Durante diez años trabajé de cocinera en la casa de mi hijo y ni una palabra de agradecimiento
Fui maestro toda mi vida y me jubilé con cincuenta y cinco años. Entonces, estuve viviendo una década en la casa de mi hijo, compartiendo vida con su familia. Hace poco nos vimos y me contó, con alegría, que ahora le han dado la segunda jubilación. Me acordé de aquellos tiempos, justo cuando tras dejar mi puesto de profesor, me trasladé a su piso. Dejé mi piso cerrado, nunca lo alquiléquizá por miedo o simplemente por precaución, vete tú a saber.
En la casa de mi hijo y nuera la convivencia siempre fue buena. Jamás hubo broncas ni discusiones. La verdad, sorprendentemente armonioso el día a día entre todos. Estoy convencido de que mi mujer hizo un verdadero sacrificio. La convivencia empezó cuando el nieto apenas tenía un año y siguió durante casi diez años.
Cuando mi nuera volvió a trabajar, todo el peso de la casa cayó en mi mujer. No sé cómo explicar la magnitud de aquel esfuerzo, siendo abuela, niñera, cocinera y limpiadora desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Los jóvenes llegaban pasadas las siete de la tarde, y solo entonces podía sentarse un rato, antes de dormir para volver a empezar al alba.
Cuando el niño empezó el colegio, todo se hizo aún más complicado. Había que llevarle en autobús, esperarlo y recogerlo a la salida hasta que cumplió unos diez años; y sin dejar de lado las tareas de la casa: limpiar, cocinar, lavar la ropa. Mi mujer me contaba que, muchas noches, la agotamiento era tan grande que ni siquiera podía ver la televisiónse quedaba dormida en el sofá.
No había tiempo para amigas ni para salir. En los días festivos, los jóvenes se iban con sus amistades y ¿con quién se quedaba el niño? Siempre con la abuela.
Casi diez años pasaron así. Quizá mi mujer habría seguido, pero un par de detalles lo cambiaron todo. Un día escuchó a la nuera decirle a su hijo: Tu madre pone mucho detergente, por eso la ropa huele a lejía. Díselo tú, pero suave. ¡Después de diez años lavando, nada menos! Mi mujer se calló y disimuló el disgusto.
No tardó en llegar la segunda señal. La nuera le pidió que dejara la habitación para el niño y que la abuela pasara a vivir en el pasillo. Fue entonces cuando comprendió que ya era el momento de marcharse.
Empaquetó sus cosas y volvió a su piso. Lo ventiló, limpió y se reinstaló allí. Después ocurrió lo inesperado: el hijo y su mujer se ofendieron por su marcha. Se acostumbraron a verla como una ayuda perpetua, pensaban que se quedaría hasta el final. Nadie se preocupó realmente por ella, como si lavar, cocinar, limpiar y organizar todo fuera lo natural en una abuela, sin considerar su esfuerzo y su persona.
Se enfadaron y dejaron de visitarla. Pero mi mujer es optimista y tiene fe en que el tiempo pondrá todo en su lugar. Ahora por fin se siente libre: puede dedicarse a sí misma, sin prisas ni obligaciones, viviendo como quiere. ¿Quién necesita más?
A los sesenta y cinco años volvió la alegría. ¿Recuerdas esa canción? Vuelve la juventud a quien sabe guardarla. Ella ha sentido ese mágico alivio, esa liberación de responsabilidades.
No son solo palabras bonitas: la generosidad tiene nombre y esfuerzo propio. Pocos son capaces de apreciarlo realmente. Ni los hijos: porque nos acostumbramos rápido a que alguien lave los platos, cocine, ponga la mesa, lave la ropa y se ocupe de los niños, les dé de comer y los acueste, les ayude con los deberes Uno se acostumbra demasiado rápido.
Hoy he aprendido que, aunque el sacrificio muchas veces pase desapercibido, vivir por y para uno mismo también es legítimo y merecido. La gratitud debería cultivarse tanto como la ayuda.







