Diario de una matrona
Llevo muchos años dedicada a la obstetricia; en este tiempo he presenciado momentos dulces y otros difíciles. En nuestro hospital de Madrid, rara vez intervenimos en las decisiones personales de las mujeres que dan a luz, pero hace poco tuve que hacerlo para ayudar a una joven estudiante que acababa de tener una hija maravillosa y quería darla en adopción de inmediato.
La muchacha se llamaba Marisol, un nombre muy propio de aquí. Cuando llegó al hospital, nadie sabía mucho de su historia: había llevado el embarazo en silencio, sin acudir a ningún médico durante los nueve meses. Jamás respondió a mis preguntas, y tampoco tuve oportunidad de insistir antes del parto.
Marisol dio a luz de manera ejemplar, en silencio, en contraste con otras madres primerizas que asisten a cursos de preparación. Apenas se le oía un gemido en la habitación y seguía todas mis indicaciones a la perfección. El parto transcurrió sin incidentes. Cuando tuve a la pequeña en brazos, llorando con fuerza, anunciando su llegada a este mundo, vi que Marisol también lloraba. Le comenté que la niña estaba sana; era imposible no alegrarse ante una criatura tan hermosa.
Sin embargo, ya en planta, Marisol me pidió que informara a los servicios sociales: quería dar a su hija en adopción. Intentamos convencerla, sugerirle que tal vez estaba tomando una decisión precipitada, pero ella no quiso siquiera intentar amamantarla y nos pedía constantemente que la dejáramos tranquila.
La niña, a diferencia de otros recién nacidos, rechazaba el biberón, pero abría la boca con ansias cada vez que olía leche, buscando el pecho que no encontraba Al poco la pequeña comenzó a perder peso, y en mi siguiente turno, tomé la decisión de llevarla otra vez junto a su madre, pese a que nadie en el equipo lo veía con buenos ojos. Le expliqué a Marisol que su actitud hacía peligrar la salud de su hija y, casi suplicándole, insistí en que la alimentara. Cuando finalmente le acercó el pecho, la niña empezó a mamar con un entusiasmo tal que me pareció milagroso. Me excusé con una urgencia y salí de la habitación, dejándolas juntas.
Al volver media hora después, las encontré dormidas, con Marisol abrazando suavemente a su hija. Poco después, salió al pasillo y se sentó a mi lado, junto a mi escritorio, para contarme su historia.
Resultó que el padre de la niña era un empresario muy conocido en Madrid. Casado, no quiso hacerse cargo del embarazo; le propuso a Marisol abortar, pero ella decidió traer a la pequeña al mundo. Al enterarse de la decisión, el empresario confesó todo a su esposa, quien, tras aceptar sus disculpas, se lanzó sobre Marisol, exigiéndole deshacerse del bebé. Ni dinero ni amenazas lograron disuadir a la joven, y el empresario desapareció de Madrid unos meses, mientras su mujer insistía en que la niña debía ser adoptada.
Marisol, sin tapujos, me confesó: Quiero quedarme con ella, pero no sé cómo voy a arreglármelas en la residencia de estudiantes y sin dinero
Al oírla, la animé y traté de darle esperanza. El jefe de nuestro servicio tenía muchos contactos en Madrid, así que fue sencillo localizar al empresario y pedirle una reunión. Para sorpresa de todos, acudió ese mismo día y estuvieron hablando largo rato sobre el futuro de Marisol y la niña. No esperábamos que fuese tan correcto.
Al salir del hospital, Marisol alquiló un piso cuyo primer año el padre de la niña pagó por adelantado: unos ocho mil euros. Además, le proporcionó una cantidad suficiente para no pasar apuros al principio y prometió hacerse cargo de la niña en el futuro. Puede que en él despertase la conciencia, dándose cuenta de que debía asumir su responsabilidad. Hoy ignoro qué será de Marisol y de su hija; lo único que deseo desde lo más profundo es que consigan formar su propia familia y dar a esa niña el futuro que se merece.







