Donde resuena la música

Hace ya muchos años, cuando la vida parecía más lenta y los días se medían en repeticiones, Amalia González aún guardaba sobre sus hombros el abrigo y en sus manos la carpeta con partituras, cuando pegaron en la puerta del salón un folio tamaño A4. Al principio pensó que sería sobre alguna norma de seguridad, pero luego leyó: A partir del día 1, sala cerrada. Reformas. El alquiler será revisado. Abajo, la firma de la empresa gestora y un teléfono.

Dentro ya vibraba el rumor de voces. Alguien calentaba la voz, otro buscaba sus gafas, otro bromeaba diciendo que ya les iba bien una reforma también a ellos, pero la broma no cuajó. El director del coro, Don Antonio Ramírez, esperaba junto al piano con el papel en la mano, como si pudiera arrancar de él otra realidad más favorable.

Vamos a vocalizar primero dijo, su tono parecía firme, pero Amalia percibía que se esforzaba para no quebrarse.

Siempre vocalizaban igual, y en esa rutina había consuelo. M-m-m, na-na-na, las notas subiendo suavemente, luego bajando. Amalia sentía cómo la vibración del sonido se formaba en su pecho, y después dejaba de ser solo suya para ser de todos. Desde que se jubiló y la casa se le llenó de silencios, el coro la cobijaba. No como un deber, sino como el lugar donde su presencia no se borraba.

Finalmente, Don Antonio levantó la mano:

La situación es esta. Nos comunican… calló un instante, buscando palabras. Nos ponen ante el hecho consumado. La sala cerrará por reformas. Y el alquiler se triplica. No podemos asumirlo.

¿Cómo que no podemos? exclamó doña Carmen Morales, siempre la primera en alzar la voz. Pero ¿acaso no somos del Ateneo? ¿No es una asociación pública?

El Ateneo ahora lo gestiona otro organismo contestó Don Antonio. Esta mañana me han explicado. Optimización. Y además miró el folio como si escondiese algo personal. Me han dicho: Ya va siendo hora de quedarse en casa. Esto es para jóvenes.

Amalia sintió que algo le quemaba la garganta. No era pena, era una rabia seca, como una tos. Recordó cómo colgaban los pañuelos en los respaldos de las sillas, cómo llevaban pastas para los cumpleaños, cómo por Navidad ponían un abeto artificial en la ventana y cantaban tan fuerte que el conserje salía fingiendo revisar radiadores sólo para escuchar.

¿Es que molestamos? preguntó, extrañada de oír su voz tan firme.

Molestamos a quienes piensan que sobramos respondió Don Antonio. Pero no discutamos con fantasmas. Decidamos qué hacer.

Se decidió intentar pelearlo. Así lo decían: pelearlo, aunque ninguno era experto en eso. Al día siguiente, Amalia fue al ayuntamiento del distrito con Don Antonio y dos compañeras más. Llevaban una carpeta: carta, lista de integrantes, copia de agradecimientos tras actuaciones en la Fiesta Mayor. Amalia vistió falda oscura y blusa severa, igual que en una entrevista.

La sala de espera olía a café de máquina y papel húmedo. La secretaria, una joven de manicura impecable, no levantó la vista.

¿Qué desean?

El coro Almendro en Flor informó Don Antonio. Nos cierran la sala.

Pidan cita a través del portal online dijo la secretaria. O en el SAC.

Ya lo hicimos se adelantó Carmen, mostrando el papel. Aquí, con firmas.

No se recogen documentos aquí por fin nos miró; su expresión era cansada, no antipática. Solo tramitaciones telemáticas.

Y el sistema… Amalia dudó. Sabía pagar el gas con el móvil, pero sistema sonaba a puerta sin picaporte. ¿Y si necesitamos hablar con alguien?

Pidan cita presencial contestó. La siguiente, en dos semanas.

A las dos semanas aclararon que es competencia de la propiedad. Propiedad: la gestora. Para la gestora, condiciones comerciales. Don Antonio se mantuvo firme, preguntó, pidió quedarse aunque fuese temporal. Recibía respuestas de manual. Amalia comprendía que allí sus voces no formaban coro; cada nota se perdía en el techo.

Intentaron más: colegio, biblioteca, centro cívico. La vicedirectora del colegio enumeró actividades extraescolares tan rápido que Carmen bajó la voz. La bibliotecaria sonrió para luego recordar la necesidad de silencio y quejas de usuarios. En el centro cívico les ofrecieron un sótano húmedo, con mesas de ping-pong. Don Antonio murmuró, mirando al techo:

Allí perderemos la voz.

Pero lo más hiriente no eran los no, sino las palabras que les adherían: grupo de edad, poco rentable, fuera de formato. Una funcionaria les dijo sin levantar la vista:

Si ensayan para su propio placer, háganlo en casa.

Al salir, Amalia notó que caminaba demasiado deprisa, casi huyendo.

Aun así, el viernes acudieron al Ateneo, por hábito. La puerta cerrada, el papel idéntico, y uno más: Prohibida la entrada a no autorizados. Amalia tenía la carpeta en las manos y no sabía dónde guardarlas. Don Antonio se acercó y miró al pequeño grupo.

No nos dispersamos dijo. Vamos a la biblioteca. Me han dejado una hora. Sala de lectura, mientras haya poca gente.

¿Y si nos echan? susurró doña Teresa Rivas, siempre tan prudente.

Pues nos echarán respondió Don Antonio. Pero tenemos que probar.

La biblioteca estaba a diez minutos. Iban como colegiales en excursión, pero sin profesora. Amalia sintió las miradas en la parada del autobús: algunos curiosos, otros incómodos, como si ocuparan demasiado espacio.

Dentro, un bibliotecario enjuto les recibió.

Solo… despacio dijo, avergonzándose de inmediato. No es que… Cantad, claro. Solo que…

Seremos discretos prometió Amalia.

Se emplazaron entre las estanterías, rodeados de lomos de libros que vigilaban en silencio. No había piano, así que Don Antonio marcó la nota a voz baja. Amalia temía que, sin instrumento, se dispersarían, pero fue al revés: escucharon mejor el aliento próximo; el apoyo era la respiración ajena.

Al principio, los de la sala miraban, arrugando el ceño. Una señora cerró ostentosamente un libro. Pero al atacar una canción sencilla, tan conocida que cualquiera podía tararear, se hizo un silencio nuevo. No era de biblioteca, era un silencio que escuchaba.

Luego, el bibliotecario se acercó:

Casi nunca… tan vivo aquí. Solo, allá, junto a la ventana, mejor. Así molestan menos.

Don Antonio asintió, como si le hubiesen ofrecido un escenario.

Pero no hubo próxima vez. A la tercera visita, la directora llamó al bibliotecario y dijo delante de todos:

Ya han llamado. Se quejan. Esto es una biblioteca, no un club.

Amalia miró sus propias manos. Quiso decir somos un coro, pero no hallaba las palabras. Don Antonio agradeció, reunió al grupo y salieron.

Qué vergüenza murmuró Teresa, dolida.

Aquella palabra golpeaba más que un quedaos en casa, porque venía de dentro.

No damos vergüenza replicó Carmen Morales, airada. Cantamos.

Cantamos repitió Teresa. Pero la gente se queja. Estorbamos.

Amalia sintió algo frágil temblar dentro. También añoraba la sala, donde nada estaba fuera de sitio, donde nadie sugería que sobraban. Pero la sala ya no existía; era como si hubiesen perdido una habitación propia.

Frente al paso subterráneo, Don Antonio se detuvo.

Aquí dijo de pronto.

¿Aquí? Carmen miró alrededor. Gente subía y bajaba, unos con prisa, otros con bolsas. Al fondo, un chico tocaba la guitarra junto a una columna.

Buena acústica dijo Don Antonio. Aquí nadie nos debe nada.

A Amalia le sudaban las manos. Se sintió avergonzada, como en el colegio cuando olvidas la letra en el festival. Pero Don Antonio ya se situaba frente a la pared, mano levantada.

Solo una avisó. Para probar.

Arrancaron bajito, midiendo el agua. El eco del paso devolvía el sonido cálido, haciéndolo más denso. Al principio la gente pasaba, algunos sonreían, otros fingían no escuchar. Una niña tiró de su madre:

Mira, mamá, abuelitas cantando.

La madre al principio apuró, luego se quedó observando. En su rostro, Amalia vio algo aflojarse.

No todos eran así. Un hombre, bolsa en mano, se paró:

Esto no es un concierto. Esto es paso.

No cortamos el paso replicó Don Antonio serenamente.

A mí qué. Cantad en casa bufó el hombre.

Amalia notó el temblor en su barbilla. Siguió cantando, aunque la voz se le afiló. Solo pensaba: Si paro, no vuelvo a empezar. Se aferró a la voz común como a una barandilla.

Tras la pieza, alguien aplaudió. Al principio uno, después otro. No era como en un teatro; era agradecimiento porque allí, por un segundo, se respiró de otro modo.

¿Véis? Carmen triunfante.

Vemos respondió Teresa, sin sonreír aún.

En una semana ya sabían dónde situarse, cuándo pasaba menos gente. Probaron también en el parque por la mañana, entre madres y jubilados con bastón; incluso en el vestíbulo del ambulatorio, esperando turno, aunque allí era duro: gente nerviosa, toses, protestas. Pero una vez, tras una canción breve, una paciente con el brazo vendado dijo:

Gracias, por un momento no pensé en mis análisis.

Amalia apuntó aquello como una pequeña victoria.

Don Antonio lo llamaba canta donde estés. No hacía de ello una consigna, solo explicaba así el porqué de seguir reuniéndose, donde fuera.

No solo para nosotros dijo tras un ensayo en el parque, mientras ayudaba a Amalia a abrir una botella de agua. También para que la ciudad recuerde que tiene voz. Y para que no la olvidemos nosotros.

Las palabras eran sencillas, pero a Amalia la atravesaban. Recordó cómo, tras la muerte de su marido, no podía hablar por teléfono, como si ya nadie necesitase su voz. Allí, sin embargo, hacía falta.

La mayor derrota vino donde menos esperaban: una cafetería en un centro comercial, en el segundo piso, donde Don Antonio negoció una horita un día laborable. El dueño, cuarentón amable, por teléfono: Cantad, sin problema, así damos ambiente. Juntaron sillas, dejaron los abrigos y empezaron. Tras dos canciones, algunos clientes grababan sonrientes: Amalia, por un instante, se sintió en un salón conocido. Fue entonces, entre aplausos bajos, cuando apareció el vigilante.

¿Quién les permitió esto? voz de rutina, no de enfado.

El dueño respondió Don Antonio. Hablamos con él.

Hay normas. No se pueden hacer actividades no autorizadas. Hay quejas: demasiado ruido.

No hacemos ruido replicó Carmen.

Da igual el vigilante suspiraba. Me mandan pararles.

Amalia vio a Teresa palidecer, recogiendo los papeles.

Ya lo dije vergüenza.

No es para tanto susurró Amalia, y a sí misma le sorprendió hablarle. No hacemos nada malo.

Molestamos. Que sepan cuál es nuestro sitio.

Don Antonio, entre coro y vigilante, parecía entre dos muros.

Hagámoslo así propuso. Cantamos una más y nos vamos. Sin discusiones.

No, ahora mismo negó el vigilante.

El dueño asomó nervioso.

Yo solo…

Le multarán zanjó el vigilante.

La rabia seca regresó a Amalia, pero, junto a ella, un nuevo cansancio. Había dejado de querer demostrar a nadie que merecía estar o sonar.

Recogieron en silencio. Amalia abrochaba su abrigo solo para tener las manos ocupadas. Al salir, alguien comentó: Una pena, estaban bien. Esa pena sí calentó por dentro.

En la calle, Teresa anunció:

No volveré. Lo siento.

Carmen estalló:

Claro, en cuanto hay problemas

Carmen paró Don Antonio. Ahora no.

Amalia vio a Teresa alejarse rumbo a la parada, encogida, menuda. Quiso seguirla, pero sus pies se negaron. Entendía que cada uno tenía su límite.

Aquella noche, en la cocina, Amalia dejó enfriar el té sin darse cuenta. No dejaba de resonar en su cabeza: Dónde está nuestro sitio. Se dio cuenta, por primera vez, de que no buscaban sólo el local, sino una sensación pasada de seguridad perdida. Tal vez necesitaban otra cosa: no un lugar concreto, sino una forma de seguir juntos, aunque a veces molestara.

A la mañana siguiente, la llamó Don Antonio:

Amalia, ¿puedes pasar por la biblioteca infantil? No la de siempre, una nueva en la otra calle. He hablado con la directora, pero alguien debe explicarle que no somos alborotadores.

Amalia fue. Allí, más claro, con dibujos en las paredes y un piano viejo, pero bien cuidado en una esquina. La directora, con el pelo corto, oyó con calma.

Por las tardes no viene nadie. Os dejo ensayar, siempre que no seáis estruendosos y, una vez al mes, celebréis una tarde de puertas abiertas. Sin escenario; para cualquiera que quiera entrar.

Podemos hacerlo respondió Amalia, y por dentro notó algo alisarse.

Y además añadió la directora. Mi madre es de vuestra quinta y siempre dice que no tiene dónde ir. Que se apunte también.

Cuando Amalia regresó a la calle, andaba más despacio. No por cansancio, sino porque ya no tenía que huir.

Don Antonio reunió al coro en el parque para contar lo sucedido. Fueron casi todos, salvo Teresa. Carmen escuchó serena, como temiendo ilusionarse.

No es el Ateneo advirtió Don Antonio, pero es un sitio. Tendremos formato: una tarde al mes, puertas abiertas; el resto, ensayo.

¿Y si nos echan también? preguntó alguien.

Pues buscaremos otro sitio. Ahora sabemos que podemos.

Amalia preguntó:

¿Y Teresa?

La llamaré. Mejor aún si lo hacéis vosotros.

Amalia la llamó al anochecer. Teresa tardó en hablar, luego dijo:

No quiero que piensen de mí que…

Que estás viva susurró Amalia. Que lo piensen. No pedimos limosna; cantamos.

Resoplido al otro lado.

Lo pensaré.

El primer ensayo fue cauteloso. El piano estaba un poco desafinado, pero Don Antonio lo celebró: así aguzamos el oído. Amalia se sentó junto a la ventana, partituras en las rodillas, viendo niños y padres curiosear fuera, una anciana sin atreverse a entrar.

Pase dijo Amalia con la mirada, y finalmente la mujer ocupó la esquina de un banco.

La tarde abierta fue en sábado. No se anunció mucho, solo un cartel en la puerta y un mensaje en el grupo del barrio: Coro 55+ canta en la biblioteca. Se puede entrar a escuchar. Amalia temía el vacío; pero ese día el pasillo se llenó. Conocidos, familias, el bibliotecario que antes pidió silencio, incluso el chico del paso subterráneo, guitarra en mano y sonrisa.

No era concierto. Don Antonio explicó:

Cantamos lo que ahora nos sostiene. Si alguien quiere acompañarnos, que lo haga.

Amalia vio a Teresa junto a la pared, de abrigo, por si debiera huir al instante. Se acercó y le tomó del brazo:

Deja el abrigo, aquí se está bien.

Prefiero escuchar.

Escucha desde dentro le ofreció la carpeta. Aquí tienes tus partes.

Teresa miró la carpeta como a un puente difícil, luego dejó el abrigo y se sentó.

Al empezar a cantar, Amalia notó cómo la sala, aunque modesta, era suya. No porque se lo permitieran, sino porque llevaban allí su propio orden de respiración. El público escuchaba de cerca: algunos murmuraban las letras, otros cerraban los ojos. Un momento la canción flaqueó, el piano desacertó, Don Antonio sonrió y no paró. Amalia por fin entendió que no necesitaba perfección para sentirse en casa.

Nadie gritó bravo al final; solo se acercaron a dar las gracias. Un chaval preguntó:

¿Puedo venir con vosotros?

Carmen sonrió:

Eres joven aún. Ven a escuchar.

La directora se aproximó a Don Antonio:

Miércoles y viernes desde las seis la sala es vuestra. En mayo haremos la fiesta del barrio. Podréis cantar en el patio, sin escenario, en la entrada.

Don Antonio asintió y Amalia vio cómo le temblaban los labios antes de girarse a ordenar las partituras.

Al recoger, Amalia comprobó que todo estaba en su sitio. Teresa la abordó:

Yo… empezó, y enmudeció.

Has venido dijo Amalia.

He venido Teresa sonrió, tímida, como estrenando gesto nuevo. Y sabes, no me da vergüenza.

Amalia sonrió al salir. El barrio seguía igual: coches, gente, ruido, prisas. Pero por dentro sonaba otra música. No era alto ni para todos, pero traía la certeza de que, si tienes voz y te acompaña alguien que respira contigo, siempre hallarás un sitio, aunque debas inventarlo de nuevo en el aire, una y otra vez.

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