Abundia llegó a la estación de tren de su pequeño pueblo, aferrada a dos maletas pesadas. Aunque no solía visitar a su familia en la ciudad tan a menudo, había gastado sus últimos euros para llevarles regalos, soñando con iluminar su día con sorpresas de su tierra. Jamás viajaba con las manos vacías, pero esta vez se había superado; cada bolsa pesaba casi diez kilos, tan llenas que parecían albergar pequeños universos enteros.
La extraña niebla matinal de Madrid se mezclaba con sus pensamientos mientras arrastraba las maletas por el andén. Aunque el viaje fue arduo y plagado de fantasmas sin rostro observando desde los bancos, no dudó en hacerlo porque su hijo le prometió que estaría allí para recibirla. Sin embargo, al desembarcar, entre los relojes deformes y las taquillas goteando relojería líquida, no encontró ni rastro de él.
No le quedó más remedio que soltar sus maltrechas maletas junto a un quiosco que parecía un castillo de cartas y marcar su número en el teléfono, cuyos botones cambiaban de lugar cada vez que los tocaba.
El teléfono dejó sonar su eco interminable, multiplicando su impaciencia, hasta que, al décimo tono, una voz somnolienta y lejana contestó.
Ay, madre, discúlpame de verdad. Se me había borrado de la cabeza que venías hoy. Hemos decidido ir a casa de los padres de Amparo, mi mujer, en Castilla-La Mancha y no volveremos en toda la semana. Parece que has venido para nada. Por favor, regresa a casa. Te juro que ni lo planeamos, fue algo improvisado y se me olvidó avisarte.
Las lágrimas surcaron las mejillas de Abundia sin hacer ningún ruido. Se limitó a responder con un Vale, corto y seco, como un susurro que se diluye en el aire.
Dejó las dos bolsas entre un grupo de sin techo que dormían bajo cartones con la bandera del Atlético de Madrid, pues cargar con ellas de nuevo habría sido imposible; sus brazos ya eran dos ramas a punto de romperse. No pronunció una sola palabra de reproche por teléfono, mientras su hijo jamás entendió el dolor profundo que sembró en el corazón de su madre.
Todo su amor y vida se la había entregado a él; ahora, él ni siquiera la visitaba cuando sus cabellos se habían tornado tan blancos como las cumbres de Sierra Nevada. Un mes después, cuando Amparo la llamó suplicando que cuidara de los nietos durante un fin de semana porque iban de boda, Abundia se negó. El eco de su negativa flotó en su cuarto como esas sombras alargadas de la siesta que nadie quiere mirar: estaba cansada de ser recordada solo cuando hacía falta su presencia, como los paraguas que solo salen de su rincón cuando llueve.





