El banco vacío Sergio Pérez apoyó el termo sobre las rodillas y comprobó la tapa, por si acaso gote…

Life Lessons

Banco vacío

Manuel Fernández colocó el termo sobre sus piernas y comprobó de nuevo la tapa, por si goteaba. No goteaba, pero la costumbre podía más que la confianza. Se sentó en el extremo del banco, junto a la entrada del colegio, lejos del bullicio de madres y padres y del vaivén de las mochilas. En el bolsillo de la chaqueta tenía una bolsita con migas secas para los gorriones; en el otro, un papel doblado con el horario de su nieta: cuando tenía extraescolares, cuándo le tocaba música. Lo sabía de memoria, pero el papel le daba paz.

Junto a él, como siempre, estaba ya sentado José María Castro. Sujetaba un saquito pequeño con pipas, que desgranaba con los dedos sin mirar, como si las contara. Apenas probaba una, el resto las pasaba de una mano a otra. Al ver llegar a Manuel, José María asintió y se hizo a un lado, dejando sitio. No se saludaban alto, por respeto al ambiente escolar, como si supieran que cualquier estridencia rompe el orden de la mañana.

Hoy les toca examen de matemáticas comentó José María, con la vista puesta en las ventanas del segundo piso.

A nosotros, de lectura contestó Manuel, sorprendiéndose incluso de usar el nosotros.

Le agradaba que José María no se riera de ese nosotros.

Se conocieron sin ceremonia. Al principio coincidieron en horarios, luego se reconocían por las chaquetas, el modo de andar, la forma de colocar las manos. José María siempre llegaba diez minutos antes del timbre, se sentaba en el banco de siempre y se aseguraba de que la puerta estuviera cerrada. Manuel empezó quedándose de pie, hasta que un día se cansó y se sentó a su lado. Desde entonces, el banco fue compartido.

En el patio escolar todo transcurría igual, y esa rutina era tranquilizadora. El conserje fumaba fuera de la caseta y volvía sin mirar a nadie. La maestra de primaria pasaba con carpetas, hablando por el móvil: Sí, sí, después de clase. Los padres discutían sobre actividades y deberes. Los niños salían al recreo y saludaban a los de abajo por la ventana. Manuel se descubría esperando no solo a su nieta, sino también ese ritmo repetido.

Una vez, José María trajo un segundo vaso y lo colocó junto al termo de Manuel.

Yo no bebo, explicó. La tensión.

Yo sí puedo, dijo Manuel, vertiendo un poquito en el vaso. ¿Quiere al menos olerlo?

José María esbozó una sonrisa de lado.

Oler sí se puede.

Desde ese día, empezó el ritual: Manuel servía té, José María sujetaba el vaso para evitar derrames y lo devolvía vacío. A veces compartían galletas, a veces silencio. Manuel notó que el silencio junto a José María no incomodaba, era como una pausa amable en una conversación que nunca se rompe.

Del tema de los nietos hablaban con cuidado, como si fuera meteorología. José María contaba que su nieto Pablo huía de la gimnasia, siempre buscando una excusa para quedarse en clase; Manuel reía contando que su Lucía, al contrario, corría tanto que la profesora le pedía no corras tanto. Los diálogos fueron haciéndose más profundos. José María confesó que tras la muerte de su esposa le costó salir de casa, solo lo hacía por el colegio, porque había que hacerlo. Manuel no contestó en ese momento, pero en casa, fregando los platos, sintió ganas de abrirse.

Vivía con su hija y nieta en un piso modesto de las afueras. Su hija, administrativa, llegaba cansada y hablaba con frases cortas. Lucía era bulliciosa, pero su ruido era el de la vida, nunca molestaba. Manuel procuraba ser útil y no estorbar. A veces sentía que era como esa silla de más en la cocina: no molesta, pero se nota que el espacio es justo.

En el banco, por fin, sintió que le esperaban no sólo como ayuda. José María preguntaba por su salud, por el médico, con una preocupación genuina, no por cortesía. Manuel respondía y se descubría hablando sin reservas.

Un día, José María trajo un saquito de comida para pájaros.

Ya nos conocen dijo. Mire cómo se acercan.

Manuel echó una pizca sobre el suelo y en seguida los gorriones rodearon las migas. Las patitas rascaban el cemento y Manuel sintió un alivio extraño: un acto sencillo que, sin saber cómo, mejoraba un momento para alguien.

Poco a poco, esas jornadas se volvieron parte de su vida. No era mientras dure el colegio, ni si tengo tiempo, sino un trozo del día irrenunciable. Incluso dejó de llegar justo, prefería salir antes para asegurar sitio y ver llegar a José María, cómo se quitaba los guantes, cómo miraba a las ventanas.

Aquel lunes Manuel llegó como siempre y encontró el banco vacío. Dudó, como si se hubiera confundido de patio. El banco estaba húmedo por la lluvia nocturna y sobre la madera había una hoja amarilla. Sacó el pañuelo, secó un sitio y se sentó. El termo al lado, la bolsita de migas sobre las piernas. Miró hacia la caseta del conserje. El hombre, concentrado en su móvil, no se fijaba en nada.

Habrá llegado tarde, pensó Manuel. José María a veces se retrasaba si encontraba cola en la farmacia. Manuel se sirvió té, esperó. Sonó el timbre, pero José María no apareció.

Al día siguiente, el banco seguía vacío. Ya no se molestó en secarlo; puso periódico, se sentó. Observaba la puerta esperando ver la silueta de José María y cada hombre mayor con chaqueta oscura parecía él, pero nadie se acercaba.

Al tercer día sintió enfado. No hacia José María, sino hacia ese abandono sin explicaciones. Pensó: Bueno, quizá no hacía tanta falta. Pero se avergonzó al instante. No tenía derecho a exigir nada, y aun así lo hacía por dentro.

José María tenía un móvil de botones. Manuel lo había visto, buscaba números con los ojos entrecerrados. El número lo anotó en una libreta cuando hablaron de pedir taxi para el nieto en una competición. En casa, buscó la libreta, marcó. Tonos y luego silencio. Volvió a marcar, igual.

Al cuarto día, Manuel se acercó al conserje.

Disculpe, ¿ha visto a José María el abuelo de Pablo? Siempre estaba aquí.

El conserje lo miró como si hubiera pedido algo imposible.

Hay muchos abuelos respondió. No me acuerdo.

Alto, bigote Manuel se sintió ridículo.

No sé el conserje volvió al móvil.

Manuel preguntó a una madre que solía esperar y protestar por los deberes.

¿Sabe algo de José María?

No conozco a nadie cortó ella. Bastante tengo con recoger al mío.

Se acercó a una joven con carrito, que le había sonreído alguna vez.

Perdón, ¿conoce a Pablo? Del tercero «B».

Pablo sí, creo que sí. Es callado. ¿Por?

Su abuelo ha dejado de venir.

Ella se encogió de hombros.

Estará enfermo. Ahora todos caen malos.

Manuel volvió al banco y la preocupación se le subía al pecho. Se decía que no era asunto suyo, pero cada vez que miraba el sitio vacío sentía que traicionaba algo importante, solo por fingir que no pasaba nada.

En casa lo contó a su hija mientras cortaba ensalada.

Papá, vete tú a saber dijo ella sin mirarle. Igual se fue con la familia.

Me lo habría dicho replicó Manuel.

Tú no lo sabes, suspiró ella. Tranquilízate. Ya tienes bastante con la tensión.

Lucía escuchaba sentada con los cuadernos.

¿El abuelo José? preguntó. Es gracioso. Un día me dijo que leo más rápido de lo que él piensa.

Manuel sonrió, pero la sonrisa le dolía.

Ves dijo la nieta, a lo mejor está ocupado.

Manuel asintió, pero esa noche se desveló escuchando de fondo a su hija hablar en voz baja por teléfono en la otra habitación. Deseó levantarse y volver a llamar a José María, pero temía escuchar una voz extraña, o peor: ningún tono.

Al día siguiente, esperando a su nieta, vio a Pablo. El niño salió el último, la mochila le colgaba demasiado. Una mujer, de unos cuarenta, se acercaba con él, firme, de pelo corto. Supo enseguida que era su madre.

No se acercó de inmediato. Les dejó avanzar y luego alcanzó.

Disculpe, ¿usted es madre de Pablo?

La mujer lo miró con reserva.

Sí. ¿Y usted?

Yo con su padre con José María esperábamos juntos. Soy Manuel Fernández. Él dejó de venir y me preocupa.

La madre le observó con atención, decidiendo.

Está en el hospital dijo al fin. Un ictus. No es grave bueno, lo que se puede decir. Ahora está en planta. Le retiran el móvil para que no lo pierda.

Manuel sintió que se le resbalaban las fuerzas. Se apoyó en la correa del bolso.

¿Dónde?

En el General, calle del Roble respondió ella. Pero no dejan visitarle así como así. ¿Lo comprende?

Sí, contestó Manuel, aunque no entendía cómo se puede dejar solo a alguien.

Gracias por preocuparse añadió ella, más amable. A él le gustará saber que le recuerdan.

Cogió a Pablo y se fueron. Manuel quedó junto a la puerta del colegio. Sentía alivio, porque la incertidumbre tenía explicación, y a la vez todo era más pesado por esa explicación dura.

Regresó y lo contó de nuevo en casa. Su hija frunció el ceño.

Papá, no vayas. Al final te confunden con un portero. Y a fin de cuentas, ¿quién es él para ti?

Manuel escuchaba no rabia, sino temor. Temía que su padre se volcara en una nueva preocupación y se perdiera en ello.

Nadie respondió. Y aún así

Al día siguiente fue a su ambulatorio, aquel donde él mismo se hacía análisis. Allí sabía que una asistente social atendía, lo había visto en las listas. En el pasillo olía a lejía, la gente aletargada esperaba turno. Manuel sacó número y aguardó.

La mujer del despacho le escuchó sin interrumpir, pero tenía el rostro fatigado.

¿Es usted familiar? preguntó.

No respondió con honestidad.

Entonces no puedo darle información sobre el paciente dijo sin rodeos. Son datos personales.

No pido diagnóstico la voz de Manuel se le agudizaba. Quisiera dejarle una nota, aunque sólo eso. Está solo, ¿sabe? Nos reuníamos cada día

Comprendo, la mujer suavizó el tono. Puede pasar nota por la familia. O por la planta, si le dejan. Pero sin consentimiento, es imposible.

Manuel salió al pasillo y se sentó en el banco. Le dolía, como si hubiera pedido limosna. Pensó: Ya está. Un abuelo chistoso metiendo las narices donde no debe. Quiso irse, encerrarse en casa y no volver al colegio.

Pero recordó las manos de José María sujetando el vaso, los gestos amables de cada día. Esos detalles que hacían más liviano todo. Comprendió entonces que ahora le tocaba hacer algo él.

Volvió a buscar a la madre de Pablo en el colegio y, al fin, se atrevió a pedir el teléfono. Al principio se negó, luego, viendo su insistencia, accedió.

Nada de hacerse el héroe, le advirtió. Hay reglas.

Manuel llamó por la tarde.

Soy Manuel Fernández. Querría transmitirle a José María unas palabras. ¿Podría hacerlo usted?

Al otro lado, silencio.

Ahora le cuesta hablar, dijo ella. Pero oye. Mañana iré. ¿Qué quiere que le diga?

Manuel miró su libreta; había escrito frases para la ocasión, pero ahora le parecían ajenas.

Dígale que el banco sigue en su sitio susurró. Y que le espero. Y que el té lo traeré cuando pueda.

De acuerdo, respondió. Lo haré.

Después de colgar, Manuel se quedó sentado en la cocina. Su hija lavaba los platos fingiendo no escuchar. Al terminar, colocó el plato en el escurreplatos y soltó:

Papá, si quieres iremos juntos cuando lo permitan.

Manuel asintió. No le importaba tanto ir, como que hubiese dicho conmigo, en vez de ¿por qué vas?

Una semana después, la madre de Pablo se acercó a Manuel en el colegio.

Sonrió cuando le hablé del banco, contó. Incluso movió la mano así, como llamándole. El médico dice que la recuperación será lenta. Después seguramente estará en casa con nosotros, no puede quedarse solo.

Manuel sintió un pinchazo interior. Sabía que sus encuentros diarios no volverían. La ausencia dolía, como un abrigo que ha dejado de colgarse donde solía.

¿Puedo escribirle una carta? pidió.

Sí, respondió. Pero cortita. Se cansa leyendo.

Esa tarde, Manuel sacó un folio. Escribió grande: José María, aquí estoy. Gracias por el té y las pipas. Espero verte cuando puedas salir. Manuel Fernández. Añadió: Pablo es un campeón. Leyó lo escrito y no corrigió nada. Dobló el papel, puso el apellido que conocía por una factura que José María un día había mostrado, protestando por el recibo.

Al día siguiente, llevó la carta al colegio y se la entregó a la madre de Pablo. El sobre estaba limpio, lo sostuvo como si fuera algo delicado.

Sonó el timbre y los niños salieron al patio. Lucía corrió hacia él, se aferró a su cintura y le soltó con entusiasmo lo de las clases. Manuel la escuchaba, pero miraba de reojo el banco vacío. Ahora la ausencia no le enfadaba; era un lugar lleno de significado, aunque ese significado no se viera.

Antes de marchar, Manuel sacó la bolsita de migas y las esparció en el suelo. Los gorriones acudieron deprisa, como si conocieran el horario tanto como los niños. Manuel los miró y de repente supo que podía ir allí no sólo esperando, sino también para no cerrarse al mundo.

Abuelo, ¿en qué piensas? le preguntó la nieta.

En nada respondió. Vamos. Mañana también vendremos.

Lo dijo, no como promesa a otro, sino como decisión personal. Y desde ese momento, sus pasos fueron más seguros.

Al final, Manuel entendió que los pequeños gestos compartidos sostienen las cosas importantes; a veces basta estar presente para dar valor a lo cotidiano y aprender que, aunque falte alguien, seguimos abiertos a lo esencial.

Rate article
Add a comment

twenty − 11 =