En el pueblo de Los Arroyos se celebra una boda que tiene a toda la gente del lugar de pie y con la respiración contenida. Iván, el muchacho más fuerte y habilidoso del pueblo, mecánico de mano diestra, contrae matrimonio con Leocadia. Leocadia es como una amapola en primavera: brillante, con voz clara y una risa que suena como campanilla. Siempre está en el centro de la atención, siempre es la primera. Parecen sacados de una postal. Los padres de Iván construyen la casa, levantan una valla nueva y decoran la puerta con cintas. La fiesta se extiende durante tres días, con música que retumba por toda la calle, el aroma del asado y de los pasteles dulces. Todos vitorean ¡Que vivan los novios!.
Yo, sin embargo, no estoy en la boda. Estoy sentada en la posta de salud y frente a mí está Begoña, nuestra joven callada y casi invisible. Sus ojos son como lagos del bosque, profundos y tranquilos, pero en ellos lleva una tristeza milenaria que duele mirar. Está reclinada en la camilla, recta como una cuerda tensada, y guarda silencio. Sus manos finas y trabajadoras están entrelazadas sobre las rodillas, hasta blanquearse los nudillos.
Lleva su mejor vestido, una blusa de algodón con pequeños motivos de aciano, vieja pero impecable y recién planchada. En el pelo lleva una cinta azul. Ella también se prepara para una boda, pero la suya es con Iván.
Desde la infancia Iván y Begoña son inseparables: compartieron el primer curso, el mismo pupitre. Él llevaba su mochila y la protegía de los niños, ella le llevaba empanadas y le ayudaba con los deberes. Todo el pueblo los conoce como Iván y Begoña, como el cielo y la tierra, como el sol y la luna, siempre juntos. Cuando Iván vuelve del servicio militar, corre a su casa y todo sigue el guion: presentan los papeles, fijan la fecha. Ese mismo día, Leocadia e Iván están celebrando su boda.
Poco después, Leocadia regresa del pueblo vecino, como de visita, y la situación se complica. Iván parece haber perdido el juicio. No se sabe qué ha hecho Leocadia para atraparlo, solo Dios lo sabe. Iván empieza a evitar a Begoña, a esconder la mirada. Al anochecer llega a la puerta de la casa de Begoña, tembloroso, con la gorra en la mano, y dice, con voz que se le sale como clavo de una tabla podrida: «Perdóname, Begoña. No te quiero. Amo a Leocadia. Con ella me caso». Da la espalda y se marcha, dejándola allí, en la puerta, con el viento frío agitando su pañuelo, sin sentirlo. El pueblo se queda boquiabierto, murmura y pronto olvida. Tragedia ajena, dicen, pasará y ya no dolerá.
Ahora, en el día de su boda no celebrada, Begoña está sentada frente a mí mientras fuera suena la música y el vino corre entre risas. Yo la observo y mi corazón late con sangre. No derrama una lágrima; eso es lo peor. Cuando la gente grita o llora, el dolor sale. Cuando se queda inmóvil como piedra, el dolor se queda dentro, devorándola.
Begoña le susurro, ¿quieres un poco de agua o unas gotas de valeriana?
Ella levanta esos ojos de lago y en ellos sólo hay vacío, como la estepa quemada.
No, Doña Carmen responde con voz tan suave como el crujir de las hojas secas, no vengo por medicina. Solo quiero sentarme. Las paredes de casa me aprietan. Mi madre llora y a mí me da igual.
Ambas permanecemos en silencio. ¿Qué palabras pueden reparar ese hueco en el alma? No existen. Sólo el tiempo atenúa, y aun así, solo cubre el dolor con una fina película que, al tocarla, vuelve a sangrar.
Pasamos una hora, tal vez dos. Afuera se oscurece, la música cesa y sólo se oyen los tictacs de mi viejo reloj y el viento que aúlla por la tubería. De repente Begoña se estremece como si el frío la atravesara y dice, mirando a un punto fijo:
Le cosí una camisa para la boda, con punto de cruz en el cuello. Pensé que la usaría como amuleto.
Desliza la mano por el aire, como alisar un cuello invisible, y una sola lágrima recorre su mejilla. Es escasa, pesada, como plomo fundido. Deja una pequeña huella y cae sobre sus manos entrelazadas.
En ese instante siento que el tictac se detiene. El pueblo entero y el mundo parecen congelarse con esa lágrima. Un dolor amargo, no dicho. Mi alma se hunde hasta los talones. La abrazo, sus hombros frágiles tiemblan, la meciendo como a una niña, mientras pienso: «Señor, ¿por qué le impones tanto a su alma luminosa?».
Dos años pasan. La nieve da paso al barro, el barro al polvo y el polvo a la nieve otra vez. La vida en Los Arroyos sigue su cauce. Iván y Leocadia viven, al menos a primera vista, bien. La casa está llena, han comprado un coche. Pero la risa de Leocadia ha cambiado; ya no suena como campanilla, sino como vidrio roto, aguda y amarga. Iván parece hundido en el agua; su rostro está ennegrecido, sus ojos reflejan melancolía. Cada vez pasa más tiempo en el garaje con los compañeros, no sin razones. La gente comenta que Leocadia le exige todo el día: dinero, atención, miradas al vecino. Su amor, como una inundación primaveral, llegó con fuerza, arrasó todo y se fue igual de rápido, dejando sólo escombros.
Begoña, por su parte, sigue viva. Discreta, casi invisible. Trabaja en la oficina de correos, ayuda a su madre en la casa. Se ha refugiado en sí misma, como una concha cerrada. No mira a los muchachos, no va a discotecas. Sonríe de vez en cuando, pero en sus ojos sigue la misma soledad del bosque.
Una tarde de otoño, cuando la lluvia cae a cántaros y el viento despeina las últimas hojas doradas de los abedules, la puerta de mi posta cruje. Allí está Iván, empapado, sucio, y con una mano que cuelga de forma extraña.
Doña Carmen dice, con los labios temblorosos. Ayúdeme, creo que me he roto la mano.
Lo llevo al consultorio. Mientras le limpio la herida y le pongo una férula, él mantiene la cara contraída por el dolor. Cuando termino, levanta la vista y en sus ojos veo desesperación.
Fui yo exhala. De ira. Le peleé a Leocadia. Ella se ha ido a la ciudad con su madre y ha dicho que nunca volverá.
Y llora. No como un hombre, sino en sollozos mudos que caen sobre su chaqueta embarrada. Un hombre fuerte, ahora parece un cachorro golpeado. Relata entrecortado cómo su vida se ha torcido, cómo la belleza de Leocadia se volvió cruel, cómo su amor se volvió una carga asfixiante.
Doña Carmen, todas las noches veo a Begoña en mis sueños, sonriendo. Y al despertar solo me queda aullar. Soy un tonto, un ciego. Lo que más valioso tenía lo tiré, lo cambié por un envoltorio brillante
Le sirvo un poco de coricostata, me quedo a su lado y pienso en cuán caprichosa es la vida; a veces hay que perderlo todo para reconocer lo que realmente importa.
Al día siguiente todo el pueblo rumoréa: Iván se ha divorciado. Una semana después aparece frente a la casa de Begoña, no en la puerta como aquella noche aterradora, sino bajo el alero, bajo la lluvia helada. Se queda allí, mirando las ventanas, sin mover un músculo, empapado hasta los huesos. Begoña no sale. Su madre asoma la cabeza, agita los brazos, y él permanece firme.
Entonces la puerta se abre. Begoña aparece con un viejo abrigo y un pañuelo en la cabeza. Se acerca y él, sin pensarlo, cae de rodillas sobre el barro, agarra sus manos y las aprieta contra su rostro.
Perdóname solo logra decir.
No sé qué se dijeron después, no importa. Lo que recuerdo es la luz que vuelve a sus ojos cuando, unos días después, viene a buscarme para que le ponga una curita a una raspadura. Ya no hay desierto interior, sólo lagos de bosque que brillan. En lo profundo, tímido como el primer brote de nieve, se asoma una chispa diminuta.
No celebran una boda. Simplemente viven. Iván se muda a la casa de Begoña, arregla el tejado, repara la valla, repara la chimenea. Trabaja de sol a sol como si con su esfuerzo pudiera expiar la culpa. Y ella ella se descongela. Como una flor que, tras mucho tiempo sin agua, recibe el riego y vuelve a abrir su sonrisa. Su sonrisa es tan clara, tan cálida, que quien la ve anhela sonreír también.
Una tarde de verano, en pleno apogeo del siego, cuando el aire huele a hierba recién cortada y a flores del campo, paso frente a su casa. La puerta está abierta. Los dos están sentados en la verja de madera, él, fuerte y firme, la abraza por los hombros; ella, serena, se recuesta contra él y tararea una canción mientras revuelve en un cuenco frescas fresas. A sus pies, sobre las tablas tibias, duerme en una cesta tejida un pequeño paquete: su hijo, Samuel.
El sol se pone tras el río, tiñendo el cielo de tonos acuarelados. A lo lejos mugen vacas, ladra un perro, y aquí, en esa veranda, reina una paz tal que parece que el tiempo se ha detenido. Los observo y, entre lágrimas, sonrío. Son lágrimas distintas, luminosas, de esas que curan.







