EL SELLO POSTAL
Juan se ha ido de al lado de Clara la voz de mamá flotaba, como lanzada desde el fondo de una catedral olvidada en Toledo.
¿Cómo? pregunté yo, flotando en una neblina de incomprensión.
Ni yo misma lo entiendo, hija. Se fue un mes de viaje de trabajo a Barcelona. Volvió diferente. Le dijo a Clara: Lo siento, amo a otra. Y se quedó mirando el tapiz, como si el bordado tuviera la respuesta mamá se perdió en los rombos de la alfombra.
¿De verdad dijo eso? Es una locura sentí un calor antiguo de enfado en la sangre, un antiguo dolor torero. No me creo que Juan haga eso a Clara.
Fue Lucía la que me llamó. Dice que Clara está mal, que ha tenido que llamar a la ambulancia. Resulta que a Clara le dio un trastorno nervioso y no podía tragar mamá parpadeó deprisa, como si tuviera polvo de siglos en los ojos.
Mamá, relájate. A lo mejor fue error de Clara, eso de poner siempre a Juan en el mejor rincón de la casa, donde las fotos de los santos. Siempre bailando para él Ahora le toca tragar sopa amarga a cucharadas. Pobre. Espero que lo de Juan no sea realmente serio con esa otra Él ama a Clara y a Lucía me negaba a aceptar lo escuchado.
Juan y Clara vivieron un amor desbordado, como el Ebro en primavera. Se casaron a los dos meses de saberse los nombres. Nació su hija Lucía. Todo en su vida era cadencioso y apacible, como un bolero de guitarra, y de repente un alud cruzó el escenario.
La avalancha
Corrí, como en un sueño en el que los pies no avanzan, a casa de mi hermana.
Clarita, ¿cómo fue? ¿Juan te explicó algo? ¿Se ha vuelto loco? disparé las preguntas como disparan los niños los garbanzos.
Ay, Aurora, ni yo lo creo. ¿Quién será esa mujer? ¿Le habrá hecho un conjuro? Juan salió corriendo tras ella, como si los santos le persiguieran, imposible pararle. Me dijo: Clara, la vida debe fluir, no desangrarse. Lanzó su ropa en la maleta y se fue. Yo, como si me hubieran pasado la cara por los adoquines de Madrid. No entiendo nada las lágrimas de Clara caían, silenciosas y saladas, como olas de mar menor.
Espera, Clara. Quizá el fugitivo recapacite le abracé, perdida en un abrazo de lana pesada. Hay de todo en los sueños y en la vida.
Pero el fugitivo no volvió.
Juan echó raíces en otra ciudad, en Valencia.
Con nueva esposa.
Marina tenía dieciocho años más que Juan. Aquella diferencia era sólo un soplo entre dos almas. El alma no tiene edad, repetía Marina con voz de ovillo de lana.
Juan estaba hechizado por su nueva mujer. Ella era su faro en la niebla de la vida, su brújula torcida.
Marina tenía carácter: sabía amar y desamar. Tenía raíz silvestre, libre. Podía hornear palabras de miel o herir con filo de cuchillo, a veces en la misma frase.
Juan la adoraba.
A menudo repetía: ¿Dónde estabas antes, mi Marina? Media vida buscándote
Y mientras, Clara, devorada, decidió vengarse del sexo masculino, sin importar matices.
Era hermosa. Se giraban a mirarla hasta las estatuas.
En el trabajo cautivó al jefe:
Clara, cásate conmigo. Te haré rica. No miento. Serás mi reina castellana.
No quiero casarme, Álvarez, ya tuve bastante Clara le guiñó el ojo, desafiante. Prefiero que me lleves al mar. Quiero que Lucía respire el aire de Cádiz.
Vamos, cielo
Pedro era más sencillo. Le ayudó en las chapuzas de casa, arregló el baño y pintó la entrada de verde albahaca. Nunca le pidió matrimonio: tenía esposa e hijos.
Clara manejaba los hilos de ambos, sin telenovela ni sangre.
No había amor, sólo ayuda a flotes, barcas de salvamento en aguas grises.
Clara languidecía por Juan: lo veía en sueños, risueño y lejano. Despertaba mojada de lágrimas inútiles. Los recuerdos agitaban su corazón como el viento de Poniente. ¿Cómo cortar un lazo del alma? ¿Por qué no lo mereció? Si fue siempre sumisa, diligente, nunca discutieron
Pasaron años, enredados como sábanas por la mañana.
Clara alternaba: una sonrisa enigmática a Álvarez, una caricia fugaz a Pedro, capaz de devolverlo a su familia los domingos.
Lucía tenía veinte años cuando decidió visitar a su padre. Compró billete de tren el Ave hacia Valencia preguntándose cómo empezar conversación con Marina, la desterradora de sueños.
Entró en el edificio.
Tocó al timbre.
Eres Lucía, ¿verdad? preguntó una mujer interesante, recostada en el quicio como si esperara hace cien años.
La mía es más guapa, pensó Lucía con orgullo heredado.
¿Usted es Marina? adivinó Lucía.
Sí, pasa. Tu padre no está, vendrá pronto Marina la llevó entre vapores de café a la cocina.
¿Cómo va la vida? ¿Y tu madre? Marina revolvía la loza. ¿Un té? ¿Un cortado?
Marina, ¿cómo lograste llevarte a mi padre? Él amaba a mi madre, eso lo sé Lucía clavó los ojos en los de Marina como lanzas.
Lucía, no todo se puede prevenir. En el amor no hay receta ni seguro. A veces llega una pasión impredecible, basta un encuentro y el cielo cambia el rumbo de los barcos. A veces ni sabes por qué. Te toca cambiar pareja Es inexplicable Marina se derrumbó, envejecida, en la silla.
¿Y no se puede parar? ¿Mandar sobre uno mismo? El deber con la familia Lucía no entendía la lógica de Marina y la odiaba, como se odian las nieblas.
No se puede, niña respondió Marina, cortando el aire como navaja.
Gracias por la sinceridad Lucía rechazó el café.
¿Quieres un consejo juguetón? Los hombres son como sellos postales: cuanto más los escupes, más firmes se pegan Marina soltó una risa de cueva española. Con un hombre a veces debes ser acero, a veces terciopelo Por cierto, tu padre y yo estamos enfadados.
Gracias por el consejo. ¿Puedo esperarle aquí? Lucía se inquietó.
No sé. Lleva una semana en un hotel. Te dejo la dirección Marina apuntó un nombre en papel de recibos: Toma.
Lucía agradeció la salida. Así podría hablar en intimidad con su padre, sin el eco de Marina.
Adiós. Gracias por la hospitalidad se despidió Lucía, saliendo ligera como una veleta.
Encontró el hotel, tocó la puerta.
Juan la recibió con un abrazo, una torpeza dulce.
Lucía, pensaba volver hoy Ya sabes, la bronca y eso
Papá, sólo he venido a verte, sin preguntas Lucía tomó su mano, como cuando era niña.
¿Y tu madre? preguntó Juan, por costumbre.
Estamos bien, papá. Nos hemos acostumbrado sin ti respondió Lucía.
Padre e hija compartieron una tarde tranquila, conversación de susurros, risas y lágrimas saladas
Papá, ¿amas a Marina? preguntó de pronto Lucía.
Mucho. Perdóname, hija Juan respondió, nítido como una campana.
Vale. Me tengo que ir, el tren sale pronto Lucía se preparó, aérea e imperturbable.
Vuelve pronto, Lucía. Seguimos siendo familia Juan bajó la mirada, como si buscara el bolso bajo la mesa.
Claro, claro Lucía salió, flotando.
Al volver a Madrid, decidió seguir el consejo de Marina:
No amar, no confiar, no creer en las palabras dulces de los hombres. Escupir y soltar
Pero, tres años después, apareció alguien distinto. Julián. Era como si el firmamento lo hubiera bordado sólo para Lucía.
Lucía lo supo nada más verlo. Lo olió, lo presentía
Cuando te encuentras lo tuyo, lo demás pierde sabor.
Julián abrazó a Lucía con el corazón. No la soltó jamás. Tocó su alma con la delicadeza de una guitarra española. Lucía al final se enamoró. Sin condiciones. Hasta consumirseY un día, al limpiar su bolso, Lucía encontró un sello postal antiguo, perdido entre los forros: el dibujo de una golondrina, y la palabra ESPERANZA en letras desgastadas. Recordó a Marina, y sonrió con compasión. Había dejado de escupir los sellos; ya no necesitaba pegarlos a la fuerza. El amor suyo y de Julián estaba escrito en el reverso de los días, sin promesas pegajosas ni finales de novela. Simplemente, cada mañana, Lucía despertaba y elegía quedarse. Eligió, y se sintió eternamente libre.
A veces pensaba en su madre, en Juan, en Marina y sentía una corriente suave, como el agua que aprende, al fin, a fluir sin desangrarse. Comprendió que todas las despedidas dejan su huella, pero hay cosas que uno aprende a soltar y otras que vale la pena sostener, ligeras como un sello en una carta sin destino, esperando siempre un milagro en el buzón de la vida.
Así, Lucía siguió enviando amor, sin remite, pero siempre llegando a casa.







