— ¡Don Vasili, que se le ha vuelto a pasar la hora! — la voz del conductor de autobús suena afable, aunque con un ligero reproche. — Ya es la tercera vez esta semana que corre detrás del autobús como alma que lleva el diablo. El jubilado, con la chaqueta arrugada y jadeando, se apoya en la barra. Su pelo canoso está despeinado y las gafas le resbalan por la punta de la nariz. — Perdóneme, Andrés… — logra decir al recuperar el aliento mientras saca unos billetes ajados del bolsillo —. El reloj, que debe atrasarse. O será que ya no soy el que era… Andrés Victoriano —conductor de toda la vida, unos cuarenta y cinco años, curtido por el sol de tantas rutas— lleva a la gente desde hace veinte años y reconoce a muchos pasajeros de vista. Pero a aquel abuelo nunca lo olvida: siempre educado, discreto, viajando todos los días a la misma hora. — Ea, siéntese sin preocuparse. ¿Dónde vamos hoy? — Al cementerio, como siempre. El autobús arranca. Don Vasili toma su asiento habitual —tercera fila al lado de la ventana— y lleva un bolso de plástico desgastado con sus cosas. No hay muchos pasajeros. Es un día laborable, temprano. Unas estudiantes charlan de sus cosas, un señor de traje está absorto en el móvil. Todo normal. — Dígame, Don Vasili —Andrés le mira por el retrovisor—, ¿va usted allí todos los días? ¿No le resulta pesado? — ¿Dónde quiere que vaya uno…? — responde el jubilado, de espaldas al cristal —. Mi mujer… ya lleva año y medio allí. Le prometí visitarla cada día. A Andrés se le encoge el corazón. Él está casado y adora a su mujer. Ni imaginarlo puede… — ¿Le pilla muy lejos? — No, media hora en autobús. A pie sería una hora —las piernas ya no me responden. Con la pensión, me llega justo para el bono. Pasan las semanas. Don Vasili se ha convertido en el fijo de la ruta matinal. Andrés ya está acostumbrado, hasta lo espera. A veces el viejo se retrasa y Andrés, sabiendo, demora el autobús unos minutos. — No me espere, hombre —le dice un día Don Vasili, que ya ha notado las atenciones—. El horario es el horario. — ¡Bah, qué tontería! —responde Andrés. — Por un par de minutos no pasa nada. Una mañana, Don Vasili no aparece. Andrés aguarda, quizás se retrasa… pero el abuelo no viene. Al día siguiente, igual. Y otro más. — Oye, Tamara, la revisora —le dice incrédulo Andrés—, ¿no te has fijado que el hombre mayor que iba siempre al cementerio hace días que no aparece? ¿Estará enfermo? — Vaya usted a saber —Tamara encoge los hombros—. Igual le vinieron familiares, yo qué sé. Pero Andrés no deja de pensar en el anciano, ya se ha acostumbrado a su “gracias” y a su sonrisa triste cada salida. Pasa una semana. Sigue sin rastro de Don Vasili. Andrés, inquieto, aprovecha el descanso del mediodía para ir hasta la última parada, justo donde está el camposanto. — Disculpe —le pregunta a la portera del cementerio—, por aquí venía un señor mayor, Don Vasili… Canoso, con gafas, siempre portando una bolsa. ¿No lo ha visto últimamente? — ¡Ah, ese! —la mujer se alegra—. Vaya si lo conozco. Cada santo día venía a ver a su esposa. — ¿Y no ha vuelto? — Lleva una semana sin aparecer. — ¿No le habrá pasado algo? — Vaya usted a saber… Una vez me dijo su dirección. Vive cerca, en la calle Jardín, número tal. ¿Y usted quién es? — El conductor que lo llevaba siempre. Calle Jardín, 15. Un bloque antiguo, la pintura desconchada. Andrés sube al segundo piso y llama a la primera puerta. Le abre un hombre de unos cincuenta años, de aspecto serio. — ¿Quién busca? — A Don Vasili. Soy el conductor, lo llevaba todos los días… — ¡Ah! El abuelo del piso doce —la expresión del vecino se suaviza—. Lo han llevado al hospital hace una semana —le dio un ictus. Andrés siente un vuelco en el pecho. — ¿Y dónde está ingresado? — En el hospital municipal, en la Avenida de Lorca. Dicen que mejorando poco a poco. Esa tarde, tras acabar turno, Andrés acude al hospital. Pregunta a la enfermera en la planta. — ¿Don Vasili? Sí, está aquí. ¿Usted quién es? — Un conocido… —no sabe bien qué decir. — Habitación seis. Pero está débil, por favor, que no se canse. Don Vasili descansa junto a la ventana, pálido pero consciente. Al ver a Andrés, al principio no lo reconoce pero enseguida se le abren los ojos con sorpresa. — ¿Andrés? ¿Y usted… cómo me ha encontrado? — Bueno, le he buscado —sonríe torpe mientras deja una bolsa de fruta junto a la cama—. Al verle faltar, me preocupé. — ¿Por mí? —los ojos del viejo se humedecen— Pero si solo soy un viejo cualquiera… — ¡Qué va! —le corta Andrés—. Mi pasajero principal. Ya estoy acostumbrado, le echo en falta por las mañanas. Don Vasili guarda silencio, con la vista en el techo. — Llevo diez días sin ir… —dice al fin, bajito—. Primera vez en año y medio. Fallé a mi promesa… — Hombre, Don Vasili, su esposa bien lo comprenderá. La salud es lo primero. — No sé… —cabecea el abuelo—. Todos los días iba, le contaba cómo iba todo, el tiempo. Ahora aquí estoy, y ella sola allá… Andrés, compadecido, siente lo que debe hacer. — Si quiere, iré yo mismo. A ver a su mujer. Le explico que está en el hospital, que pronto se recuperará… Don Vasili le mira con mezcla de desconfianza y esperanza. — ¿Usted… lo haría? ¿Por alguien que apenas conoce? — ¿Cómo que apenas? —Andrés se encoge de hombros—. Año y medio viéndonos cada mañana… me es más cercano que muchos míos. Al día siguiente, siendo festivo, Andrés va al cementerio. Halla la tumba: en la lápida, la foto de una mujer de mirada cálida. “Ana Morales Pérez. 1952-2024”. Se siente torpe, pero al final las palabras surgen solas: — Buenos días, Doña Ana. Soy Andrés, conductor de autobús. Su esposo venía todos los días… A ver, ahora está hospitalizado, pero se va recuperando. Me ha encargado decirle que la quiere y que pronto vendrá él mismo… Dice aún más —que Don Vasili es un buen hombre, que la echa mucho de menos, que es un marido fiel—. Se siente un poco ridículo, pero algo le dice que hace lo correcto. En el hospital halla a Don Vasili tomando un té. El anciano se le ve mejor, algo más de color. — Fui —le dice Andrés—. Le conté todo, como me pidió. — ¿Y…? ¿Cómo está todo? —pregunta con la voz temblorosa. — Bien. Alguien trajo flores frescas, imagino que vecinos de allí. Todo limpio y cuidado. Ella espera a que usted vuelva. Don Vasili cierra los ojos, le caen lágrimas silenciosas. — Gracias, hijo mío… muchas gracias. Dos semanas después, le dan el alta a Don Vasili. Andrés lo recoge y lo lleva a casa. — ¿Mañana nos vemos? —le pregunta cuando el abuelo baja del autobús. — Por supuesto —asiente Don Vasili—. A las ocho en punto, como siempre. Y así es: al día siguiente está en su asiento de costumbre. Pero entre él y Andrés ya hay algo diferente: no solo son conductor y pasajero, hay algo más. — ¿Sabe una cosa, Don Vasili? —le dice un día Andrés—, los fines de semana le llevo yo. En mi coche, por gusto. No se preocupe. — ¡No hace falta, hombre…! — Sí hace. Ya me he encariñado. Y mi mujer dice: “Si es tan buena persona, hay que ayudar”. Así siguen. Entre semana, al cementerio en el autobús; los domingos, en el coche de Andrés, a veces con su mujer, que ya ha hecho amistad con Don Vasili. — Mira —le cuenta Andrés a su esposa una tarde—, yo al principio pensaba que esto era solo trabajo: rutas, horarios y pasa gente… Pero resulta que en cada asiento viaja una vida, una historia. — Así es —asiente ella—. Y menos mal que supiste verlo. Y Don Vasili les comenta un día: — Sabéis, cuando falleció mi Anita pensé que ya no quedaba nada en la vida. ¿A quién le importaba yo? Pero resulta… que aún queda gente que se preocupa. Y eso es mucho. *** ¿Y vosotros? ¿Habéis sido testigos de cómo la gente sencilla hace cosas realmente grandes?

Life Lessons

¡Don Valentín, que otra vez llega tarde!La voz del conductor de autobús suena amistosa, pero con ese tono de señor que regaña con cariño.Ya es la tercera vez esta semana que le veo correr detrás del bus como si persiguiera el último tren a Madrid.

El pensionista, con la chaqueta más arrugada que la mesa de un chiringuito después de la feria, se apoya contra una barra, resollando. Su pelo canoso, despeinado; las gafas, peligrosamente en la punta de la nariz.

Perdone, Andrés…acierta a decir mientras busca en el bolsillo unos euros tan viejos que deben haber visto las últimas pesetas.Creo que mi reloj va retrasado, o voy yo ya cuesta abajo

Andrés Gutiérrezel conductortendrá unos cuarenta y cinco años y piel de agricultor, pero de tanto conducir el autobús de la línea de Alcalá a Madrid lleva ya veinte años, y saluda a medio pasaje por su nombre. A este abuelete lo ha fichado biensiempre educado y callado, mismo asiento, misma hora, cada día.

Anda, hombre, suba y siéntese tranquilo. ¿Dónde le llevo hoy?

Al cementerio, como siempre.

El autobús arranca despacito. Don Valentín se sienta donde siempretercera fila, junto a la ventanillay coloca con mimo su bolsa de plástico, tan remendada como él.

Viajeros pocoses lunes por la mañana. Unas chicas charlan sin parar de series y cotilleos, un señor con traje despeja Candy Crush en su móvil. Lo de siempre.

Oiga, Don Valentínpregunta Andrés por el retrovisor, ¿usted va todos los días al cementerio? ¿No le pesa?

¿Y qué me queda?responde el anciano, mirando la M-30 por la ventanilla.Allí está mi esposa. Lleva ya año y medio. Le prometí que vendría cada día.

A Andrés se le hace un nudo en el estómago. Él adora a su mujer, no quiere ni imaginarse el vacío

¿Le pilla lejos de casa?

Qué va, media horita en autobús. Andando sería una odisea, estas piernas ya no pueden. Por suerte, la pensión me da para el bono.

Pasan las semanas. Don Valentín ya es el rey del primer viaje. Andrés se acostumbraes más, le espera. Alguna vez, si el abuelete se retrasa, el bus sale dos minutos tarde. Nadie dice nada.

No hace falta que me esperele dice un día Don Valentín, que se ha dado cuenta.Usted tiene horarios.

Bah, tonteríasresponde Andrés.Un par de minutos más no cambiarán el mundo.

Pero un día, ni rastro de Don Valentín. Andrés aguarda, da la vuelta al mismísimo reloj de la Puerta del Solnada. Al día siguiente, tampoco. Ni al tercero.

Oye, Tamaracomenta Andrés a la cobradora, Tamara Hernández, ¿has visto al abuelo que va al cementerio? Lleva tres días sin aparecer. ¿Estará malo?

Vaya usted a saber…responde la mujer encogiendo los hombros.A lo mejor tiene visita en casa, o

Pero a Andrés le escuece ese hueco. Se había acostumbrado a oír cada mañana el educado gracias al bajar, la sonrisa triste Faltaba algo.

Pasó una semana y Don Valentín seguía sin aparecer. Al final, Andrés se decide y, en la pausa del café, se planta en la última parada, junto al cementerio.

Perdonepregunta a la portera con su sempiterna bata de estrellitas.Busco a un señor mayor, Don Valentín Canoso, de gafas, siempre con una bolsa. ¿No lo habrá visto, verdad?

¡Hombre, claro!responde la mujer.Venía cada santo día a ver a su señora.

¿Y ahora?

Hace una semana que no asoma. Pero me dio una vez la dirección. Vive cerca, en la Calle Jardín, número diez. ¿Y usted quién es?

El conductor del bus. Lo traía a diario.

Calle Jardín, 10. Un bloque de los años setenta, ascensor que huele a nostalgia de colonia y lejía. Sube Andrés y contesta un hombre de mirada de lunes sin café.

¿A quién busca?

A Don Valentín. Soy conductor de autobús, iba todos los días conmigo

Ah, el abuelo del cuartosuspira el vecino, con voz más blanda.Está en el hospital. Se lo llevaron hace una semana, le dio un ictus.

A Andrés se le cae el alma a los pies.

¿En qué hospital?

En el General, el de la calle Mayor. Al principio estaba mal, pero dicen que va mejorando.

Esa tarde, después del turno, Andrés va al hospital. Llega a la planta, pregunta por Don Valentín.

¿Valentín? Sí, está en la seisle indica la enfermera.Pero está débil, no le canse mucho.

Don Valentín está junto a la ventana, muy pálido, pero despierto. Al ver a Andrés primero no le reconoce, luego se le iluminan los ojos.

¿Andrés? ¿Usted? ¿Cómo?

Andaba buscándolesonríe, incómodo, dejando unas mandarinas en la mesilla.Me extrañó no verle. Me preocupé.

¿Se ha preocupado por mí?dice el anciano, emocionado.Pero si no soy nadie

¿Nadie? ¡Mi pasajero más puntual! Hasta le echo de menos.

Don Valentín guarda silencio, mira al techo.

Hace diez días que no voy al cementerio… Primera vez en año y medio. Fallé a mi promesa.

¡Pero hombre, cómo va a ir! Su esposa lo entenderá. Una enfermedad es otra cosa.

No sé Solía ir, contarle mis cosas, el tiempo, cualquier tontería. Ahora está allí sola

A Andrés se le encoge el corazón y toma una decisión.

Mire, ¿quiere que pase yo? A visitar a su esposa, le cuento cómo está usted

Don Valentín lo mira entre desconfiado y esperanzado.

¿Lo haría? ¿Por alguien que ni conoce?

¡Qué va!ríe Andrés.Después de año y medio, le conozco mejor que a algunos parientes. Cada mañana le espero.

Al día siguiente, Andrés, de descanso, va al cementerio. Encuentra la lápidala foto de una mujer joven con mirada dulce. María Ruíz Fernández. 1952-2024.

Al principio se siente ridículo, luego las palabras salen solas:

Buenas, Doña María. Soy Andrés, el del autobús. Su marido va cada día a verle… pero ahora está en el hospital, recuperándose. Dice que la quiere, que volverá en cuanto pueda…

Y sigue, hablando del buen hombre que es Valentín, de lo mucho que la echa de menos, lo fiel que es Se siente bobo, pero sabe, en el fondo, que está haciendo lo correcto.

En el hospital, Don Valentín ya toma el té. Se le ve mejor, más vivo.

Fuile dice Andrés sencillamente.Le conté todo.

¿Y?la voz le tiembla.

Está bien. Han dejado flores nuevas, alguna vecina, supongo. Limpio y cuidado. Creo que le espera.

Don Valentín cierra los ojos. Dos lágrimas caen, silenciosas.

Gracias, hijo. De verdad, gracias

A las dos semanas, Don Valentín vuelve a casa. Andrés va a recogerle con el bus, lo deja en la puerta.

¿Mañana nos vemos?pregunta cuando el hombre baja.

Por supuestosonríe el abuelo.A las ocho en punto, como toda la vida.

Y allí está, firme y puntual al día siguiente. Pero algo ha cambiadono son ya sólo conductor y pasajero. Hay otra cosa.

Oiga, Don Valentínle dice Andrés un domingo, ¿por qué no le llevo yo los fines de semana en mi coche? No por trabajo, es solo un paseo. Ya me conoce, tengo tiempo de sobra.

¡No hombre, cómo se le ocurre!

Que sí, mi mujer dice que hay que ayudar a la gente de bien. Y usted lo es.

Y así, los lunes a viernes en el bus de la EMT, sábados y domingos en el Renault de Andrés, visitando la tumba de María. Algún domingo va también la mujer de Andrésya hay confianza de familia.

¿Sabes?le comenta Andrés a su esposa un día, yo pensaba que esto de conducir buses era solo rutina. Rutas, horarios, gente… Y ahora caigo: cada viajero lleva su historia.

Lógicoresponde la esposa.Menos mal que no miraste a otro lado.

Y Don Valentín, un día tomando juntos café, les dice:

¿Saben? Cuando murió María pensé que ya estaba, que se acabó todo. ¿Para qué seguir? Pero resulta que a la gente sí le importamos. Y eso vale oro.

***

Y a vosotros, ¿os ha tocado ver algún gesto sencillo que, en el fondo, es una heroicidad?

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