“Dos semanas para empacar todas vuestras cosas y encontrar otro sitio donde vivir”. Hijas ofendidas

Life Lessons

«Dos semanas para hacer las maletas y buscar otro sitio donde vivir». Hijas indignadas

Lucía se quedó viuda temprano, como una figura difusa en una novela barroca. Criaba sola a sus dos hijas en un piso antiguo de Salamanca, donde los relojes a veces retroceden de la mano del viento. Nadie la escuchó jamás protestar ni una sola vez. Las niñas no solo crecieron, sino que acabaron con estudios decentes, la madre siempre guiando, como si tejiera sus destinos con hilos invisibles de paciencia. Trabajaba en la panadería y en una biblioteca, sudando euros para pagar sus matrículas y sueños universitarios.

Y una tarde donde las paredes sudaban azulejos húmedos, la mayor, Marta, llegó a casa cogida de la mano de un chico larguirucho de Valladolid. Dijo que sería su futuro marido, pero el muchacho flotaba sin destino fijo ni morada. Más tarde, un bebé nació de los pliegues de la rutina y hubo que cederles la habitación grande. Lucía terminó compartiendo cuartos y pensamientos con su hija menor.

Al principio, Lucía imaginó que era algo pasajero, como una canción que se escurre en el mercado de los jueves. La joven pareja acabaría trabajando y mudándose a su propio rincón del mundo, y su vida volvería a sus costumbres calladas. Pero ni Marta ni el yerno se esforzaban; ¿para qué, si el techo era viejo pero caliente y la nevera siempre tenía jamón y leche fresca? Por cierto, Lucía cocinaba para todos, siempre.

No hubo agradecimiento ni siquiera en sueños. Pronto comenzaron las disputas. La menor, Clara, decía que limpiar el baño después del cuñado no era cosa suya. Marta protestaba que con un bebé apretado al pecho no le daban las horas. El yerno se defendía diciendo que sacar la basura y fregar platos era poco varonil y, además, tenía que revisar emails eternamente en el portátil.

El ambiente se volvió tan denso que Lucía empezó a perderse por las plazas cuando caía la tarde, sin ganas de regresar. Cuando insinuó que tal vez habían de buscar un piso de alquiler, Marta le respondió con cara larga: «Estamos ahorrando para la hipoteca, ¿de dónde sacamos el dinero?» Así que la inercia los mantenía pegados al viejo parqué.

El último sorbo amargo llegó flotando cuando Clara apareció con su novio de Zaragoza bajo el brazo: Mamá, es de fuera, va a vivir aquí. Lucía apenas pudo reprimir la pregunta: «¿Dónde, en el horno?». Clara, que parecía haber previsto el interrogatorio, respondió con calma: la cocina era incómoda, pero si la madre se mudara allí, quedaría un cuarto para ellos solos.

Algo se resquebrajó entonces. Lucía, entre sábanas arrugadas de nervios, comprendió que nadie escuchaba su voz. Hasta soñó que le alargaban unos papeles para matricularla en una residencia de ancianos.

Plantó cara de estatua: Tenéis dos semanas para hacer las maletas y buscar otro sitio donde vivir. Las hijas se ofendieron y amenazaron con privarla de la visión de sus nietos. Incluso soltaron el conjuro cruel: «Envejecerás sola». Pero Lucía no cejó. Si ese era su destino, que así fuera. Era el momento de que emprendieran vuelo.

Ahora se acercan sus 50 años. Despierta a menudo preguntándose, en los dobles espejos de la mañana, si sus hijas irán a felicitarla. ¿Crees que Lucía hizo bien echándolas de casa? ¿Qué habrías hecho tú en mitad de ese extraño sueño?

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