Querido diario,
Anoche apenas pude dormir. Esta madrugada me despertó el quejido de mi madre desde su cuarto. Fruncí el ceño y, despacio, me acerqué a la cama.
Mamá, ¿te duele mucho?
Lucía, acércame un poco de agua, cielo.
Ahora mismo corrí a la cocina lo más rápido que pude.
Enseguida regresé con una taza llena.
Toma, mamá, bebe.
Antes de que pudiera darle otro sorbo, llamaron a la puerta.
Hija, ve a abrir. A lo mejor es la abuela Pilar.
La que entró fue la vecina, una señora de manos grandes y gesto amable, sujetando una taza humeante.
¿Cómo estás, Teresa? le palpó la frente Hija, tienes fiebre. Te he traído leche caliente con mantequilla.
Ya he tomado la medicina
Tienes que ir al hospital. Allí te cuidarán bien. Pero hija, tienes la nevera vacía, eso no puede ser.
Tía Pilar, me he gastado ya todos los euros en medicinas los ojos de mi madre brillaron húmedos Nada sirve.
Debes ingresar, Teresa.
¿Y a quién dejo yo a Lucía?
¿Y si te pasa algo peor? No tienes ni treinta años, no tienes marido, ni dinero le acarició la cabeza Venga, no llores más.
¿Qué hago, tía Pilar?
Voy a llamar al médico, no se hable más sacó su móvil.
Consiguió hablar con ellos, lo averiguó todo.
Me han dicho que vendrán hoy. Cuando lleguen, corre y me avisas, Lucía.
La señora Pilar salió al recibidor. Yo la seguí y le pregunté bajito:
Abuela Pilar, ¿mamá no se va a morir, verdad?
No lo sé, hija. Solo podemos pedirle ayuda a Dios, aunque tu madre no cree en Él.
¿Dios, el abuelo grande, ayudará? Había esperanza en mis ojos.
Si vas a la iglesia, le pones una vela y rezas, seguro que ayuda. Bueno, me voy.
Volví al cuarto de mamá, pensativa.
Lucía, tendrás hambre pero no queda nada. Tráete dos vasos.
Cuando los traje, mamá sirvió la leche en ellos.
Bebe.
Pero aún me rugía el estómago al acabar. Ella pareció adivinarlo. Buscó en el monedero, tambaleándose.
Toma veinte euros. Ve a por un par de bollos y cómelos por el camino. Yo preparo algo mientras. Corre, ve.
Me despidió en la puerta y ella, apoyándose en la pared, fue hacia la cocina. En la nevera solo había una lata barata de sardinas, un trozo de margarina, unas patatas y una cebolla en el alféizar.
Hay que hacer una sopa
Se sentó, mareada: no tenía apenas fuerzas.
«¿Qué será de mí? Se me va el verano de baja, el dinero ya se fue. ¿Cómo voy a mandar a Lucía al colegio si no regreso pronto al trabajo? No tengo a nadie y esta enfermedad no se va. Tenía que haber ido al centro de salud antes. ¿Si me ingresan? Lucía se queda sola»
Volvió a levantarse, casi a rastras, a pelar las patatas.
***
El hambre apretaba, pero en mi cabeza solo pensaba: «Mamá ayer no salió ni de la cama. ¿Y si de verdad se muere? Tía Pilar dijo que hay que pedirle al abuelo grande ayuda». Así que, sin dudar, aceleré el paso y de camino giré hacia la iglesia.
***
Hace poco más de medio año, Juan regresó de la guerra. Milagrosamente seguía vivo, aunque sólo pudiera caminar con bastón. Ya ni se fijaba en las cicatrices, ni en el rostro marcado. Sabía que, así, poca gente se querría casar con él. Llevaba veinte años lejos, primero en el ejército. Ahora, con la pensión y los ahorros, podía vivir sobradamente, pero ¿para qué tanto dinero, si está solo?
En la entrada de la iglesia mendigaban unos sintecho. Juan sacó unos billetes de veinte euros, se los repartió a varios, y les pidió:
Rezad por mis amigos fallecidos, Alberto y Luis.
Entró, compró unas velas, las encendió y murmuró la oración que el párroco le enseñó:
Acuérdate, Señor nuestro Dios
Se santiguaba mientras recordaba los rostros de sus amigos caídos. Al acabar, se quedó absorto, repasando con tristeza su vida.
En ese momento, una niña delgada y menuda se acercó, mirando asustada una vela barata en su mano. No sabía qué hacer. Una señora mayor se le acercó:
Ven, te ayudo.
Le prendió la vela y la colocó en el candelabro.
Así, hija, haz la señal y le enseñó a santiguarse. Y cuéntale al Señor por qué estás aquí.
Lucía miró la imagen y pidió, casi susurrando:
Ayúdame, abuelo Dios. Mi mamá está enferma y no tengo a nadie más. Y pronto iré al cole y ni cartera tengo
Juan la miraba, paralizado. De repente, todos sus problemas parecieron pequeños. Quiso gritar al mundo: «¿Cómo puede ser que nadie ayude a esta cría, ni a su madre, ni le compre una mochila?»
La niña seguía esperando su milagro.
Anda, pequeña, ven conmigo le dijo Juan decidido.
¿A dónde? preguntó con miedo, mirando al hombre extraño y con bastón.
Averiguaremos qué medicinas necesita tu madre y vamos a la farmacia.
¿En serio?
Te lo prometo, Dios me ha pasado tu encargo.
¿De verdad? brillaron los ojos de la niña mirando la imagen.
Vamos, ¿cómo te llamas?
Lucía.
Llámame tío Juan.
***
Desde la casa se oían las voces de mamá y la vecina.
Pilar, la doctora me ha recetado de todo y dice que cuestan un dineral ¿De dónde saco yo el dinero? Solo me quedan cincuenta euros.
Abrí la puerta decidida. Se hizo silencio, y la vecina se asomó, mirando asustada al desconocido.
Teresa, mira
Mamá apareció también y se quedó paralizada.
Mamá, ¿qué medicinas son? Tío Juan y yo vamos a la farmacia a comprártelas.
¿Y usted quién es? preguntó sorprendida Teresa.
Todo saldrá bien le sonrió Juan. Déjame las recetas.
Pero yo solo tengo cincuenta euros
No te preocupes, Lucía y yo nos apañamos.
Venga mamá, dame las recetas insistí.
Se las dio, y a pesar del susto, sintió que aquel hombre de rostro duro tenía un alma bondadosa.
Teresa, ¿estás segura? susurró la vecina, cuando salimos Juan y yo.
Creo que sí, Pilar, de verdad parece bueno.
Bueno, hija, me voy.
***
Mamá se quedó esperando. Ni siquiera pensó en la enfermedad, solo quería que regresara pronto.
Cuando volví, entré la primera, radiante.
Mamá, ya tienes tus medicinas y además trajimos cosas ricas para la merienda.
Juan, también en la puerta, nos sonreía tan tranquilo que casi no parecía el mismo de antes.
Muchas gracias murmuró mamá, inclinando la cabeza y abriéndonos paso.
Juan se quitó los zapatos, con torpeza y algo nervioso, y se sentó en la cocina.
Siéntese, por favor le ofreció mamá.
Él miraba a su alrededor, sin saber dónde dejar el bastón.
Déjeme, le ayudo yo se lo coloqué al lado de su silla, al alcance. Perdone, no tengo mucho que ofrecer
Mamá, tío Juan y yo hemos comprado de todo dije sacando la compra.
¡Ay, pero si no hacía falta! protestó, aunque su mente agradecía la mitad de las cosas, sobre todo el té caro. Ahora preparo una infusión.
Se fue a poner la tetera, y parecía como si la enfermedad se apartase. Quizá, pensó, no quería quedar mal ante el hombre.
Teresa, no se fatigue, tiene mala cara preguntó preocupado.
No se preocupe Ahora me tomo la medicina. Le agradezco muchísimo todo.
***
Bebimos el té con dulces. Lucía charlaba animada y, a veces, nuestras miradas se cruzaban. Sentí que nos reconfortaba estar los tres juntos, aunque sabía que pronto acabaría.
Gracias dijo Juan, levantándose y tomando el bastón. Debe cuidarse, Teresa.
No sé cómo agradecérselo mamá se incorporó también.
Se dirigió al recibidor y, tras nosotros, mi madre y yo.
Tío Juan, ¿volverás?
Por supuesto. Cuando tu madre mejore, la llevaremos todos juntos a comprarte material para el cole.
***
Juan se fue. Mamá recogió y fregó los platos.
Ve a ver la tele, hija. Yo necesito tumbarme un rato.
Se tumbó y, por fin, descansó profundamente.
***
Dos semanas después, la enfermedad desapareció las medicinas buenas funcionaron. Incluso mamá volvió a trabajar antes de acabar sus vacaciones. Podrían pagarle los días y así preparar mi vuelta al cole. Agosto comenzaba y tocaba ir de compras.
Ese sábado despertamos temprano y desayunamos juntas.
Lucía, prepárate. Vamos a ver lo que te falta para la escuela.
¿Ya tienes el dinero, mamá?
Aún no han pagado, hija, pero para la próxima semana seguro. Hoy gastamos solo lo necesario, ya verás.
Nos preparábamos para salir cuando sonó el telefonillo.
¿Quién es? preguntó mamá.
Teresa, soy Juan
Apenas acabó de decirlo, mamá sonrió y abrió la puerta.
¿Quién viene? pregunté desde el pasillo.
¡Tío Juan! exclamó mamá feliz.
¡Bien!
Entró, apoyado en su bastón. Pero ¡cómo le había cambiado la cara! Lleva un pantalón nuevo, camisa elegante y un corte de pelo moderno.
Tío Juan, te estaba esperando corrí a abrazarle.
Lo prometí, ¿verdad? me miró con cariño ¡Hola Teresa!
Hola, Juan.
Nos tuteamos sin darnos cuenta y nos hizo gracia a los dos.
¿Listas? ¡Vamos!
¿A dónde? se sorprendió mamá.
¡Lucía pronto empezará el cole!
Pero Juan, yo
Le prometí a Lucía, y las promesas se cumplen.
***
Mamá sólo miraba las cosas más baratas en cada tienda. No tenemos ni parientes, ni papá, ni dinero. Aquel chico del instituto, el único hombre que hubo, desapareció hace mucho.
Ahora estaba Juan al lado, sonriente, preguntando lo que opinábamos de cada cosa. Compró todo sin mirar el precio, sólo nos preguntaba si nos gustaba.
Volvimos cargados en taxi.
Teresa la detuvo Juan cuando fue directo a la cocina. Vayamos a dar un paseo los tres, comemos fuera juntos.
¡Vamos, mamá! grité yo feliz.
***
Esa noche mamá no podía dormir. Repasaba mentalmente las imágenes del día, recordando sus ojos llenos de ternura. Su cabeza fría peleaba con el corazón.
«Es feo y cojea», murmuraba su razón.
«Es bueno, y mira a Lucía como a su propia hija», respondía su corazón.
«Te saca más de quince años».
«¿Y qué? Entre ellos hay un vínculo especial, como padre e hija».
«Aún podrías encontrar a alguien joven y guapo».
«No quiero eso. Quiero un hombre bueno, de verdad».
«Pero tú siempre soñaste con alguien distinto».
«Eso era antes. Ahora ¡Le quiero!»
***
Nuestra boda fue en la misma iglesia donde Juan y yo nos conocimos tres meses atrás.
Juan, ya sin bastón, estaba frente al altar junto a mamá. Yo, mirando al santo con quien había hablado aquel día, di gracias de corazón:
¡Gracias, abuelo Dios!







