El estado del alma

Life Lessons

Estado del alma

Carmen González se sentaba en la cocina y miraba por la ventana. Afuera comenzaba la primavera, los almendros florecían y el aire olía a azahar, pero para ella, todo parecía un largo y gris otoño. Ya habían pasado tres años desde la muerte de su marido, y la carga no era más ligera. Parecía que se había acostumbrado, que lo había aceptado, pero dentro continuaba ese vacío, como si alguien hubiese arrancado de su interior la pieza más importante, esa sin la que todo sigue, pero a trompicones.

Los hijos, muy lejos. El hijo en Madrid, la hija en Barcelona. Los nietos ya mayores, cada uno con su vida. Llamaban en navidades, a veces enviaban alguna foto por WhatsApp. Carmen miraba esas fotos, sonreía para sí, y luego volvía a sentarse junto a la ventana, contemplando la vida pasar.

Las vecinas la invitaban a pasear, pero ¿qué sentido tenían esos paseos? Sentarse en el banco a hablar de achaques y médicos No le interesaba. Antes, cuando su marido vivía, iban juntos al parque, al cine los domingos o a visitar a unos amigos. Ahora no había con quién, ni para qué.

En la nevera, lo justo. Para una sola no se necesita mucho. En la televisión sólo ponían telenovelas de amores imposibles, que sólo conseguían ponerle más triste.

Carmen, así te vas a consumir suspiraba su amiga Pilar, pasándose una vez por semana. Tienes que salir, mujer. Apúntate a algún club, a bailes para mayores. ¡Eso anima mucho!

¿Bailar, Pilar? respondía Carmen con desgana. ¿Y con quién se supone que voy a bailar? ¿Para quién?

Pilar se encogía de hombros y se marchaba, mientras Carmen, una vez más, volvía a su puesto junto a la ventana.

***

A finales de mayo llegó su nieta, Leonor. Universitaria de segundo curso, bulliciosa, siempre con los auriculares puestos y risueña. Entró en el piso como un vendaval:

¡Abuela, holaaaa! ¡Me quedo todo el verano! Estoy agotada de Madrid, necesito tranquilidad y tus croquetas.

Carmen volvió a la vida. Entre empanadillas, cocidos y tortilla de patatas, la casa recuperó su olor y su alegría. Leonor devoraba la comida con gusto, contaba historias de la universidad, de las amigas, de un tal Samuel, que le gustaba pero no pilla ni una indirecta.

¿Y tú qué tal, abuela? preguntó una noche, mientras compartían té y un trozo de bizcocho casero.

¿Yo? Pues aquí, escuchándote a ti. Mañana, tal vez, limpiaré los cristales.

¿Estás triste?

Te echo muchísimo de menos, Leo, mucho.

Leonor se quedó mirándola seria, y de pronto saltó:

¡Abuela, escucha! ¿Y si te descargas una aplicación de esas para conocer gente?

Carmen casi se atragantó.

¿Pero qué tontería es esa? ¿Conocer a quién? Tengo sesenta y ocho años, chica.

¿Y qué? En esas aplicaciones hay un montón de personas de tu edad. Gente sola, que busca compañía. Igual encuentras alguien interesante, aunque sólo sea para conversar o salir a caminar.

No digas tonterías zanjó Carmen. Pasé medio siglo casada, ¿y ahora voy a ir por ahí ligando con el móvil? Me da una vergüenza…

¡Nadie lo sabría! Leonor soltó una carcajada. Incógnito total, ¿vale? Anda, pruébalo solo por curiosidad.

Carmen refunfuñó y agitó la mano. Pero esa tarde, cuando Leonor salió con amigas, cayó en la tentación y cogió el móvil. Sólo para mirar, por curiosidad.

Encontró la aplicación, la descargó y se hizo un perfil. Puso una foto antigua de cuando estuvo en Jávea con su marido, recortando la imagen para que él no saliera. Escribió: Carmen, 68 años. Busco compañía para pasear y charlar”.

Y se olvidó del asunto hasta la mañana siguiente.

***

Por la mañana, el móvil vibró. Carmen miró: mensaje en la aplicación.

Hola, Carmen. Soy Rosario, tengo 64. También busco amistades para pasear. Me gusta caminar por el Retiro, respirar aire puro. Echo mucho de menos la compañía. ¿Nos vemos?

Carmen lo leyó dos veces. Rosario. Una mujer, no lo que esperaba.

¡Leonor! llamó. Ven, anda, que una señora me ha escrito.

¿Qué señora? Leonor cogió el móvil y se partió de risa. ¡Abuela, es de tu edad! ¡Te invita a pasear!

¿Y ahora qué hago? tartamudeó Carmen.

¡Quedar con ella! ¿A qué esperas?

Tres días después quedaron en el parque del barrio. Carmen, nerviosa como una colegiala, se probó tres blusas, dos faldas y terminó poniéndose lo de siempre.

Rosario era bajita, delgada, con ojos chispeantes y voz rotunda. No perdió el tiempo:

¡Carmen! Qué alegría. Quedarse sola en casa es la muerte, lo mejor es salir. Seguro que tenemos mucho en común. ¿Estuviste casada? Yo también soy viuda. ¿Hijos? Mi hijo está en Alemania, solo lo veo en Navidad. ¡Hay que animarse, mujer!

Charlaron tres horas. Pasearon, se sentaron en un banco, siguieron andando. Rosario también adoraba el cine antiguo, también bordaba y también echaba de menos al marido. Y tampoco sabía qué hacer con tanto tiempo vacío.

¿Nos vemos otra vez? propuso Rosario.

Claro. ¿El sábado?

Y por primera vez en años, Carmen sonrió de verdad.

***

Al mes, eran inseparables. Paseos por el parque, cafés en la terraza, largas sobremesas. Rosario estaba llena de ideas.

Carmen, ¿y si buscamos a más gente? En la aplicación hay muchas mujeres solas, cada una aburrida en casa. ¡Montemos un grupo!

¿Un grupo? ¿Eso qué es? preguntó Carmen.

¡Un club de amigas! Salimos, tomamos algo, comentamos películas. Yo quiero empezar a hacer marcha nórdica, dicen que es buenísimo pero sola es un rollo. ¡En grupo es distinto!

Al principio, Carmen dudó. ¿Clubes? ¿Marcha nórdica? Pero Rosario insistió. En una semana encontraron a dos más, Marta e Isabel. A los pocos días, se sumaron tres más.

Así nació el club Pasos Alegres. El nombre lo eligió Marta, que había sido profesora y se le daban bien las cosas organizativas.

Marcha nórdica los lunes, miércoles y viernes ordenaba. Martes merienda literaria. Los jueves a una exposición o cine. El fin de semana, descanso o lo que surja.

Carmen primero solo asistía. Pero pronto se vio gestionando el grupo de WhatsApp, apuntando a las nuevas e incluso fue elegida coordinadora (otra ocurrencia de Marta).

Carmen, tienes madera de líder decía Rosario. Sin ti no estaríamos aquí.

Carmen fingía quitarle importancia, pero por dentro notaba cómo algo bonito florecía.

***

Un día, el club apareció en el boletín municipal. Un periodista joven hizo fotos y les hizo una entrevista bastante simpática. Al poco, el titular apareció: Envejecimiento activo: mujeres que se reinventan tras la jubilación.

Carmen no se lo podía creer mirando la foto en el periódico. Allí estaba, con sus bastones de marcha nórdica, en el centro del grupo, sonriente como una chiquilla.

No pasó mucho hasta que llamaron de la televisión local.

Carmen González, queremos grabar un reportaje sobre vuestro club. ¿Le parece bien?

Ella dijo que no, por supuesto. Pero Rosario y Marta la presionaron:

¡Carmen, es por la causa! Así más gente se enterará, igual se animan más mujeres. Piensa en la gente sola que hay

No le quedó otra que ceder.

La grabación duró tres horas. La reportera, Raquel, una chica muy simpática, preguntaba cómo empezó todo, por qué quedaban, qué les daba el club.

Mire dijo Carmen, mirando a la cámara, cuando pierdes a un ser querido, parece que la vida se acaba. Crees que ya no sirves para nada, que sobras. Sobre todo si los hijos viven lejos. Pero no es cierto. Seguimos siendo valiosas, sobre todo para nosotras mismas. Nosotras nos hemos encontrado y ahora tenemos motivos para levantarnos cada día: un paseo, una charla, un amanecer.

El reportaje salió en las noticias esa misma noche. Carmen recibió llamadas todo el día siguiente: vecinas, amigas, antiguas compañeras de trabajo. A la semana, el club tenía veinte nuevas socias.

***

Carmen González cumplió setenta años. Un número redondo. Ni quería celebrarlo; ¿qué es eso de festejar cuando una ya tiene tantos?, pensó. Pero el club decidió lo contrario.

¡Carmen, vamos a celebrártelo por todo lo alto! anunció Rosario. En una cafetería, con música y baile. ¡Te lo mereces!

A Carmen le daba pudor, pero sentía alegría por dentro. Se compró un vestido nuevo, azul con florecitas, como los que llevaba de joven. Y unos zapatos bajos, elegantes.

Entonces llamó su hijo desde Madrid:

Mamá, vamos a ir a tu cumpleaños. Yo, Laura y los niños.

¿De verdad? ¿Cómo? Tenéis trabajo, colegio

Pediremos vacaciones, nos organizamos. Queremos verte y celebrar contigo. Hace demasiado que no estamos juntos.

Esa víspera, Carmen no pegó ojo. Limpiando, cocinando, nerviosa. Y por la mañana, cuando su hijo y su familia entraron por la puerta, se dio cuenta de que hacía casi tres años que no se veían. Los nietos mayores ya casi adultos.

¡Abuela! le gritó la nieta. ¡Estás cambiada, te veo rejuvenecida!

Carmen sonrió:

¿Qué te creías? Aquí estamos en el club de envejecimiento activo. No hay tiempo para envejecer.

Celebraron el cumpleaños en una cafetería decorada con flores. Vinieron casi todas las del club, vestidas de colores, con ramos y regalos. Vecinas, antiguas amigas, todas. Rosario llevó la animación, Marta recitó poemas, Isabel cantó con su guitarra.

El hijo la observaba perplejo. Tres años antes, su madre parecía apagada, marchita. Ahora

Mamá, ¿de verdad eres tú? le preguntó, cuando pudieron hablar a solas.

Claro que sí, hijo. Antes estaba sola, pero ahora tengo amigas, tengo responsabilidades, tengo motivos para levantarme todos los días. ¿Entiendes?

Lo entiendo. Perdona si hemos venido poco.

No pasa nada. Vosotros tenéis vuestra vida. Yo ahora también tengo la mía. Y es buena.

En ese momento, Leonor se conectó en videollamada desde Madrid.

¡Abuela, felicidades! ¡Estoy tan orgullosa de ti! ¿Recuerdas cuando te insistí con la aplicación y decías que era una tontería?

¡Tonterías! rió Carmen. Toda la vida está llena de tonterías que a veces te cambian por completo.

***

Epílogo

Al año, el club Pasos Alegres era conocido en toda la ciudad. Les invitaban a la tele, salieron en tres periódicos y la biblioteca del barrio les ofreció un espacio para quedar. Además, montaron otros clubes: uno de costura, otro de pintura, hasta un grupo de teatro.

Carmen ahora era la coordinadora de todo el movimiento. Tenía un equipo de ayudantes, agenda y planes para el futuro.

Su hijo venía con más frecuencia; los nietos le mandaban mensajes, fotos, le pedían consejos. Leonor, la nieta inquieta, vino un verano a hacer prácticas de periodismo en el periódico local: Quiero contar historias de gente como tú, le dijo.

Abuela, eres mi ejemplo.

Carmen sólo sonreía y miraba por la ventana. Pero ahora, ahí fuera, no había otoño, sino la primavera más luminosa.

La vida sigue. Y es bellísima.

Carmen todavía conserva aquella aplicación en el móvil. A veces la ojea, ya por costumbre, aunque no busca nada ni a nadie. No lo necesita. Ha encontrado lo más importante: se ha encontrado a sí misma.

Chicas dice a las nuevas cuando llegan tímidas al club, lo principal es no tener miedo. La vida es mucho más larga de lo que parece. A cualquier edad puede uno empezar de nuevo, aunque todo parezca perdido.

Y la creen. Porque ven delante de ellas a una mujer viva, radiante, feliz. Que a los setenta años se convirtió en referente de su barrio. Que demostró que la edad es solo un número. Y la vida, un estado del alma.

Hoy, al recordar todo esto en mi diario, comprendo que uno nunca debe cerrar la puerta a lo nuevo, ni a la amistad, ni a la alegría. El secreto está en levantarse cada día con ganas de empezar, aunque el ayer duela. Porque la vida, en todos los rincones de España, merece ser vivida con plenitud, a cualquier edad.

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