemente una llave.
No me asusté. Sabía que no era Inés, que se había ido a la carrera, sin llaves.
Entró Javier. Mi hijo. Cansado, con barba de tres días, la bolsa al hombro. Se adelantó al umbral, viendo al perro sucio, la venda, el botiquín, la espina sobre la mesa.
¿Mamá? ¿Qué ocurre? ¿Por qué Inés gatea bajo nuestras ventanas con una linterna, gritando como una posesa? La he llamado y ni se gira…
Sonreí. Esa sonrisa tranquila que queda tras la tormenta.
Está practicando para Supervivientes, hijo. Curso acelerado de vida salvaje.
Se descalzó y entró. Miró a Jacinto, que al reconocerlo golpeó el suelo con el rabo. Vio el botiquín, la herida…
Le llevó lejos, ¿verdad? musitó.
No dijo se perdió, ni escapó. Lo entendió todo a la primera. Siempre lo supo: las miradas de Inés, su indiferencia, sus malas artes, pero se engañaba pensando que el tiempo lo curaría. La realidad le golpeó.
Sí, hijo. A las afueras de El Escorial, mientras dormía. Dijo que fue por instinto. Pero Jacinto volvió.
Javier se asomó a la ventana. Afuera, el haz del móvil de Inés temblaba entre los matorrales, mezclado con el sonido de ramas partidas.
¿El pasaporte? Ella no para de chillar sobre un pasaporte…
Lo encontró Jacinto. Donde lo bajó. Lo trajo entre los dientes y… se estropeó un poco. Luego, sin querer, se fue por la ventana. Hacía corriente.
Javier calló. Se le marcaban los músculos de la mandíbula; había querido a Inés, o a su imagen, pero a Jacinto lo trajo a casa siendo solo un cachorro, era parte de su infancia. La frontera que ella cruzó no tenía vuelta atrás.
Entiendo dijo, quitándose la chaqueta y colgándola con pausa. Así que a Turquía no va.
No va. El pasaporte ya no sirve.
Javier se arrodilló junto al perro, hundió la cara en el pelaje todavía oliendo a bosque. Jacinto lo lamió cariñosamente.
No importa murmuró, firme. Me voy yo. Contigo, mamá. Y Jacinto también. Ahora hay hoteles que aceptan perros. Él y tú necesitáis desconectar de tanto drama.
Desde la calle, un grito desesperado se alzó, vibrando en los cristales.
¡Lo encontré! ¡AAAAH! ¿¡Pero qué le ha pasado!? ¡¿Qué has hecho con él!?
Había dado con el pasaporte y, por su berrido, vio lo que yo antes: el colmillo de Jacinto había agujereado, con precisión mortal, la página de la visa.
Javier se levantó y puso a hervir agua.
¿Un té de menta, madre? ¿Bien fuerte?
Por supuesto, hijo.
En casa, el aire se fue tornando cálido. El silencio y el frío cedieron al rumor del agua hirviendo y el crujido feliz del pienso. Éramos familia. Estábamos en casa.
Y ella ella estaba fuera, donde le tocaba, sola en la noche con su rabia y un pasaporte inútil.
Una semana después nos fuimos de verdad. A una casita junto al mar, de unos amigos que adoraban a los retriever. Jacinto cojeó solo dos días; el mar y el sol obraron milagros. Inés se fue con su madre. Dicen que aún cura nervios y arañazos de zarzas, pero hay cicatrices que no se borran solo de la piel.






