El marido regaló a su hija un piso, pero la madre del novio se enfadó y trató de meter a toda la fam…

Life Lessons

Nuestra hija Blanca se casó hace poco con un muchacho llamado Mateo, que no venía de una familia adinerada pero tenía buen juicio y los pies en la tierra. Mi marido, Don Alfonso, y yo no saltamos de alegría ante la noticia, pero respetamos su decisión.

Como regalo de bodas, Alfonso le cedió a Blanca un piso precioso en Chamberí, para que el joven matrimonio no tuviera que irse de alquiler. Ambos se mostraron agradecidos, sobre todo los padres de Mateo, quienes no perdían oportunidad para alabar el piso durante las frecuentes visitas.

Poco a poco, la madre de Mateo, Doña Jacinta, comenzó a presentarse por el piso casi a diario. Blanca me confesaba que apenas tenía privacidad, que ni siquiera podía llamar a sus amigas a gusto con la suegra constantemente en casa, deambulando como una sombra silenciosa que abría cajones y cortinas como si el piso le perteneciera de toda la vida.

Una tarde, Jacinta soltó una propuesta descabellada al más puro estilo surrealista: sugirió que toda su familia se empadronara en el piso, que ella dejara su vivienda del barrio de Vallecas, la vendiera y unificara aquel dinero con lo recibido por la boda para comprar algo más grande Aquel hipotético nuevo piso sería de todos, porque la familia lo es todo y todo se comparte.

Blanca, haciendo gala de una paciencia cervantina, le respondió amablemente que prefería mantener las cosas como estaban porque le parecía una situación bastante extraña. Jacinta, lejos de conformarse, empezó a insistir cada vez con más vehemencia. Era como si la lógica se escurriera entre los azulejos: llamadas diarias, reproches, escenas, hasta que no dudó en chantajear a Blanca, acusándola de no querer suficientemente a Mateo. Incluso llegó a advertirle que si no cedía, ella iba a divorciarse, presentarse ante el notario y arrebatarle el piso.

Mateo intentaba apaciguar a su madre, sin éxito. Decidimos mantenernos al margen, dejando que los jóvenes resolvieran aquello, pero tras algunos días en los que Blanca nos llamó llorando, el límite onírico de la paciencia se quebró.

Fue entonces cuando Alfonso, sacando temple castellano, visitó a Jacinta y, con una solemnidad digna de una procesión de Viernes Santo, la conminó a dejar tranquila a nuestra hija, advirtiéndole que si persistía, pondría el asunto en manos de la policía. Jacinta se calmó inmediatamente, alegando que todo había sido un malentendido y que, en realidad, sólo deseaba lo mejor para todos.

Desde entonces, las aguas volvieron a la calma. Blanca pudo por fin abrir todas las ventanas, respirar tranquila y, de repente, todo en la casa le pareció más amplio y luminoso, como si aquel piso suyo en Chamberí hubiera escapado a una pesadilla y despertado por fin a la luz de Madrid.

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