INTUICIÓN DE DESGRACIA
Lucía se despertó en mitad de la noche y no consiguió volver a dormirse. No sabía si había tenido una pesadilla o simplemente le rondaban los nervios, pero estaba intranquila. De repente, sintió una opresión en el pecho y las lágrimas se le escaparon sin razón aparente. ¿Por qué? Lucía no tenía ni idea, era incapaz de entenderlo. Respirar era como tragarse una piedra y un mal presentimiento, tamaño Sagrada Familia, se le vino encima.
Se acercó a la cuna de su pequeño hijo. Martín dormía plácidamente y sonreía en sueños, haciendo ruiditos con los labios. Lucía le acomodó la mantita y se fue a la cocina. Fuera, la oscuridad era la de un pueblo castellano en invierno; ni los gatos se atrevían a salir.
¿Otra vez sin pegar ojo, Lucía? preguntó detrás de ella Sergio.
Otra vez, no sé qué me pasa, Sergio le respondió en voz bajita.
A ver si va a ser esa famosa depresión postparto que tanto anuncian en los libros intentó bromear su marido.
No creo, que Martín ya va camino del medio año, y hasta ahora no he tenido nada de eso y, de repente, zas.
Pues será de las hormonas, o de los nervios. Mira, cariño, todo esto pasará, ya verás le dijo Sergio, con ese optimismo de quien no tiene ni idea.
Sergio, que tengo un miedo de esos que no sabes de dónde vienen. Lucía se abrazó a él, buscando consuelo.
Todo irá bien repitió él, apretándola fuerte.
Tres semanas después, Lucía recibió una llamada para acudir a la consulta del pediatra. Martín acababa de cumplir seis meses y le tocaba revisión, análisis y demás. La llamada de la enfermera la pilló desapercibida.
¿Ha pasado algo? preguntó.
Tranquila, Lucía, el médico se lo explicará todo contestó la enfermera con esa voz que, en realidad, no tranquiliza a nadie.
En la sala de espera del centro de salud, el tiempo pasaba tan lento que casi se podía ver germinar las patatas. Cuando por fin entró en la consulta, Lucía estaba al límite de su paciencia.
Siéntese, por favor, Lucía Fernández, tengo que explicarle unas cosas. No se asuste, pero necesitamos hacer más pruebas dijo la pediatra con voz baja.
¿Pero qué pasa? preguntó Lucía, ya temiendo lo peor.
Martín tiene unos análisis bastante feos: demasiados leucocitos y otras cosillas preocupantes. Hay que repetir la analítica y, si es posible, en un centro especializado dijo la pediatra, conteniendo el tono dramático.
¿Dónde? preguntó Lucía, casi sin voz.
En el servicio de oncología infantil del hospital provincial respondió la médica.
Lucía no recordaba ni el trayecto de vuelta a casa. Sergio la esperaba, habiendo salido escopeteado del trabajo tras leer su mensaje.
¿Qué ha pasado, Lu? preguntó él.
Lucía lloraba sin darse cuenta, como si las lágrimas salieran en modo automático.
Nos mandan al oncológico susurró.
Bueno, Lu, que puede ser solo un chequeo. Tranquila, no adelantemos dramas intentó calmarla Sergio.
No, Sergio… me temo que esto no es solo un chequeo. Lo sabía desde hace semanas y no entendía por qué.
Lucía abrazó a su hijo y lloró amargamente. El bebé se removía en sueños, ajeno a la tormenta sobre sus padres.
Leucemia aguda declaró el médico, un señor que parecía más abuelo que doctor, después de mirar los análisis. Hay que empezar el tratamiento ya.
Lucía lloró. No podía ni escuchar la palabra tratamiento. La primera sesión de quimioterapia fue sin ella. Martín estaba en la UCI y Lucía, sobre ascuas, sentada como una estatua en el pasillo.
Señora, váyase a casa, hoy no podrá entrar a verlo intentó convencerla la enfermera de guardia.
¿Y qué hago yo en casa sin mi hijo?
Lucía y Sergio llevaban ocho años casados. Pasaron media vida haciéndose pruebas porque el milagro del embarazo no llegaba. Finalmente, tras ocho años, la cigüeña apareció y su vida se llenó de miedos y felicidad a partes iguales. Sergio la mimaba como a una infanta, a punto de ponerle un cojín debajo de los pies para cruzar el salón. El último mes de embarazo lo pasó en el hospital, por si había parto adelantado, y al fin, seis meses atrás, nació Martín. Le pusieron el nombre del padre de Sergio, que falleció hacía unos años en un accidente de coche.
Lucía, cariño, no pongas el nombre de un muerto trágicamente al niño le advirtió su abuela al enterarse.
¡Bah, abuela! Esas son supercherías se reía Lucía, emperrada en ser feliz.
Ahora, sentada al lado de la cama de Martín, Lucía lloraba en silencio. Su niño estaba más flaco, pálido y hundido que nunca. En la habitación estéril, a la que logró colarse tras montar un pollo digno de “Sálvame”, le miraba dormir sin perder detalle. El jefe de oncología fue directo.
Esa operación aquí no se hace le dijo el doctor Benito Cortés, más para acabar la conversación que por falta de compasión.
¿Dónde se puede hacer? preguntó Lucía con la firmeza de quien no acepta un no.
En Israel. Allí pueden salvarle, pero el asunto es carísimo.
Buscaremos el dinero. Prepare todos los informes, por favor.
Mandaron la historia clínica a una clínica israelí puntera en estas cosas. Pronto llamaron de vuelta: sí, podían hacer la operación, pero la tarifa era de más de doscientos mil euros.
Lu, aunque vendamos el piso y el coche, no llegamos ni al cuarto de eso dijo Sergio, desesperado. He puesto anuncios, pero esto no va tan rápido…
No tenemos ni dos meses. Lucía empezó a buscar soluciones en todas las esquinas.
Todo el mundo se movilizó: en el trabajo, los vecinos, la parroquia, la fundación local, hasta en el supermercado ponían huchas. El ayuntamiento echó una mano y los medios dieron difusión. La mitad larga consiguieron juntar. Pero el tiempo se les evaporaba.
Lu, coge tú a Martín y vete ya. Todo lo que consiga lo iré enviando. A ver si aparece un comprador del piso insistía Sergio.
En Castilla, juntar semejante dineral era tan difícil como pescar mejillones en el Duero.
Con los papeles listos y la maleta llena de ropa prestada, Lucía y Martín volaron a Israel. Iban cortos de dinero, pero el niño empezó las pruebas y la preparación para el trasplante. Lucía prefería ni pensar en el resto de la factura: sólo rezaba por un milagro. En un mes, Martín cumpliría un año.
En la habitación de al lado había otra madre, con un niño de tres años, también de Valladolid. María había tenido mejor suerte: consiguieron la pasta a tiempo, pero el niño suyo, Nico, iba peor: el diagnóstico tardío era un lastre. Por eso la operación se posponía una y otra vez.
No te pongas a llorar, Lucía intentaba animarla María. Ya verás como un día llevas a Martín a ver el circo y el zoo. El año pasado llevé a Nico y se volvió loco con los osos, me tiré media hora mirándole cómo miraba a los bichos. Ni pensaba yo que estaba enfermo. Allí le sangró la nariz por primera vez y no se le paraba, me asusté… y pasó varias veces, hasta que ya fuimos al médico. Cuando me dijeron que era leucemia avanzada casi me caigo. ¿Cómo no me di cuenta antes?
María, cariño, no te fumes la cabeza ya. Algún día iremos todos juntos al zoo, ya lo verás le tocó a Lucía animarla ahora.
Pero es que se veía, Lucía. Nico ya no comía, estaba delgaducho, apagado y con diarreas. Mi madre me lo decía y yo no quería escucharlo. ¡Qué tonta fui! lloraba María a mares. Lucía no tenía palabras; hay cosas que no se alivian con frases hechas.
A los pocos días, Nico empeoró y acabó en reanimación. Prohibieron la entrada a María y ella montó guardia en el pasillo llorando y sin querer moverse.
Venga, anda, vente a mi cuarto un ratito, descansa suplicaba Lucía.
No puedo, si estoy aquí, Nico lo sabe. Así se siente acompañado, así sabe que estoy insistía María con esa terquedad que da el miedo.
La enfermera le puso un tranquilizante y María dejó de llorar, pero se quedó con la mirada vacía, rezando por un milagro.
Aquella tarde llamó Sergio.
Lu, he transferido unos cien mil euros, más no puedo anunció él. Hoy han visto el piso, una pareja joven. He bajado el precio, dicen que se lo piensan.
Vale respondió ella, sin saber qué más decir.
Un grito desgarrador desde el pasillo la sobresaltó. Se le cayó el móvil de la mano. Martín se despertó y rompió a llorar. Lucía lo consoló; el niño bostezó y se volvió a dormir. En cuanto pudo, bajó corriendo al pasillo. Ya sabía lo que había pasado, aunque se negaba a aceptarlo. María lloraba arrodillada, envuelta en un mar de enfermeras que intentaban calmarla y ponerle otra inyección. Lucía nunca había visto tanto dolor en una cara.
María, tienes que ser fuerte, cariño, tienes que seguir adelante lloraba Lucía abrazando a su amiga. ¡Tienes que vivir por Nico!
¿Para qué? ¡Si mi niño ha muerto! ¡Por mi culpa! ¿Ahora cómo sobrevivo a esto? gritaba la otra desgarrada.
Lucía la acompañó mientras la dormían un rato. La enfermera les dijo, con una humanidad franca:
Que descanse, ya tendrá tiempo de llorar después.
Esa noche, Lucía no pegó ojo. Se quedó sentada junto a la cuna de Martín, vigilando cada respiración, como si mirar mucho lo hiciera inmortal.
Al día siguiente María entró en su habitación, con diez años más en cara y mirada de abismo. Se abrazaron mucho rato.
Lucía, que a vosotros os va a salir bien. Tenéis una oportunidad, aprovechadla. Yo ahora tengo que cuidar de mi hijo, prepararle el entierro, los nueve días, los cuarenta… Le pondré una lápida bonita y después… María se limpió las lágrimas y le dio a Lucía un sobre cerrado. Léelo cuando me vaya, no puedo decir todo esto en voz alta.
Gracias susurró Lucía.
Se quedó triste después, hasta que se llevaron a Martín a una de las dichosas pruebas. Entonces abrió el sobre.
“Querida Lucía: Ojalá Martín viva, y que viva por mi Nico también. Que crezca, que aprenda, que disfrute de cada gol y cada paseo en bici. Y que, por favor, le lleves al zoo y saludéis de mi parte al oso negro. En el sobre tienes el dinero para la operación. A Nico ya no le servirá; que ayude a Martín.”
Esta vez Lucía lloraba alegre y triste a la vez: tenía dinero para operar a su hijo, pero el precio era desolador.
Sergio, no vendas el piso le dijo al día siguiente por teléfono. Tendremos que volver a casa.
¿Y el dinero? preguntó el marido.
Ya tenemos lo que hace falta. Todo va a salir bien.
Sergio colgó y por primera vez en mucho tiempo sonrió, porque oyó en su voz algo que no oía desde hacía meses: esperanza.
La operación fue justo al día siguiente del cumpleaños de Martín. Ya tenía él su primer añito y su madre, como María antes, montaba guardia fuera, aunque esta vez con buen pronóstico. Semanas después, Lucía ya pudo pasar a verlo y hasta le hicieron compartir habitación. Un mes de cuarentena y luego meses de recuperación, pero ya nada le daba miedo: lo importante es que Martín estaba mejorando despacito.
Martín volvió poco a poco a interesarse por todo, a jugar con los juguetes y hasta a sonreír. El primer “mamá” la hizo llorar de alegría. Hubo milagro.
¡Oso! decía Martín señalando al enorme animal en la jaula.
No es “oso”, es “oso” Lucía reía, corrigiéndole entre lágrimas secas.
Fueron al zoológico de la ciudad, el mismo donde Nico se quedó embobado con el oso.
Un saludo, oso, de parte de Nico susurró Lucía al bicho, por si los animales también entienden cosas de humanos.
Martín iba brincando de alegría, comía helados y se subía a los hombros de su padre, estudiando a cada animal como si fuera el primero. Su vida estaba ahora llena de pequeñas dichas, de descubrimientos. El hospital era ya solo un mal recuerdo. Lucía, algunas noches, seguía asomándose a su cama para oírle respirar. Poco a poco el miedo se fue, dejando paso a una vida entera por delante, para Martín… y un poquito también para Nico.







