Ahora que acabo de jubilarme, vivo solo en un amplio piso de dos habitaciones en Madrid. Como ocurre con muchos jubilados de nuestro edificio, dispongo de mucho más espacio del que realmente necesito. Cuando los hijos son pequeños y la familia convive bajo el mismo techo, un piso grande es imprescindible, pero cuando todos se independizan y cada cual sigue su camino, el espacio vacío deja paso a pensamientos de soledad y melancolía. No es la situación más acertada y, desde el punto de vista doméstico, empieza a resultar poco práctica: sería hora de hacer reformas, pero ni las fuerzas ni la pensión permiten afrontar esos cambios e inversiones.
Solo en pagar la luz, el agua y la comunidad se va prácticamente la mitad de mi pensión, y la realidad es que apenas piso la mitad de los metros cuadrados del piso. Además, la limpieza se hace cada vez más cuesta arriba: lavar los cristales, fregar el suelo y dejar todo a punto en varias habitaciones me agota.
Sentí la necesidad de buscar un sitio más pequeño, aunque lo fui aplazando durante mucho tiempo. Me había acostumbrado al vecindario y a cada rincón de mi casa, así que la duda me acompañaba constantemente. Aquí estaban mis amigos y toda mi vida, y pensaba en lo difícil que sería marcharme. Sin embargo, la evidencia de que ya no podía mantener un piso tan grande, ni en lo físico ni en lo económico, me acabó convenciendo; ni la edad ni las energías son las de antes.
Por suerte, mis familiares me ayudaron a organizar la mudanza. Sola no habría sabido ni por dónde empezar. Mi hija, Sofía, y mi yerno, Javier, se encargaron de buscarme un nuevo piso y de las pequeñas reformas necesarias. Aunque la superficie era mucho menor, nunca he lamentado la decisión.
Para los que vivimos solos en la jubilación, un estudio o piso de una habitación es lo más práctico. Agradezco cada mes el ahorro en las facturas y dejo la casa reluciente en menos de una hora. Basta con diez minutos diarios para mantener el orden.
No me agobia el espacio. Todo lo que necesito cabe perfectamente: los muebles imprescindibles y los electrodomésticos, sin que falte sitio para nada. Los anteriores inquilinos dejaron un armario esquinero, que uso como despensa, y algunas cosas menores las tengo en la pequeña galería. En la sala solo hay lo indispensable: sofá, mueble, y una mesita de café.
Me deshice de muchos trastos y objetos que venía acumulando en el antiguo piso y que nunca utilizaba: vajillas viejas, muebles y recuerdos que ocupaban espacio sin aportar nada. En la nueva casa no hay sitio para lo innecesario, y tampoco los echo de menos.
Muchos creen que un piso de una sola habitación es insuficiente para vivir cómodamente. Claro, si tienes visitas, no hay dónde alojarlas. Pero yo no suelo recibir a nadie que se quede a dormir, ni me planteo acondicionar otra cama. Después de tantos años, tengo mis rutinas y manías, y no me resulta cómodo compartir espacio para dormir. Como nadie me lo pide, el problema simplemente no existe.
Mi hija y su familia viven bastante cerca; cuando vienen, se quedan un rato y luego vuelven a su casa. Mis amigas también me visitan, pero siempre regresan a dormir a su hogar. Puede que alguna quisiera quedarse, pero prefiero que no, compartir habitación no es mi estilo.
Cada uno tiene su propia visión sobre dónde envejecer: algunos prefieren no moverse de la casa de siempre, aunque les sobre espacio; otros buscan una vivienda más sencilla. Personalmente, en esta etapa no necesito un gran piso, y si la salud y el dinero acompañaran, incluso podría vivir solo en un piso de tres habitaciones, aunque no lo deseo.
Pienso que, al decidir quedarse o mudarse, los jubilados debemos considerar más cosas además del tamaño del piso:
Una buena ubicación: tener farmacia, supermercado o centro de salud cerca; vivir no demasiado lejos de donde residen los hijos, para que visitarlos sea sencillo; y disfrutar de un parque o una plaza cercana donde poder pasear tranquilamente.




