Él construyó un cobertizo de jardín durante una semana y comió alimentos de la nevera. Se lo desconté de su salario y comenzó a molestarse por ello.

Life Lessons

Miguel necesitaba una caseta de jardín en su parcela de las afueras de Madrid. No quería acudir a una gran constructora; bastaba con encontrar a un buen manitas que supiera los cimientos del oficio. Un vecino le recomendó a su amigo Antonio, que trabajaba en obras de viviendas y, según decía, habría podido montar una caseta sencilla sin mayores complicaciones.

Al fin y al cabo, la suerte le sonrió: Antonio le presentó a Roberto, un albañil de Córdoba que estaba disponible. Roberto no estaba muy interesado en el encargo, pero Miguel logró persuadirlo con una mezcla de promesas y necesidad. En una semana la tengo lista, aseguró, y Miguel aceptó. El sábado acordaron que Roberto vendría a inspeccionar el terreno, y al día siguiente compraría todos los materiales imprescindibles.

Roberto confesó que necesitaba un ayudante de inmediato y que, con sus muchos camaradas, podía reclutar a alguien para asistirle. Lo esencial era que Miguel pasaría la semana trabajando en la capital, así que entregó las llaves de la caseta a Roberto y se fue, confiando en que el albañil cumpliría su palabra.

El trabajador pidió una remuneración que Miguel consideró alta, pero accedió a pagarle los 500 euros acordados, convencido de que estaba contratando a un profesional serio. Cuando llegó la noche del sábado, la caseta estaba terminada; todo era exactamente como Miguel la había imaginado, sin observaciones ni defectos. Roberto, hasta ese momento, no había generado ningún problema.

Sin embargo, Miguel descubrió que Roberto se había hartado de los alimentos del frigorífico. Dos kilos de lomo de cerdo, dos docenas de huevos, varias cajas de leche, salsa y una botella de Rioja habían desaparecido. Esa conducta le resultó inadmisible; no era cuestión de compasión por la comida, sino de respeto. Nadie le había pedido permiso para tomarse aquello, y Miguel se sintió traicionado.

Hizo cuentas y calculó que el consumo había ascend

ido a unos 120 euros. Restó esa cantidad del salario de Roberto, aunque sólo fuera una gota en el océano, para él significó una respuesta. Roberto se enfadó, comenzó una acalorada discusión y le recordó que a los obreros se les debe alimentar, que era costumbre en la obra y que, aunque hubiera momentos de mayor esfuerzo, el importe total no debía variar.

Miguel, por su parte, se debatía entre ceder ante la tradición de los complementos para los trabajadores y mantener su postura, pues había cumplido todas las condiciones pactadas y había sido él quien había advertido de cualquier posible desviación. En medio del silencio de la caseta recién construida, cada uno sentía el peso de la traición y la dignidad que se desbordaba en aquel enfrentamiento.

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