El corazón de una madre Esteban estaba sentado en la mesa de la cocina, acomodado en su lugar de siempre. Delante de él, un hondo plato de cocido de su madre —aromático, reconfortante y con ese punto ligeramente ácido tan característico— le llenaba el aire de la infancia. La cuchara iba y venía del plato a la boca mientras sus pensamientos volaban lejos. Repasaba cuánto había cambiado su vida en los últimos años: ahora podía desayunar en cafeterías modernas, comer en restaurantes con estrellas Michelin, cenar en locales de chefs creativos especializados en cocina molecular. Podía pedir ostras francesas, trufas italianas, solomillo de buey wagyu japonés… lo que se le antojara. Pero, en medio de todo ese paraíso culinario, ningún plato podía competir con el cocido de su madre. Las salsas exóticas, las especias raras, las presentaciones espectaculares… todo eso le parecía hueco y sin alma al lado de la comida sencilla y familiar. En el cocido de mamá había algo más que ingredientes y recetas; había cariño, el calor de unas manos que cocinan y recuerdos de días despreocupados de la niñez. Esteban lo sabía: por muchos restaurantes que probara y delicias que degustase, la mejor cocina del mundo siempre sería la de su madre. Mientras pensaba en ello, entró María en la cocina. Con cuidado, dejó una taza de té frente a él, haciendo todo lo posible por no hacer ruido. Había algo inquieto en su expresión, como si un temor la rondase. —Esteban, ¿cuándo tienes que marcharte? —preguntó, preocupada. Él levantó la mirada de su plato, le sonrió y contestó: —Mañana por la mañana. Se me ha estropeado el coche, así que iré con un amigo. La observó con atención. Le gustaba ver a su madre así: sana, descansada, con el rostro animado por un leve rubor. Nadie le habría echado más de cuarenta, aunque en realidad hacía tiempo que había pasado de los cincuenta. —Son solo un par de horas de coche, mamá, no te preocupes —añadió, intentando tranquilizarla. María se quedó de pie, inmóvil, como si de pronto hubiera escuchado un terrible augurio. Sus dedos buscaron el borde de la mesa y lo apretaron con fuerza, buscando apoyo. Un pesado silencio, apenas roto por el tictac del reloj de pared, se adueñó de la habitación. —¿Con un amigo…? —repitió en un susurro, visiblemente pálida—. No, hijo, mejor que no vayas con él. Esteban frunció el ceño: hacía tiempo que no veía a su madre así, generalmente calmada y cabal. Aquello le inquietó. Apartó la cuchara y la miró con seriedad. —Mamá, ni siquiera sabes de quién hablo —le dijo, intentando sonar seguro aunque la preocupación se colara en su voz—. No pasa nada, de verdad. Es Eugenio, amigo de toda la vida. Es un conductor excelente, nunca corre, muy prudente. Además, el coche es alemán y la matrícula trae suerte: tres sietes. María se acercó despacio, sin apartar la mirada. Sus movimientos parecían costarle trabajo, como si cada paso fuera una pequeña batalla. Le tomó de la mano; sus dedos, fríos, contrastaban con la piel cálida de Esteban. —Por favor, hijo… —su voz temblaba, pero intentó sonar firme—. Mejor pide un taxi. No estoy tranquila. Mi corazón no está en calma, de verdad. —Y si el taxista no tiene carné de verdad, ¿eh? —bromeó Esteban, forzando una sonrisa—. No te preocupes, mamá, te llamaré en cuanto llegue, ¿vale? Según baje del coche, lo primero que haré será avisarte. ¡No tendrás ni tiempo de echarme de menos! Besó a su madre en la mejilla, percibiendo su ansiedad como propia mientras la abrazaba. María se dejó querer, como si quisiera guardar en la memoria el calor de ese instante. Tras unos segundos, se separó suavemente de él. —Todo irá bien, mamá —repitió Esteban, mirándola a los ojos—. Te lo prometo. Al salir de la casa, caminó despacio por la calle de su infancia. La noche era tranquila, el aire fresco y algo húmedo; las farolas lanzaban círculos cálidos sobre la acera. Hasta su portal había pocos minutos andando. Avanzó sin prisa, sumido en sus pensamientos sobre el viaje y con la cara de su madre gravada en la mente, luchando por espantar las malas sensaciones. Al entrar en casa, el calor y el silencio le envolvieron. Se dirigió a la habitación, donde la maleta esperada sobre la cama, perfectamente preparada. Revisó que no faltara nada, la cerró y la dejó junto a la puerta, lista para la mañana siguiente. Acomodó el despertador en la mesilla y comprobó la hora. Eran las nueve y cuarenta y cinco. “Mañana a las seis en pie. Que no se me peguen las sábanas”, se repitió mentalmente. Se desnudó, se metió en la cama y apagó la luz. Tardó mucho en dormirse, con los ojos abiertos en la oscuridad y el runrún de la ciudad de fondo; imaginaba a su madre también sin poder conciliar el sueño. Para distraerse, repasó mentalmente su rutina para el día siguiente: levantarse, ducha, café, desayuno, repasar la presentación… Poco a poco los pensamientos se confundieron unos con otros y se quedó dormido. ***************** La mañana no fue como había planeado. Despertó de golpe, sobresaltado por la luz que se colaba por las cortinas. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba y qué había pasado. Miró el despertador: las nueve menos cinco. —¡Maldición! —exclamó mientras se incorporaba, sintiendo la rabia subirle por dentro. Cogió el despertador y lo apartó con fuerza. Las agujas parecían burlarse de él: claramente, se había quedado dormido—. ¿Por qué no me llamó Eugenio? ¡Lo habíamos quedado tan claro…! Agarró el móvil, que estaba al lado, y vio que estaba apagado. Le sorprendió: recordaba bien haberlo puesto a cargar antes de dormir y no lo había apagado. Dudando, pulsó el botón. El teléfono cobró vida y enseguida aparecieron varias notificaciones seguidas. Abrió la aplicación de mensajería y leyó rápido los mensajes. El primero de Eugenio era de las ocho de la mañana: “Esteban, ¿dónde estás? Llevo quince minutos esperando en la puerta. Si en diez minutos no bajas, me voy. El viaje es largo, no quiero perder tiempo”. “¿Seguro que vienes? Llámame”. “Me voy ya. Lo siento, no puedo esperar más”. Esteban se quedó congelado. Así que Eugenio había ido, había esperado, y finalmente se marchó. Le vino a la mente la cara de preocupación de su madre la noche anterior: ella lo había presentido y le pidió que no fuera con Eugenio. Pero ahora ya daba igual. Saltó de la cama con nerviosismo; apenas quedaba tiempo y ya nada tenía sentido. Tocaba decidir si pedía un taxi o probaba a alquilar un coche. Lleno de rabia, agarró el teléfono para llamar a Eugenio y pedirle disculpas, pero enseguida vio todas las llamadas perdidas de su madre. Más de veinte, seguidas, sin apenas descanso. Sintió el corazón encogerse por la inquietud. Sin más, cogió las llaves, se calzó rápidamente y salió corriendo hacia casa de su madre. Solo podía pensar: “Que no haya pasado nada…” La puerta estaba abierta. Entró casi sin aliento, jadeando tras la carrera. Tenía el pecho oprimido y la sangre le zumbaba en los oídos. —¡Mamá! ¿Estás bien? —gritó, mirando a su alrededor. No pudo evitar que la voz le saliera tensa, al borde del pánico. María estaba sentada en el salón. Pálida, con los ojos enrojecidos, el rostro agotado. Al verlo, sus ojos se abrieron como platos, incrédulos. —Esteban… —murmuró, poniéndose de pie con esfuerzo—. ¿Eres tú…? Ay, gracias… Esteban se quedó parado. No entendía nada. No recordaba haber visto nunca a su madre llorar así; la veía tan frágil que se le estrujó el alma. —¿Qué ha pasado, mamá? —preguntó suavemente al acercarse. Le cogió las manos, frías y algo temblorosas—. ¿Por qué estás así? Dímelo todo, por favor. En ese momento, de la televisión encendida les llegó la voz neutra de la presentadora: —Un grave accidente de tráfico cerca de la ciudad de Valladolid. Según las primeras informaciones, han chocado cuatro vehículos. Por desgracia, solo ha sobrevivido una persona, el conductor de un Audi… Esteban giró instintivamente la cabeza hacia la pantalla. Las imágenes eran impactantes: coches destrozados, objetos dispersos en la calzada, luces intermitentes de ambulancias y policía. Miraba sin querer ver, hasta que distinguió un Audi blanco con matrícula 777. Notó el frío recorrerle por dentro. Reconocía ese coche: era el de Eugenio. Lo comprendió de golpe: su madre había visto la noticia, reconoció el coche de Eugenio y, como Esteban no respondía al móvil, imaginó lo peor. Sintió un punzante dolor imaginando el sufrimiento de su madre en esas horas interminables. —Mamá, soy yo, estoy aquí, estoy bien —consiguió decir al fin, esforzándose en que le temblara la voz—. Mírame, aquí estoy, no pasa nada. Sentó a María en una silla, luego corrió a la cocina por un vaso de agua fresca. Se lo llevó, pero ella lo dejó sobre la mesa sin probarlo, clavando sus dedos en la manga del hijo como temiendo que volviera a esfumarse. María lo abrazó con fuerza y él sintió cómo su cuerpo se sacudía de sollozos mudos. —He tenido tanto miedo… —susurró—. En las noticias decían que solo había un superviviente y no me cogías el teléfono… Te he llamado, he insistido, y nada… Pensaba que te había perdido. Esteban la rodeó con los brazos, acariciándole la espalda como hacía en la infancia. Notó cómo poco a poco se relajaba, aunque sabía que solo el tiempo le devolvería la calma. —Se me apagó el móvil y el despertador no sonó —le explicó, tratando de sonar convincente—. Me quedé dormido, por eso no contesté. Pero estoy aquí, mamá. Ahora todo está bien. Estoy contigo. Al apartarse un poco y ver todavía su rostro tan lívido, pensó que aquel susto podía pasarle factura. Tomó el móvil y llamó al 112. —¿Emergencias? Por favor, vengan rápido. Mi madre se encuentra muy mal, se ha llevado un susto terrible y le duele el pecho. Calle…, número… Esperamos. Colgó y se sentó de nuevo junto a ella, estrechándole las manos. Pronto, los sonidos lejanos de la ambulancia se acercaron. Esteban miró de reojo a su madre, a sus pestañas temblorosas, y deseó de corazón que todo volviera a la normalidad. El médico tardó apenas diez minutos. Entró en la casa con una maleta pequeña y fue directo a María. —¿Cómo se encuentra? ¿Mareos? ¿Náuseas? —preguntó mientras le ponía el tensiómetro. María intentó contestar, pero solo pudo asentir. Esteban no se atrevía a interrumpir, atento a cualquier requerimiento. Al acabar, el médico guardó los instrumentos y se dirigió a Esteban con seriedad: —Recomiendo llevarla al hospital. Ha sufrido un estrés fuerte, y a su edad conviene vigilar. Que pase allí al menos un día en observación. —Por supuesto, la llevo en seguida. A la clínica privada, donde la atenderán mejor. El médico asintió, llenó un parte y le dio unas recomendaciones. Notó que el sedante empezaba a relajar a María. —Todo irá bien —les tranquilizó ya con voz más cálida—. Lo más importante ahora es mantener la calma. Esteban le dio las gracias, ayudó a su madre a vestirse y pensó rápidamente cuál sería la mejor clínica y qué papeles llevar. En la clínica, María ingresó enseguida. Una enfermera les condujo amablemente al box de reconocimiento, donde un médico de mediana edad y mirada sosegada inició una revisión completa. Después, le explicó a Esteban: —Están los valores controlados, pero conviene hacer análisis y algunas pruebas. De momento no vemos nada grave, pero hay que verificar. Esteban permaneció junto a la cama de su madre, sujetándole la mano con cariño, procurando transmitir la calma que él mismo necesitaba. La mano de ella estaba fría y la mirada, cansada: todo ello aceleraba el pulso de Esteban. —Todo irá bien —insistió, mirándola de frente—. Solo ha sido un susto. Pronto volverás a casa. María le dedicó una sonrisa débil. Lo peor había pasado, la angustia empezaba a disiparse. —Lo supe enseguida —murmuró—. Mi instinto nunca me falla. Esteban tragó saliva; el peso de la culpa lo ahogaba. Era muy consciente entonces de cuánto le debía a su madre: tanto sacrificio, tanto empeño en ayudarle a crecer, a estudiar, a abrirse camino… y él, sin pensarlo, había puesto su mundo al borde del abismo. —Perdóname por asustarte —susurró—. Prometo que escucharé tus presentimientos la próxima vez. De verdad. María le acarició la mejilla con ternura, como tantas veces en la niñez. —Lo importante es que estás aquí, vivo —le respondió—. Lo demás es lo de menos. Mientras esperaban los resultados, Esteban le apretó la mano, sin soltarla. Ese era el mejor remedio posible: el calor de estar juntos. ******************** Esteban no se separó de su madre ni un momento. En un descanso, llamó a su jefe para explicarle lo sucedido. El jefe comprendió la urgencia y le quitó peso de encima. —La familia es lo primero. Yo me encargo de la reunión. Si necesitas algo, llámame —le dijo, sincero. Esteban agradeció el gesto. En esos días, nada le importaba más que cuidar de María. Dormía en una butaca junto a su cama, sólo para poder verla respirar y darle los buenos días cada vez que abría los ojos. Con el paso de los días, María iba mejorando. Recuperó color y voz, aunque los médicos recomendaron que permaneciera en observación un par de días extra, por precaución. Una tarde, al caer el sol y bañar la habitación hospitalaria en tonos dorados y anaranjados, María rompió el silencio. —Siempre he temido que un día te fueras y no regresaras. Esteban la miró: por primera vez era plenamente consciente de la mujer que había detrás de la madre, y de la soledad callada que a veces implica amar tanto. —¿Por qué, mamá? —Es que siempre fuiste muy independiente —respondió—. Hasta de pequeño te atabas tú solo los cordones y no dejabas que te ayudara. Siempre quisiste llevar el control de tu vida. Estaba orgullosa, pero a veces temía perderte; que dejaras de buscar mi mano. Él la escuchó conmovido. Nunca se le habría ocurrido que su actitud pudiera causarle también preocupación a su madre; había creído que era justo lo que ella quería. Le tomó la mano, la entrelazó con la suya como cuando era niño. —No voy a irme, mamá. Siempre vas a ser lo más importante para mí. No sabía que sufrías así; lo siento. María le acarició los dedos. —Ahora ya lo sabes. Eso me tranquiliza —sonrió. —Nunca te dejaré, eres lo más valioso que tengo —le aseguró él, con toda la sinceridad de la que era capaz. Ella sonrió también, con los ojos brillando —esta vez de alivio y ternura—. —Solo quiero que seas feliz: que tengas una familia, hijos, que sepas que aquí tienes alguien que te quiere y en quien puedes confiar siempre. Esteban pensó inmediatamente en Elena, la chica con la que llevaba saliendo algo más de un mes. Trabajaban juntos y, aunque aún no le había hablado a su madre de ella, se dio cuenta de que ahora quería hacerlo. —Hay una chica… —empezó, un poco cohibido—. Se llama Elena. Es especial, me entiende como nadie. María se animó al instante; la curiosidad chispeó en su mirada. —¿Me cuentas cómo la conociste? Y Esteban le relató con detalles cómo se habían ido conociendo y cómo le hacía sentir Elena. Compartirlo le aliviaba —como si se quitara un peso de encima—. —Creo que me hace feliz, mamá. Pero no me atrevía a decírtelo; temía que pensases que ya no tendría tiempo para ti, que todo iba a cambiar… María se rió de buena gana. —¡Qué tonto eres! Yo sólo quiero verte feliz. Jamás me has dado problemas ni me has dejado sola. Mira: aunque formes tu familia, tengas hijos, tu madre siempre estará aquí, queriéndote. Esteban sonrió, sintiendo que todas sus preocupaciones se deshacían. Le apretó la mano con cariño: —Jamás me olvidaré de ti. Y gracias por entenderme, mamá…

Life Lessons

Corazón de madre

Hace años, en una cocina del Madrid de aquellos días, Santiago se sentaba a la mesa, ocupando su lugar de siempre. Frente a él, humeaba un plato hondo rebosante de cocido madrileño hecho por su madre sabroso, con ese toque característico a pimentón y garbanzos que sólo ella lograba.

La cuchara iba y venía entre el plato y su boca mientras los pensamientos de Santiago viajaban lejos, muy lejos. Reflexionaba sobre lo mucho que había cambiado su vida en los últimos años. Ahora gozaba de comodidades que le permitían desayunar en cafeterías modernas de la Gran Vía, almorzar en restaurantes con estrellas Michelin en Salamanca y cenar en locales donde los chefs coqueteaban con la cocina molecular. Podía pedir jamón ibérico de Jabugo, percebes gallegos, angulas del norte cualquier antojo era posible. Pero, aun rodeado de ese paraíso gastronómico, ningún plato podía igualarse al cocido de su madre.

Por más sofisticadas que fueran las presentaciones, por más raras y costosas que fueran las especias, todo aquello le resultaba insulso comparado con la comida sencilla y entrañable de su hogar. En el cocido de su madre había algo más que ingredientes; había cariño, el calor de las manos que lo preparaban y recuerdos de días despreocupados. Santiago sabía con certeza que, por muchos restaurantes que pisara y delicatessen que probase, siempre habría una sola cocina insuperable: la de su madre.

Perdido en esos pensamientos, vio entrar a María. Ella apoyó con cuidado una taza de té frente a él, procurando no hacer ruido. Su rostro denotaba inquietud; parecía que un temor profundo la angustiaba.

Santi, ¿a qué hora tienes que marcharte?

Santiago levantó la vista del plato y sonrió.

Mañana a primera hora, mamá. Mi coche sigue en el taller, así que iré con un amigo.

La miró con atención. Le gustaba verla así: sana, descansada, con el rubor suave en las mejillas. Nadie podría decir que había superado ya los cincuenta años.

El viaje no es largo, mamá, apenas unas horas. Tranquila dijo, intentando calmar su desasosiego.

María titubeó, aferrándose fuerte al borde de la mesa, como buscando sostén. La habitación se llenó de una pausa densa, solo cortada por el tic-tac del viejo reloj de pared.

¿Con tu amigo? musitó con apenas un hilo de voz, palideciendo. No, Santi, no vayas con él.

El entrecejo de Santiago se frunció. Hacía mucho que no veía a su madre tan alterada. Siempre serena y razonable, ahora la turbación se reflejaba en todos sus gestos. Dejó la cuchara a un lado y la miró fijamente.

Pero si ni siquiera te he dicho de quién se trata respondió tratando de sonar tranquilo, aunque la duda asomaba en sus palabras. No te preocupes, te lo prometo. Es Germán, mi amigo de toda la vida. Conduce muy bien, nunca corre ni se salta una norma. Su coche es alemán, fiable, y además, tiene matrícula capicúa: tres sietes seguidos.

María se acercó lentamente, sin apartar la mirada. Movía los pies despacio, como si cada paso le costara vencer una enorme resistencia. Tomó la mano de su hijo; la frialdad de sus dedos contrastaba con la piel cálida de Santiago.

Por favor, hijo, su voz se quebraba, pero intentaba sostenerse firme. ¿Y si mejor pides un taxi? No tengo el corazón tranquilo, de verdad.

¿Y si el taxista ni siquiera tiene carné? bromeó él con una sonrisa débil, para aliviar tensiones. No te preocupes tanto, mamá. Te llamaré tan pronto llegue, ¿vale? En cuanto ponga un pie fuera del coche. Ni siquiera te dará tiempo a echarme de menos.

Santiago besó a su madre en la mejilla, percibiendo su desasosiego como propio. La abrazó largo y fuerte, intentando transmitirle toda la seguridad de la que él mismo carecía. Ella se dejó envolver por un instante, como memorizando el calor de esos brazos, y luego se apartó despacito.

Todo saldrá bien, mamá le aseguró, mirándola a los ojos. Te lo prometo.

Al salir de casa, Santiago caminó despacio por aquella calle de Chamberí que tan bien conocía desde la infancia. El anochecer era silencioso, el aire fresco y levemente húmedo. Las farolas derramaban aros de luz suavizados sobre la acera. Su piso no quedaba lejos, apenas unos minutos andando. No apuró el paso. La imagen inquieta de su madre le venía una y otra vez a la mente, pero trataba de despejar sus miedos.

Entró en la vivienda. Todo estaba en calma y recogido. Fue directo al dormitorio; sobre la cama, la maleta ya estaba lista. Repasó el contenido: no faltaba nada, no había olvidado nada. Colocó la maleta junto a la puerta, lista para la salida tempranera.

Revisó la hora en el despertador de la mesilla. Las manecillas marcaban las nueve y cuarenta y cinco. Mañana toca levantarse a las seis. No dormirse, repitió para sí, grabando el pensamiento.

Se puso el pijama, se metió en la cama y apagó la luz. Durante mucho rato, permaneció despierto, atento al rumor de la ciudad. Su mente volvía a su madre, imaginando que ella tampoco conciliaba el sueño, presa de la preocupación. Para distraerse repasó mentalmente la rutina: levantarse, asearse, tomar café, revisar de nuevo la presentación Poco a poco, el cansancio venció y cayó en un sueño inquieto.

* * * * *

La mañana siguiente fue muy distinta a lo previsto. Santiago abrió los ojos entrecerrados, deslumbrado por el sol que se colaba sin piedad entre las cortinas. Tardó unos segundos en entender qué lo había despertado. Miró el reloj de la mesilla. Eran las nueve menos cinco.

¡Joder! exclamó al incorporarse de un salto, la rabia abrasándole por dentro. Cogió el despertador y lo lanzó lejos. Las agujas parecían reírse de su despiste: sí, se había quedado dormido. ¿Y Germán, por qué no me llamó? ¡Quedamos claramente!

Vio el móvil junto a la lámpara. Alargó la mano, pero se dio cuenta al instante: estaba apagado. Juraría haberlo dejado cargando la noche anterior. Frunciendo el ceño, apretó el botón de encendido. La pantalla se iluminó y enseguida llovieron notificaciones.

Abrió WhatsApp. Los mensajes de Germán llegaban desde las ocho:

Santi, ¿dónde estás? Llevo un cuarto de hora en la puerta. Si en diez minutos no sales arranco sin ti. El viaje es largo, no quiero perder tiempo.

Santi, ¿de verdad sales? Llámame.

Bueno, me voy. Perdona, no puedo esperar más.

Santiago se quedó quieto, asimilando la situación. Germán sí había venido, había esperado y llamado y él, dormido, había fallado. De inmediato, recordó el rostro alarmado de su madre la tarde anterior, su súplica. Pero ya no podía cambiar nada.

Se levantó sobresaltado, el tiempo se escurría. Ya casi no tenía sentido salir, toda la organización se desmoronaba. Dudó un momento: ¿llamaba a un taxi, miraba un coche de alquiler?

Resopló entre dientes, fastidiado. Quizá lo primero era disculparse con Germán, explicarle el desastre y buscar nuevo plan. Iba a tomar el móvil cuando vio la alarmante lista de llamadas perdidas. Más de veinte eran de su madre, una tras otra, sin apenas respiro.

Le sobrevino una angustia sorda. Sin pensarlo, agarró las llaves y salió corriendo. Solo podía rezar para que no hubiera pasado nada grave. Apresuró el paso como nunca en su vida; lo suyo eran dos minutos de carrera hasta el portal familiar del barrio.

La puerta no estaba cerrada. Santiago entró jadeando por las escaleras, el corazón retumbando en los oídos.

¿Mamá? ¿Estás bien? gritó, la voz de pronto más alta de lo que él mismo esperaba, incapaz de contenerse.

María estaba en el salón. Pálida, los ojos enrojecidos de tanto llorar, la cara más demacrada que nunca la recordaba. Al verlo, su mirada se agrandó, como dudando de lo que veían.

¿Santi? susurró, temblorosa, poniéndose en pie con lentitud. ¿Eres tú? Madre mía, gracias

Santiago se quedó inmóvil. No entendía nada. Jamás en su vida había visto a su madre llorando así. Sólo quería tranquilizarla, pero no sabía cómo.

¿Qué pasa, mamá? se acercó, su voz muy baja pero firme, tomándola de las manos. ¿Por qué estás tan asustada? Cuéntamelo todo.

En ese momento, por la tele sonó la voz monótona de un locutor:

El accidente se ha producido cerca de Burgos. Según los primeros datos, chocaron cuatro vehículos. Lamentablemente, sólo ha sobrevivido uno: el conductor de un Audi

Santiago miró hacia la pantalla. Los vídeos eran terribles: coches destrozados, enseres esparcidos, luces intermitentes de ambulancias y Guardia Civil. Observó como si el tiempo se detuviera hasta que sus ojos reconocieron uno de los vehículos: un Audi blanco, matrícula 777.

Sintió que el alma se le helaba. Conocía ese coche. Era, sin duda, el de Germán.

Por fin todo cuadró: su madre había visto en las noticias el accidente, reconoció el coche de Germán y, como él no contestaba, pensó en lo peor. El peso de su angustia lo hirió como un dardo en el pecho.

Mamá, soy yo, estoy bien dijo despacio, procurando sonar sereno. De verdad. Ven, siéntate conmigo.

Colocó a su madre en la silla y corrió a la cocina, volvió con un vaso de agua fresca filtrada. Lo dejó a su lado.

Bebe un poco. Mírame, estoy aquí. No ha pasado nada.

María tomó el vaso sin probarlo siquiera, solo apretaba la manga de su hijo con fuerza, como si temiera que fuese a desvanecerse. Hundió la cara en su hombro, él notó el temblor mudo de sus sollozos.

Santi, tenía tanto miedo su voz era casi inaudible, rota. Por la tele decían que sólo se salvó el conductor y como no cogías el móvil Llamé y llamé. Nada. Pensé pensé que ya no te vería nunca.

Santiago la abrazó igual que cuando era niño y su madre estaba triste. Poco a poco, al sentirlo tan cerca, ella fue relajándose, aunque necesitaba tiempo para creer de verdad que todo se había resuelto.

Se apagó el móvil, el despertador tampoco sonó explicó. Me dormí, por eso no respondí. Pero estoy aquí, mamá. De verdad.

Se apartó despacio, vio el rostro desencajado de su madre, y pensando que no bastaba sólo con palabras, marcó el número de emergencias.

¿Emergencias? Por favor, que venga una ambulancia, mi madre está muy alterada, creo que es del corazón dirección dio los datos, describió brevemente el estado de su madre. Esperamos.

Terminada la llamada, volvió a tomarle las manos. Permanecieron en silencio hasta que el sonido de una ambulancia se acercó rápidamente. Santiago observaba el parpadeo nervioso de las pestañas de su madre y, una y otra vez, pensaba: “Ya pasó. Ahora sí que todo irá bien”.

El médico llegó en apenas diez minutos, algo casi inédito. Un hombre en bata blanca, maletín en mano, se acercó decidido hacia María.

¿Cómo se encuentra? preguntó con voz serena, midiendo la tensión. ¿Mareos, náuseas?

María intentó responder, sólo asintió. Santiago, nervioso pero alerta, permanecía a su lado.

A los pocos minutos, el médico guardó el tensiómetro y miró a Santiago con gravedad:

Recomiendo llevarla al hospital anunció. El estrés ha sido fuerte y a su edad hay que tener precaución. Mejor que pase la noche en observación.

Sí, por supuesto asintió Santiago enseguida. La llevaré a una clínica privada. Allí estará mejor atendida.

El médico alzó una ceja, pero no dijo nada; como si pensara, “si se puede permitir lo mejor, adelante”. Cuando la salud está de por medio, el dinero importa.

Muy bien aceptó. Arreglen todo, les haré un informe para que la admisión sea más rápida.

Rellenó los papeles necesarios, firmó y selló, comprobó otra vez que a María le hacía efecto el tranquilizante y la tranquilizó:

Todo irá bien aseguró. Sólo calma.

Santiago agradeció al médico, ayudó a su madre a prepararse y en su interior ya calculaba el trayecto más rápido, los papeles que necesitaría para internarla.

En la clínica la recibieron de inmediato. Al llegar, la auxiliar les sonrió y les indicó que pasaran a la sala de reconocimiento. Un médico de mediana edad, voz grave pero cercana, hizo el examen: tensión, pulso, breve historia clínica.

Terminada la revisión asentía, luego dijo:

Vamos a hacer unas pruebas, nada grave por ahora, pero mejor asegurarnos.

Santiago no soltó la mano de su madre ni un minuto. Intentaba parecer calmado, pero la inquietud no se le iba. Sus dedos fríos, la mirada cansada de ella, lo angustiaban aún más.

Va a salir bien, mamá decía una y otra vez mirándola directo. Sólo te has asustado demasiado. Pronto te mandarán a casa.

María asintió con una débil sonrisa. Estaba pálida, pero en sus ojos ya no había aquel miedo pánico de la mañana, sólo un gran cansancio. Cerró un momento los ojos y apretó suavemente los dedos de Santiago, haciéndole entender que le oía y quería creerle.

Yo sabía que algo iba mal musitó. La intuición nunca me falla.

A Santiago le punzó una culpa inmensa. Entendió, con un dolor inesperado, hasta qué punto lo quería su madre. Todo lo había sacrificado por él, tiempo, fuerzas, incluso salud, por verlo crecer feliz. Y ese mediodía, sin querer, la había llevado a temer perderlo para siempre.

Perdona por haberte asustado articuló apenas, la garganta cerrada. No volveré a ignorar tu intuición, te lo prometo.

María le acarició la mejilla, tan suave como cuando le consolaba de niño por caerse o sacar mala nota.

Lo importante es que estás vivo dijo muy bajito, tan sencilla la frase y a la vez llena de amor que Santiago sintió aflojarse su angustia. Lo demás no importa.

Esperando los análisis, siguió apretando la mano de su madre. En el pasillo había bullicio de batas, pasos, murmullos pero para ellos sólo existía ese instante, ese contacto, la tranquilidad escurridiza de saberse a salvo.

* * * * *

No se despegó ni un momento de su lado. En un descanso, llamó al jefe para explicar la situación.

Jefe, siento avisar así pero mi madre está hospitalizada. Necesito quedarme.

El jefe escuchó en silencio, luego suspiró:

No te preocupes por el viaje de trabajo, ya lo cubro yo. Lo más importante es tu madre.

Gracias. De verdad, gracias.

Para lo que necesites, llama añadió el jefe. Si hay que conseguir un medicamento caro, lo que sea

Santiago agradeció, pero sólo pensaba en seguir allí. Para su madre, verse acompañada de su hijo era mejor que cualquier fármaco.

Pasaron los días entre visitas médicas, análisis y conversaciones con enfermeras. María se fue recuperando: las mejillas empezaron a colorearse, la voz recuperó seguridad. Los médicos preferían dejarla unos días más bajo control.

Santiago dormía en una butaca dura al lado de la cama. Al principio fue incómodo, despertaba a cada ruido, pero luego se acostumbró. Lo más importante: podía verla respirar, saberla tranquila, regalarle una sonrisa nada más despertar.

Una tarde, al caer el sol por la ventana y bañar la habitación con luces doradas y rosadas, María rompió el silencio.

¿Sabes?, siempre me ha dado miedo que te fueras para no volver.

Santiago la miró como si acabara de descubrir en su madre no sólo a la cuidadora incansable sino también a una mujer que, durante años, había vivido con una inquietud silenciosa.

¿Por qué? preguntó, sin dramatismo, pero de verdad interesado.

Porque siempre has sido muy independiente respondió María, sonriendo con tristeza. Te recuerdo de pequeño: con cinco años, te empeñabas en atarte los cordones aunque quedaran deshechos, no querías que te ayudara. En el colegio, revisabas tú la mochila, nunca te faltó un cuaderno, ni dejabas que yo tocara nada. Yo estaba tan orgullosa pero a la vez sentía que te perdía, que ya no eras el niño que venía llorando con la rodilla herida, sino un hombre que sigue su propio camino.

Santiago la escuchaba en silencio, sintiendo una calidez tierna por dentro. Nunca había pensado que su autonomía pudiera preocuparle a ella. Siempre creyó que actuaba bien: estudio, trabajo, dificultades, todo sobre sus hombros para no hacerla sufrir o cargarla con sus problemas.

Cogió la mano de su madre como cuando era pequeño.

No me voy a ir, mamá dijo sencillo, pero rotundo. Siempre serás lo más importante. No sabía que lo pasabas así de mal. Perdona.

María le acarició los dedos y le contestó en voz baja:

Ahora ya lo sabes. Y eso es suficiente.

Él le apretó la mano con esa cuidadosa ternura de la infancia.

Nunca te dejaré. Eres lo más valioso que tengo dijo, muy serio.

María sonrió, temblorosa, pero luminosa. Las lágrimas volvían a sus ojos, ahora de alivio. Lo acarició, como queriendo verificar que era de verdad y estaba a salvo.

Solo deseo que seas feliz dijo. Que tengas tu familia, tus hijos y que siempre recuerdes que aquí tienes quien te quiere y a quien confiarle tu destino.

Santiago pensó de inmediato en Clara, aquella chica del trabajo que conocía hacía algo más de un mes. Era sensata, dulce y sabía escuchar. Siempre que quería hablarle de ella a su madre, el temor le paraba: por miedo a herir, a cambiar costumbres o porque palabras nunca parecían suficientes.

Hay alguien se lanzó por fin, algo titubeante. Se llama Clara. Trabajamos juntos Es especial. Con ella, siento que me entiende aunque no diga nada.

A María se le encendieron los ojos y la expresión de orgullo y ternura de cuando escuchaba contarle éxitos escolares.

Cuéntame pidió, medio incorporándose.

Y Santiago habló largo, tranquilo, para describir a Clara tal y como la veía él. Notó cómo el peso en su pecho desaparecía, pues por fin compartía algo íntimo muy suyo.

Creo que es la mujer adecuada concluyó, sonriente. Pero me daba miedo contártelo, temía que pensaras que te dejaría de lado.

María rio, por primera vez en días, de manera suave y sincera.

¡Tonto! le dio un cariñoso golpecito en la mano. Sólo quiero que seas feliz. No te voy a cortar las alas. Nunca me ha importado que hagas tu vida, sólo te pido que no olvides que aquí tienes una madre que te quiere. Y estará cerca, aunque tengas tu propia familia.

Santiago devolvió la sonrisa, ancha, sincera, sintiendo que su última inquietud se disolvía para siempre.

Nunca lo olvidaré, mamá. Y gracias por comprender.

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