Eco en la noche
Inés María de la Fuente ingresa en el centro de rehabilitación dos semanas antes de Nochevieja. Antes no ha sido posible: no había camas libres.
La salud es algo serio, así que, cuando recibe la derivación, Inés María no puede evitar alegrarse muchísimo: la clínica adonde la mandan tiene una excelente reputación en toda Salamanca.
Aun así, en el fondo le ronda una inquietud sorda: el Año Nuevo se acerca, las tradiciones, los polvorones, el roscón, las uvas… esas pequeñas cosas de toda la vida.
Inés adora desde niña estas fiestas. Le encanta decorar el árbol, engalanar la casa, preparar villancicos. Le gusta esa prisa alegre previa al fin de año. Pero, esta vez, se ve obligada a prescindir de todo ello.
Desde su ingreso, casi a diario, Inés María se repite que no ocurre nada, que no es la última fiesta de su vida, que quizá para Reyes ya esté de vuelta en casa.
Y parece que, al fin, lo acepta.
***
La alojan en una habitación doble, bien acogedora, con televisor, donde ya reside una mujer que podría ser su hija. Le pautan tratamientos variados, ejercicios de fisioterapia.
Inés María se esmera y no se salta nada. Incluso se apunta al gimnasio del centro: la fisioterapeuta le ha caído de maravilla.
Los médicos la felicitan, insisten en que su recuperación va viento en popa.
Inés corresponde con una sonrisa y asiente con energía, aunque por dentro una melancolía callada no desaparece.
Por primera vez en la vida, no prepara la Nochevieja. No busca regalos, no piensa en la ensaladilla rusa, no elige vestido.
El Año Nuevo sucede en otro sitio, ajeno a su vida, como si no existiera.
“La salud es más importante”, se repite una vez más. “Ya celebraré la fiesta con la compañera de habitación”.
El 30 de diciembre, dan el alta a su compañera. Y cuando se cierra la puerta tras ella, Inés queda completamente sola. Y en un silencio absoluto.
***
El 31 por la mañana, la llaman sus hijas: la felicitan, preguntan por su estado, prometen pasar a verla después de las fiestas.
Es lógico, tienen su familia, sus planes. Durante la tarde, llegan algunos mensajes de colegas y amigas…
Y después, cae la noche.
***
Inés María escucha cómo, tras el discurso del presidente, varios compañeros de infortunio salen al pasillo.
Gritan con esfuerzo: ¡Feliz Año Nuevo! ¡Que la dicha te acompañe!
Inés no se mueve de la cama.
Siente levantar entre ella y la alegría ajena un muro invisible.
Y siente que, en realidad, no le hace falta a nadie…
***
Toma el móvil en la mano; necesita escuchar una voz humana.
Pero ¿a quién llamar?
Tantos contactos
“Milagros” su amiga de la infancia, a la que no ve desde hace más de quince años, aunque suelen darse me gusta en Facebook.
Cómodo, pero vacío.
“Andrés el exmarido. No tiene sentido llamarle.
Pasa rápido a otro nombre.
Pablo su hijo mayor. Él le contestaría, charlaría con ella Incluso dejaría todo y vendría en un momento dado.
Pero no puede parecerle débil. Su hijo está acostumbrado a ver a su madre siempre fuerte.
El repaso de la agenda no arroja nada más. No encuentra a nadie a quien llamar esa noche tan señalada. Felicitar la Nochevieja le parece una excusa pobre; su llamada, fuera de lugar. ¿Y los demás, qué pensarán?
¿A quién llamo, aunque sea para oír un hola? susurra en la pulcra soledad de la habitación.
Rompe a llorar.
Tiene de todo: casa, experiencia, un trabajo bien hecho, lista interminable de conocidos
Y, al mismo tiempo, nada. Y a nadie.
***
Tomando conciencia de todo ello, Inés María toma una decisión: escapar.
Coge su abrigo, sale a la calle. El aire helado le llena los pulmones.
Junto al centro, hay un pequeño parque cubierto de escarcha. Camina hasta un banco, sin saber muy bien por qué. Solo necesita ir a algún sitio.
Allí, se encuentra con un hombre de su edad, quizás algo mayor.
No contempla las luces de la ciudad. Más bien mira hacia ninguna parte.
A Inés se le encoge el corazón. Le gustaría decirle, aunque sólo sea, una palabra.
Se atreve a saludar en voz baja:
Buenas noches.
El hombre levanta la vista. Sonríe, de manera auténtica, con pequeñas arrugas en los ojos.
Buenas noches. Feliz Año Nuevo.
Inés sonríe también, casi involuntariamente. Qué sencilla y pertinente esa frase, y dentro de ella algo se conmueve.
¿Y usted por qué está aquí?
En casa no tengo con quién hablar responde sereno. Mi mujer falleció hace tres años. Mi hija vive en Alemania, me llamó hoy y me felicitó. Tiene mucho trabajo, dice. Así que aquí estoy. ¿Usted viene del hospital?
Inés asiente:
Sí. Rehabilitación. Y… hoy me he dado cuenta de que no tengo a quién llamar en la noche vieja. Cientos de contactos en el móvil, pero nadie a quien realmente decirle Feliz Año Nuevo.
Él no parece sorprendido.
Sí la soledad llega sin hacer ruido. Un día entiendes que, si te ocurre algo, nadie se enterará. Nadie te oirá, nadie acudirá dice mirándola con atención. Y entonces, para no perderte, hay que atreverse. Dar el primer paso. Justo como ha hecho hoy Eso significa que es usted valiente.
No me siento valiente
Eso no importa dice con dulzura. Uno no nace fuerte. Nos volvemos fuertes cuando buscamos el horizonte, aunque la vida nos dé la espalda. Y, si mañana no viene, igualmente la esperaré. Porque ya sé que existe.
Sus palabras suenan tan sinceras que, de repente, Inés comprende: ella buscaba quien la rescatase de la soledad y, sin saberlo, quizá podía ser el alivio de otros.
***
De regreso a su cuarto, Inés lleva en el bolsillo un papelito con el móvil de su nuevo amigo, escrito en letra temblorosa pero clara.
La soledad no ha desaparecido, pero en ella late algo cálido. El eco de una voz ajena:
Le esperaré…
Por primera vez en mucho tiempo, Inés María deja de pensar en lo que ha perdido y empieza a pensar en lo que está por venir. No en términos de “nueva vida”; simplemente mañana. Por la mañana.
“¿Y si le llamo? piensa mientras se duerme solo para decirle: ‘Buenos días, don Esteban Molina'”







