Cuando mi padre decidió traicionar nuestro pequeño mundo, fue mi madrastra quien me arrancó de las fauces del orfanato. Juro por todo lo bueno que nunca dejaré de agradecerle al destino por haberme dado una segunda madre que remendó mi vida hecha trizas.
De niño, vivía en lo que creía un cuento en tonos dorados una familia unida, vestida de afecto y aromas de la casa antigua frente al río Duero, en las afueras de Pedraza. Éramos tres: yo, mi madre y mi padre. Los días sabían a empanadas de mi madre y las noches se llenaban con historias de montañas y viñedos contadas por la voz grave de mi padre. Pero la suerte, que juega a ser matador, llega de puntillas a darte la estocada cuando menos lo esperas. Un día, mi madre comenzó a apagarse su sonrisa se desdibujó, sus manos vibraban como hojas, y pronto su última escena fue una cama de hospital en Segovia. Se marchó dejándonos un vacío que nos partió en dos. Mi padre cayó en picado, buscó consuelo en el brandy, y nuestro hogar pasó de refugio a mausoleo de desesperanza, con botellas rotas y silencios de plomo.
La nevera vacía era testigo mudo del derrumbe. Iba al colegio de Pedraza sucio, hambriento y con la vergüenza comiéndome los ojos. Los profesores decían que no hacía los deberes, pero ¿cómo, si mi único objetivo era sobrevivir otro día? Los amigos desaparecieron con la rapidez de una tormenta de verano, y los vecinos sólo se asomaban para contemplar nuestro desastre con lástima. Al final, alguien cedió y llamó a servicios sociales. Vinieron con trajes grises y caras de póker, listos para arrancarme de las manos temblorosas de mi padre. Él cayó de rodillas, lloraba y suplicaba una oportunidad para redimirse. Le dieron treinta días una hebra menguante de esperanza sobre un abismo.
Aquella visita despertó algo en mi padre. Corrió al supermercado, trajo bolsas y bolsas de comida, y juntos dejamos la casa reluciente más bien como un reflejo lejano de lo que fue. Dejó el alcohol y en su mirada volvió a brillar un trozo de aquel hombre que admiré. Empecé a pensar que tal vez teníamos salvación. Una noche de viento y rayos, me confió, a trompicones, que quería presentarme a una mujer. Casi se me paró el corazón ¿ya había olvidado a mi madre? Juró que siempre la tendría en el alma, pero necesitábamos una coraza contra la burocracia implacable.
Así es como entró en mi vida la tía Carmen.
Fuimos al piso de Carmen en Ávila, una ciudad quiromántica entre colinas, con vista al río Adaja y rodeada de árboles viejos. Carmen era un torbellino cálida pero de hierro, voz dulce y abrazos que envolvían el frío. Tenía un hijo, Diego, dos años menor que yo delgado pero con una sonrisa capaz de derretir al más recio. Nos hicimos amigos al instante corríamos por el patio, trepábamos colinas, nos reíamos hasta hacernos doler la barriga. Al volver, le conté a mi padre que Carmen era como un sol en nuestra penumbra, y él se perdió en sus pensamientos. Pocas semanas después, abandonamos el hogar del río Duero, lo alquilamos a unos desconocidos y nos mudamos a Ávila un último intento por reconstruir los retales de nuestra historia.
La vida comenzó a tomar cuerpo. Carmen me cuidó con una ternura que cosió mis heridas: reparaba mi ropa rota, cocinaba guisos que perfumaban la casa con recuerdos y las noches se llenaban de anécdotas de Diego. Él fue mi hermano, no de sangre sino de batallas nos peleábamos, soñábamos, nos perdonábamos como fieles soldados. Pero la alegría es una invitada caprichosa, siempre lista para largarse cuando menos lo esperas. Una mañana helada, mi padre no volvió. Una llamada reventó el silencio: había muerto, atropellado por un coche en una carretera congelada. El dolor me tragó como una ola, ahogándome sin compasión. Servicios sociales regresaron con sus miradas de granito. Sin tutor, me arrancaron de los brazos de Carmen y me llevaron al orfanato de Salamanca.
Aquel sitio era lo más parecido al infierno sobre tierra muros grises, camas frías y suspiros que llenaban el aire de derrota. El tiempo se arrastraba, cada día una piedra más en mi mochila. Sentía que era un fantasma condenado a vagar por siempre solo. Pero Carmen nunca dejó que me apagase. Visitaba cada domingo, traía pan, jerséis tejidos a mano y una esperanza que cortaba cualquier niebla. Peleaba como una leona: iba de oficina en oficina, rellenaba montañas de papeles, lloraba delante de funcionarios, todo por hacerme volver. Los meses formaban cadenas, y yo perdía la fe, convencido de que me pudriría allí para siempre. Pero una mañana gris, el director me llamó: Haz la maleta. Tu madre viene.
Salí al patio; ahí estaban Carmen y Diego, expectantes, abrazados por una valentía que podía tocarse. Se me doblaron las rodillas cuando me lancé a sus brazos, llorando como un niño chico. Mamá, grité, ¡gracias por sacarme de la oscuridad! ¡Te juro que mereceré tu sacrificio! En ese instante lo entendí de golpe: la familia no es solo sangre es quien te rescata del abismo cuando nada queda.
Volví a Ávila, a mi habitación y a mi colegio. Poco a poco, la vida se volvió más amable terminé el instituto, estudié en Salamanca, conseguí trabajo. Diego y yo seguimos inseparables, nuestro vínculo convertidos en un bastión contra la vida. Crecimos, formamos nuestras propias familias, pero Carmen nuestra madre se mantuvo como nuestra estrella polar. Todos los domingos nos juntamos con ella: nos agasaja con cocido madrileño y su risa se mezcla con la de nuestras esposas, que son sus hijas del alma. A veces, viendo todo esto, no puedo creer el milagro que la vida me ofreció.
Siempre le agradeceré al destino a mi segunda madre. Sin Carmen, habría sido engullido por las calles, perdido o roto por la desesperanza. Ella fue mi faro durante la noche más oscura, y jamás olvidaré cómo me salvó cuando todo parecía perdido.





