Hace seis meses, la desgracia cayó sobre nuestra familia: mi padre falleció. Y justo medio año después, apareció el hermano de mi padre, mi tío José Manuel, de visita. Este hombre no nos visitaba casi nunca. Apenas hablaba con mi padre tampoco. No se pelearon, pero jamás congeniaron del todo. La relación era más fría que el gazpacho recién salido de la nevera. Cada uno iba a lo suyo, como quien dice.
¿Qué tal el viaje? le pregunté. ¿Y por qué me tutéas, criatura? ¡Que soy tu tío favorito! soltó tío José Manuel, con una sonrisa tan dulce como si de verdad fuese mi tío favorito. Ironía nivel experto.
El tío José Manuel ni siquiera nos avisó de que venía, como quien hace una visita espontánea al Corte Inglés. No preparamos nada. De hecho, desde el entierro de mi padre no habíamos hablado con él. Ni una llamada, ni un WhatsApp. Y de repente, ¡plas!, allí estaba.
Cuando nos sentamos a tomar el café (porque en nuestra casa el té lo toma solo mamá cuando está triste), el tío suelta: ¿Cómo vamos a repartir la herencia? ¿Entre los tres? ¿No hay nadie más? ¿Qué herencia? dijo mamá, que se quedó a cuadros y tardó unos segundos en reaccionar.
La verdad es que sí había herencia: nuestro piso bonito, un chalé en la sierra espectacular, y dos coches que relucían más que los cortejos de San Isidro. Mamá quería vender el chalé para comprarme un apartamento en Madrid, donde estudio, pero íbamos con calma, sin prisas.
¿Qué herencia dices? ¡La que dejó mi hermano! respondió el tío José Manuel. Sabes que si no estuvieran María y yo, te tocaría todo. Pero ahora no te toca nada añadió mamá, muy digna. Pero soy su hermano, ¡me corresponde! protestó el tío, como si acabara de descubrir una cláusula secreta. No, no te corresponde nada. La ley está de nuestro lado replicó mamá. ¿Y si lo hacemos de buena fe? insistió él.
El tío José Manuel, que listo es un rato, sabía perfectamente que legalmente no le tocaba ni un euro, así que decidió tirar de conciencia y sentimientos. Pero su argumento tenía menos lógica que una telenovela de sobremesa. Mi padre y él no fueron nunca amigos; de hecho, poco tenían en común, así que lo de la herencia era un cuento chino.
Cuando mi padre empezó a ponerse enfermo, dejó claro que todo debía quedarse entre mi madre y yo. Nadie más. Y no era por egoísmo, solo por sensatez. Papá no iba a repartir el patrimonio con alguien que apenas conocía.
Y de buena fe, tampoco, José Manuel. Tú lo sabes perfectamente. Jamás fuiste cercano a tu hermano zanjó mamá. ¡Sí, claro! ¡Esto parece una película mala! El hombre se casa, la mujer se queda con todo, y los padres, hermanos, sobrinos no ven ni un céntimo.
Mi tío empezó con el drama, intentando hacernos sentir culpables para que compartiéramos el piso, el chalé y los coches. Hasta luego, no vamos a discutir esto contigo dijo mamá, dándole la puerta con toda la educación de una señora madrileña.
Cuando él se fue, mamá y yo cerramos el chalé y nos fuimos al piso en la ciudad. Sabíamos que el tío José Manuel no se iba a rendir fácilmente; pronto tendríamos que ir al juzgado a pelear. Al fin y al cabo, había un buen dinero en juego: una tercera parte de un chalé de lujo, una tercera parte de un piso en el centro, y una tercera parte de dos coches. Eso, en euros, se convierte en una suma nada despreciable, para montarse unas vacaciones en Tenerife.
Eso mismo debió pensar mi tío, que finalmente nos llevó a juicio. Todavía espera ganarlo, como si el juez fuera su primo. Pero la ley está de nuestro lado. ¿Qué espera conseguir? Ni él lo sabe pero el drama, eso sí, nadie se lo quita.





