Hace mucho tiempo, cuando la escuela era el centro de mi universo, yo era un fantasma entre los compañeros. No es que intentara pasar desapercibido; era un chico listo, con rasgos ordenados que podrían haber merecido varios elogios si alguien se hubiera detenido a observarlos. Sin embargo, en la clase de 10.º A de la Institución Pública de Madrid nadie me notaba. Cada quien formaba su pequeño grupo según intereses y yo no encajaba en ninguno. No sufrí burlas, pero tampoco gané amigos; era un solitario por naturaleza, y la cantina, el aula y mi casa marcaban el contorno de mi vida.
Yo, Santiago, no buscaba mucho la compañía de los demás. Entonces llegó ella, la nueva. Su historia era un fragmento roto: sin padres, vivía con la abuela que, según ella, no era muy importante. Al igual que yo, también estaba sola, pero a diferencia mía mostraba una tristeza que se percibía en su postura.
Al verla, el mundo, hasta entonces en gris, se tiñó de colores. Fue amor a primera vista.
Hola le dije, acercándome a su pupitre al acabar la clase.
Los demás compañeros, al oír la voz, se asomaban por la puerta del salón.
Begoña cerró el libro, levantó la mirada y respondió:
Hola.
Soy Santiago. Tú ¿Begoña? dije, y comprendí al instante que no estaba siguiendo los protocolos de conquista.
Sí, Begoña contestó ella.
¿Qué tal te va en nuestra clase? Vi que en matemáticas entregaste una hoja en blanco ¿está todo bien?
Begoña admitió que no había escrito nada, quizá para mostrarse impecable ante los nuevos profesores.
Normal. Es raro, lo admito. Me he quedado rezagada, pero lo voy a recuperar.
Podrías haber pedido ayuda a alguien.
Pedir ayuda suena fácil, pero a mí me cuesta acercarme a la gente dijo, levantándose.
Te entiendo. Yo tampoco soy muy sociable, pero si necesitas algo, avísame. Conozco bien la escuela digo, estudio bien. No es que te considerara anómala.
Lo entiendo esbozó una sonrisa.
Así comenzó nuestra amistad. Encontré un motivo para asistir cada día a la escuela y, poco a poco, empecé a ayudarla. En matemáticas, en literatura, incluso en educación física, intentaba cubrirla.
¡Santiago, eres un genio! exclamaba ella, inclinándose sobre el cuaderno. ¿Cómo lo entiendes? Yo no pillé nada en la lección. Sin ti no podría acabar la escuela.
Begoña exageraba, pero a mí me halagaba.
Solo hay que saber qué fórmula aplicar. Pronto lo entenderás.
Yo todavía lo hago más despacio que tú, o a veces no lo consigo.
No es una carrera. Lo importante es que comprendas. Si no lo entiendes, te lo explico mil veces, o cien, o mil, con tal de que te quedes a mi lado.
En 11.º, pensé en confesar mis sentimientos cuando surgiera el momento oportuno, pero el momento nunca llegó. Begoña, segura de sí misma, empezó a acercarse a otros compañeros. Yo la veía relacionarse con Diego, un chico ruidoso que siempre estaba en el centro de la atención. Poco a poco, ella se sentó junto a él en el pupitre.
Begoña le pregunté una tarde en el parque, cuando Diego se había marchado con sus amigos. No viniste ayer, y teníamos cita
Lo siento, se nos alargó la charla. Creo creo que me he enamorado murmuró.
Me quedé helado, pero la amistad me obligó a preguntar:
¿Es bueno él?
Yo lo conocía desde primero y dudaba.
Sí, conmigo es fácil.
¿Y conmigo es difícil?
Begoña me miró con un gesto distinto.
Santiago, eres mi mejor amigo. Con los amigos siempre es fácil; con el chico del que te enamoras, siempre es complicado. Pero creo que con él todo irá bien.
Entendí entonces que quedaba en ser su amigo, el mejor, pero solo eso.
La escuela terminó y también aquella época en la que podía ver a Begoña todos los días bajo cualquier pretexto. Ella se casó con Diego casi de inmediato. Yo asistí a la boda, cumpliendo el papel de invitado hasta el final, sonriendo, felicitándoles y posando mil veces entre la multitud. En algún momento le pregunté por qué se habían casado con tanta prisa; ella no supo contestar.
Me contaron entonces que Begoña estaba embarazada; que pronto tendría un bebé. La noticia cayó como un puñal. No quedó esperanza de un futuro romántico. Así que por eso se apresuraron, pensé. No había pasión, era la cruda realidad de la responsabilidad, la paternidad, y quizá la necesidad de estabilidad.
Acepté que ya no había nada que pudiera atrapar. Empecé a salir con otras chicas, a ir a citas, a intentar encajar en la vida universitaria, pero mi corazón seguía fantasmado con la imagen de Begoña, incluso con la Begoña que ahora vivía otra vida.
El matrimonio de Begoña y Diego resultó ser una trampa. En vez de una vida feliz, se vio obligada a vivir bajo el mismo techo que la madre de Diego, Inés, una mujer dominante que marcó su territorio desde el primer momento.
Esto es mío le dijo Inés cuando Begoña tomó un caramelo del jarrón. No porque le importe el caramelo, sino para dejar claro que sin mi permiso no pasa nada.
¿Puedo tomar uno? preguntó Begoña.
Pues vale, tómalo respondió Inés.
Begoña había vivido solo con su abuela; ahora estaba atrapada en una casa donde cada gesto era supervisado.
Cuando nació su hijo, la madre de Diego la obligó a trabajar sin descanso, mientras él se dedicaba a beber los fines de semana con sus colegas.
¿Cuándo vas a trabajar? le reprochó Inés, mirando al niño. Aquí no es un restaurante ni un refugio, todos deben ganarse la vida.
¿Y a quién dejo a Carlos? replicó Begoña. No me dejan ni sentarme con él.
Inés, sin piedad, le respondió que criara al niño sola, mientras ella se encargaba de la casa.
Los años pasaron, las arrugas aparecieron en los rostros y las cicatrices en el alma. Yo tenía veinticinco años, mi trabajo prosperaba, pero mi vida sentimental seguía tan vacía como en el instituto. Seguía viendo a Begoña de vez en cuando, pero conversar a solas era tan raro como un regalo de Reyes.
Un día, en la parada del autobús, la encontré.
¡Begoña! exclamé.
Santiago cuántos años cuántas inviernos respondió, sonriendo.
Aún no ha pasado un año
Me he perdido en el tiempo.
¿Y tú? le pregunté, observando su rostro. ¿Cómo va tu vida, tu trabajo?
Su respuesta fue un simple todo bien, pero bajo el maquillaje descubrí una pequeña marca en la mejilla.
¿Lo hizo Diego? pregunté sin pensar.
No es asunto tuyo, Santiago replicó, irritada. No te metas en mi vida.
Yo ya no tenía acceso a su mundo; cualquiera que fuera mi intento terminaba en fracaso.
Begoña
¡Hasta luego! exclamó y se alejó.
En casa, al quitarse la base de maquillaje, la marca quedó a la vista. Miró su reflejo y, con voz ahogada, se preguntó:
¿Qué me ha pasado?
Inés, furiosa, la reprendió:
¿Con quién te han visto hoy? gruñó. ¿Cuántas veces tendré que cubrirte ante tu hijo? ¡Si se entera, las cosas serán peores!
Begoña balbuceó:
Con Santiago nos conocimos en la escuela
¿Ese es el Santiago al que corrías al parque? respondió Inés. Sigue siendo el mismo y Diego lo aguanta empieza a beber por tu culpa
El ambiente se volvió una larga canción de reproches. En el pequeño apartamento que Inés había alquilado antes del matrimonio, el aire era denso, casi asfixiante. Un día, Inés anunció:
Nos mudamos al campo. La ciudad es cara, aquí al menos tendremos casa.
Diego asintió sin importarle el lugar; a Begoña no le preguntaron nada.
Antes de marcharse, Begoña, en silencio, buscó a Santiago para despedirse. Yo la miré como si fuera una despedida funeraria.
Begoña le dije. Esta mudanza será un error. Allí no tendrás salida, te atraparán. ¿A dónde vas?
No lo entiendes, Santiago. No me consultaron.
La decisión siempre es tuya insistí. Solo que a veces es muy dura.
¿Y a quién le sirvo, si no a ellos?
A mí. Quédate. Ven a mi casa. Tú y Carlos.
No funcionó.
En el pueblo, la casa carecía de comodidades; la soledad rondaba cada esquina. Diego seguía bebiendo, llegando a casa como un limón exprimido. Inés, en lugar de aliviar su carga, intensificó sus exigencias.
¡Begoña! Corta el jamón para los bocadillos, pela las patatas, aspira ¿Quién hará todo eso?
Carlos, el niño, absorbía los malos hábitos de su padre.
¡Carlos, recoge! le gritaba Begoña cuando derramaba el té.
Tú hazlo, no a mí replicaba él.
Begoña, cansada, miró a Diego con la esperanza de que al menos él disciplinara al hijo, pero él solo sonreía:
Así es, hijo. Desde pequeño hay que ser estricto.
Los meses se sucedieron y la vida se volvió una espiral de desesperación. Una noche, cuando la tensión alcanzó su punto máximo, Begoña sintió que perdía la razón y, sin pensarlo, tomó un tren de regreso a Madrid. Pensó que con Santiago todo sería distinto.
Llegó a la vivienda de Santiago y pasó la noche en una banca, sin atreverse a tocar el timbre. El portero anunciaba la llegada de los padres de Santiago, mientras él se despedía de su madre, sujetando de la mano a una mujer elegante que parecía su futura nuera.
Al fin comprendió que algunas puertas, una vez cerradas, nunca vuelven a abrirse.
Así quedó mi recuerdo, un eco del pasado que aún resuena entre los muros de una escuela de Madrid, entre los callejones de un pueblo andaluz y bajo el cielo gris de la vida que todos llevamos. No hay más que decir, salvo que el tiempo pasa, las heridas curan y las lecciones perduran.







