Cortejo con horario
Hoy ha sido, sin duda, uno de esos días en los que parece que la vida decide ponerte a prueba con los guiones menos esperados. Todo empezó de la manera más rutinaria: sentado en mi despacho de Madrid, revisando un montón de papeles facturas, contratos, informes de clientes organizando y ordenando cada uno en su respectiva carpeta. El sol de primavera entraba por la ventana, colándose entre las lamas de la persiana y dibujando líneas doradas sobre mi mesa. Al fondo, únicamente se oían los tecleos y alguna que otra conversación ahogada.
En ese momento, sonó el móvil. La vibración, repentina, rompió el silencio y me sacó de mi concentración. Le eché un ojo a la pantalla: Mamá. Fruncí el ceño de inmediato. Me sorprendió, porque mi madre y yo tenemos nuestras costumbres, y normalmente solo llama al final de la tarde, cuando ya ha abandonado su cocina en Salamanca y puede charlar tranquilamente. Eran solo las tres, y la llamada tenía algo de imprevisto.
Respondí.
Hijo, ¿puedes venir ahora mismo? La voz de mi madre temblaba un poco, algo nada habitual en ella. Intuí que no era una simple excusa.
Enderecé la espalda, apilé los documentos a toda prisa y saqué fuerzas de donde pude.
¿Te pasa algo? ¿Te encuentras mal? pregunté, haciendo el esfuerzo de sonar sereno.
No, no, yo estoy bien. Pero hay algo que hablar. De verdad, es urgente, hijo.
El tono aceleró mis latidos. Miré el reloj de pared. Faltaban aún dos horas para que pudiera cerrar el despacho, y tenía más trabajo del que me gustaba admitir. Pero la voz de mi madre no admitía excusas.
Vale, llego en una hora, balbuceé, sabiendo que no tenía más opción.
Mejor ven cuanto antes… que aquí hay personas esperándote.
La palabra personas sonó cargada de sospechas. Empecé a pensar en qué podía haber sucedido. ¿Algún problema de salud? ¿Un lío con los vecinos? No quise seguir con las cábalas.
En cinco minutos recogí todo cuanto pude, expliqué la urgencia a mi jefe afortunadamente, es de esos que comprenden que la familia va primero y salí pitando hacia la calle Mayor, abriendo la aplicación del Cabify casi antes de cruzar la puerta. Pedí el coche hacia la dirección de siempre, el piso de mi madre, por las afueras de Salamanca. Mientras esperaba, llamé de nuevo para ver si había que comprar algo un par de barras de pan, leche, cualquier cosa y la respuesta, breve como una sentencia: No, hijo, ven sin más.
Subí al taxi sintiéndome como un adolescente que llega tarde a casa. ¿Qué urgencia era aquella? El trayecto, unos cuarenta minutos, se me hizo eterno, mirando el móvil todo el camino. Las calles familiares pasaban ante mis ojos: colmados, parques, terrazas con gente charlando. Pero mi cabeza no estaba ahí.
Repasé mil posibles escenarios, pero ninguno terminaba de convencerme. Nada me cuadraba. ¿Todo esto para una conversación? Cuando por fin llegué al portal y pagué los veinte euros del viaje al taxista, me sentí como si estuviera entrando en territorio desconocido. Ni siquiera tuve que sacar la llave; antes de acercarla a la cerradura, mi madre abrió la puerta de golpe.
¡Por fin! exclamó, cogiéndome del brazo y arrastrándome con ese ímpetu suyo.
En la entrada, el olor a bollo casero de vainilla ese que mi madre hacía sólo en ocasiones únicas, santos, cumpleaños y poco más ya me chocó. Me detuve a olfatear, porque ese aroma sólo suele anunciar cosas buenas, pero el nerviosismo que flotaba en el ambiente no encajaba.
Entré con cautela, dejé los zapatos junto al espejo y avancé hacia el salón.
Mamá, ¿se puede saber? Empecé a preguntar, pero me detuve seco nada más ver la escena.
Allí estaba Lucía, la hija de la mejor amiga de mi madre desde Cuenca. Sí, Lucía, la que de pequeños nos emparejaban para los juegos del parque. Siempre la vi como una chica muy simpática, aunque de niña era algo tímida y ahora, vista así, no tenía ni idea qué hacía allí. Con ella, su madre, la tía Carmen, más sonriente que en un bautizo. Y mi madre, claro, con ese brillo de impaciencia en los ojos.
Buenas, acerté a decir, intentando mantener la compostura.
Lucía esbozó una sonrisa nerviosa.
Hace mucho que no nos veíamos, ¿eh? dijo, dándome dos besos.
Pues sí Y podía haber pasado aún más tiempo, contesté, cruzándome de brazos, mientras mi madre fingía atarearse con las servilletas.
Hijo, Carmen y yo hemos hablado mucho. Os conocéis de toda la vida, sois ya adultos, los dos con trabajo fijo
¿Y? la interrumpí de forma un poco brusca. Mamá, he dejado a la gente del despacho colgada para venir aquí. ¿Qué pasa?
La tía Carmen decidió entrar al trapo.
Lucía ha terminado la oposición, tiene su piso de alquiler, es independiente y una bellísima persona.
Sólo queríamos que charlaseis un rato, dijo mi madre por fin, sin atreverse mucho a sostenerme la mirada.
Noté un ramalazo de mala leche, lo confieso. Otra vez la misma historia: querer emparejarme con la chica que conviene. Aguanté el tipo, respiré hondo antes de responder:
Mamá, aprecio que te preocupes por mi vida personal, pero con quién me relaciono lo decido yo, ¿vale?
Vi cómo Lucía bajaba la mirada, algo colorada, mientras tía Carmen intentaba mantener el ánimo.
Pablo, no te lo tomes a mal. Sólo queremos lo mejor. Lucía, seguro que puedes hablar con Pablo y retomar una amistad maravillosa.
Lucía, con voz tímida, añadió:
Pablo, si no te apetece, lo entiendo. Lo que pasa es que nuestras madres se han hecho ilusiones, y a veces es difícil pararlas. Me caías bien de chico, pero tampoco hay que forzar nada.
Me sorprendió agradablemente su franqueza. Aproveché el momento y, poniendo la cosa fácil, le sonreí.
Lucía, tranquila, yo también prefiero hablar sin presiones. Somos mayores y nadie tiene que decidir nuestro futuro por nosotros.
A las dos madres no les hizo mucha gracia el gesto, y mi madre se apresuró a agarrarme la manga al verme coger las llaves.
¡Pablo! ¿Ya te vas? ¡Pero si ni siquiera habéis merendado!
Le hice un gesto suave pero firme.
Luego hablamos, mamá. Cuando hablemos de verdad, sin teatros ni sorpresas. Tengo que volver al despacho
Bajé las escaleras y, ya en la calle, el aire fresco tras la lluvia de la mañana me despejó la cabeza. Me preguntaba por qué mi madre insistía una y otra vez en meterme en estas situaciones. ¿Es que nunca había entendido que forzar las cosas no lleva a ninguna parte? Siempre he tenido claro lo que espero de una relación; ni quiero ni puedo dejarme llevar por expectativas ajenas.
Caminé por el Parque de los Jesuitas, mi ruta habitual desde pequeño. Los bancos llenos de parejas mayores, niños jugando a la pelota, cuidadores paseando perros De repente todo me pareció doméstico, acogedor, y empecé a notar cierta calma.
El móvil vibró en el bolsillo: Mamá.
Contesté.
¿Por qué te has ido así? preguntó, con voz a medio camino entre el enfado y la tristeza.
Mamá, con todo el cariño, yo no voy a salir con la hija de la amiga porque vosotras dos os lleváis de perlas, respondí, controlando el tono.
Nadie te dice que te cases, hijo intentó justificarse. Solo quería que charlaseis, que veas que hay gente muy maja a tu alrededor.
Lo sé, y seguro que Lucía es maravillosa. Pero quiero decidir por mí mismo con quién quedo o no.
Pero, ¿cuándo vas a conocer a alguien? Llevas más de dos años solo, siempre trabajando, ¿qué esperas?
No espero nada, mamá. Solo quiero hacerlo a mi manera. ¿Vale? El día que haya motivo, lo sabrás.
Tras unos segundos de silencio, supe que estaba recapacitando.
Bueno Perdóname, hijo, si te he puesto en un aprieto. Me preocupo. Nada más No quiero que acabes solo cuando ya no estemos cerca.
Lo sé, mamá. Y te lo agradezco. Pero no más experimentos ni teatros a escondidas, ¿sí? Me ha tenido dándole vueltas a mil historias todo el día.
Vale, lo prometo. Solo una petición: si alguna vez alguien te remueve de verdad, dime quién es.
Lo haré, mamá.
Colgamos en paz. El cielo se abría entre nubes, dejando pasar la luz, y sentí que podía con todo. El parque seguía su vida; risas, paseo, ajetreo ligero de una ciudad tranquila. Comencé a pensar, más tranquilo, en la cantidad de caminos que se nos abren cada día, y que nadie debería dictarte cómo y con quién recorrerlos.
La semana siguiente apenas tuve tiempo para pensar en lo ocurrido: el trabajo en la oficina iba a tope, con un proyecto de la Junta que nos exigía jornadas infinitas. Entraba primero, salía último, un ojo en el Outlook, otro en las reuniones con los comerciales. Cuando llegaba a casa, solo tenía fuerzas para una ducha rápida y poco más.
Aun así, las noches eran traicioneras. Me venía a la cabeza la escena con mi madre, el teatro del salón, el mal rato de Lucía.
El viernes por la noche, revisando el correo antes de salir, me topé con una invitación de un compañero: su cumpleaños sería en un local de tapas en el centro, muy cerca de la Plaza Mayor. Anímate, que va a venir buena gente, decía. Dudé, porque me apetecía descansar, pero acabé contestando Allí estaré.
El sitio era un bar pequeño, de paredes de ladrillo y mesas de madera. Había un grupo divertido, charlas animadas y jamón recién cortado. El cumpleañero me saludó con un abrazo, me presentó a su grupo y, después de una caña, acabé sentado junto a Marta, una amiga suya de Valladolid, y otros tres. La conversación fluyó: libros, conciertos en el WiZink, viajes por Andalucía.
De repente, se presentó Alba. Me sonó su cara de alguna presentación de proyectos, también del mundillo. Se sentó a mi lado, con una sonrisa sincera.
Así que eres Pablo, el de la aventura con los informes de la Junta, dijo en broma.
Vaya fama tengo
Nos reímos. Resultó que llevaba meses colaborando en temas de control de gestión, y enseguida nos animamos a hablar de viajes, gastronomía, películas de Berlanga y la última novela de Javier Marías. Todo fácil, sin pretensiones; la charla se alargó hasta que el bar empezó a llenarse y propuso salir a respirar aire fresco.
Paseamos por las calles empedradas. Alba habló de una escapada a la Costa Brava, de su amor por el mar, del placer de leer tumbada en la arena de Cadaqués. Me preguntó si me gustaba viajar; le conté mis escapadas al norte con la bici y mis tardes al sol en los chiringuitos de Cádiz. No quise ir rápido y lo agradeció: era de las que prefieren disfrutar del momento a toda prisa.
Al despedirnos, quedamos en vernos otro día, simplemente para un café.
Al volver a casa, exhausto pero curioso, el móvil volvió a sonar: Mamá.
Le conté lo ocurrido. Escuchó en silencio, y al final, relajada, contestó:
Lo ves, hijo, si es que al final cuando menos lo buscas… No dejes de contarme si pasa algo importante.
Ni se te ocurra preparar otra encerrona, le advertí medio en broma. Esta vez lo hago yo solo, ¿vale?
Colgué, sintiéndome reconciliado con el mundo. Observé desde la ventana las luces de Madrid dibujando formas en la noche: parejas caminando cogidas del brazo, jóvenes de risas en la terraza, la ciudad palpitando. Respiré hondo y me di cuenta de lo absurdo que es intentar forzar el rumbo de la vida. Lo esencial es confiar en uno mismo y en el momento; dejar que lo inesperado tenga cabida.
Lección aprendida: no sirve de nada tratar de encajar mi destino en los moldes ajenos, ni siquiera en los de mi madre, por mucho que lo haga con cariño. Las decisiones importantes, como el amor, exigen libertad y tiempo; y la magia está en encontrarse cuando uno menos lo espera.





