EL CABALLO INDOMABLE IBA A SER SACRIFICADO, PERO UNA NIÑA ABANDONADA HIZO ALGO INCREÍBLE…

Life Lessons

17 de octubre, tarde lluviosa.
Hoy vuelvo a escribir en mi cuaderno el recuerdo de aquel potro indómito, llamado Tormenta, que casi fue sacrificado y de la que yo, la niña abandonada, hice algo que cambiara el destino de todo el pueblo.

Nadie se atrevía a acercarse a él sin salir herido. El potro negro, enorme y feroz, había sido condenado al sacrificio, pero yo, Isidora, una huérfana sin nombre, surgí de la sombra del granero de la quebrada. Cada paso que di entre los muros de piedra del callejón resonó con el eco de los gritos del carnicero: ¡Lárgate de aquí, mocosa!. Apenas esquivé el trapo sucio que me lanzó y corrí con el migajón de pan que había salvado, sin mirar atrás. Mis pies descalzos golpeaban la calzada mientras las carcajadas de los adultos se perdían entre los muros de la plaza.

No sabía la hora ni cuánto tiempo había pasado desde mi última comida. Solo sabía que no podía quedarme mucho tiempo en un mismo sitio. Crucé la plaza principal y me escondí entre los arbustos detrás de los corrales de la hacienda de la quebrada. Allí, bajo la madera del corral donde nadie me veía, me acurruqué con las piernas contra el pecho.

El pan estaba duro, pero no importaba. Lo devoré despacio, observando los movimientos del potro al otro lado de la valla. Tormenta relinchaba con fuerza, golpeando el suelo con sus cascos. Era más grande que los demás, más negro, más salvaje. Cada vez que un hombre intentaba acercarse, el animal se erguía amenazante.

La semana pasada uno de los peones se había roto el brazo tratando de contenerlo. Desde entonces nadie entraba al corral sin una vara. Yo veía todo desde mi escondite entre la paja seca y las tablas rotas, siguiendo cada sacudida del potro con la mirada.

Me fascinaba su fuerza, pero más aún ese aire de soledad que lo envolvía. No había rabia en él, sino miedo o desconfianza, la misma que yo había aprendido a usar como escudo. Un portazo interrumpió mis pensamientos. Desde la oficina al fondo salió don Ernesto, el patrón de la hacienda.

Caminaba con paso firme, acompañado de dos peones. Uno llevaba una carpeta, el otro una soga gruesa. Ya no podemos arriesgarnos, dijo don Ernesto sin alzar la voz. Este animal no sirve. Está maldito o simplemente está loco. Lo sacrificaremos el lunes. Un nudo se formó en mi estómago.

¿Seguro, patrón? preguntó uno de los peones. Podríamos venderlo barato. Tal vez alguien lo quiera. ¿Qué quiere una bomba de tiempo con patas? gruñó don Ernesto. Así está decidido. Los hombres se alejaron. Yo no me moví; mis dedos se aferraron al trozo de tela de mi vestido raído.

La palabra sacrificio resonó en mi cabeza como un eco frío. Tormenta seguía agitado, lanzando espuma del hocico al suelo, con la mirada perdida en el cielo. Lo miré durante mucho tiempo hasta que mis ojos empezaron a arder.

Sin pensarlo, me levanté, me escabullí entre los arbustos y desaparecí. Esa noche el corral dormía, las luces estaban apagadas, los peones roncaban en la cazona y el viento agitaba las ramas secas del álamo que vigilaba la puerta. Esperé a que todo quedara en silencio. Entonces cruzé la vereda y me metí por el hueco que conocía entre los tablones sueltos del corral. No llevaba linterna; la luz de la luna bastaba.

Tormenta me vio al instante. Relinchó y sus cascos retumbaron. Me detuve a tres metros de él, sin acercarme más. No dije nada. Sólo me senté, sin huir, sin extender la mano, sin tocarlo; bajé la cabeza y esperé. El potro bufó con fuerza, pero no se acercó ni se alejó.

Respiraba rápido, temblorosa, como si no entendiera por qué esa criatura pequeña estaba en su espacio. Levanté la mirada lentamente y nuestras miradas se cruzaron. Pasaron minutos, tal vez horas. Entonces el animal se giró, bajó la cabeza y se echó en el suelo, dándome la espalda. No sonreí, no lloré; simplemente permanecí allí, respirando hondo.

Cuando el alba empezó a clarear, me levanté despacio, salí por donde había entrado y desaparecí entre los arbustos. No dije nada, pero esa noche algo cambió. El sol apenas asomó tras los cerros cuando los primeros rayos iluminaron el corral; yo ya no estaba allí. Nadie notó mi ausencia. Nadie supo que había estado allí, pero todo se sentía distinto.

Tormenta permanecía echado en un rincón del corral, con la cabeza baja y los ojos entrecerrados. No se movía como antes; no relinchaba ni pateaba las cercas. Los hombres del establo, acostumbrados a su violencia matutina, se detuvieron a observarlo con desconfianza.

¿Qué le pasa?, preguntó Ramón, el mayoral, rascándose la barba. No lo sé, pero no me gusta, respondió otro mientras apoyaba un saco de avena sobre la rueda de una carretilla. Se ve raro, tranquilo, como si estuviera enfermo. Don Ernesto llegó poco después, con su sombrero de ala ancha y el paso firme de siempre, la frente arrugada y los ojos cansados.

Al verlo, los peones se cuadraron y uno fue a abrir la puerta del corral. Don Ernesto murmuró al ver al potro acostado: Así amaneció, patrón. No se ha movido casi nada. No ha querido ni el forraje. Frunció más el ceño. Entró al corral con cautela, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el animal.

Se acercó unos pasos. Tormenta levantó la cabeza al oírlo, pero no se agitó. Sus orejas ya no estaban hacia atrás; sus músculos, antes tensos como cuerdas, ahora parecían relajados. Quizá ya está cansado de pelear, comentó un peón desde la valla. Tal vez ya lo entiendan. Don Ernesto negó con la cabeza. Los caballos así no comprenden; sólo esperan el momento para desatar la furia. Recogió un puñado de tierra húmeda y la dejó caer entre sus dedos. Ya tomé una decisión. No correré más riesgos. Este animal tiene que irse.

Los hombres callaron. Todos sabían lo que significaba irse. Llamad al veterinario, ordenó. Quiero estar presente cuando lo hagan. No quiero errores. Que sea rápido. Ramón asintió en silencio y se marchó. Ese día los rumores corrieron como viento seco entre las paredes del rancho.

Algunos decían que Tormenta estaba embrujado, otros juraban que era hijo de un demonio. Ninguno había visto un animal tan bravo, tan fuerte y tan imposible de domar. Lo trajeron de un criadero prestigioso con papeles y linajes, pero desde potrillo mostró rebeldía. No aceptó sillas, ni frenos, ni manos humanas. Los mejores domadores del norte vinieron y se fueron, humillados, magullados, derrotados. Y sin embargo, esa mañana estaba quieto. Nadie sabía por qué, salvo una niña oculta entre los matorrales al otro lado del establo, que lo observaba día tras día, con la cara cubierta de polvo y los ojos grandes, como si viera algo que los demás no veían.

Yo no comí ese día, no busqué pan, ni hurgué entre los cubos del mercado; sólo me quedé en mi rincón mirando. La noche anterior no fue un sueño. Estuve con él, lo vi de cerca, sentí su respiración pesada, su calor animal y, por un momento, no sentí miedo.

Tormenta era como yo, salvaje, roto, acostumbrado a que todos lo miraran con recelo. Nadie se le acercaba sin intención de dominarlo o castigarlo, como a mí, que sólo recibía gritos o empujones. Por eso no entendía lo que sentía en el pecho al verlo recostado, sin pelear. Era como si algo dentro de él también se hubiera rendido o simplemente descansara. No dejes que te quiten la fuerza, susurré desde mi escondite.

Yo sé lo que se siente. Esa tarde, cuando todos se fueron a comer, me deslicé de nuevo al corral, sabiendo que estaba prohibido. Sabía que, si me descubrían, no volvería a entrar, pero no podía quedarme con los brazos cruzados. Tormenta estaba de pie, junto a un poste de sombra. Giró la cabeza al verme entrar. No se movió.

Caminé despacio, paso a paso, descalza sobre el polvo. Mis pies no hacían ruido, mi vestido ondeaba con el viento. Cuando estuve a pocos metros, me detuve. Hola, dije casi sin voz. ¿Te acuerdas de mí? El potro bufó como si respondiera, sin agresividad, sin miedo. Me senté de nuevo, como la noche anterior. No intenté tocarlo, solo lo miré. Pasaron los minutos. Yo en silencio, él de pie observando, hasta que Ramón apareció al otro lado de la valla y lanzó una maldición: ¿Qué haces ahí, escuincla? Salta ahora mismo. Tormenta relinchó con fiereza. Yo quedé paralizada. Ramón abrió la puerta del corral y corrió hacia mí, agarrándome del brazo.

¿Estás loca o qué? Ese animal te puede matar. Intenté zafarme, pero él me arrastró fuera sin miramientos. Los demás peones se acercaron al oír el alboroto. Don Ernesto salió de la oficina. ¿Qué pasa?, gritó Ramón. La encontramos dentro del corral con el potro, dijo. Don Ernesto se quedó mirando a la niña.

Bajé la cabeza, con la cara sucia y los ojos brillantes. Tú fuiste la que ha estado entrando cada noche. No respondí. Don Ernesto suspiró, se quitó el sombrero y se rascó la cabeza pensativo. Déjenla, no la toquen más. Los peones se miraron, confundidos. ¿La van a dejar quedarse?, preguntó Ramón. Por ahora, respondió el patrón. Quiero saber qué hizo que ese animal dejara de ser una fiera. Si ella tiene algo que ver, lo averiguaremos. Sin decir más, volvió a su oficina.

Yo, temblando, sentí por primera vez que alguien no me había echado. No dije nada, ni cuando Ramón me soltó bruscamente, ni cuando los peones se alejaron lanzándome miradas sucias, como si fuera una plaga que no sabían cómo limpiar. Ni cuando don Ernesto me permitió quedarme, sin decir dónde, sin ofrecerme más que un gesto de tolerancia. Me quedé quieta al lado del corral, con la cara hacia abajo y los brazos rodeando mis rodillas. El sol ya caía tras los cerros, el aire se volvía más frío, más delgado. Los caballos resoplaban mientras los trabajadores cerraban las compuertas y limpiaban los últimos bebederos.

A lo lejos, el canto agudo de un gallo desubicado cortó el silencio con un eco solitario. Nadie volvió a mirarme. Nadie me ofreció pan, ni agua, ni palabras. En mi mundo, eso era normal. La noche cayó como un telón de sombra, suave pero implacable. Las luces de los faroles parpadeaban sobre los establos y dos grillos cantaban desde la hierba seca.

Seguí sentada contra la cerca, temblando por el frío, por la incertidumbre, por algo que no comprendía. Tormenta permanecía echado en un rincón del corral, con la cabeza baja y los ojos entrecerrados. No se movía como antes; no bufaba ni pateaba las cercas. Los hombres del establo, acostumbrados a su energía violenta desde el amanecer, se detuvieron a observarlo con desconfianza.

¿Qué le pasa?, preguntó Ramón, rascándose la barba. No lo sé, pero no me gusta, respondió otro mientras apoyaba un saco de avena sobre la rueda de una carretilla. Se ve raro, tranquilo, como si estuviera enfermo. Don Ernesto llegó poco después, con su sombrero de ala ancha y su paso firme, como cada mañana cuando el seño fruncía el ceño y los ojos se cansaban.

Al verlo, los hombres se cuadraron y uno de ellos fue a abrirle la puerta del corral. Así amaneció, patrón, murmuró don Ernesto al ver al caballo acostado. No se ha movido casi nada. No ha querido ni el forraje. Frunció más el ceño. Entró al corral con precaución, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el animal.

Se acercó unos pasos. Tormenta levantó la cabeza al oírlo, pero no hizo ademán de levantarse. Solo lo miró. Sus orejas no estaban hacia atrás. Sus músculos, antes tensos como cuerdas, ahora parecían suaves en reposo. Y si ya se cansó de pelear, dijo uno de los peones desde la valla. A lo mejor ya lo entendió. Don Ernesto negó con la cabeza. Los caballos así no entienden. Solo esperan el momento para soltar la furia. Se agachó, recogió un puñado de tierra húmeda y la dejó caer entre sus dedos. Ya tomé una decisión, añadió poniéndose de pie. No pienso correr más riesgos. Este animal tiene que irse.

Los hombres no respondieron. Todos sabían lo que irse significaba. Llamad al veterinario, ordenó. Quiero estar presente cuando lo hagan. No quiero errores. Que sea rápido. Ramón asintió en silencio y se fue sin decir más. Ese día los rumores corrieron como viento seco entre las paredes del rancho.

Algunos decían que Tormenta estaba embrujado, otros juraban que era hijo de un demonio. Nadie había visto un animal tan bravo, tan fuerte y tan imposible de dominar. Lo trajeron de un criadero de prestigio con papeles y linaje, pero desde potrillo mostró señales de rebeldía. No aceptó sillas, ni frenos, ni manos humanas. Los mejores domadores del norte vinieron y se fueron, humillados, magullados, derrotados. Y sin embargo, esa mañana estaba quieto. Nadie sabía por qué, salvo una niña escondida entre los matorrales al otro lado del establo, que lo observaba como cada día, con la cara cubierta de polvo y los ojos grandes, como si pudiera ver algo que nadie más veía.

Yo no comí ese día, no busqué pan, ni hurgé entre los cubos del mercado; sólo me quedé en mi rincón mirando. La noche anterior no fue un sueño. Estuve con él, lo vi de cerca, sentí su respiración pesada, su calor animal y, por un momento, no sentí miedo.

Tormenta era como yo, salvaje, roto, acostumbrado a que todos lo miraran con recelo. Nadie se le acercaba sin intención de dominarlo o castigarlo, como a mí, que sólo recibía gritos o empujones. Por eso no entendía lo que sentía en el pecho al verlo recostado, sin pelear. Era como si algo dentro de él también se hubiera rendido o simplemente descansara. No dejes que te quiten la fuerza, susurré desde mi escondite.

Yo sé lo que se siente. Esa tarde, cuando todos se fueron a comer, me deslicé de nuevo al corral, sabiendo que estaba prohibido. Sabía que, si me descubrían, no volvería a entrar, pero no podía quedarme con los brazos cruzados. Tormenta estaba de pie, junto a un poste de sombra. Giró la cabeza al verme entrar. No se movió.

Caminé despacio, paso a paso, descalza sobre el polvo. Mis piesMis pies, cansados pero firmes, se hundieron en la tierra húmeda mientras el sol nacía, y supe que, al fin, había encontrado mi propio lugar donde la soledad y el temor se transformaban en esperanza.

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