Dos Esposas

Life Lessons

Querido diario,

Hoy vuelvo a la aldea de **Almazora**, a diez kilómetros de mi casa, para rendir homenaje a la tumba de mi madre. Mientras camino entre los olmos deshojados, escucho el ladrido de los perros y el trino de los gorriones, aunque la vida del pueblo ya se ha ido apagando como una vela en la penumbra. La **municipalidad** de la comarca de **Castilla la Nueva** parece haber quedado paralizada; las casas de madera se inclinan cansadas hacia el río, como si quisieran rendirle un último saludo al agua.

Al llegar, me encuentro con **Doña Sara**, la vecina medio sorda que siempre me dice, ¡Ay, niña, no te preocupes! Dios lo ve todo. Ella, con su voz rasgada, me recuerda que nosotros no buscamos a los niños, ellos nos buscan a nosotros. Sus palabras me hieren, pero a la vez me arropan. Me siento en el viejo banco de la plaza y dejo que el recuerdo me invada.

Mis recuerdos me llevan a **Ilustre**, el poblado donde vive mi marido, **Nicolás**. Hace cinco años, cuando la guerra terminó, quedé sola. Mi padre murió en el frente, y mi madre falleció poco después. Entré a trabajar como lechera en la **explotación agrícola** del señor **Ramón**, sin saber que ese destino me llevaría a cruzar la vida de Nicolás.

Era junio, el verano de mis diecisiete años, y yo aún recién empezaba a recorrer los campos. Una mañana, mientras regresaba del establo, una lluvia torrencial me sorprendió. Me refugié bajo una marquesina oxidada al borde del bosque y, entre truenos, vi a un joven de pelo negro y camisa a cuadros que corría hacia mí. ¡Qué suerte la mía! Soy Nicolás, ¿y tú cómo te llamas?, me preguntó con una sonrisa que me heló la sangre. Yo, temblando, sólo respondí: María. Me llamó la atención que, a pesar del chaparrón, sus ojos brillaran como faroles.

Él se quedó a charlar, haciendo bromas que a veces rozaban la grosería, y pronto empezó a insinuarse. Yo, atrapada en el torbellino de la lluvia, corrí despavorida, sin entender si había sido la humedad o su persistencia lo que me había asustado. Aquel encuentro dejó una huella imborrable; Nicolás volvió a mi vida como pastoreo temporal, y poco a poco se convirtió en mi compañero de vida.

El matrimonio fue una mezcla de alegría y penumbra. Mi suegra, **Doña Carmen**, es una mujer de carácter férreo, siempre vigilante, y aunque a veces me critiquen, sé que lo hace por querer que la familia prospere. Yo, por mi parte, he sido incansable: al amanecer ordeño, al mediodía reparo la granja, y en la noche aún pienso en la posibilidad de ser madre, aunque el tiempo se niegue a darme esa respuesta.

Los años han pasado, y la cosecha del campo ya no rinde como antes. **Nicolás** trae a casa media bolsa de trigo húmedo y la madre de él, **Doña Pilar**, siempre se queja: ¡Ay, qué cosas! No sea que nos delaten. Yo, sin embargo, sigo yendo a la enfermera del pueblo, pidiendo remedios y brebajes que, según cuentan, pueden ayudar a la fertilidad. El deseo de tener un hijo me persigue como una sombra en los rincones de mi mente.

Una madrugada de noviembre, mientras la ventisca golpeaba la puerta de la casa, escuché el crujido de la madera y el susurro de la lluvia. Salí al balcón y, temblando, busqué a Nicolás entre la niebla. Mis pasos me llevaron hasta el **hórreo** al final del pueblo, donde la única luz provenía de una ventana rota. Allí, escuché una risa femenina que me heló la sangre: era la voz de **Catalina**, una muchacha del poblado vecino que trabajaba conmigo en la finca.

Catalina, antes llena de chispa y sueños de ciudad, había cambiado; ahora se mostraba más seria, y los murmullos del pueblo decían que estaba enamorada de un hombre casado. Yo, sin saber bien qué pensar, observé cómo el rostro de Nicolás se iluminaba al verla, y cómo ella, entre risas y miradas cómplices, le susurraba algo al oído. Mi corazón se hizo trizas, pero mantuve la compostura.

Al día siguiente, el tribunal del **Ayuntamiento** llegó con dos agentes y el presidente del comité agrícola. Se llevaron a catorce personas, entre ellos a mi suegro y a mi suegra, para ser interrogados. El rumor se esparció como pólvora: el marido de Catalina, **Koldo**, había sido acusado de contrabando de grano. La gente se agolpaba en la plaza, temiendo lo peor.

Yo me quedé sola, con la mirada perdida en el fuego de la cocina. El bebé, **Egor**, que la madre de Catalina había traído del hospital, estaba en mis brazos, y la tristeza me envolvía como una manta húmeda. Al cabo de unos días, la noticia llegó: **Koldo** había sido condenado a diez años de prisión. Catalítica, con lágrimas, confesó que el niño que llevaba en su vientre era de **Nicolás**. Yo no quiero criar sola a ese niño, dijo con voz quebrada, pero deberé hacerlo.

Las cosas en la granja cambiaron. Se derribaron cuatro casas y se construyeron dos bloques de dos pisos para alojar a familias que llegaban de otras provincias. Nuevas lecheras, como **Verónica**, llegaron a ayudarnos y, aunque al principio me aconsejaron que me alejara de esa casa de dos esposas, yo me quedé, pues la tierra ya era mi vida.

Los inviernos se hicieron más duros; la suegra enferma y **Catalina**, ahora más firme, cuidaban al niño, aunque a veces la disciplina de ella me recordaba a la sombra de un torbellino. Yo, mientras tanto, seguía ordeñando al alba, mirando el bosque blanco más allá del río y pensando en mi futuro. ¿Qué será de mí? ¿Podré alguna vez volver a la escuela de **Valladolid**, aprender a ser **técnica de laboratorio** como siempre quise?

Una mañana, mientras horneaba pasteles para el día del trabajo, **Catalina** llegó con una expresión radiante, como si el mundo le hubiera devuelto la luz. ¡Vida, qué bueno que no te fuiste! exclamó, y yo, sin saber qué decir, seguí amasando la masa, dejando que los pensamientos fluyeran como el agua del arroyo.

Finalmente, decidí que era hora de irme. **Verónica** me contó de una escuela de artesanía en **Segovia**, donde se formaban tejedores y tejedoras, y el coste de vivir allí era bajo, con una pensión de **200 euros** al mes. Guardé mi **bolsa de lona**, mis **botas de goma**, tomé al perro **Fénix**, y, bajo la lluvia, me dirigí al camino que llevaba al **ferrocarril**.

En la estación, un hombre de rostro curtido me ofreció llevar mi carga en su carreta. No vayas a pie con tanto peso, dijo mientras me entregaba dos **billetes de veinte euros**. Le di las gracias y, con la vista en el horizonte, me despedí del pasado. El tren llegó con un silbido que parecía anunciarme un nuevo comienzo.

Así cierro este día, con el corazón lleno de melancolía, pero también con la esperanza de que la vida, como la lluvia, siempre vuelve a caer, y con ella, la posibilidad de renacer.

Hasta la próxima,

María.

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