Querido diario,
Hoy he sentido una mezcla extraña de calma y ansiedad mientras rememoraba la historia de mi familia No puedo dejar de pensar en cómo ciertas decisiones marcan los destinos de las mujeres. Igual que sucedió con mi tía abuela y mi madre. Este invierno ha sido especialmente largo y solitario aquí, en las afueras de la aldea, entre los montes que casi tocan el cielo de Segovia.
Ay, Leonor, te lo pido por la Virgen, lleva a mi Fernandito contigo me suplicaba mi hermana mayor, Inés, con la voz llena de miedo. Siento en el pecho como si algo malo fuera a pasar. Mejor la distancia que la muerte de mi niño.
Giré la cabeza y miré a mi sobrino: un chiquillo paliducho, sentado junto al hogar, balanceando sus piernecillas mientras hablaba solo, distraído. Antes vivíamos juntas, pero los años pasaron y la mayor, Inés, se casó con Tomás y se mudó a un pueblo lejano. Yo me quedé cuidando a mamá, que no tardó en fallecer. Nuestro padre murió de tuberculosis siendo aún jóvenes Al menos mamá supo hacernos mujeres de bien; nos enseñó a ser bondadosas, trabajadoras, socorrer a quien lo necesita. Pero aunque Inés era la mayor, siempre he llevado la voz cantante. Ella, suave como arcilla, siempre fue fácil de moldear, y Tomás, ingenuo, cayó rendido ante su dulzura. Hicieron buena pareja.
Pero a mí, en cambio, ni un dedo me metas en la boca: al mínimo, te muerdo la mano entera. No es que me falte belleza no soy de las que se sonrojan por un cumplido, pero siempre he sido estricta, altiva. Muchos mozos de los alrededores vinieron a pretenderme, pero a todos les di calabazas.
Cuando mamá estaba viva, me repetía:
Hija mía, has heredado el carácter de la bisabuela, ten cuidado no heredar también su destino. Vas a quedarte soltera, ¿quién te querrá en la vejez?
Sonreía ante sus quejas. Nunca le discutí, por respeto a su edad, y porque tenía mis propias ideas al respecto. Mi bisabuela no fue una mujer cualquiera. Vivió sola, tuvo un hijo de padre incierto, pero fue inmensamente feliz. Sabía curar con hierbas y rezos, no hacía maldades ni se metía en la vida ajena. Le temían como a un demonio, pero la respetaban. Ese temperamento suyo corre por mis venas, junto con su don: también yo soy curandera. Conozco las plantas, los secretos del bosque. Y a quien he de invocar, solo yo lo sé. Si el pueblo murmura, que murmure.
No te entiendo, Inés dije contemplando a Fernandito. El niño está sano, ¿por qué lo ves ya entre las ánimas?
Ay, hermana, ¿no has oído lo que está pasando en nuestra aldea, Fresno del Camino? Los niños mueren como moscas, se enferman y no levantan cabeza.
¿Y por qué no acudieron a mí? repliqué.
Pues por la distancia, y porque allí tenemos otra curandera una tal Pura. Ni tú preguntaste, ni yo conté. Pero, Leonor, ¿te quedas con mi hijo unos meses? Dame esa tranquilidad.
Claro que sí, déjalo conmigo le respondí, despeinando la rubia pelusa de Fernandito. Él me miró con sus dientes torcidos en una sonrisa descomunal, y me ofreció su mano para ir a ver el nido de petirrojo que había en la leña del jardín.
***
Hoy ha venido Inés a casa. Han pasado seis meses desde que dejó a Fernandito. El otoño tiñe el cielo de acero. Todas las visitas acaban en lágrimas y abrazos, no cambian los años ni el calendario.
Ay mi niño, mi hijo querido llora mi hermana, besándole la cabeza. ¡Cuánto te echamos de menos! Tu padre pregunta todos los días cuándo volverás a casa.
Yo, limpiándome las manos en el delantal, la saludé con un beso también.
¿Y cómo estáis?
Bien, tía Leonor me regaló un gatito. ¿Quieres verlo, mamá? gritó Fernandito, corriendo afuera.
Todo bien, hermana le dije. ¿A qué has venido hoy?
Ya casi es hora de llevarlo a casa. Tomás está impaciente y para qué negarlo, yo también. dijo, sonriendo.
¿En el pueblo mejora la cosa?
No quiero gafar nada, pero desde que Fernandito está contigo, no ha muerto ningún niño más.
Fernandito entró corriendo con el gato en brazos.
Se llama Simón, mamá. Es mi amigo.
Nos lo llevamos, hijo, hay muchos ratones en casa dijo Inés, mientras él metía sus cosas en un saco.
Hablamos de tantas cosas mientras se preparaban para el viaje. Mi hermana, como siempre, preguntando si yo nunca pensaba en formar mi propia familia.
Déjalo estar, Inés. Ya me llegará el momento, si es que ha de llegar. Fernandito es un sol de niño, me basta y me sobra tu cariño.
Antes de irse, le advertí:
Cuida del gato, por favor. Es para Fernandito.
Nunca he maltratado animal alguno me respondió ofendida. Siempre sirvo leche incluso al perro del vecino.
Nos dimos un último abrazo. Crucé a Fernandito y su madre con la señal de la cruz, deseándoles buen viaje. El invierno apretó con fuerza ese año apenas podía abrir la puerta por la mañana del montón de nieve.
Los días fueron paulatinos en la aldea. Siempre había trabajo para mí: curar a un recién nacido, preparar una pomada para los viejos con reuma. Así, entre una cosa y otra, llegó la primavera entre cantos de mirlos y aromas de romero.
Una tarde, mientras escarbaba en el huerto, escuché un miau. Me giré y vi a Simón, el gato. Se restregó en mis piernas.
¿Y tú, qué haces aquí, Simón? ¿Habrá pasado algo?
Sin pensarlo dos veces, preparé mis cosas y avisé a la vecina Pilar para que cuidara de las gallinas si tardaba en regresar.
El camino hasta Fresno lo recorrí con el alma encogida. Al llegar, crucé corriendo hasta la casa de Inés. La encontré llorando, destrozada.
¡Leonor, qué desgracia!me abrazó suplicando. Fernandito yacía en la cama, pálido, apenas respirando.
Supe entonces que después de Reyes empezó a enflaquecer. Primero parecía cansado, después ya no pudo levantarse. Nadie pudo llegar a buscarme por las ventiscas y las nieves eternas.
Fui a la curandera, Pura. Le dio hierbas, rezó, nada. Quise ir a verte en cuanto se derritiera la nieve, pero tú has llegado antes. Simón había desaparecido; Fernandito lo llamaba y lloraba por las noches.
No te preocupes por el gato, ha sido él quien me trajo a casale aseguré.
Le pregunté si Fernandito comió algo extraño En Reyes, los niños fueron de casa en casa pidiendo el aguinaldo. Todos probaban los dulces; pero Fernandito no hacía más que alabar los bollos de Pura.
Ve por ella, quiero ver cómo cura a mi sobrino le sugerí.
En cuanto Pura llegó, clavé dos agujas en cruz en el marco de la puerta, escondiéndome en la cocina. Noté su confusión al intentar marcharse. Se le notaban los nervios, pero fingió calma.
¿Te encuentras mal, Pura? le preguntó Inés.
Un poco tráeme agua, hija.
En cuanto Inés la condujo a otra habitación, retiré las agujas y Pura pudo salir, casi echada demonios.
Sabía lo que tenía que hacer. Por la noche, encendí tres cirios entrelazados y recé, cobijando a Fernandito como una madre a su polluelo bajo el ala. Ofrecí mi propia fuerza por salvarlo y, agotada, caí en un sueño profundo.
A la mañana siguiente, Inés lloraba de gratitud. Fernandito despertó pidiendo desayuno, por primera vez con un leve color en las mejillas.
Me quedaré unos días a vigilar todo. No pienso dejar a esa bruja de Pura impune.
***
Me disfracé de aldeana desesperada y fui a casa de Pura. Quise comprobar cómo robaba la vida de los niños.
Ayúdame le supliqué. No puedo más con los celos; dale su merecido a esa mujer que me quita a mi hombre.
Bueno lo único que te pediré es que reparta pan entre los niños de tu pueblo me dijo con falsa inocencia.
¿A qué viene tanto pan? inquirí.
Pura evadió la respuesta, pero seguí fingiendo. Me entregó unos bollos. A cada uno había dedicado un espíritu; tenía un trato oscuro con los muertos.
De vuelta a casa de Inés, rompí el pan en pedazos y lo di a las gallinas. Tenía la certeza de que si llegaba a los niños, la desgracia seguiría.
A la mañana siguiente llegaron noticias: Pura había sido vista, demacrada, ennegrecida de pronto. Los demonios la buscaban y, al no encontrar más infantes, se cebaron con ella. Duró poco más en el mundo.
Para proteger al pueblo, realicé un último conjuro: encerré su poder en un viejo candado oxidado y lo colgué en la puerta de su casa. Juré que si alguna vez intentaba volver a sus viejas artes, acabaría consumida antes de tiempo. Pura murió poco después. Fue una muerte dolorosa, la justicia de los muertos.
***
Desde entonces, Fernandito se curó por completo, y yo me convertí en la única curandera de la comarca. Sigo mis principios, ayudando a la gente y a los animales, sin meterme en las sendas oscuras. Nunca encontré marido que me aguantara, pero no me causa tristeza; no todos nacimos para el mismo destino. Inés siempre trata de convencerme con su paciencia de madre.
Ay, Leonor, baja el orgullo y tendrás hijos suspira.
Sin carácter no se vence al diablo, hermana le respondo bromeando, besando la testa de mi querido sobrino.
Fernandito viene a visitarme a menudo, llenando mi vida de esa risa limpia que solo dan los niños. Quizá no me espere el amor de pareja, pero en el inmenso cariño de mi sobrino tengo más dicha de la que jamás soñé.
Así, querida vida, siguen los días, y el destino de las mujeres lo sigo escribiendo yo misma.
LeonorY así, cuando el atardecer pinta de oro las cumbres y los mirlos entonan su último canto, me siento en el umbral de casa, Simón ronroneando a mis pies, y el corazón ligero. Nadie recordará mi nombre en los libros, pero en cada abrazo de Fernandito y cada rama de romero bendecida contra el mal de ojo, sé que dejo huella. Ser curandera, hija, tía, hermanaser simplemente Leonores destino suficiente.
Mientras la brisa nocturna se cuela por la ventana, cierro el diario y susurro mi gratitud a las mujeres que vinieron antes: bisabuela, madre, todas las que buscaron libertad en una tierra que nunca fue fácil. El linaje prosigue, no en hijas propias, sino en los corazones que he sanado.
Y mañana, cuando el gallo cante y los niños pasen a pedirme golosinas, abriré la puerta con una sonrisa, el alma cubierta de cicatrices y ternura. Nadie sabe si el destino está escrito en las estrellas o en la palma de la mano. Yo solo sé que, mientras tenga fuerzas y memoria, seguiré mirando de frente a la vida, dejando que sea el amoren cualquiera de sus formasquien me salve cada vez que el invierno regrese.




