¡Maruja! exclamó de pronto una voz masculina a mis espaldas, tan reconocible tras los años que me hizo estremecerme al instante.
Encogí los hombros instintivamente, apreté el bolso contra el pecho y aceleré el paso por la Gran Vía de Madrid, intentando ignorar ese eco de un pasado que a veces quise creer enterrado.
¡Marujita, espera, eres tú seguro! insistió la voz, con ese deje juguetón de otros tiempos.
Quise fundirme con la acera, pero una mano masculina, aunque sin brusquedad, me tocó el hombro. Me giré bruscamente, dispuesta a enfrentar lo imposible.
Pero… ¡Madre mía… Tomás! susurré, sintiendo que el corazón me subía a la garganta. Pensé que tu voz era sólo un recuerdo Pero ¿cómo es posible? Yo creí que eso era imposible…
¿Qué te parece imposible? sonreía Tomás, con esa vitalidad despreocupada de nuestros años mozos. ¿Acaso no puedo volver a mi ciudad natal, eh?
¿Volver? balbuceé yo, no comprendiendo nada. Pero se supone que tú Tomás, a mí me dijeron que habías muerto.
A Tomás se le desencajó la expresión de sorpresa.
¿Muerto yo? se echó a reír entre incrédulo y divertido.
Eso me dijo tu mejor amigo poco después de que nos separáramos y te fueses a Barcelona. Me contó que te habías ido por mal camino y bueno, que te habían encontrado sin vida en una plaza cualquiera
¿Pero quién te ha contado semejante burrada?
Julián, tu íntimo. Cuando te fuiste empezó a rondarme, y como no quería saber nada, trató de darme lástima contándome eso de ti.
¡Ese sí que era un pieza! Tomás se reía abiertamente ahora. Así que no bromeaba después de todo, cuando nos despedimos.
¿A qué te refieres?
A que me soltó, medio en chanza, que a la que yo dejara libre el sitio, él aprovecharía ese hueco contigo. Lo tomé a risa, pero fíjate Nunca más me respondió ni a cartas ni a llamadas. En aquella época sin móviles ni redes, imagina, sólo nos quedaba el teléfono fijo y mucha fe en el cartero. Jamás volví a saber nada.
Bueno, ya no te podrá responder contesté yo, encogiendo los hombros. Hace años que falleció. Cinco, para ser exactos.
Caray… Tomás bajó la mirada por un instante y suspiró, con una seriedad súbita. Era joven aún. Qué vueltas da la vida. Por cierto me sonrió luego. Han pasado los años pero sigues igual de guapa, Maruja.
¡Anda ya! me reí, quitándole hierro. No digas tonterías, hombre.
Me han dicho que te casaste otra vez me miraba como si quisiera memorizarme de nuevo. Y que tienes hijos, ¿dos puede ser?
Sí, dos contesté, con un deje de orgullo. Ya cada uno vuela a su aire. Y por cierto Soy abuela. Dos veces.
¡Madre mía! ¿Y tu marido?
Está muy bien pero ya en otra casa. Ahora soy mujer libre.
Ya veo asintió Tomás. Somos tontos los hombres, siempre buscando fuera lo que ha estado a nuestro lado, sin darnos cuenta hasta que lo perdemos.
¿Y tú por qué has vuelto a Madrid? ¿Negocios o nostalgia?
He vuelto para quedarme, Maruja. Para siempre. Hizo una pausa y respiró hondo. Hace poco enterré a mi esposa. Decidí regresar a casa. El clima allí me mataba, según los médicos. Ya sabes, edad, achaques Incluso ella sufría de asma y era incapaz de dejar su Barcelona natal. Al final, las ciudades se nos llevaron antes de tiempo. A Tomás se le nublaron los ojos, pero enseguida recobró su sonrisa. Ahora paseo por los barrios buscando dónde recomenzar. Madrid está tan cambiada ¿Algún barrio que me recomiendes para echar raíces?
¿Dónde te has alojado por ahora?
En un hotel, claro.
¿No tienes familia aquí?
¡Por favor! hizo un gesto cómico de disgusto. Detesto ser una carga. Cada cual tiene su vida hecha, la mía me la apaño solo, como siempre.
¿Y si te vinieras a mi casa un tiempo? solté de pronto sin apenas pensarlo. Me sonrojé. Como inquilino, por supuesto.
Tomás dudó, casi azorado, y suspiró.
Poder, podría, pero la culpa de lo que pasó hace décadas aún pesa sobre mí.
¿Culpa de qué? pregunté, honestamente extrañada.
De haberte dejado tirada. Eso no tiene perdón. Y por eso siempre te estaré en deuda.
¡Vaya tontería dices! sonreí, esta vez con otra calidez. Yo te empujé a irte, ¿no te acuerdas? Aquella noche fui injusta, cualquier hombre habría hecho lo mismo.
No recuerdo nada malo por tu parte negó él, tozudo. Sigo creyendo que fui yo el cobarde.
Solo recuerdo que te fuiste de golpe, con tu maleta vieja. Luego creí que iba a ser feliz, pero resultó que aquel comienzo me pesó años.
¿De verdad no me guardas rencor?
Ninguno. Te lo juro, Tomás. Es más, me alegro de verte. Has madurado, alguna que otra cana, pero el mismo de entonces. Vente a casa, no comas más menú de hotel. Tengo un cuarto libre para ti, y no eres ningún extraño.
¿Y no te molestará que esté allí?
Si me molestara, ¿crees que te lo propondría? En casa sola me da una alegría por las noches que a veces ni yo lo soporto.
Entonces Tomás tímidamente me tomó la mano. ¿Vamos a por mi maleta al hotel?
¿Con la misma con la que te fuiste aquella noche?
Ambos reímos a carcajadas y caminamos juntos por las calles de Madrid, con la sensación de que jamás nos separamos del todo.
Hoy, al recordar este reencuentro, entiendo que en la vida todo vuelve a su sitio, y que el cariño de verdad, aunque pase el tiempo, nunca se marcha. Hay corazones que, por más vueltas que dé el mundo, siempre encontrarán el camino de regreso.





