Mira, te cuento lo que le pasó a Carmen el otro día, que todavía me acuerdo y me entra una mezcla de risa y pena. Salía ella de su turno de noche en el hospital de Chamberí, agotada, que apenas podía arrastrar los pies. Había pasado de hacer un frío pelón a llover cada día y nevar, y las aceras estaban tan resbaladizas que Carmen iba dando traspiés a cada paso, con el hielo escondido bajo la nieve blanda.
Esa noche ni se tumbó a descansar; entre que traían un niño con apendicitis y una señora mayor con la cadera rota, parecía que todo el mundo esperaba a que fuera de noche para llamar a la ambulancia y acabar en el hospital. Carmen solo pensaba en llegar a casa, tirarse en la cama y desconectar. Por mirar hacia el suelo y no caerse, ni se dio cuenta de que de pronto, pegado a la pared, un hombre se desprendía de las sombras y se plantaba delante de ella. Carmen levantó la cabeza y se paró.
El tío tendría unos cuarenta largos, pinta de vagabundo o de cualquiera menos recomendable. La cara con arañazos, la ropa mojada y hecha un desastre, como si se la hubieran prestado de mala gana. Carmen intentó esquivarlo, no estaba como para salir corriendo.
Perdone, ¿podría ayudarme? le dijo él, de repente.
Carmen es enfermera, así que cuando alguien pide ayuda tiene como un resorte de emergencia y no puede evitarlo.
Yo… El hombre se llevó las manos a la cabeza, cerró los ojos un segundo. Me han tirado del tren. Menos mal que había un buen montón de nieve. He caído bien, sólo tengo moratones.
Pues igual tenías que beber menos… intentó Carmen pasar de largo.
No, por favor, que yo no he bebido. Solo un té. Pero algo debieron echarme, porque me quedé dormido enseguida. Me han robado todo, hasta la ropa. Y eso que me han tirado medio vestido, menos mal contó él, cada palabra más rápido.
Pues has tenido suerte. Lo tuyo es ir a la policía y al hospital. ¿Te duele la cabeza, te mareas? Tienes toda la pinta de una conmoción le dijo Carmen, intentando seguir su camino, pero él no se apartaba.
La policía ya lo sabe. El próximo tren para salir será en unas horas. No me apetecía esperar en comisaría. Mis ladrones no los van a encontrar. Había un señor mayor en el compartimento, parecía profesor, con gafas y barba de chivo. Dicen en la policía que seguramente ni era de verdad ni la barba ni las gafas. Y seguro que tenía compinches. Así que dentro de lo malo, he tenido suerte. Solo necesito ducharme y una ropa seca, la devuelvo luego, de verdad.
Sí, hombre, ¿y no quieres de paso la llave del piso y el pin de la tarjeta? suspiró Carmen, ya cansada de tanta historia.
Todos igual. De verdad, ¿tan raro es que alguien sólo quiera ayuda? y el hombre levantó la vista al cielo, con unos ojos que apretaban el alma. Carmen se fijó en que, pese a la pinta, hablaba correcto, con vocabulario, nada de lo típico de la gente de la calle.
Bueno, venga, sube a casa antes de que cojas una pulmonía. Algo de ropa te encontraré accedió Carmen, porque la piedad pudo más que la desconfianza.
Muchas gracias, eres muy buena persona. Nadie me ha prestado ni dos segundos de atención le dijo, siguiéndola.
En cuanto Carmen entró en casa, se dejó caer en el puff del recibidor. Le dolían los pies y los párpados le pesaban.
Pasa al baño le señaló ella, y mientras él buscaba el interruptor, Carmen fue a ver qué ropa podría dejarle. ¿Y cómo te llamas?
Javier contestó él, mientras cerraba detrás de sí y se oía el agua.
Carmen suspiró. El descanso tendría que esperar. Su hermano hacía años que vivía en Madrid, pero aún quedaban cosas suyas. Ya le devolveré la ropa, pensó. Rebuscó, juntó un conjunto decente y lo dejó en el recibidor, avisando a Javier al terminar la ducha. Mientras se calentaba un poco de sopa en el microondas, Carmen pensaba que si su madre llegaba justo ahora, se le iba a caer el alma a los pies. Cómo le explicas que desconocido duchándose y tú sirviéndole sopa. Virgencita, que mi madre se entretenga en la compra o en casa de alguna amiga, murmuró internamente. Pero nada. Justo entonces, oír la cerradura.
¿Ya en casa, Carmen? gritó su madre.
Carmen asomó la cabeza desde la cocina.
¡Mira que pensaba que eras tú en el baño! ¿Entonces quién se está duchando?
Mamá, no grites. Es un hombre que se ha quedado tirado del tren. Se apaña y se marcha. No te preocupes.
¿Le has preparado la ropa de tu hermano? ¿Pero qué ha pasado?
Te lo acabo de decir, le han robado y echado del tren repitió Carmen, intentando ser paciente.
¡Virgen del Camino! ¿Y te parece normal traerlo a casa? A saber quién es ¿No será un ladrón o un loco? Igual llamo a la policía se puso a temblar su madre.
Mamá, no digas tonterías. Ya estuvo en comisaría. No hay trenes hasta dentro de horas, están arreglando la línea. Se duchará y se va.
La ducha calló y se oyó la puerta. Se lleva la ropa, pensó ella. Su madre se sentó de cara al recibidor, preparada para cualquier cosa.
Al poco, Javier entró en la cocina, educado pero tímido.
Veamos… ¿Cómo han conseguido robar tan fácilmente a un hombre tan fuerte y grande? preguntó la madre, sin perder el descaro.
Perdonadme por la molestia. Venía de noche para asistir a la boda de mi hija. Algo me echaron en el té y al poco me dormí. Me levanté con lo puesto, sin móvil, sin cartera hasta los papeles me quitaron. Me tiraron en una cuneta cerca de aquí.
¿Y cómo acabaste en este barrio? No estamos precisamente al lado de la estación refunfuñó la madre.
Mamá, déjale en paz. Come algo, Javier, que te he calentado un plato de sopa.
Carmen, de pequeña recogías todos los gatos y perros de la calle… y ahora hombres lanzados de los trenes la madre se resignó, pero hizo sitio en la mesa.
Javier, ten cuidado. Si le caes bien a mi madre, no te dejará salir de aquí ironizó Carmen.
Como estás todo el día en el hospital rodeada de ancianos y críos… nunca tienes tiempo de vida propia. Treinta años casi y aquí sigues, sin pareja ni familia soltó la madre.
Mamá, deja el drama que Javier va a pensar que le queremos casar intentó Carmen quitarle hierro.
La madre se fue refunfuñando a su cuarto, dejando a los dos solos.
Tienes una madre con carácter comentó Javier.
Nos crió sola a mi hermano y a mí. Tiene miedo de que me quede sola y acabe como ella, luchando por sacar adelante a una hija.
Y tú, ¿eres médico?
No, enfermera. ¡Anda! ¿Y cómo vas a sacar billete sin DNI ni dinero?
En comisaría me dijeron que me ayudarían. ¿Me dejas llamar a mi hija para decirle que no podré estar en la boda? Y también a mi socio.
Claro Carmen fue a por el móvil.
Mientras, la madre estaba ya recogiendo sus joyas y guardándolas en el joyero. Carmen ni intentó pararla. Sabía que daba igual lo que le dijera, su madre haría lo que le diera la gana.
Javier hizo sus llamadas. Carmen se dio cuenta de que la hija no parecía muy preocupada por la ausencia de su padre en la boda. Luego llamó a alguien más y le pidió la dirección.
Un conductor vendrá a buscarme en breve. No debí haberme metido en este berenjenal. Mi exmujer no quería que coincidiera con su marido y fui solo porque mi hija lo pidió. Siento haberos molestado dijo Javier, cabizbajo.
¿Y tú quién eres para que te recojan así? preguntó Carmen, con más curiosidad.
Pues mira, Javier resultó que tenía una empresita de reparación de electrodomésticos con un amigo. El socio le recomendó evitar el coche, que si la boda y el vino… que mejor tren. Tendría que haber ido en avión, bromeaba. No te preocupes, Carmen, en un par de horas me voy.
Carmen le miraba y pensaba en lo que decía su madre. ¿Y si tuviera alguien que le esperara en casa, hijos, marido? Al fin y al cabo, tenía ya treinta años y seguía viviendo con su madre. Su última pareja, Antonio, la había dejado por su mejor amiga; un desastre.
Eres buena persona. Seguro que la vida te va a devolver todo este bien le soltó Javier, pillándola despistada.
¿Y tú? ¿Por qué solo? Si parece que tienes la vida encarrilada, hasta negocio propio…
Bueno, fue mal con mi mujer. Las parejas hoy piensan demasiado en el interés propio. Nada de fiarse, ¿verdad? Te he fastidiado el descanso tras tu turno, perdona.
Estuvieron charlando hasta que se hizo de noche. A Javier le llamaron al móvil: su conductor ya estaba abajo.
Bueno, aquí acaba la aventura. Gracias de corazón le dijo mientras le devolvía el móvil. Te he guardado mi número, como Javier del tren. No sé si me llamarás, pero si alguna vez necesitas algo, aquí estoy. Y la ropa, por supuesto, la traigo de vuelta. Saluda a tu madre y perdónala, seguro que piensa que soy un ladrón.
A Carmen se le encogió el corazón. Era un desconocido y le daba pena que se marchara. Pero, ¿quién era ella y quién era él? Carmen le sonrió:
No te metas en más líos y viaja en avión, anda.
Javier le devolvió la sonrisa y salió, agitando la mano desde la calle a través de la ventana.
¿Ya se ha marchado? preguntó la madre al entrar.
Si lo llego a saber, ¿para qué montabas tanto drama? respondió Carmen, intentando que no se le notara la pena.
Es buen hombre, se veía admitió la madre.
¿Y entonces para qué escondiste todas tus joyas?
Porque soy una tonta vieja, hija suspiró.
Pasaron tres semanas, llegó la Nochevieja, y Carmen cada vez pensaba más que igual todo lo de Javier lo había soñado. El hospital estaba tranquilo; casi no quedaban pacientes. Hasta pusieron un arbolito en la sala de descanso. Esa noche, pasaría tranquila.
Bueno, Carmencita, parece que volvemos a hacer guardia juntos le dijo el Dr. Sanabria, con esa sonrisilla pícara de siempre.
Se notaba a la legua que lo hacía a propósito para coincidir. Era famoso por intentar ligarse a todas las enfermeras jóvenes, ella solo fingía no darse cuenta.
En esto entró volando Lucía, la auxiliar:
¡Tenéis que ver lo que hay afuera! ¡Un Papá Noel de carne y hueso en la puerta, que quiere entrar a repartir regalos!
¿Un Papá Noel aquí? Venga, vamos a ver, Carmen Sanabria la cogió del brazo y salieron al pasillo.
Ya desde la puerta se oía a un hombre pidiendo que le dejaran pasar, disfrazado de rojo, gorro y barba blanca postiza, con un saco de regalos sobre el hombro. A Carmen la voz le sonó familiar…
Papá Noel iba de habitación en habitación repartiendo mandarinas y bombones. Los abuelos reían como críos. Hasta de otra planta vinieron a pedir su visita. Cuando le pidieron que fuera también a Pediatría, Papá Noel se volvió y miró a Carmen, como pidiendo permiso.
A la niña de la enfermera, ni hablar, eh, Papá Noel. Tienes que venir con tu propia ayudante le picó Sanabria, haciéndole un guiño a Carmen.
Un rato después, Papá Noel volvió a la sala, ya sin barba y con el disfraz descolocado. Carmen no pudo evitar la carcajada.
Sabía que esta noche hacías guardia. Quería sorprenderte, que estuvieras animada. ¿Te ha gustado? preguntó Javier, con voz de ilusión.
Ya te digo, los abuelos no van a dormir del subidón contestó Carmen, sonriendo de verdad.
Hoy te quedas con Papá Noel, Carmen. Yo sobrevivo aquí. Disfruta de la vida remató Sanabria guiñando un ojo.
Y mira, un mes después, Carmen se pidió la baja y se fue a vivir con Javier. La madre, más feliz que unas castañuelas: Mi niña ya está arreglada, ahora sí que puedo descansar tranquila ¡Ay no, qué digo! ¡Si ahora vendrán los nietos! Pues voy a tener que aguantarme un poco más.
Al final, siempre decimos que lo malo es destino y lo bueno simple casualidad pero mira tú, en la vida, las dos cosas van cogidas de la mano.





