¡Don Valentín, que otra vez llega tarde!La voz del conductor de autobús suena amistosa, pero con ese tono de señor que regaña con cariño.Ya es la tercera vez esta semana que le veo correr detrás del bus como si persiguiera el último tren a Madrid.
El pensionista, con la chaqueta más arrugada que la mesa de un chiringuito después de la feria, se apoya contra una barra, resollando. Su pelo canoso, despeinado; las gafas, peligrosamente en la punta de la nariz.
Perdone, Andrés…acierta a decir mientras busca en el bolsillo unos euros tan viejos que deben haber visto las últimas pesetas.Creo que mi reloj va retrasado, o voy yo ya cuesta abajo
Andrés Gutiérrezel conductortendrá unos cuarenta y cinco años y piel de agricultor, pero de tanto conducir el autobús de la línea de Alcalá a Madrid lleva ya veinte años, y saluda a medio pasaje por su nombre. A este abuelete lo ha fichado biensiempre educado y callado, mismo asiento, misma hora, cada día.
Anda, hombre, suba y siéntese tranquilo. ¿Dónde le llevo hoy?
Al cementerio, como siempre.
El autobús arranca despacito. Don Valentín se sienta donde siempretercera fila, junto a la ventanillay coloca con mimo su bolsa de plástico, tan remendada como él.
Viajeros pocoses lunes por la mañana. Unas chicas charlan sin parar de series y cotilleos, un señor con traje despeja Candy Crush en su móvil. Lo de siempre.
Oiga, Don Valentínpregunta Andrés por el retrovisor, ¿usted va todos los días al cementerio? ¿No le pesa?
¿Y qué me queda?responde el anciano, mirando la M-30 por la ventanilla.Allí está mi esposa. Lleva ya año y medio. Le prometí que vendría cada día.
A Andrés se le hace un nudo en el estómago. Él adora a su mujer, no quiere ni imaginarse el vacío
¿Le pilla lejos de casa?
Qué va, media horita en autobús. Andando sería una odisea, estas piernas ya no pueden. Por suerte, la pensión me da para el bono.
Pasan las semanas. Don Valentín ya es el rey del primer viaje. Andrés se acostumbraes más, le espera. Alguna vez, si el abuelete se retrasa, el bus sale dos minutos tarde. Nadie dice nada.
No hace falta que me esperele dice un día Don Valentín, que se ha dado cuenta.Usted tiene horarios.
Bah, tonteríasresponde Andrés.Un par de minutos más no cambiarán el mundo.
Pero un día, ni rastro de Don Valentín. Andrés aguarda, da la vuelta al mismísimo reloj de la Puerta del Solnada. Al día siguiente, tampoco. Ni al tercero.
Oye, Tamaracomenta Andrés a la cobradora, Tamara Hernández, ¿has visto al abuelo que va al cementerio? Lleva tres días sin aparecer. ¿Estará malo?
Vaya usted a saber…responde la mujer encogiendo los hombros.A lo mejor tiene visita en casa, o
Pero a Andrés le escuece ese hueco. Se había acostumbrado a oír cada mañana el educado gracias al bajar, la sonrisa triste Faltaba algo.
Pasó una semana y Don Valentín seguía sin aparecer. Al final, Andrés se decide y, en la pausa del café, se planta en la última parada, junto al cementerio.
Perdonepregunta a la portera con su sempiterna bata de estrellitas.Busco a un señor mayor, Don Valentín Canoso, de gafas, siempre con una bolsa. ¿No lo habrá visto, verdad?
¡Hombre, claro!responde la mujer.Venía cada santo día a ver a su señora.
¿Y ahora?
Hace una semana que no asoma. Pero me dio una vez la dirección. Vive cerca, en la Calle Jardín, número diez. ¿Y usted quién es?
El conductor del bus. Lo traía a diario.
Calle Jardín, 10. Un bloque de los años setenta, ascensor que huele a nostalgia de colonia y lejía. Sube Andrés y contesta un hombre de mirada de lunes sin café.
¿A quién busca?
A Don Valentín. Soy conductor de autobús, iba todos los días conmigo
Ah, el abuelo del cuartosuspira el vecino, con voz más blanda.Está en el hospital. Se lo llevaron hace una semana, le dio un ictus.
A Andrés se le cae el alma a los pies.
¿En qué hospital?
En el General, el de la calle Mayor. Al principio estaba mal, pero dicen que va mejorando.
Esa tarde, después del turno, Andrés va al hospital. Llega a la planta, pregunta por Don Valentín.
¿Valentín? Sí, está en la seisle indica la enfermera.Pero está débil, no le canse mucho.
Don Valentín está junto a la ventana, muy pálido, pero despierto. Al ver a Andrés primero no le reconoce, luego se le iluminan los ojos.
¿Andrés? ¿Usted? ¿Cómo?
Andaba buscándolesonríe, incómodo, dejando unas mandarinas en la mesilla.Me extrañó no verle. Me preocupé.
¿Se ha preocupado por mí?dice el anciano, emocionado.Pero si no soy nadie
¿Nadie? ¡Mi pasajero más puntual! Hasta le echo de menos.
Don Valentín guarda silencio, mira al techo.
Hace diez días que no voy al cementerio… Primera vez en año y medio. Fallé a mi promesa.
¡Pero hombre, cómo va a ir! Su esposa lo entenderá. Una enfermedad es otra cosa.
No sé Solía ir, contarle mis cosas, el tiempo, cualquier tontería. Ahora está allí sola
A Andrés se le encoge el corazón y toma una decisión.
Mire, ¿quiere que pase yo? A visitar a su esposa, le cuento cómo está usted
Don Valentín lo mira entre desconfiado y esperanzado.
¿Lo haría? ¿Por alguien que ni conoce?
¡Qué va!ríe Andrés.Después de año y medio, le conozco mejor que a algunos parientes. Cada mañana le espero.
Al día siguiente, Andrés, de descanso, va al cementerio. Encuentra la lápidala foto de una mujer joven con mirada dulce. María Ruíz Fernández. 1952-2024.
Al principio se siente ridículo, luego las palabras salen solas:
Buenas, Doña María. Soy Andrés, el del autobús. Su marido va cada día a verle… pero ahora está en el hospital, recuperándose. Dice que la quiere, que volverá en cuanto pueda…
Y sigue, hablando del buen hombre que es Valentín, de lo mucho que la echa de menos, lo fiel que es Se siente bobo, pero sabe, en el fondo, que está haciendo lo correcto.
En el hospital, Don Valentín ya toma el té. Se le ve mejor, más vivo.
Fuile dice Andrés sencillamente.Le conté todo.
¿Y?la voz le tiembla.
Está bien. Han dejado flores nuevas, alguna vecina, supongo. Limpio y cuidado. Creo que le espera.
Don Valentín cierra los ojos. Dos lágrimas caen, silenciosas.
Gracias, hijo. De verdad, gracias
A las dos semanas, Don Valentín vuelve a casa. Andrés va a recogerle con el bus, lo deja en la puerta.
¿Mañana nos vemos?pregunta cuando el hombre baja.
Por supuestosonríe el abuelo.A las ocho en punto, como toda la vida.
Y allí está, firme y puntual al día siguiente. Pero algo ha cambiadono son ya sólo conductor y pasajero. Hay otra cosa.
Oiga, Don Valentínle dice Andrés un domingo, ¿por qué no le llevo yo los fines de semana en mi coche? No por trabajo, es solo un paseo. Ya me conoce, tengo tiempo de sobra.
¡No hombre, cómo se le ocurre!
Que sí, mi mujer dice que hay que ayudar a la gente de bien. Y usted lo es.
Y así, los lunes a viernes en el bus de la EMT, sábados y domingos en el Renault de Andrés, visitando la tumba de María. Algún domingo va también la mujer de Andrésya hay confianza de familia.
¿Sabes?le comenta Andrés a su esposa un día, yo pensaba que esto de conducir buses era solo rutina. Rutas, horarios, gente… Y ahora caigo: cada viajero lleva su historia.
Lógicoresponde la esposa.Menos mal que no miraste a otro lado.
Y Don Valentín, un día tomando juntos café, les dice:
¿Saben? Cuando murió María pensé que ya estaba, que se acabó todo. ¿Para qué seguir? Pero resulta que a la gente sí le importamos. Y eso vale oro.
***
Y a vosotros, ¿os ha tocado ver algún gesto sencillo que, en el fondo, es una heroicidad?







