Mamá dice que Inés es muy delicada terminó soltando finalmente mi marido. Que hay que ayudarla más porque está sola, sin marido. Y nosotros, pues como que todo va bien y aire…
¿Todo va bien? Vera se dio la vuelta, echándole una mirada. Santi, he engordado quince kilos tras el embarazo. No puedo enderezar la espalda, me crujen las rodillas como si tuviera noventa años. El médico ha dicho que o me pongo las pilas con mi salud o el año que viene no puedo ni levantar a Pablo en brazos. Necesito ir al gimnasio, dos veces por semana, hora y media cada vez. Pero tú siempre en el trabajo, con horarios de locos. ¿A quién le pido que se quede con el niño? ¡A tu madre, que su nieto parece sobrarle, porque con la nieta ya va sobrada!
Santi se encogió de hombros y calló. ¿A quién, de verdad?
Vera apoyó la frente en el cristal frío de la ventana, viendo cómo el destartalado SEAT Ibiza de su suegra giraba por la esquina del barrio y desaparecía, sus luces rojas parpadeando en la despedida.
En el reloj de la cocina, las siete en punto. Carmen Pilar había estado con ellos exactamente cuarenta y cinco minutos.
En el salón, Santi hacía esfuerzos para entretener a su hijo, Pablo, de un año. El pequeño estaba ocupado dándole vueltas a la rueda de un camión de juguete de plástico, y de vez en cuando miraba hacia la puerta que se acababa de cerrar tras la abuela.
¿Ya se fue? Santi asomó la cabeza por la cocina, frotándose el cuello entumecido.
Voló, más bien corrigió Vera, sin mirar atrás. Dice que Pablo ya «se pone pesado de cansancio» y que no quiere alterar su rutina. Fíjate tú.
Bueno, hombre, ha lloriqueado un par de veces cuando lo cogió en brazos… Santi intentó sonreír, pero le salió una mueca rara.
Ha lloriquedao porque no la reconoce. ¿No te das cuenta? ¡Han pasado tres semanas! ¡Tres!
Vera se alejó de la ventana y empezó a apilar las tazas sucias en el fregadero.
Venga, Vera… Santi se acercó desde atrás, quiso abrazarla por la cintura, pero ella esquivó hábilmente y agarró la esponja. Es que mi madre… se ha acostumbrado a Lucía. Ya sabes, como es más mayor, tiene cuatro años, con ella es más fácil.
No, Santi. No es que sea más fácil. ¡Es más divertida para tu madre! Lucía es la hija de Inés. Inés es la niña bonita. ¡La hija favorita! Nosotros… pues como el cero a la izquierda.
El viernes anterior, lo mismo, calcado. Carmen Pilar apareció «un ratillo», trajo una maraca cutre para Pablo, y enseguida empezó a mirar el reloj. Santi solo tuvo tiempo de decirle que el sábado tenía que ir a una obra y que si podía la yaya quedarse un par de horas con el niño para que Vera fuese a la farmacia y al súper.
Uy, Santi, ni hablar exclamó la suegra poniendo cara de tragedia griega. Es que Lucía y yo tenemos teatro de marionetas y después Inés me la deja todo el finde, que la pobre está muy cansada, trabajando tanto… ¡y la pobre, que su vida sentimental, que tal, que cual…!
Santi sabía perfectamente que eso de Inés sola era muy, muy relativo. Mientras Inés se encontraba a sí misma cambiando de amoríos más rápido que de canal, la pequeña Lucía vivía semanas enteras en casa de la abuela. La yaya la recogía del cole, la llevaba a ballet, le compraba los mejores vestidos de Zara Kids y conocía por nombre a todas las muñecas del cuarto de juegos.
Mira sus Stories Vera hizo una seña al móvil sobre la mesa. A ver, que ha subido tu madre.
Santi, sin ganas, trasteó el móvil hasta que empezó el desfile: Lucía comiendo helado, la abuela empujándola en los columpios, ambas haciendo figuras de plastilina un sábado por la tarde. Pie de foto: Mi mayor felicidad, mi alegría.
Toda la vida con ellas, y a nosotros nos da puerta. Diez minutos y fuera. Con ellas, idilio.
Santi agachó la cabeza.
Pero Pablo tiene un año, es su nieto, tu hijo. ¿Por qué esa diferencia?
No podía contestar.
Recordó aquella noche cuando su madre llamó a las dos de la mañana porque el grifo se había roto y tenía la cocina hecha un desastre. Él, al instante, cruzando media Madrid para arreglárselo.
O la vez que saldó el minicrédito de su madre, que pidió dinero para comprarle el último móvil a Inés por su cumpleaños.
O todos esos fines de semana de mayo, en el campo, sudando en el huerto mientras su hermana e hija se tostaban en la tumbona.
Venga, le pedimos otra vez propuso Santi, inseguro . Hablo yo con ella, le dejo claro que no es por gusto, es nuestra salud.
Vera no contestó. Sabía que aquello solo podía salir regular o fatal.
***
La conversación fue el martes por la tarde.
Santi puso el móvil en altavoz para que Vera escuchara todo.
Hola, mamá, verás… hay un tema. A Vera el médico le ha mandado gimnasio, que vaya dos días por semana porque está fatal de la espalda…
¿Gimnasio? la voz de Carmen Pilar resonó con energía, mientras de fondo Lucía reía. Que haga flexiones en casa y deje de comer dulces, verás cómo se le cura la espalda.
Mamá, el médico ha recetado entrenar y masaje sí o sí. ¿Podrías quedarte los martes y jueves de seis a ocho con Pablo? Yo te acerco y recojo.
Un silencio.
Santi, cariño, con mi vida no puedo. Recoger a Lucía del cole, llevarla a inglés, luego al parque… Inés trabaja mucho y cuenta conmigo. No voy a dejar a mi nieta para que Vera se suba a una máquina.
Mamá, Pablo también es tu nieto, ¡lo ves una vez al mes!
No empecemos. Lucía es niña, se acurruca conmigo y me busca, me adora. Pablo es tan pequeño que ni se entera de nada. Cuando crezca, ya veremos.
Ahora no puedo, que estamos coloreando.
Adiós.
Santi dejó el móvil en la mesa.
¿Lo has oído? ¿Qué pasa, qué hay que ganarse la atención de la yaya por puntos? ¿Pablo tiene que pasar un examen?
Santi, esto lo vi venir desde que salimos del hospital. ¿Te acuerdas, el día que la abuela llegó dos horas tarde a recogerme porque a Lucía le hacían falta medias nuevas, urgente? Me daba igual entonces, igual que ahora me da igual que me vea gorda o vaga.
Lo que me duele es por Pablo. Cuando pregunte: ¿Por qué la abuela Carmen está siempre con Lucía y a mí ni me mira? ¿Qué le digo? ¿Que su tía es la reina de la casa y tú el pringado que todo lo arregla y paga?
Santi empezó a recorrer la cocina, los brazos cruzados, nervioso durante diez minutos. Al final, se paró en seco y dijo:
Pues mira, ¿te acuerdas del regalo del aniversario para mamá? Esa cocina que queríamos reformarle… Ya no la hacemos. Llamo mañana y anulo el pedido.
¿En serio? Vera le miraba alucinada.
Completamente. Si mamá solo tiene tiempo y fuerzas para una nieta, pues que resuelva sus asuntos también sola. Que le pida a Inés que le arregle los grifos y vaya a la huerta. Nosotros vamos a buscarte una niñera para que tú puedas entrenar cuando te toque.
***
A la mañana siguiente, Carmen Pilar llamó ella misma.
Santi, pensaba que venías esta semana a mirarme la campana de la cocina, que echa más humo que el tren de La Robla. Y Lucía pregunta por su tío Santi, dice que te echa mucho de menos…
Antes, Santi habría salido disparado al Leroy Merlin. Pero esta vez…
No puedo, mamá respondió con calma.
¿Cómo que no? ¿Y la campana? ¡Me asfixio!
Pídeselo a Inés, o a su nuevo novio, que seguro sabe de bricolaje. Ahora mismo, estoy a tope con las cosas de Vera y Pablo. Mi tiempo libre me lo reparto para estar con ellos.
¿Por este caprichito vais a dejarme así? la madre, indignada. ¿Por una modita de tu mujer me dejas tirada?
No te dejo tirada, mamá. Ahora mis prioridades son mi familia, igual que tú priorizas a Inés y Lucía. Me parece justo, ¿no?
¿Me estás hablando así a mí? ¡Te lo he dado todo! ¡Te he hecho un hombre por la gracia de Dios! ¡Y me sales con éstas! ¡Lucía es una pobre niña que lo pasa fatal! ¡Y vuestro Pablo vive como un rey! ¡No sé de dónde os creéis que tengo que amarle por narices! ¡Que mi corazón es de Lucía y punto! ¡Desagradecido! ¡No me llames más, ni te aparezcas por aquí!
Santi colgó. Le temblaban un poco las manos, pero en el fondo se sintió en paz. Sabía que esto era solo el principio: ahora Carmen Pilar llamaría a Inés, Inés escribiría mensajes apocalípticos llamándoles tacaños y egoístas; habría llantos, reproches, que si el deber de hijo y hermano…
Exactamente así fue.
Al llegar por la noche, Vera ya había escuchado el audio de la suegra (la llamaba, en el tono más cariñoso del mensaje, víbora con pintalabios).
¿Seguro que hacemos bien, Santi? Al final es tu madre… susurró ella mientras cenaban, tras dejar a Pablo dormido.
Una madre es quien quiere a todos sus hijos y nietos igual, Vera. No quien tiene favoritos y usa al resto como servicio técnico y banco. Durante mucho tiempo aguanté… pero cuando oí que le daba igual tu salud o Pablo por la agenda de Lucía, para mí se acabó.
**
El escándalo duró semanas. Inés y Carmen Pilar, desposeídas de sus paguitas y favores, empapelaron a llamadas y mensajes a Santi y Vera. Insultos, súplicas, amenazas, discursos lacrimógenos sobre el deber familiar…
Ellos, firmes, ignoraban todo.
Dos semanas más tarde, Inés apareció en casa.
Desde la puerta, empezó a gritar, llamó a Santi calzonazos desagradecido, exigió que pagara las facturas de mamá y soltase dinero para la compra y las recetas.
Santi le cerró la puerta en las narices. Cansado de ser hijo ejemplar por decreto, por fin decidió jubilarse del puesto.







