Que tengas un buen día dice Diego, inclinándose para rozar con los labios la mejilla de su mujer.
Beatriz asiente de forma automática. Su mejilla sigue igual de fría y seca, sin calor, sin molestia. Solo piel, un gesto mecánico. La puerta se cierra y un calmado silencio inunda el piso.
Permanece de pie en el recibidor durante unos diez segundos, intentando escucharse por dentro. ¿Cuándo fue? ¿En qué momento todo se cortó por dentro, como si un interruptor se apagara? Beatriz lo recuerda: hace dos años lloró a solas en el baño porque Diego se olvidó de su aniversario. Hace un año, temblaba de rabia cuando otra vez no fue a recoger a Inés del colegio. Hace seis meses aún intentaba hablar, explicar, suplicar.
Ahora, solo queda vacío. Un terreno liso y árido, como un campo después de un incendio.
Beatriz camina hacia la cocina, se sirve un café y se sienta frente a la mesa. Veintinueve años. Siete casada. Y ahí está, en un piso vacío, con la taza enfriándose y la idea de que ha dejado de amar a su marido tan sigilosamente, tan en el día a día, que ni se ha dado cuenta de cuándo sucedió.
Diego sigue con su guion habitual. Promete recoger a su hija de la guardería y no cumple. Dice que va a arreglar el grifo del baño, pero lleva tres meses goteando. Jura que este fin de semana irán todos al zoológico, pero el sábado siempre tiene planes imprevistos con los amigos, y el domingo se tumba en el sofá sin hacer nada.
Inés ha dejado de preguntar cuándo jugará papá con ella. Con cinco añitos lo ha entendido: mamá es la seguridad. Papá es ese hombre que, a veces por la noche, está en casa viendo la tele.
Beatriz ya no monta escenas. No llora en la cama. No planea estrategias para arreglar el matrimonio. Simplemente ha borrado a Diego de la ecuación de su vida.
¿El coche hay que llevarlo a la ITV? Lo organiza ella. ¿La cerradura del balcón está rota? Llama al cerrajero. ¿El disfraz de estrella para la función de Inés? Beatriz lo cose por las noches, mientras Diego ronca en la habitación de al lado.
La familia se ha convertido en una extraña construcción: dos adultos compartiendo techo, pero vidas paralelas.
Una noche, Diego intenta acercarse a ella en la cama. Beatriz se aparta con suavidad, alegando dolor de cabeza. Después, cansancio. Luego cualquier excusa inventada. Entre ambos, una muralla se va levantando rechace tras rechace.
«Que tenga una aventura», piensa ella, fría. «Que me dé un motivo, uno claro, uno que entienda mi madre, mi suegra, que no tenga que explicar».
Porque, ¿cómo contarle a su madre que se va porque su marido es simplemente nada? No le pega, ni bebe, trae dinero a casa. No ayuda mucho, pero eso pasa en muchas casas. No juega con la niña, pero los hombres no sirven para eso
Beatriz abre una cuenta bancaria a su nombre y empieza a guardar algo de su sueldo cada mes, ahorrando euros. Se apunta al gimnasio, pero por ella misma, para la vida nueva que ya atisba tras el inevitable divorcio.
Por las noches, cuando Inés duerme, se pone auriculares y escucha pódcast en inglés: frases, emails laborales. Su empresa trabaja con clientes extranjeros y, dominando el idioma, todo puede cambiar.
Dos tardes a la semana las ocupa en cursos de formación. Diego protesta porque tiene que quedarse con Inés, aunque quedarse sea ponerle los dibujos y ponerse él con el móvil.
Los fines de semana son para madre e hija: parques, columpios, una merienda en la cafetería con batidos, cine y películas infantiles. Inés se acostumbra: es su tiempo, solo de ellas. Papá es como un mueble que está por ahí.
«Ni lo va a notar», se convence Beatriz. «Cuando nos separemos, su vida apenas cambiará».
La idea le consuela. Es su salvavidas.
Pero, de repente, algo cambia.
Al principio Beatriz no sabe qué es. Una tarde, Diego sugiere él mismo acostar a Inés. Otro día, recoge a la niña del colegio. Incluso prepara la cena: macarrones con queso, sencillo, pero hecho por él sin que se lo recuerden.
Beatriz mira a Diego llena de recelo. ¿Qué es esto? ¿Remordimientos, un arrebato pasajero o culpa por algo que ella aún desconoce?
Pero pasan los días y Diego no vuelve a la desidia de antes. Se levanta temprano para llevar a Inés al cole. Arregla el dichoso grifo. Apunta a la niña a natación y la lleva los sábados a clase.
¡Papá, papá, mira, ahora ya sé bucear! grita Inés por la casa, haciendo de atleta acuática.
Diego la coge en brazos, la lanza hacia el techo y la niña se ríe a carcajadas.
Beatriz los observa desde la cocina y no reconoce a ese hombre.
Puedo quedarme con ella el domingo dice Diego una noche. Tienes una quedada con las chicas, ¿verdad?
Ella asiente despacio. No había tal quedada; solo pensaba pasar una tarde sola, con su libro en alguna cafetería. ¿Acaso Diego la escucha cuando habla por teléfono?
Las semanas se convierten en meses. Diego no abandona. No da marcha atrás. No vuelve a la indiferencia.
He reservado mesa en ese italiano que te gusta anuncia. El viernes. Mamá se queda con Inés.
Beatriz levanta la vista del portátil:
¿Y eso por qué?
Por nada especial. Quiero cenar contigo.
Acepta, por curiosidad, se dice. Para ver qué trama él.
El restaurante es acogedor, luz tenue, música en directo. Diego pide su vino favorito y Beatriz se asombra de que recuerde cuál es.
Has cambiado dice ella, directa.
Diego gira la copa entre los dedos.
He sido un idiota. Un perfecto, absoluto, ciego idiota.
Eso ya lo sabía.
Lo sé responde él, sonriendo sin alegría. Creía que trabajar y traer dinero era lo que os hacía falta. Mejor piso, mejor coche. En realidad huía. De la rutina, de la responsabilidad, de la vida en casa.
Beatriz le da espacio para hablar.
Te vi diferente, como si nada te importara. Da más miedo que cualquier bronca, ¿lo sabes? Antes gritabas, llorabas, exigías, y eso al menos era real. Y de repente era como si yo no existiera.
Deja la copa en la mesa.
Por poco os pierdo. A ti y a Inés. Solo entonces entendí que estaba haciendo todo mal.
Beatriz lo mira fijamente. Ese hombre, ahí, contándole justo lo que ella llevaba años deseando oír. ¿Demasiado tarde? ¿Aún no?
Iba a pedirte el divorcio dice ella en voz baja. Esperaba a que me dieras un motivo.
Diego palidece.
Joder, Bea
Iba ahorrando, buscando piso
No sabía que era tan grave
Debiste notarlo le corta ella. Es tu familia. Deberías haberte dado cuenta antes.
El silencio cae entre los dos, denso. El camarero, con esos instintos de profesional, pasa de largo su mesa.
Quiero intentarlo susurra Diego al final. Pelear por nosotros. Si me das una oportunidad.
Solo una responde Beatriz.
Una es más de lo que me merezco.
Se quedan en el restaurante hasta el cierre, hablando de todo: de Inés, del dinero, del reparto de tareas, de lo que esperan uno del otro. Por primera vez en años dialogan de verdad, sin reproches, sin frases hechas.
La reconstrucción es lenta. Beatriz no corre a los brazos de su marido al día siguiente. Observa, espera, desconfía. Pero Diego aguanta.
Se encarga de las comidas del domingo. Entra en los chats de padres del colegio. Aprende a hacerle trenzas a Inés: mal hechas, torcidas, pero lo intenta.
¡Mamá, mira, papá me ha hecho un dragón! anuncia la niña al irrumpir en la cocina, enseñando una criatura de cajas y papel de colores.
Beatriz contempla ese dragón feo y desequilibrado, con un ala más grande, y sonríe
Seis meses pasan volando.
Diciembre. Toda la familia va al pueblo de los padres de Beatriz. Una casa antigua, con olor a madera y empanada, el jardín cubierto de escarcha y la terraza que cruje.
Beatriz mira por la ventana con su taza de té, mientras Diego e Inés hacen un muñeco de nieve. Inés da órdenes¡la nariz aquí, los ojos más arriba, el pañuelo mal puesto!y Diego obedece, cada poco cogiéndola para lanzarla al aire. Los gritos de Inés resuenan por todo el valle.
¡Mamá! ¡Mamá, ven! agita los brazos la niña.
Beatriz se pone la cazadora y sale al porche. El sol bajo hace brillar la nieve, el frío le muerde las mejillas y, de repente, le llega una bola de nieve por el costado.
¡Ha sido papá! acusa Inés enseguida.
¡Traidora! protesta Diego.
Beatriz coge un puñado de nieve y se lo lanza a Diego. Falla. Él se ríe, ella también, y pronto los tres ruedan juntos por los montones de nieve, olvidando al muñeco, el frío y el resto del mundo.
Por la noche, cuando Inés cae dormida en el sofá antes de acabar la película, Diego la lleva en brazos a la cama. Beatriz lo ve arroparla, acomodar la almohada y apartar el pelo rebelde de la frente.
Ella se sienta junto a la chimenea, calentándose las manos con la taza. Detrás de la ventana sigue cayendo una nieve ligera, cubriendo el mundo de blanco.
Diego se sienta con ella.
¿En qué piensas?
En lo bien que hice en no llegar a tiempo.
Él no pregunta. Ya lo entiende.
Sabe que el amor se construye con esfuerzo diario, no con gestos grandiosos, sino en cosas pequeñas: escuchar, ayudar, mirar de verdad, estar ahí. Sabe que llegarán días difíciles, discusiones absurdas, algún que otro malentendido.
Pero ahora, en este instante, tiene a su marido y a su hija a su lado. Vivos, reales, queridos.
Inés despierta y corre hacia ellos, se mete entre los dos en el sofá. Diego las abraza y Beatriz piensa que, a veces, vale la pena luchar por algunas cosasBeatriz la envuelve bajo la manta y Diego les pasa el brazo a ambas por los hombros. El fuego chisporrotea suave. Afuera, el mundo desaparece bajo la nieve, como si hasta el pasado quedara allí, cubierto, silencioso y frío, pero ya lejos.
Inés, con la voz adormilada y feliz, susurra:
Somos un equipo, ¿a que sí?
Beatriz mira a Diego, y ese brillo antiguo en sus ojos le devuelve por un segundo a la muchacha que fue, a la promesa que creyeron todos los años atrás. Aprieta la mano de su hija y asiente.
Sí. Un equipo de verdad.
En ese instante, sin grandes palabras, sin solemnidad, sabe que no hay garantías, que el amor se hace cada día, y que la vidarara vez perfectapuede, sin embargo, ser extraordinaria.
Y mientras la noche avanza, los tres, juntos, se quedan allí: dejando que el calor del hogar y el rumor del viento los envuelvan, aprendiendo, por fin, a empezar de nuevo.







