El examen de los adultos
Lucía, ¿por qué no vienes con nosotros a celebrar el final del proyecto? preguntó sonriendo Fernando, acompañando la pregunta con un guiño cómplice.
Porque, querido amigo, tengo una cita esta noche, respondió Lucía, algo avergonzada.
¡Vaya sorpresa! Fernando se mostró realmente sorprendido. Hacía ya cinco años que conocía a Lucía: siempre la había visto como madre soltera, alguien que, al menos en apariencia, no buscaba pareja O quizás sí, y Fernando, en su distracción, nunca lo había notado. Bueno, entonces no te entretenemos más. Que tengas mucha suerte, añadió, dándose la vuelta hacia el resto del equipo. ¿Vamos?
Claro.
¡Venga, deprisa!
¡Por supuesto! respondieron sonrientes, dirigiéndose todos juntos hacia el bar de la esquina.
Fernando avanzaba junto a sus compañeros, con la sonrisa puesta, aunque en su interior sentía un leve pinchazo de celos. Pero ¿de qué celos podía hablarse? Entre Lucía y él solo había existido una relación profesional y de amistad, nada más.
«Qué extraño todo esto», pensó.
* * *
Aquel día Fernando llegó a casa mucho más tarde de lo habitual. En cuanto abrió la puerta, sus hijos corrieron hacia él, gritando: «¡Papá, papá!». Después apareció su mujer.
¡Fernando, por fin!
Ella lo abrazó y besó con cariño.
Hoy hemos salido al parque y construido un barco buenísimo. Y tú siempre estás perdido por ahí dijo Inés sonriendo, refiriéndose a sus hijos.
Oye, que yo me paso el día ganando euros, gruñó Fernando, fingiendo enfado. Y puedo quedarme en la oficina hasta la hora que me venga en gana.
Por supuesto que puedes, asintió Inés.
Y no me montes interrogatorio ahora, añadió aún serio.
Si le hubieran preguntado entonces por qué contestaba tan bruscamente, ni él habría sabido la razón.
¿Te ha picado algún bicho o qué? le interrogó Inés, con su sonrisa tranquila.
Y entonces lo entendió: quería borrar esa sonrisa de su rostro, hacer que ella se sintiera igual de mal que él en ese preciso momento.
No, sólo estoy cansado. Calienta la cena, anda, trató de contestar como siempre, y cuando Inés desapareció en la cocina, se sentó en el banco del recibidor y se cubrió la cara con ambas manos.
«¿Qué demonios estoy haciendo?», pensó, horrorizado.
* * *
Pasaron unos días y Fernando se sintió liberado. Atribuyó sus emociones del otro día al simple hecho de haber querido que todo el equipo celebrase juntos el cierre del proyecto, y se disgustó por la negativa de Lucía.
Ahora estaban embarcados en un nuevo encargo, uno que absorbía toda su atención.
* * *
Lucía, hoy tendrás que quedarte un rato más, le anunció un día. Necesito los cálculos para mañana.
Perdón, Fernando, pero esta tarde voy a ver a mi madre, respondió Lucía negando suavemente con la cabeza. Es importante para mí. Si quieres, mañana llegaré antes y te lo tengo todo preparado.
Está bien, asintió.
En realidad, aquello le sentó fatal. ¿Cómo podía ser? ¡El proyecto era lo más relevante! ¿Qué podía ser más importante?
¿Está enferma tu madre? preguntó Fernando.
Sí bueno, algo así, contestó Lucía bajando la mirada.
Entiendo, dijo él. Si la madre de Lucía estaba mal, no tenía nada que objetar.
Sin embargo, pronto descubrió que no era así, que su madre no había caído enferma. Lucía simplemente inventó una excusa para evitar quedarse.
Pero ¿Cómo? ¿Al final no va a casa de su madre? Fernando no daba crédito cuando se lo contaron.
¿Que no va? ¡Claro que va! Pero no sola, el que la acompaña es el chico con el que sale, intervino Marta, una compañera. Se acercó a la ventana y llamó a Fernando. Mira, ven.
Fernando se asomó: vio cómo Lucía salía del edificio, cómo un joven la esperaba en la puerta, se cogían de la mano y subían juntos al coche para marcharse.
En ese instante el sentimiento de celos volvió, pero esta vez con tal intensidad que le inundó por completo.
«¡Por todos los santos, es verdad! ¡Ha encontrado a alguien de verdad!», pensó.
Bueno Fernando se esforzó en que su voz sonase indiferente. A las seis terminamos y cada uno puede marcharse cuando quiera.
Después se sentó ante su ordenador e intentó concentrarse, sin éxito.
* * *
Con el tiempo su inquietud fue en aumento. No comprendía lo que le estaba sucediendo.
Al principio no era más que un leve nerviosismo: bastaba con oír la voz de Lucía o ver su nombre en el chat para que sintiera el corazón acelerar. Exactamente igual que cuando empezó a salir con su mujer.
«¿Será que me he enamorado?», pensaba. La idea le resultaba absurda y aterradora. Procuraba ignorarla: al fin y al cabo, era un hombre hecho y derecho recién cumplidos los cuarenta. Tenía una familia, quería a su esposa. O mejor dicho ya no; ahora sólo sentía por Inés respeto, confianza y gratitud. El amor ardiente, loco y maravilloso había desaparecido hacía tiempo. Y, quizás, eso le pasaba a todos
Poco a poco, la inquietud creció. Se pillaba haciendo cosas raras. Por ejemplo, cuando Lucía entraba al despacho, se enderezaba sin pensarlo, deseando que ella se fijase en él. Hablaba más con ella, le pedía opinión. Y luego, revivía en su memoria cada palabra, cada mirada, buscando mensajes ocultos en los detalles.
Un día le asaltó un pensamiento: «¿Y si la hubiera conocido antes? ¿Antes de tener hijos?».
La idea le sacudió: sí, habría dejado todo atrás. No de golpe, pero sí poco a poco, inventando excusas, hasta marcharse sin remordimiento. Habría abandonado casa, rutina, todo por una sola posibilidad de estar con ella.
De pronto lo invadió la culpa, como una ola arrolladora.
Miró la foto familiar sobre la mesa: Inés, los niños, los veranos en la costa. Todos sonriendo: él también. Todo estaba bien y parecía correcto. Pero ¿por qué sentía entonces que vivía una vida ajena?
No podía explicárselo. Ni por qué pasaba justo ahora, ni por qué con Lucía. Habían compartido despacho tres años y nunca sintió nada por ella. ¿Por qué ahora no podía quitársela de la cabeza, ni dejar de pensar en ella?
Su mundo interior se derrumbaba. Los valores antes inquebrantables empezaban a resquebrajarse. No quería traicionar, no quería perder a los suyos. Quería conservar lo que tenía. Pero tampoco podía dejar de sentir lo que sentía.
* * *
Aquella mañana se despertó muy temprano. La habitación seguía oscura salvo por una raya de luz colándose por la cortina.
Fernando contempló el techo, y los pensamientos sobre Lucía no le abandonaban. Ni siquiera en ese ambiente sereno y doméstico podía desprenderse de su imagen, que sentía clavada como una astilla en el fondo del pecho.
Recordó el día anterior. Lucía se había ido antes, de nuevo con ese chico. Y cada vez que la veía marcharse, sentía que algo dentro de él se rompía.
«Si no paro esto ahora, me perderé, pensó. Acabaré por perderlo todo. No será inmediato, pero sí inevitable. Me volveré distante. Duro. Extraño para mis hijos, para Inés, para mí mismo. Odiaré en lo que me convertiré. Y entonces será demasiado tarde».
Se levantó, se vistió y fue a la cocina a prepararse un café. Se quedó de pie mirando a la calle. Fuera estaba gris, vacía y triste. En ese instante tomó una decisión.
* * *
¿Cómo que te trasladas a otro departamento? le rodearon sus compañeros, sorprendentemente también Lucía.
Ha salido una necesidad en otro departamento y voy a encargarme de resolverla, respondió.
¿Será solo temporal, verdad?
Sí, sí, temporal, asintió, aunque sabía de sobra que no hay nada más definitivo que lo provisional.
Al principio pensó en dejar la empresa, pero lo consideró absurdo: tenía un buen sueldo, buena reputación, futuro. Por eso optó por el traslado, aunque fuese solo por un par de meses; sabía que le serviría para romper el círculo vicioso en el que cada mirada, cada palabra de Lucía le arrastraba hacia ella.
No quería arriesgarse a perderlo todo por una emoción fugaz, ni justificarse con un «al fin y al cabo, soy humano». Estaba seguro de que el dolor pasaría, aunque al principio fuera duro.
Esa noche le dijo a Inés:
Quiero pasar más tiempo contigo y con los niños. No quiero seguir desaparecido en el trabajo.
Ella le miró un instante.
¿De verdad?
Sí. Siento que me estoy perdiendo cosas importantes con vosotros.
Inés no dijo nada, solo sonrió levemente. Y esa sonrisa le resultó tan familiar y querida, que le dolió el pecho.
Empezó a llevar a los niños al parque, a recogerlos del colegio, a participar de actividades que antes le parecían un engorro. Hablaba con Inés ya no solo de la rutina, sino también de sí mismo, de sus días, de sus pensamientos. Se interesó de verdad por lo que ella vivía y sentía.
En algún momento se preguntó: «¿Por qué nunca hice esto antes? ¿Por qué siempre lo vi como un deber y no como la oportunidad de conocer realmente a quien tengo al lado?».
No dejó de pensar en Lucía, pero esos pensamientos se fueron apagando. A veces la veía en la oficina y sentía un leve pinchazo, pero ya no era dolor ni celos. Solo el suave recuerdo de quien pudo haber sido, pero eligió a su familia. Y se sentía agradecido por ello.
* * *
¡Fernando! ¡Fernando!
Cruzaba el mercado del barrio, camino de una tienda de juguetes para sus hijos, cuando escuchó que le llamaban. Se giró y reconoció a Lucía.
¡Fernando! ¿Dónde te has metido? ¡Te hemos echado de menos en el departamento, ya ha pasado un año!
Fernando sonrió con sinceridad. Al verla, solo sintió alegría del reencuentro, nada más.
Hola, Lucía. Me alegro mucho de verte.
¿Cómo estás? inquirió ella.
Bien. No, mejor: muy bien, contestó y notó que por fin decía la verdad.
¿Por qué no regresaste al departamento? Fuiste el mejor jefe que tuvimos.
Quería cambios en mi vida, dijo con simpleza. ¿Y tú?
Yo Lucía esbozó una gran sonrisa Me casé. Es una buena persona, de verdad. Fiable, honesto. Y mi hija lo acepta.
Fernando asintió, sin sentir celos, solo una leve sorpresa, como quien reencuentra a un viejo amigo convertido en otra persona.
Me alegro por ti, respondió sinceramente.
Hablaron un rato de colegas, de la empresa, de la vida. Ni uno ni otro propuso seguir la charla en un café. Ambos sabían que ese era el final. O quizá el principio de algo nuevo, pero ya no juntos.
Al despedirse, Fernando siguió su camino, compró el regalo, regresó a su coche y, ya sentado, se dio cuenta: por fin no sentía nada. Ni dolor. Ni temblor. Ni ese impulso de dejarlo todo para empezar una aventura con ella.
Miró hacia adelante: vio el semáforo, la gente cruzando la calle, los niños tomados de la mano por sus padres. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba donde debía estar.
No en una vida idealizada o en una historia de amor imposible, sino en su vida, real, complicada, pero propia.
* * *
Lucía e Inés estaban en la cinta de correr en el viejo gimnasio al que iban desde hace años, coincidiendo a menudo.
¿Cómo fue vuestro reencuentro? preguntó Inés.
Lucía se encogió de hombros.
Nada especial. Me deseó felicidad y ya. Así que has ganado tú, añadió Tu marido es un hombre maravilloso.
Lo sé, replicó Inés, y con una sonrisa pícara le guiñó un ojo.





