El piso fue comprado por mi hijo: sueño de suegra
Conocí a mi marido en la Universidad Complutense de Madrid. Ambos teníamos veinte años y compartíamos pupitre y ilusiones juveniles entre aceras antiguas y el rumor incesante de la ciudad. Me fijé en él de inmediato: se distinguía por su fortaleza tranquila, su inteligencia, y sobre todo por una bondad que parecía flotar a su alrededor como una bruma clara. Al principio, fuimos amigos, aunque pronto entendí, entre pasillos llenos de ecos y cafés templados en la plaza de Jacinto Benavente, que lo que sentía por él era mucho más profundo.
Tras algunos meses de miradas furtivas y charlas interminables al atardecer, nos convertimos en pareja. Todavía recuerdo esa época con una calidez que a veces se presenta en los sueños: los años universitarios fueron, sin lugar a dudas, los más hermosos y ligeros.
Un año después, Javier me pidió matrimonio una tarde nublada en el Retiro, bajo castaños que parecían arcos de una catedral onírica. La boda fue sencilla, apenas una pequeña celebración entre familia, risas y una paella que parecía no acabarse nunca. No teníamos suficientes euros para festejos grandiosos, pero la felicidad era más densa que el aire de verano en Madrid.
A los dos años, Javier ya trabajaba. Durante un tiempo vivimos en una residencia universitaria con paredes que murmuraban historias pasadas, y soñábamos con nuestro propio piso en Chamberí, un deseo casi mítico. Ese anhelo se materializó de forma extraña cuando mi abuela Benita falleció y me dejó una herencia de 100.000 euros. Javier también había ahorrado un poquito, lo justo para que juntos pidiéramos una hipoteca para un piso diminuto, pero nuestro. Imaginábamos llenarlo pronto con risas de niños.
Estuvimos casados diez años, aunque nunca llegaron los hijos. Algunos años atrás, Javier tuvo un contratiempo en el trabajo: cuando la empresa quebró, el dueño, como en un mal sueño, culpó a Javier, que era el jefe de contabilidad, de todas las deudas y del caos fiscal. Un juicio absurdo, como salido de un cuadro de Dalí, lo llevó, injustamente, a prisión durante cuatro años.
Deseaba lo mejor para él
Luchamos juntos, recorrí despachos de abogados por Gran Vía, pero todo fue inútil: los papeles estaban redactados de modo tan retorcido que Javier resultó culpable, aunque solo siguiera órdenes de su jefe. Hice todo lo posible para apoyarle, pero al cabo de un año sentí la necesidad de alguien que me ayudara a mí también
Fue entonces cuando, una tarde irreal, mi suegra Leonor apareció en casa y, con ojos fríos como mármol de El Escorial, me anunció sin previo aviso que yo ya no podía vivir allí. Me culpó por el destino de Javier y afirmó con voz hueca que él había comprado el piso con su propio dinero, que yo no tenía ningún derecho sobre la casa. El aire olía a tristeza y a nardo seco, y yo no supe qué responder, incapaz de imaginar tanta crueldad en una sola persona.
Resultó que, antes del juicio, Javier había firmado un poder notarial delegando poderes a su madre, y ella, aprovechando ese papel, consiguió un extracto bancario que demostraba que todas las mensualidades de la hipoteca se pagaban desde la cuenta de Javier. Leonor argumenta ahora que esos documentos bastan para que el juez decida que yo no tuve nada que ver con la compra del piso.
Todo es confuso y los bordes del día se disuelven en niebla; no sé qué hacer, ni cómo despertar de este extraño sueño castellano.





