El Desafío del Aguijón: Un Viaje Apasionante a Través de Nuevas Fronteras

Life Lessons

28 de octubre de 2025

Hoy entré al quirófano del Hospital Universitario La Paz para observar la monitorización del latido fetal durante el parto. La cardiograma del bebé era perfectamente normal. Mientras la cinta del monitor se desplazaba como una serpiente, pensé en la pequeña Lucía, la hija de la enfermera que había enfermado gravemente y a quien había dado de alta. Ahora tenía que coordinarme con la nueva enfermera de ginecología para cubrir la unidad de urgencias.

¿Todo está mal? Por favor, dígamelo me preguntó la embarazada, María, con una mirada llena de preocupación. En la pantalla ¿algo no va bien? Su rostro mostraba la concentración que exige nuestro trabajo.

Lo más difícil de ser médico es saber mantener la cara. Aprendemos toda la vida a diagnosticar, a juntar piezas pequeñas para formar un todo. Observamos, esperamos pacientemente, intervenimos solo cuando es necesario y tomamos decisiones al instante. Nunca nos enseñaron el arte de la actuación.

Así, después de una cirugía complicada, en plena noche, con los ojos empapados en agua helada, sin aliento para secar la sangre que se coló por los zapatos, descendí a la planta de guardia y saludé al nuevo paciente con una sonrisa sincera y amable. Esa sonrisa es esencial para tranquilizar a la persona que llega en la camilla de la ambulancia, para hacerle sentir que está a salvo, que lo esperan con la intención de aliviar su sufrimiento y curarlo.

Nunca nos enseñan que el enfermo tiene miedo. Por mucho que seamos profesionales y manejemos situaciones durísimas, debemos siempre mantener la cara, porque el miedo distorsiona la realidad, tanto la nuestra como la ajena.

Al otro lado del umbral del hospital sufren tus padres; los niños pierden las llaves y se sientan en las escaleras esperando a alguien; en la unidad de cuidados intensivos la embarazada no se estabiliza y el feto sigue sin viabilidad; la enfermera de quirófano sufre una crisis hipertensiva. Todo gira en tu cabeza, pero más allá de tu rostro

Mantener la cara es especialmente duro cuando sabes que en quince minutos ocurrirá una catástrofe. Superar el miedo propio, dar todas las órdenes necesarias, explicar con claridad y calma a la paciente por qué actuamos con prisa, calmar a los familiares, obtener el consentimiento para la operación y correr hacia la camilla, desnudándote al paso manteniendo la cara.

Luego, bajando del escenario y yendo tras bastidores, mientras la tragedia ya se ha consumado, hay que seguir manteniendo la cara, hablando sin cesar: con pacientes, familiares, extraños, con uno mismo, con Dios, con los pensamientos atrapados, con los superiores y de nuevo con los familiares. Hasta que el dolor insoportable abandone el pecho y puedas respirar plenamente, consciente de que la marca personal del guardia ya está grabada en tu corazón.

Una hora después, al bajar a la consulta para atender a otro paciente, sigo manteniendo la cara, esforzándome al máximo, frotando discretamente la piel bajo la clavícula izquierda, porque

Los médicos equivocamos. Todos. Incluso los que dicen será por voluntad de Dios. Somos humanos, y solo quien no trabaja nunca se equivoca. La alta tecnología también falla, porque la construye la mano del hombre. Errar es parte de nuestra condición.

Lo peor es reconocer el error. Nuestra mente repite una y otra vez el momento en que podríamos haber actuado distinto, pero nunca sabremos cuál habría sido el resultado. Nunca lo sabremos.

¿Recuerdas haber mirado una cardiograma perfectamente normal con los ojos nublados por el cansancio? Tus ojos se acostumbran a esa fatiga tras años de guardias. ¿No notar un análisis normal que a nadie más le llamó la atención? ¿Calcular la dosis de un medicamento tal como indica el protocolo? ¿Llegar a tiempo o llegar fuera de tiempo? ¿Ver una radiografía y no percibir lo que debías? ¿Que la mano temblara al sujetar el bisturí y un clip se soltara de la vaso? ¿Por qué ayer, anteayer o hace un año eso no ocurrió?

Seis guardias en dos semanas son mucho, sobre todo cuando en casa está tu madre, que sufrió un ictus. Ya estamos acostumbrados a que en medicina el tiempo sea relativo, mientras nuestros seres queridos llevan años en la casa de honor de la última posición.

Lo más aterrador es no saber exactamente qué hicimos mal, porque entonces el error puede repetirse. ¿Cuántos libros, cursos y noches sin dormir serán necesarios para evitarlo? Nadie lo puede decir. Y la estadística médica, fría y despiadada, nos recuerda que de cada mil partos, cirugías o intervenciones, deben surgir tres, cinco o diez complicaciones. Cada día, cada mes, cada año, hay una vida, una salud, una tragedia que se contabiliza.

¿Qué hace un médico cuando se convierte en esa cifra? Debe plantarse frente a los familiares devastados y decir: Ese soy yo, su culpable. ¿Puedes imaginarte en esa situación, con cientos de personas desoladas mirándote? Tú eres ahora la única razón de su inmenso dolor. Ese soy yo. Destruir.

¿Por qué cuando un médico se equivoca una vez, se borran las decenas de miles de veces que acertó? Porque los médicos son humanos. Los dioses no se equivocan. Ese es su mundo, su creación, su estadística.

Cuanto más trabajo, más entiendo que solo unos pocos pueden comprender el propósito de ese juego. Nosotros no somos elegidos; somos personas comunes, médicos comunes.

Aprendí que, aunque el miedo intente nublar la visión, la única forma de seguir adelante es mantener la cara, aceptar nuestras fallas y seguir ayudando con la humanidad que nos queda.

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