El caballero—empresario vino al restaurante sin cartera para poner a prueba si yo era interesada. Entonces no me quedé corta… Esto es lo que hice…

Te cuento lo que me pasó el otro día, porque todavía me río sola Resulta que Fernando, que dice ser empresario y va de hombre exitoso, me invitó a cenar en uno de esos restaurantes de Madrid donde hasta el silencio cuesta euros. Imagínate: luz tenue, camareros que flotan entre las mesas como si fueran sombras, y él, encajando perfectamentetraje caro, reloj de esos que se ven desde lejos, y una media sonrisa como diciendo yo estoy acostumbrado a ser el centro de todo. Todo muy de película.

Nada más sentarnos, me suelta, sin mirar siquiera la carta: Pide lo que quieras, odio que una mujer se limite. Y aunque sonaba genial, tipo cuento del príncipe generoso, yo notaba algo raro sobre todo cuando empezó a hablar, demasiado entusiasmado, de sus ex y cómo todas, según él, lo veían solo como monedero.

Pues yo me pedí una ensalada de pato y vino blanco, mientras él se lució: solomillo, tartar, botella de vino tinto caro y postre. Durante la cena, entre charla de negocios y lamentos por la superficialidad del mundo, yo escuchaba (o hacía como que escuchaba), porque de verdad sentía que estaba en un examen, esperando esa pregunta trampa.

Y así fue. Cuando el camarero nos trae la cuenta en esa carpetita negra de cuero, Fernando sigue hablando como si nada. Se pone a buscar el monedero: primero en la chaqueta, luego en los bolsillos del pantalón. Y de repente cambia de cara: de seguridad a falsa confusión.

Vaya me dice mirándome fijamente, creo que he dejado el monedero en la oficina o en el coche.

No pide al camarero que espere, ni busca una solución con el móvil. Simplemente me mira, esperando mi reacción.

Qué situación más tonta, ¿te importa si pagas tú y te lo devuelvo luego? O si quieres, la próxima vez te invito y te lo compenso, con intereses.

En ese momento me queda clarísimo: esto ha sido un test de manual, ese mismo del que él estuvo filosofando media hora antes. Lo había leído en foros, visto en series, pero nunca pensé que me pasaría, ¡y menos con un tío hecho y derecho!

La lógica era tosca: si la chica paga sin quejarse, perfecta, con descendencia y ganas de salvar al otro. Si se niega, pues está claro que es interesada. En ese instante ya no veía a un empresario, sino a un manipulador de libro, creyendo que me tenía ganada.

Así que, tranquila, abro el bolso despacito. El tío se relaja, pensando que su plan funcionó.

Claro, sin problema le digo suavemente y llamo al camarero. ¿Puede dividir la cuenta, por favor? Pago lo mío. El solomillo, el vino y el postre eso que lo pague el caballero.

Le desaparece la sonrisa de golpe.

¿Cómo? me dice, casi susurrando pero con rabia. ¡Que no tengo monedero!

Lo sé asiento, pasando mi móvil por el datáfono, pero apenas nos conocemos. Pagar cada uno lo suyo es lo normal. Y, sinceramente, que un hombre que me invita a un sitio caro y escoge lo más exclusivo, pues es su elección, no mi responsabilidad. Eres adulto, seguro que encuentras una solución.

El camarero se queda paralizado, mirando primero a mí, luego a él. Fernando empieza a ponerse rojo, y el glamour se le va cayendo poco a poco, mostrando lo que hay debajo.

¿Hablas en serio? ¿Por unos euros? Te lo devolveré, de verdad. Era solo una prueba

Pues ya está, prueba hecha le contesto levantándome de la mesa. Soy de las que no aceptan manipulaciones.

Me voy, pero justo antes de salir, me da por regresar al mesa. Busco en el bolso y saco un par de billetes arrugados y monedas, las típicas que llevas por si acaso en el fondo del bolso.

Ah, por cierto, le digo. Si el monedero está en el coche, entonces tampoco tienes para el taxi, ¿no?

Dejo el dinero junto a su copa de vino caro.

Toma, para el metro. No te preocupes, llegarás. Piensa que es mi contribución a tus investigaciones sobre el alma femenina.

Los de las mesas de alrededor se giraron a mirar. Fernando tenía cara de haber recibido un buen bofetón. Salí a la calle casi riendo.

Esa noche me costó solo una ensalada y una copa de vino, poca cosa para descubrir a tiempo quién tenía delante y ahorrarme años de drama. Seguro que él sacó alguna conclusión, aunque la gente así rara vez cambia

Y dime, ¿tú qué habrías hecho? ¿habrías salvado al olvidadizo o preferirías plantarte como yo?

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