De la pensión, doña Daría, además de cubrir los recibos de la luz y el agua y de comprar alimentos e…

Life Lessons

De la pensión que recibía, Amalia Fernández, además de pagar religiosamente los recibos de la luz y agua y comprar víveres de oferta en el mercado de abastos, solía permitirse un pequeño capricho: una bolsita de café en grano. Los granos ya venían tostados y, al cortar la esquina del paquete, escapaba un aroma embriagador que inundaba la cocina estrecha. Olía con los ojos cerrados, aislada del mundo, dejando que el perfume la arrastrase lejos de sí misma. Entonces el milagro ocurría: junto a aquel olor maravilloso, sentía recorrerle el cuerpo una energía que despertaba recuerdos lejanos, sueños de juventud sobre países extraños, olas rompiendo sobre playas remotas, el rumor de lluvias tropicales, ecos de selvas secretas y chillidos de monos surcando lianas invisibles…

Jamás había visto nada de eso, claro. Sólo vivía las palabras de su padre, siempre ausente en expediciones científicas en América del Sur. Cuando volvía, se sentaba en la mesa con Amalia, a la que llamaba cariñosamente “Amalita”, y mientras saboreaba un café recio y oscuro, le relataba las hazañas en la cuenca del Amazonas. El olor del café sería, para siempre, la puerta mágica hacia esos cuentos y recuerdos de un hombre enjuto, moreno, lleno de cicatrices de sol.

Siempre supo que aquellos no eran sus verdaderos padres. Recordaba vagamente que, cuando apenas tenía tres años y estaba perdida, una mujer la recogió durante la guerra, haciéndose su madre para siempre. Luego, como cualquiera: colegio, trabajos, boda, nacimiento de un hijo… y, finalmente, la soledad. Su hijo, convencido por su esposa, se fue hace veinte años, cruzando fronteras para instalarse con su familia en Lisboa. Apenas volvió una vez, en todo aquel tiempo. Llamaban de vez en cuando y él le enviaba cada mes algunos euros, que ella jamás gastaba los guardaba en una cuenta especialpara devolvérselos algún día. Y así, durante veinte años, sumando y sumando. Después…

Últimamente, una melancolía extraña visitaba su pecho. Había vivido una vida buena, sí, llena de cariño y entrega… pero no la suya. Si la guerra no hubiese irrumpido en su destino, ¿quién habría sido? ¿Qué gente, qué casa, le habrían pertenecido? De sus padres biológicos apenas conservaba sombras difusas. Pero recordaba a otra niña: su inseparable compañera de primeros años, llamada Inés. Todavía resonaban voces en su memoria: ¡Inesita, Amalita! ¿Eran primas, hermanas, sólo amigas?

Una notificación, seca y breve, interrumpió sus pensamientos. Miró la pantalla del móvil¡la pensión ya había llegado! Qué bien, qué alivio. Hoy podría ir por otra bolsa de café: la última la preparó la mañana anterior. Apoyada en su bastón, esquivando charcos de otoño, se dirigió a la tienda del barrio.

Allí, en la entrada, una gata gris, rayada y desconfiada, se refugiaba, tanteando con la mirada a puertas y transeúntes. Una punzada de compasión le cruzó el alma: Pobrecita, con el frío y el hambre… Me la llevaría, pero, ¿quién la querría cuando yo ya no esté? A mí no me queda mucho… Aun así, compró un sobrecito de pienso económico para ella.

Cuidadosamente, vació el contenido gelatinoso en una bandejita de plástico; la gata, paciente y agradecida, le miraba con ojos enamorados. De pronto, salió una mujer corpulenta de la tienda, de mal genio, y con una patada desparramó la comida por la acera.

¡Ya está bien de alimentar estos bichos por aquí! espetó seca, perdiéndose refunfuñando tras la puerta.

La gata, con cautela y prisas, fue recogiendo los trocitos, mientras a Amalia se le ahogaba el aliento de pura rabia. Notó el primer latido abrupto de la migraña. Se apresuró hacia la parada de autobúsaquel banco era su único refugio. Temblando, revistó los bolsillos buscando pastillas, en vano.

El dolor llegaba como la marea, oprimía la cabeza en un torno, el mundo se llenaba de sombras, un gemido apretaba el pecho. Alguien le tocó el hombro. Con esfuerzo abrió los ojos: una joven de mirada preocupada se inclinaba sobre ella.

¿Le pasa algo, abuela? ¿En qué puedo ayudarle?

En la bolsa… musitó Amalia, apenas moviendo la mano. Dentro hay café. Ábrelo, por favor.

Se acercó la bolsa, aspiró el aroma tostado, una vez, dos veces. No desapareció el dolor, pero sí se alivió un poco.

Gracias, hija susurró Amalia.

Me llamo Lucía sonrió la chica. Pero quien le ha salvado es la gata: estaba al lado suyo, maullando tan fuerte que fue lo que me avisó.

Gracias, guapa dijo Amalia, acariciando a la gata rayada, que ya se acomodaba junto a ella en el banco.

¿Le acompaño a casa? Es mejor, con la migraña no debería andar sola…

… Mi bisabuela también sufre de ataques así contaba Lucía, cuando ya estaban en la cocina, compartiendo un café suave con leche y galletas. En realidad es mi tatarabuela, pero yo la llamo abuelita. Vive en un pueblo con mi abuela, mi madre y mi papá. Yo estudio aquí, en la escuela de enfermería. Ella también me llama «hija». Y, ¿no ha intentado usted buscar a su familia, su familia de verdad?

Ay, Lucía, ¿cómo encontrarlos? Si ni de dónde soy, ni el apellido recuerdo. Solo tengo un nombre. Recuerdo bombardeos y que huía, huía sin darme cuenta… Después, una mujer me recogió, fue mi madre desde entonces. Su marido, cuando volvió, fue el mejor padre que tuve. Todo lo mío se perdió bajo las bombas. Y mi madre, e Inesita… murmuraba Amalia, la gata adormecida en su regazo.

Lucía palideció, mientras sus ojos azules se agrandaban.

Amalia, ¿tiene usted un lunar en el hombro derecho, con forma de hoja?

La mujer casi se ahogó con el café; la gata la escrutaba con ojos muy abiertos.

¿Cómo sabes eso, hija?

Abuelita tiene uno igual. Se llama Inés. Nunca ha podido hablar de su hermana gemela, tu, Amalita, sin llorar. Te perdió en la evacuación, cuando las bombas les separaron… No pudieron encontrarte, por más que buscaron…

Amalia no pudo dormir esa noche. Caminaba de la ventana a la puerta, nerviosa. La gata gris, fiel y atenta, no la perdía de vista.

Tranquila, Margarita. Todo va a ir bien le susurraba, notando el corazón galopar.

Por fin, sonó el timbre. El encuentro, al otro lado de la puerta, fue como mirarse en un espejo marchito: ojos azules sin perder aún su fulgor, cabellos encanecidos en los mismos rizos, arrugas de pena en la comisura de los labios.

La visitante soltó el aire, sonrió, avanzó temblorosa y la abrazó:

¡Amalita, hermana!

En el umbral, mojados los ojos de alegría, esperaban los suyos.

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