Julia bajó del autocar y, con las bolsas cargadas en las manos, se encaminó hacia la casa familiar. ¡Ya estoy en casa! gritó, abriendo la puerta. ¡Julia, hija! todos salieron corriendo a recibirla. ¡Sabíamos que ibas a venir! Por la noche, mientras todos estaban reunidos alrededor de la gran mesa, de repente llamaron a la puerta. Serán los vecinos, seguro que vienen a felicitarnos dijo mi madre, encogiéndose de hombros mientras iba a abrir. Al regresar, no venía sola, sino con “invitados”. Julia vio a las personas que entraron al salón y no dio crédito a sus ojos.
Julia miraba en silencio y con cierta nostalgia a través de la ventanilla del autocar que la llevaba lejos de su tierra natal. Sobre sus piernas reposaba una enorme bolsa de cuadros que apretaba con fuerza contra sí. La chica sólo había empacado lo imprescindible, pero la bolsa aún así era bastante grande. Además, su abuela había metido encima una bolsa llena de empanadillas aún calientes, que inundaban el autocar con el delicioso aroma de la masa recién hecha.
No se resistió: abrió la cremallera, sacó dos empanadillas doradas y tostadas.
¿Quieres? le ofreció ella al chico que, seguramente, había subido en algún pueblo anterior. Sin pedirlo, él le cedió el asiento de la ventanilla, lo que a Julia le generó una simpatía inmediata.
¡Claro! respondió con entusiasmo, tragando saliva.
Soy Julia se presentó ella.
Yo, Esteban. ¿Vas a la universidad?
¡Sí! Por aquí, lo único que hay es escuela de formación para tractoristas, ¿y cómo voy a ser yo tractorista?
Yo también voy a estudiar suspiró Esteban aunque me gusta estar en el pueblo.
El viaje a la ciudad duraba cuatro horas, tiempo suficiente para que Esteban y Julia se conocieran y se hicieran amigos. Antes de bajarse del autocar, se intercambiaron los números de teléfono y, al llegar a Madrid, cada uno marchó a su destino.
***
Los días de exámenes de ingreso pasaron volando. Julia y Esteban superaron la prueba y ambos lograron plaza en sus universidades elegidas, sintiéndose felices como nunca. Las angustias y nervios quedaban atrás; por delante solo estaban los grandes planes y esperanzas para el futuro.
¡Julia, hola! la llamó por teléfono su nuevo amigo ¿Celebramos nuestra admisión en una cafetería?
La propuesta alegró a Julia. Esteban le gustaba: era sencillo, confiable y sin aires de superioridad. Con él todo era fácil y divertido; de alguna manera, le recordaba a casa.
Quedaron en el centro, en una cafetería de nombre curioso: “El Hipopótamo”. Sentados junto a la ventana, observaban cómo los barcos turísticos cruzaban el río Manzanares entre las voces de los guías que gritaban por megáfono.
¿Por qué se llamará El Hipopótamo? preguntó de pronto Julia.
Esteban se echó a reír: Pues porque los que venimos aquí, comiendo tanto dulce, acabamos como ellos.
¡Totalmente cierto! Julia rió mientras devoraba un pastelito.
Volvieron muchas veces a El Hipopótamo, hasta que lo llamaron nuestro sitio. Aquella noche, se besaron por primera vez. Julia nunca olvidó la intensidad y ternura de ese beso.
El tiempo pasó: salían juntos y Julia sentía que, a excepción de sus padres, nadie podría llegar a ser más importante para ella que Esteban.
Oye, Julia, ¿por qué no te mudas conmigo? propuso Esteban ya por tercer año. En verano nos casamos.
¿Eso es una propuesta de matrimonio, Esteban?
¡Pues sí!
Julia, riendo, le preguntó: ¿No te preocupa verme todo el día cruzando por casa? Como en esa película, ¿recuerdas?
¡Pasa todo lo que quieras! respondía Esteban riendo, girando a Julia en plena calle.
Al volver al piso que compartía con dos chicas, Julia estaba radiante.
¡Hoy desprendes pura felicidad! ¿Qué ha pasado? preguntó su amiga Vera.
Chicas, ¡creo que pronto me mudaré con Esteban! canturreó, bailando por la habitación.
¿Nos vas a invitar a la boda? se emocionó Marina.
La boda es en verano, ahora simplemente viviremos juntos.
Julia, ¡no vaya a ser! Queda mucho hasta verano, puede pasar cualquier cosa. ¿No estáis bien así? protestó Vera.
Julia se reía: ¡Vera, eres peor que las abuelas! ¡Todo el mundo vive así ya!
¡Nada de abuela! Es que los matrimonios de facto a mí no me convencen, mi madre es abogada. Sé cómo acaban se quejó Vera.
Vale, no te enfades, era broma pidió disculpas Julia.
***
Julia pensaba que no importaba lo del matrimonio de papeles: el amor que tengo con Esteban es único, pero las dudas quedaron rondando en su cabeza y fue retrasando la mudanza.
Él dejó de insistir y tampoco volvió a mencionarlo.
Un día, a mediados de diciembre, las chicas salían por la ciudad. Todo cubierto de nieve blanca, las luces y decoraciones navideñas hacían que Madrid brillara. El ambiente era alegre aunque hacía frío; estaban heladas. Justo entonces, pasaban frente a El Hipopótamo.
¡Vamos a entrar! ¡Esteban y yo siempre venimos! sugirió Julia.
Sí pero, creo que ahí está él dijo Marina, señalando sombríamente la ventana.
Julia giró la cabeza: Esteban estaba en “su sitio”, pero enfrente tenía a una chica joven, quizá tres años menor. Se reían; Esteban gesticulaba contándole algo gracioso y la chica se partía de risa.
Julia se apartó en silencio.
Creo que me voy a casa murmuró.
¡Te acompañamos! dijeron Vera y Marina al unísono.
En casa, las amigas le insistieron que no debía sacar conclusiones ni ser celosa, seguramente era un malentendido Pero Julia sólo recordaba la mirada dulce de Esteban hacia aquella chica. Y encima, estaban en su cafetería, en su sitio
¡Eso es una traición! pensaba ella.
Dejó de atender las llamadas de Esteban y, cuando él fue a buscarla, pedía a sus amigas que dijeran que no estaba.
Un día, al encontrar a Julia en la universidad, Esteban le cogió la mano y preguntó: Julia, ¿qué ocurre? ¿Tienes a otro?
Julia puso los ojos en blanco y, indignada, respondió:
¿Y me lo preguntas tú? ¡Te felicito! Sabes desviar la culpa. ¡Déjame! Llego tarde al examen.
Se zafó y entró rápidamente al aula, dejando a Esteban sin entender nada.
***
Julia, tras aprobar la última asignatura, volvió a casa para pasar las fiestas. Pensaba que el cobijo familiar le ayudaría a superar la tristeza y el engaño.
Y sí, el ánimo mejoró al bajarse del autocar en el pueblo.
El frío invernal picaba en las mejillas, la nieve crujía bajo los pies y los árboles y casas relucían bajo el sol invernal. De las chimeneas salía el humo, ascendiendo recto hacia el cielo.
Julia, sonriendo, cogió la bolsa con regalos escogidos para sus padres y la abuela y se encaminó al portal familiar. Al llegar, notó que el abeto del jardín, que había visto crecer toda su vida, estaba más alto y lo habían decorado como en su niñez.
¡Feliz Navidad! saludó al entrar.
¡Julia, hija! todos corrieron a abrazarla. ¡Lo sabíamos!
Aquel reencuentro fue puro gozo. Pena que en invierno el día acababa pronto y a las cinco ya era noche cerrada.
No pasa nada, ¡encendemos las luces del árbol! propuso mi padre, animando a todos.
Por la noche, reunidos en familia, alguien llamó a la puerta.
Mi madre, encogiéndose de hombros: Serán los vecinos, a felicitarnos… fue a abrir.
Volvió, y no estaba sola, sino con… Papá Noel y su ayudante.
¿Esteban? exclamó Julia, reconociendo bajo la barba al Papá Noel y a su ayudante la misma chica que le vio con él en la cafetería. ¿Cómo me encontraste? ¿Qué significa todo esto?
Esteban soltó su carcajada tan característica, y la chica también sonreía.
Tus amigas me dijeron dónde buscarte. Además, quiero que conozcas a mi hermana pequeña: Irene.
¿Tu hermana? preguntó Julia, incrédula.
Claro, mi hermana confirmó Irene. ¡Si te fijas, tenemos el mismo aire!
A Julia se le quitó un gran peso del corazón. Tanto tiempo rumiando, en vez de preguntar…, pensaba para sí.
Esteban aprovechó: Quiero, delante de toda tu familia y la mía representada por Irene , pedirte que seas mi esposa. Sacó una cajita con el anillo y se la entregó.
¡Por supuesto! ¡Claro que sí! Julia se lanzó al cuello de Esteban. ¡Este es el mejor Fin de Año de mi vida!
Habrá muchos mejores, sólo prometamos aclarar siempre todo hablando dijo Esteban.
¡De acuerdo! jadeó Julia.







