Un hueco
Te has convertido en un hueco, Herminia. ¿Entiendes? Un hueco. Un sitio vacío.
Lo dijo con la misma entonación que si hubiera recitado la lista de la compra. Estaba de pie, de espaldas a ella, junto a la ventana, mirando a la calle del barrio. Abajo, alguien sacaba a pasear a un perro, un teckel diminuto, pelirrojo, que tiraba del dueño emocionado para acercarse a un charco.
Herminia García estaba sentada en el sofá, una taza de té frío entre las manos. Llevaba por lo menos veinte minutos fría, pero seguía sujetándola; no sabía qué otra cosa hacer con las manos.
¿Qué quieres decir? preguntó, aunque el hilo de voz apenas se oía.
Eso mismo dijo Javier, dándose finalmente la vuelta. Tenía una expresión tan entusiasta como quien explica por enésima vez que la tostadora solo funciona si la enchufas. Se dejó caer en el sillón de enfrente, cruzó las piernas con una parsimonia casi exasperante. Te miro y no veo nada. Vacío. Grisura. Vives, cocinas, duermes. Eres como una cómoda, Herminia. Una cómoda robusta, buen mueble, pero mueble, a fin de cuentas.
Ella dejó la taza sobre la mesa auxiliar. El porcelana tintineó apenas.
Diez años dijo ella tras un silencio.
¿El qué son diez años?
Que hemos vivido diez años juntos.
Pues ya ves Javier se encogió de hombros, suficiente para ver que así no tiene sentido seguir. Yo no quiero más esto. Quiero hizo una pausa, buscó la palabra con la misma pasión que se busca una moneda bajándose del autobús. Quiero sentir algo. Y tú no me haces sentir nada. No inspiras nada. Es como si ni estuvieras, aunque estés aquí sentada.
Herminia notó algo dentro de sí doblarse, invisible, como una varilla terca y cansada.
¿Dónde se supone que tengo que ir, Javi?
Eso ya es tu problema zanjó, cruzando la otra pierna. El piso, ya lo sabes, está a nombre de mi madre. Así que legalmente aquí eres bueno, nadie. No te apuro, pero ¿te sirve una semana? Seguro encuentras algo.
Una semana, sí repitió ella, como quien recita los días de la semana en la consulta del médico.
Fenomenal dijo él, y cogió el móvil para ponerse a deslizar pantallas, como si la conversación le pareciera ya tan entretenida como fregar platos.
Herminia se levantó, avanzó a la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se tumbó sin quitarse la ropa encima de la colcha y miró el techo, blanco, con una mancha pequeña en un rincón, esa que llevaba planeando pintar dos años y que, visto lo visto, no iba a pintar. Al otro lado de la pared, la tele zumbaba baja. Javier ya estaba entretenido.
No lloró. Solo miró el techo y sentía un silencio seco, como cuando se rompe un cristal y se queda la casa en suspenso.
***
La semana fue una especie de niebla pegajosa. Javier casi no pasaba por casa; llegaba tarde, salía temprano. No se hablaron más. Herminia iba metiendo sus cosas en bolsas, descubriendo lo poco suyo que había por toda la casa en realidad: un par de vestidos, el abrigo bueno, una caja con fotos antiguas, y revistas de costura que guardaba sin abrir desde hacía años.
Las revistas, al principio las dejó, pero después pensó mejor y las echó en la maleta.
Llamó a su tía abuela por parte materna, tía Eulalia, a la que no veía desde el entierro de su madre hacía siete años. Tía Eulalia escuchó sin interrumpir y luego dijo:
Ven, niña, ven. Hay una habitación pequeña, pero suficiente. Quédate hasta que te arregles.
Tía Eulalia vivía en el barrio de Canillejas, la última frontera de Madrid, donde los autobuses pasan cada hora y el supermercado Mercadillo Castizo es el único en tres manzanas. Herminia nunca le tuvo especial simpatía al barrio: bloques de ladrillo con balcones de toldos ajados, porterías desconchadas, plátanos de sombra que soltaba pelusa en primavera cubriéndolo todo, incluido a los gatos.
Llegó un viernes con dos bolsas y una maleta.
Por Dios, hija, pero qué delgadita te me has quedado le soltó tía Eulalia abriendo la puerta. Era una mujer bajita, recia, sonriente incluso debajo de la mata de arrugas. Olía a valeriana y a cocido.
Pasa, anda, no te quedes en la puerta. ¿Quieres cenar?
No tengo hambre, tía Eulalia.
Da igual dijo ella. Algo hay que meter en el cuerpo. Vente a la cocina.
La habitación era justa, con un sofá-cama estrecho, un armario viejo y una ventana que daba justo a la pared ciega del edificio contiguo. El papel de las paredes había sido azul, pero ahora ni se sabía. En el alfeizar sobrevivían tres macetas de geranios rojos, robustos y orgullosos.
Herminia dejó sus cosas y se sentó en el sofá. Notó un quejido breve del somier.
¿Quieres un té calentito? gritó su tía desde la cocina.
Sí, gracias.
Solo entonces, ya dentro de esa habitación con los geranios y el papel desvaído, Herminia se permitió llorar.
***
Llegó un tiempo raro. Raro de esos en que te preguntas para qué levantarte por las mañanas, y la respuesta nunca convence. Herminia se despertaba a las seis y se quedaba un rato escuchando cómo Eulalia hacía ruido en la cocina, cómo los frenos de algún coche chirriaban en la calle, cómo nada cambiaba afuera. Salía al salón, desayunaba té, miraba la misma pared sin ventana.
Eulalia era lista: ni consejos, ni preguntitas, ni ese infame todo pasa que te dicen cuando no saben qué más decir. Tan solo cocía cocido, le ponía la tele y, algunas tardes, sacaba una baraja de cartas.
¿Una partidita a la brisca?
Jugaban a la brisca en silencio, casi en paz.
Dinero tenía poco. Sacó todo lo que quedaba del banco: unos cuatrocientos ochenta euros, con suerte mes y medio viviendo apretada y poco más. Y apretó el gasto, muchísimo.
Su trabajo de los últimos años contable en una pequeña empresa de reformas no lo perdió: tres veces por semana iba en metro al otro extremo de la ciudad, tramitaba papeles, firmaba, y cobraba seiscientos cincuenta euros. Le daba para algo y para dejarle a tía Eulalia un billete por la habitación, aunque esta protestó hasta que Herminia le dejó el sobre encima del microondas y se piró lejos, para que no pudiera devolvérselo.
Las noches eran peores: toda la cabeza dando vueltas a lo mismo, diez años, que no son ni poco ni demasiado, pero diez años de desayunos, discusiones, veranos, enfermedades, Navidad, playa, reconciliaciones. Y él, que a la postre solo veía vacío. Así que sí: a lo mejor tenía razón. A lo mejor ya solo era grisura.
Alguna vez hojeaba la conversación de WhatsApp con Javier. Fotos en San Sebastián. Los dos riendo a carcajadas, brazos al hombro. No recordaba ni de qué.
Aquellas noches se tapaba hasta las orejas y no salía.
Eulalia asomó una vez a la puerta:
¿Duermes, Herminia?
No.
Se nota. ¿Tienes hambre?
No.
Bueno, pues descansa. Mira, yo también eché a mi marido. Hace un siglo. Creí que se me acababa la vida. Y aquí me ves.
Cerró. Herminia pensó que, venga, casi cincuenta años y a empezar de nuevo. Como si fuera tan sencillo.
***
La máquina de coser apareció a principios del segundo mes.
Tía Eulalia le pidió que pusiera orden en el altillo de la entrada: un túmulo arqueológico de cajas, revistas viejísimas e inutilidades, que amenazaban con abortar cada vez que abrías la puerta. Herminia aceptó. Ocupar las manos era mejor que dejar la mente suelta.
Salió de allí una pila de revistas Labores del Hogar, un paraguas roto, cajas de botones, frascos vacíos de colonia, postales de Navidad de tiempos añejos. Y, en el fondo-fondo, palpó algo pesado envuelto en una sábana antigua.
Destapó. Era una máquina de coser. Negra, metálica, con adornos dorados ya deslucidos, hermosa en su vejez. En un lateral se leía Alba, en letra cursiva y pretenciosa.
¡Tía Eulalia! llamó.
Ella apareció con el trapo colgando del hombro.
¡Anda, la Alba! dijo. Era de mi hermana Marga. Yo ni me acordaba de que seguía ahí. No sé si todavía funciona. Décadas sin tocarla.
¿Puedo probar?
Eulalia la observó con un gesto nuevo.
¿Tú sabes coser?
Sabía. Hace mucho.
Pues pa ti, hija.
Herminia la llevó a la habitación, la colocó bajo la ventana. Limpiando restos de tela petrificada en la lanzadera, encontró hilos y agujas en una caja de lata. Hasta aceite de máquina seco, que repuso y engrasó, frotando, quitando polvo. La mueve: al principio dura, luego empieza a girar mejor, mejor.
Pasó tres horas en eso. Instaló el hilo, preparó una pieza de tela vieja. Bajó el pedal.
La Alba cosía, con sonido de cigarra eléctrica. De inmediato sintió algo como hormigueo en una mano dormida: duele raro, pero te recuerda que tienes sangre.
Miró la costura. Recta, bonita, llena de posibilidades.
Y algo dentro hizo clic.
***
Tenía dieciocho años y cosía de todo: de un vestido de su madre salía una falda, de una oferta en el mercadillo se hacía una blusa. En el taller de enfrente del instituto trabajaba Paquita, una costurera mayor, de manos pinchadas y pulso fino, y Herminia iba allí solo para mirar cómo bordeaba dobladillos, cómo creaba pinzas y ajustaba. Paquita no regateaba nunca consejos.
Luego vino la universidad, Javier, la boda y el desde ahora lo importante es otra cosa. Vendió la máquina que compró con su primer sueldo porque el piso de Javier era un huevo y él insistía que ocupaba sitio. Herminia no discutió: estaba enamorada y pensaba que ceder espacio era amar. Y así, entre décadas, solo a veces se le antojaba copiar un vestido que veía en un escaparate, y por rutina no lo hacía.
Ahora estaba en esa habitación minúscula en Canillejas, frente a la Alba, escuchando el zumbido del motor.
Al día siguiente fue al mercadillo, el de toda la vida, al lado de la estación de metro. Bancos atestados, los rollos de tela esparcidos y vendedoras con el metro colgando del cuello.
Tocaba los géneros: lino, crepé, popelín, un paño de lana suave. Se detuvo frente a un color azul-gris que le recordó a marea.
¿Cuánto hay de esto? preguntó a la señora.
Cuatro metros y medio, cielo.
Me los llevo.
¿Y para qué será?
Un vestido.
La firmeza de su respuesta la sorprendió incluso a ella.
***
Cortó la tela en el suelo, sujetó el patrón hecho de un viejo papel de periódico, lo fue ajustando con alfileres. Sencillo, recto, cinturón, cuello mao, manga tres cuartos. Sin complicaciones; pura forma elegante.
Eulalia la miraba trabajar desde la puerta, sin decir nada. Solo una vez le dejó el té en la mesita.
Gracias murmuró Herminia, sin apartar la vista.
Has elegido muy bien el color dijo la tía.
El primer corte da pavor, pero Herminia agarró unas tijeras nuevas del fondo del cajón y se tiró al charco sin drama.
En tres días estuvo listo. No porque tardara mucho, sino porque lo hacía despacio, sin prisa, disfrutando: primero los costados, luego la cremallera, el cuello por separado, la manga que dio más guerra de la deseada.
Si algo fallaba, descosía, pensaba y volvía a coser. La Alba se portó, solo ese zumbido bajo y reconfortante. En esas horas no había Javier ni vacío ni reproches. Solo puntadas, tela y el objetivo de encajar un cuello perfecto.
El tercer día repasó la última costura, planchó y colgó el vestido del armario, se apartó y miró.
Buen vestido.
Sencillo, azul-gris, líneas suaves, sin ínfulas. Cinturón a la cintura, cuello elegante tapando justo lo necesario.
Se lo puso.
El espejo grande estaba en el pasillo. Daba igual lo viejo: reflejaba bien.
Y Herminia se miró como un minuto, tal vez más.
La mujer del espejo no era nadie, ni hueco, ni comodín de Ikea. Era una mujer de cincuenta años, pelo moreno recogido, recta de espalda y una chispa rara, recién nacida, en los ojos.
El vestido le sentaba como un guante.
¡Herminia! llamó tía Eulalia desde la cocina. Vente, enséñame cómo te ha quedado.
Salió de la habitación con el vestido puesto.
Eulalia dejó la cuchara delante del puchero y la miró. Sonrió de medio lado.
Así me gustas más. Eso sí que es estar viva otra vez.
Y se volvió, porque el cocido no espera, pero Herminia la vio sonreír.
Volvió a la habitación, palmeó la falda con la mano. La tela era suave y cómoda. El vestido estaba perfecto; sentado y de pie.
Algo en su interior, aquella varilla doblada, empezó a enderezarse.
***
Salió con el vestido nuevo el sábado. Tía Eulalia, por supuesto, le encargó unas pastillas en la farmacia, así que Herminia se puso la prenda azul y el viejo blazer beige, y salió.
El aire estaba limpísimo, principios de octubre, el cielo claro, los plátanos amarilleando.
Iba sin duda diferente, no como antes, siempre deprisa y con la cabeza agachada. Iba por la calle y lo notaba todo: un gato gordo recostado en un balcón, una abuela tejiendo en la entrada, un niño arrastrando a su madre hacia un charco.
La farmacia estaba a un par de manzanas. Junto a ella había un cafetín: El Rincón, según el cartel, café y bollería artesanal.
Entró; se pidió un café con leche y cruasán. Porque sí, porque podía.
El local era pequeño, apenas cinco mesas. En la esquina, una señora elegante de unos sesenta años, con el pelo corto y blanco, leía el móvil. Tenía ese aire de persona que decide por sí misma.
Herminia cogió su bandeja y se sentó junto a la ventana.
Al cabo de diez minutos, mientras miraba la calle y especulaba sobre el truco para coser mejor bajo la manga, la señora se acercó:
Perdone dijo. No quiero molestar, pero ese vestido suyo es precioso. ¿Se puede saber dónde lo ha comprado?
Herminia titubeó un segundo.
Lo he hecho yo.
La señora se inclinó un poco.
¿Cose usted?
Bueno, sabía. Ahora he retomado.
El patrón, el corte estudiaba el vestido con ojo experto. Sencillez y elegancia, eso dice mucho. Yo trabajé en la Casa de Balboa, de joven, y algo sé de esto.
Gracias balbuceó Herminia, incómoda.
Soledad Pardo le tendió la mano. Puede llamarme Soledad.
Herminia.
Mire, Herminia, a ver qué le parece: dentro de tres semanas cumplo sesenta y cinco. Me encantaría lucir un vestido así de especial, pero los que venden son para señoras mayores o para niñas. Nada me convence. ¿Se atrevería usted a hacerme uno?
Herminia la miró bien. Soledad la observaba con calma, sin presión. Solo preguntaba.
Algo se rompió y se asentó dentro.
Me atrevo dijo Herminia.
***
Soledad vino dos días después con una bolsa de tela elegida por ella: crepé burdeos de calidad, un brillo apenas sugerido. Herminia le tomó medidas en el escritorio despejado a golpes, apuntando todo en una libreta. Luego, sentadas en la cocina con tía Eulalia, fueron haciendo bocetos con lápiz. Soledad escogió uno: vestido con vuelo bajo, manga tres cuartos, escote discreto.
Ese dijo ella. Es exactamente eso.
Perfecto. En dos semanas lo tendrás.
¿Cuánto me va a cobrar?
Herminia se quedó en blanco. No lo había pensado.
No sabría decirle dudó.
Yo le diré lo que correspondería en una modista decente Soledad soltó una cifra. Y así lo haré.
Era casi el equivalente de dos semanas como contable.
Dudó.
De acuerdo.
Cuando Soledad se fue, tía Eulalia salió del lavadero:
Te ha pagado bien.
Sí contestó Herminia.
Sigue cosiendo, que se te da de cine.
Herminia la miró largo.
Tía, ¿por qué me has acogido? Apenas nos conocíamos.
Eulalia reflexionó.
Porque eres hija de Estrella. Y Estrella me ayudó a mí en su día. Ahora me tocaba a mí. Hay que pagar las deudas.
Se fue a la cocina.
Herminia se quedó en la ventana. Detrás de la pared del otro edificio había ahora una pintada enorme, azul, llena de flores. No se había fijado hasta ese día.
***
El vestido de Soledad fue otro mundo: no era para ella, sino para alguien. Se sintió responsable cada minuto al sentarse a la máquina.
Costó cortar el crepé, lo pensó casi tanto como coserlo. Lo hizo despacito, sin miedo pero con respeto.
El vestido quedó listo en cinco días: costuras limpias, cremallera cosida a mano, dobladillo invisible.
Soledad lo probó y en el espejo se le iluminó la cara.
Dios mío susurró. Otra vez soy yo.
Se daba vueltas, tocaba la falda, se erguía.
Esto me cambia hasta la espalda.
Es que es usted, pero bien vestida bromeó Herminia.
Nada de modas tontas. Cuando algo está hecho para una, hasta andar sabes mejor.
Hubo que ajustar la falda y Soledad insistió en pasar el contacto a su amiga, Rosa, que también quería vestido y boda y, a la postre, la familia entera.
¿Aceptaría encargos?
Por supuesto.
Y Soledad miró como, claro, esto es justo lo que quería oír.
***
Los dos meses siguientes robaron el reloj a Herminia. No era malo, al contrario: la locura de la buena, la abrumadora.
Rosa se trajo a una amiga para un conjunto de chaqueta; otra vecina necesitaba blusa y falda; la hija de alguien más, un vestido de fiesta para Navidad. Herminia cosió todos.
Empezaron a llegar pedidos del grupo de Facebook de una clienta, y el cuarto de Eulalia se transformó en una madriguera de telas, alfileres y patrones repartidos.
Eulalia nunca protestó, pero un día pasó y dijo:
Herminia, necesitas más sitio.
Lo sé, tía.
Aquí ya no se puede.
Lo sé.
El dinero empezaba a llegar: en dos meses reunió más que trabajando medio año de contable. Fue a ver cuevas en alquiler por el centro. Dos horribles, con humedad. La tercera, justo: segundo piso en un edificio rehabilitado de Lavapiés, gran ventana al sur, luz, techo alto, suelo de madera. Pero era caro.
Lo calculó. Entre alquiler, máquina profesional, ojalá un recubridora y mesa decente, todo el ahorro se iba, y tenía que pedir prestado.
Sin saber muy bien por qué, llamó a Soledad.
Soledad, ¿puedo pedirte consejo?
Dime.
Le contó. Soledad escuchó, luego cortó:
Coge el local. Tú puedes. Yo te presto, sin intereses. Lo devuelves cuando quieras.
No puedo aceptar
Mira, Herminia ella, firme. Me has hecho el mejor regalo de cumpleaños. Déjame hacerte esto por ti. Ayudar es lo correcto. Además, ya tengo a cinco amigas esperando turno. Me conviene tenerte instalada.
***
La modista Herminia inauguró taller en diciembre.
Mudó la Alba aunque, la verdad, ya era símbolo sentimental. La máquina industrial hacía mucho más trabajo, pero la Alba tenía su rincón junto a la ventana. Así debía ser.
El taller era luminoso, dos puestos de costura, estantería de tejidos y mármoles, espejo de cuerpo entero. Herminia colgó unos bocetos en las paredes y Eulalia vino a supervisar el resultado. Dio la vuelta, acarició la máquina vieja, miró las telas.
Muy bien, niña.
Tía Eulalia Herminia le ofreció un sobre. Te quiero pagar la habitación. He sumado todo.
No hace falta, mi niña
Sí, sí hace falta. Y con eso te compras la nevera que tanto falta hace.
Eulalia accedió con carita de bicho pillo y luego, entre ambas, se plantaron frente a la tienda de electrodomésticos. Eulalia eligió la más grande y más brillante.
Ese día Herminia supo que había hecho algo bien.
***
Diciembre trajo pedidos navideños de toda índole: vestidos de cena, trajes de empresa, blusas elegantes. Herminia llegó a coser hasta las nueve de la noche, bebiendo té hasta el infinito y escuchando a la Alba de fondo como un corazón tranquilo.
En enero, calmado el temporal festivo, contrató a una ayudanta: Loli, joven aplicada que sabía rematar y cosía fino, aunque de patrones sabía poco. Herminia se sorprendió disfrutando al enseñar, corrigiendo, y viendo evolucionar a Loli.
Dejó la empresa de reformas; hubo encogimiento, pero ya era irreversible.
En marzo la llamó una desconocida: quería aprender costura y patronaje.
No soy profesora.
Pero sabe usted más que nadie. Y Soledad me ha dado su número.
Herminia dudó.
Vente y probamos.
Ahí empezó el primer taller. Luego uno más. Un grupillo, y la agenda se fue llenando poco a poco.
En primavera alquiló un pequeño piso cerca del taller. Una habitación, cocina luminosa, paredes blancas, blancas sin mácula. Instaló sus cosas, colgó alguna cortina cosida por ella.
La primera noche en su casa, taza de té en mano y mirando al parque pequeño con chopos de la ventana, se sintió al fin en casa.
***
El encuentro con Javier llegó en mayo.
Volvía del taller atravesando el parque. Había aroma a jazmín, el crepúsculo rozando los bancos, la bolsa llena de telas nuevas para examinar con la luz. Lo vio de lejos, delgado, andares cambiados, un poco vencido.
Cuando sus miradas se cruzaron y solo dos pasos los separaban, dijo:
Herminia.
Hola, Javi.
Se le veía perdido, el gesto ajado.
Tienes dudó. Tienes buena cara.
Gracias.
Breve silencio. Una madre con carrito pasó, las ruedas rompiendo la escena.
¿Vives por aquí?
Sí contestó ella.
¿Está lejos?
No, al lado.
Otro silencio.
Herminia, yo ¿podemos sentarnos un minuto?
Ella le observó de verdad: se le notaba cansancio de otro tipo, no de trabajo, sino de naufragio.
Iremos, venga.
En el banco, Javier contempló sus manos.
No sé cómo empezar.
Empieza como salga dijo Herminia, sin dureza.
Ella se fue. Por quien bueno, se fue hace seis meses. Me dijo que era aburrido, que no tengo ambiciones. ¿No es gracioso?
Sí lo es.
Vivo con mi madre, la empresa cerró Todo va raro, todo se me ha venido abajo. Pienso mucho en la metedura de pata, en lo que perdí. Cometí un error tremendo contigo, Herminia.
Ella escuchaba.
Contigo tuve todo y no lo vi. Me parecías no sé, invisible. Y te llamé hueco. No sé cómo perdonarme.
Herminia se fijó en los chopos, en la sombra larga.
Javi, no es tu culpa dejar de querer. Le puede pasar a cualquiera.
Él suspiró.
Pero cómo lo dijiste, cómo lo hiciste fue cruel. Aquello de hueco, de mueble, de lárgate. Eso sí dolió y me costó tiempo no recordarlo.
Lo sé. Su voz era mínima.
Pero te tengo que dar las gracias, aunque suene absurdo.
Él entrecerró los ojos.
Me diste la patada que necesitaba. Me costó, pasé miedo. Me fui con dos bolsas y cuatrocientos euros, perdida. En casa de tía Eulalia era una extraña, lloré meses. Después encontré una máquina de coser, recordé que era feliz cosiendo. Y empecé. Primero para mí, luego para otros. Ahora tengo un pequeño taller en el centro, soy mi propia jefa, y la gente viene y sale contenta. Estoy donde no hubiera estado nunca sin ese empujón.
Javier la miraba, no sabiendo si llorar o sonreír.
Si no me hubieras echado, seguiría allí cocinando y olvidándome de mí. No digo que te lo agradezca; digo que fue como fue.
¿Entonces no me perdonas?
Herminia se lo pensó.
No te guardo rencor. No es lo mismo que perdonar. Volver no quiero. No es revancha, simplemente ahora sí soy yo, en mi vida, por primera vez.
Él asintió.
¿Y tía Eulalia?
Encantada. Le regalé una nevera. Los domingos juego a la brisca con ella.
Javier sonrió un poco.
Siempre fuiste buena gente, Herminia.
Tú tampoco eras mala gente. Solo que no coincidíamos. Hace tiempo que no.
Herminia se levantó, cogió su bolsa.
¿Tienes prisa?
Mañana a las ocho tengo cita con una clienta.
Ambos se levantaron. Él dudó.
Me alegro mucho de que estés bien, de verdad.
Igualmente, Javi.
Era la verdad: sin veneno ni triunfalismos. Sinceramente, le deseaba lo mejor. No tenía ya fuerzas ni ganas de otra cosa.
Echó a andar por la sombra de los árboles. Quedaba el eco de los pasos de Javier, pero ya no importaba. Seguro tomó otra dirección.
La sombra de los chopos alargaba el asfalto. Herminia caminó por esa penumbra, la bolsa en el brazo pesando con sus telas verdes oscuras, el catálogo con marcas de colores. Mañana a las ocho vendría Eduvigis, maestra jubilada ilusionada con una falda que valga para teatro y para el médico.
Pensaba qué corte sería el ideal para Eduvigis, que era baja y ancha de cadera. Una falda recta, pero con truco.
Pensaba y, al mismo tiempo, olía el jazmín más fuerte ahora. Un niño corría en patinete y tarareaba una canción de dibujos. De una ventana subía olor a tortilla, un aroma que sabía a domingo por la tarde.
***
Aquella noche no trabajó. Quizá ni encendió la máquina. Solo pasó por el taller a buscar la libreta de medidas. Allí seguía la Alba, negra, con ribetes dorados.
Herminia pasó un dedo por el chasis.
Gracias, de verdad dijo en voz alta.
Era ridículo agradecer a una máquina, pero ¿a quién hay que agradecerle que la vida dé la vuelta? ¿A tía Eulalia, a Soledad, a Loli? ¿A todos juntos? Quizá sí.
Apagó la luz, cerró el taller y bajó la escalera de madera.
La ciudad tenía su rutina: coches, gente, risas. Era solo un jueves normal, nada más.
Paró en la panadería El horno de la esquina, se llevó una barra rústica y un frasco de miel ecológica.
Buenas noches dijo Herminia.
Buenas respondió la dependienta. Esta miel está de cine, ya verá.
La pruebo mañana.
Ya en la calle, la barra de pan, la miel, la libreta, el catálogo y, sobre los hombros, un vestido de lino crudo cosido la semana anterior: su vestido, cómodo y propio.
Caminó a casa, diez minutos tranquila. Repasó mentalmente el patrón de la falda de Eduvigis, la lista de hilos que debía comprar el sábado, y que Loli pronto cortaría patrones ella sola.
Luego simplemente se dedicó a caminar.
El cielo detrás de los edificios tenía ese violeta de mayo. Los vencejos cruzaban como flechas. La vida pasaba alrededor, con todas sus complicaciones.
Sería el segundo florecer que prometen las revistas tontas para divorciadas. Herminia no lo veía así. Solo pensó: aquí estoy, camino a casa. Mañana madrugo. Mi trabajo me llena. Tengo a tía Eulalia y a mis clientas. Tengo la Alba, y el cielo este con pájaros.
No era un final de cuento, ni ningún drama, simplemente suficiente. Tal vez esto es lo que se busca cuando se habla de segundas oportunidades o la vida nueva: ni milagros ni finales de telenovela. Solo: un vestido, luego otro, el taller, el piso y un mayo en Madrid con pan y miel en la mano.
Llamó a tía Eulalia.
¿Estás en casa, tía?
¿Dónde voy a estar a estas horas? ¿Qué pasa?
Nada, solo saludaba.
Silencio breve.
¿Vienes el domingo?
Iré. ¿Hago empanada?
De manzana, si no es molestia gruñó Eulalia. De manzana me gusta.
De manzana será.
Guardó el móvil. Subió al tercero, abrió la puerta.
El piso olía aún a lino: había cortado la tela en la mesa la tarde anterior, con la lluvia fuera y ninguna prisa por salir. Recogió los restos, pero el olor perduró. Buen olor.
Puso agua al fuego, cortó pan, abrió la miel, un oro transparente.
Fuera aún bailaban los vencejos: el día apuraba el último trayecto.
Untó miel en pan, probó. Era cierto: buenísima.
***
El amanecer fue claro.
Eduvigis llegó puntual. Tenía el pelo blanco, cortito, gesto activo y mirada directa tras las gafas.
Herminia, he traído una foto. Quiero algo así, pero discreto. No demasiado pomposo.
Le pasó la foto.
Herminia la estudió: una buena falda, elegante, buen reto.
Siéntese, que le explico cómo la haremos.
Eduvigis se sentó, manos en el regazo.
Siempre soñé con una falda así, ¿sabe? miró el taller. En las tiendas, nada me convence. Una vecina me habló de usted y dice que, con su vestido, volvió a sentirse ella misma. Gran referencia.
La mejor referencia sonrió Herminia.
Abrió la libreta, pilló el metro de modista.
Vamos a ello.
Eduvigis se puso en pie, se plantó digna ante el espejo.
Estoy ya jubilada, pero no por eso me resigno, ¿sabe? Hay muchas cosas por disfrutar. Y no es cuestión de ir hecha un cuadro.
Eso es dijo Herminia.
Apuntaba medidas, pensaba el corte. La luz de la mañana entraba a raudales. En la esquina, la Alba esperaba tranquila. Pronto llegaría Loli. Más tarde, la próxima clienta. Herminia respiró hondo y sonrió.





